semana 5
8 a 14 de octubre de 2.020
«Las cadenas de San Julio de Pascua»

Un joven nos relata varias anécdotas detrás de la historia de su poblado y de sus coloridos amigos.

«Las cadenas de San Julio de Pascua»

Se dice que los mitos urbanos son la cosa más falsa que ha existido. Pasan de mano en mano, cada persona tergiversándolos y amañándolos a sus propias creencias o haciendo un juego de teléfono roto a través de la historia. Les juro que el cuento que sigue no es falso. Quizá si lo he arreglado un poco con mis propias memorias, pero he intentado transmitirlo de la forma más fiel posible. Gracias a mi amigo Mario por recordarme anoche un par de detalles que se me escaparon. Un par de cervezas y una entretenida charla fueron suficiente paga para él.

Marisa y su gemela Elisa, Mario y yo nacimos en un pueblo un poco lejano de la capital llamado San Julio de Pascua. Se dice que es el “pueblo imposible”, porque la Pascua nunca llega en julio. ¡Ni siquiera el Pentecostés llega en julio! Para rematar, el tal Santo no existe tampoco en el santoral católico ni el ortodoxo.

¿Quién fue el genio que se inventó ese nombre? Intentamos buscar, pero nos fue muy difícil llegar mucho al pasado. Los registros históricos en nuestro pueblo son casi inexistentes, más por el hecho que nadie sabía escribir en dicha época. ¡Ni el pobre sacerdote sabía leer la comunión de la Santa Biblia! El curandero recetaba las fórmulas medicinales con dibujos en vez de palabras y cuando los primeros tomos enciclopédicos vinieron de la capital pensaron que eran bloques para azuzar el fuego en el invierno. No echaban las Biblias en el horno porque tenían las estampas de la Virgen, San Pedro o San José, Jesucristo y la Santa Cruz en la portada.
Cuando mis amigos y yo hicimos la catequesis, hace unos veinte años, le preguntamos al padre Beto que si él sabía porque le habían puesto ese nombre al pueblo.

Uy, recuerdo al padre Beto. Ese si era todo un camarada. Aclaro que le decíamos Beto no porque que se llamara Alberto, no. Le decíamos Beto porque sus padres lo bautizaron Beatriz. Por ello fue blanco de muchas burlas el pobre, hasta el día que cumplió la mayoría de edad y pudo cambiar su nombre, por Emanuel. De cualquier forma es un hombre de gran corazón.
Los padres del sacerdote no sabían que Beatriz era un nombre de niña. En la pila bautismal el sacerdote que le hizo las santas honras les pidió que le confirmaran el nombre una y otra vez. A la final no le quedó más remedio que aceptarlo y registrarlo así. La pobre monjita escriba casi se voltea de patas arriba cuando le tocó transcribir los registros.
Igual nos contó él que sus padres le compraron el vestido más lleno de encajes para su bautismo. Aparentemente lo consiguieron usado, bien barato, en una prendería de su pueblo natal. Pertenecía este a una niña que había hecho el bautismo el año pasado. A sus padres les había parecido de lo más de coqueto, así que se lo consiguieron. Durante toda la entrada a la nave de la iglesia, los feligreses de un lado y otro les decían que era una bebita preciosa, sus padres completamente inocentes de lo que significaban sus palabras. Dos días después del bautismo sus padres devolvieron el traje a la prendería. Lo bueno fue que quedó el registro fotográfico. Pero si, el padre Beto era un amigo más de todos nosotros.

El padre nos contó que nadie sabía porqué se llamaba así el pueblo. Él también había hecho su propia investigación y logró encontrar en los registros de la capital que hace unos quinientos o seiscientos años, el Rey Pirulo, Bolero Marchado de Quinta Estampa y Berruga, que Dios ha de tener en su Santa Gloria; habiendo recorrido el territorio en su ancho y su largo, “pa’conocerlo” según dice la historia, paró en un particular valle con un buen lago para “echarle una clausula real al charco”. La carroza real se detuvo, y siendo él el Rey más hablador desde el Rey Marujito, mientras “sellaba” el lago con su durazno roto al aire, para entretener a su consorte y a su séquito, estuvo preguntándole pendejadas a ellos incluyendo que fecha era, a lo que respondieron que era el primer día de julio; que festividad fue la que celebraron unos días atrás, a lo que respondieron que había sido el Pentecostés después de la Pascua; y que como se llamaba la cortesana que había “bendecido” anoche, a lo que preguntaron que a cual de todas se refería.
Una vez el rey se limpió el hoyuelo con la manga del traje y meó como un caballo borracho en el anteriormente prístino lago, declaró que por honor de su visita, le declaraba a este el Poblado de San Julio de Pentecostés, a lo cual su escriba oficial le dijo que era imposible porque no existía tal santo. El Rey declamó que se publicara y se cumpliera, se tiro un flato que ahuyento al séquito y se metió en la carroza. El escriba se equivocó en el registro y terminó escribiendo Pascua en vez de Pentecostés, a lo cual el Rey no prestó interés alguno y firmó sin leer. Allí termina dicha historia.

Ciertamente a nosotros nos costó creer tal relato. El Rey Pirulo fue uno de los pocos buenos reyes, pero si es de fiar, entonces todavía flota en el lago el hedor de dicha bendición oficial, toda vez que ahora es considerado el lago más contaminado del Reino y dónde trataron de criar cocodrilos, supuestamente para carne, pero ni los pobres se lo aguantaron y prefirieron morir de hambre en la orilla. Ni las ratas beben de este charco, y cuenta la leyenda que el último bañista que se metió allá, supuestamente porque lo retaron, estuvo intoxicado en el hospital por cinco días con su piel teñida de marrón, como si se hubiera bañado en betún.

La historia que nosotros recabamos es un poco más realista y detallada. Antes de que se nos renombrara, el pueblo se llamaba Villar de la Birra. ¿Cómo se nos pudo haber presentado este nombre tan melodioso y en honor de tan sacrosanto fluido que alegra nuestras vidas y nos da energías renovadas, cuando no nos tira al piso a expulsarlo como volcanes después del abuso?
Cuenta entonces un escriba que en real censo, en dicho poblado vivían unas cuatrocientas personas. No había mucho a manera de entretenimiento, ni siquiera tabernas, para mayor insulto del nombre. Por tanto, la gente se entretenía de otras maneras.
Un tipejo del pueblo, llamado don Juan Julio de Bosque y Pontepedra, hijo supuestamente ilegítimo del Vizconde de Alar, aparentemente buen mozo y tan velludo como un hombre lobo, enamorado de todas las mujeres del poblado, retozaba de sus delicias a menudo con estas. Un tiempo después llegó a oídos del obispo de la provincia que en dicha ciudad habían aparecido cinco o seis mujeres embarazadas como la Santísima Virgen, sin pecado concebidas. El obispo, bien creyente de la gracia del Señor, viajó con un séquito de monjas y sacerdotes para investigar el caso.

Una vez la cabalgata llegó después de su rimbombante proclamación eclesiástica, cerraron la iglesia, tomáronles a las señoras, encerráronles adentro, abriéronles sus piernas y analizáronles sus carnes vivas. Todas eran vírgenes menos una que se coló, y por ello exclamaron las monjitas alabando a la Santísima Trinidad.
Saliera el obispo de la iglesia, echando puertas abajo y declamando que esta era una tierra santa y que se había hecho un milagro en el poblado, echando agua bendita en el suelo en cada paso que dio. Se fue proclamando el milagro en una caravana de un séquito tal que se fueron rezando todo el día. Una vez de regreso al templo, preguntó en viva voz, quien había sido el ejecutor de tal milagro. El líder de la aldea fue a sacar pecho primero, a quien se adelantó el susodicho don Juan Julio, quien presentándose como hijo del Vizconde de Alar, pronunció que siendo tan devoto de la Vírgen y de la Santísima Trinidad, bendíjoles a las mujeres y enseñoles acerca de la Palabra de Dios en privado en su residencia. Demostrado esto quedó gracias a los extraños alaridos que se escuchaban en los alrededores de su residencia, que se debían a la profunda devoción que se ejecutaba a menudo en sus estudios.

El obispo agarró entonces al tipo, le levantó el brazo como a pugilista victorioso y lo alabó ante el séquito, que al principio no comprendían lo que pasaba, pero después se emocionaron en júbilo, celebrando a su conterráneo, quien parecía más sorprendido que feliz por el resultado de toda esta situación. El obispo entonces se marchó en su carroza, dejando a sus encargados para recoger los indicios necesarios para presentar el caso ante la Sagrada Congregación de Ritos y llevársela al Arzobispo, para que la llevara al Cardenal, para que la llevara ante el Santo Padre.
Una semana después, la carroza oficial se llevó todas las pruebas recogidas y al supuesto ejecutor de los milagros para la capital de la provincia. El escriba oficial le dijo al párroco, fuera de registro, que bajo las pruebas recogidas, podían dar por hecho la beatificación del susodicho.

El párroco le dijo a una de sus monjas, quien le dijo a la esposa del carnicero, quien le dijo a su esposo, quien le dijo al cerrajero, quien le dijo al vendedor de frutas, quien le contó al alcalde de la aldea. Salió este corriendo de su despacho, levantado en júbilo y declaró en la plaza central que el próximo miércoles iba a ser un día feriado, el Día de la Beatificación, y por la cercanía de la época pascual, se iba a ajustar junto con los días jueves y viernes Santos, ya acostumbrados. El sacerdote de la iglesia, también inflamado por la alegría aceptó dichas modificaciones, la consagró al Señor, bendijo la ciudad y los pasos que había dado el obispo por el terreno.
Todo estaba preparado para la celebración. El alcalde se reunió con todos sus allegados y decidieron que en honor de dicho reconocimiento, iban a rebautizar la ciudad, para el recuerdo del nuevo beato y adelantándose a las circunstancias, como San Juan Julio de Birra. El sacerdote intercedió y recomendó que ajustaran un poco el nombre en honor a las festividades religiosas que venían, además de remover el nombre de Juan, uno de los apóstoles, por encontrarlo poco adecuado. Todos aceptaron. Y así fue que quedó San Julio de Pascua. Registraron una petición oficial, la llevó un mensajero real a cuesta de caballo y de nuevo, el Rey Pirulo, que firmaba todo lo que veía y no le costaba dinero, le dio capítulo real, dando nuevo nombre a nuestro pueblo.

Un mes después regresó la carroza episcopal sin anunciarse, arrojase al don Juan Julio fuera de borda como un bulto de papas al frente de la iglesia y tirase al suelo un rollo con una proclamación oficial del arzobispado, para después salir la carroza disparada fuera de la ciudad sin mayores explicaciones. En la proclamación rezaba que después de analizar las pruebas, el equipo del arzobispo, que eran más estudiosos y analíticos, confirmaron lo que parecían los milagros de los embarazos de las susodichas, adicionando otro al registro, la de una novicia que acompañó en su primera visita al obispo y quien muy agradecida se hospedó en la casa del piadoso de don Juan Julio. Añadido a la pesquisa una inquisición que hicieron al actuar del susodicho, en cuyo resultado figuraba que “no sabía siquiera como hacer la señal de la Santa Cruz, el Padre Nuestro o el Ave María”. Por último una evaluación médica donde se resaltaba que “no estaba muy bien dotado” y que era más largo el pulgar de un bebé recién nacido que su hombría. Conclusión era que si, las mujeres eran vírgenes y estaban preñadas, pero que habían permanecido vírgenes, no por su piedad o santidad, pero por que el don Juan Julio ni una pulgada medía.

A pesar de todo, nuestro poblado un nombre nuevo tenía y cuando el pueblo se revolcó para pedir volver a su nombre anterior, además de linchar al depredador, desnudarlo en público, comprobar los hechos y exiliarlo en pelotas, el alcalde enviaría una misiva oficial pidiendo la reversa. Fue tan mala suerte que la misiva oficial llegó al Reino, y el Rey en medio de una bacanal tremenda, uso el papiro como servilleta, cerrando así el capítulo.

Uf, disculpas por toda esta narración, pero era importante hablar del lugar para que entiendas porqué hablo de “cadenas”.

Comencemos por Mario. Analítico, calculador, metódico y organizado son palabras que describen exactamente lo contrario de lo que Mario es. No lo vine a conocer hasta que su familia se mudó de un piso que estaban rentando en un poblado cercano a una casa cercana a la mía. Su familia siempre ha sido errante, pasan unos años en alguna ciudad y luego se mueven a otra. Se rumorea que son errantes porque siempre quedan debiendo la renta y cuando eso ocurre se vuelan en medio de la noche con todas sus cosas y buscan otro lugar en el cual enjuagar y repetir la historia. Ya llevan viviendo en San Julio más de veintidós años. Una de dos, o la ciudad les ha atraído, o no han tenido motivos para volarse de nuevo.
Su padre es un zapatero, plomero, electricista, carpintero, pintor, músico callejero, en fin, cualquier cosa que se te ocurra la ha hecho. Su madre es enfermera profesional, aunque tiene la fama de enfermar más a sus pacientes que de curarlos.
Ellos matricularon a Mario en la escuela del pueblo. Es la única escuela que hay, va desde jardín infantil hasta último grado de preparatoria y es tan mediocre que todos nos graduamos con honores, menos Mario. Terminó en mi curso por mera casualidad y aunque el primer día parecía ser un tipo tranquilo y callado, en tanto se enteró que yo vivía cerca de su casa, me asediaba con intensidad. A la final tuve que aceptarlo como amigo a regañadientes. Nunca fue bueno para estudiar, era muy perezoso y siempre nos copiaba las tareas, a veces sin que nos diéramos cuenta. Todos los días lo regañaban los profesores por vago o por copiar hasta los errores.
No obstante, he de darle algo a favor y es que él armó nuestro grupo. No sé como fue que terminó hablando con Marisa, quien estaba en el grado siguiente, pero así era él, un poco entrador. Se nombró presidente de la banda y nos reunía casi todos los días después de clases. Elisa entró después de su hermana y así quedó conformado el grupo. Aunque se sentía el líder de la manada, nunca hizo nada especial por nosotros, ni siquiera se acordaba de nuestros cumpleaños. Él es siete meses mayor que yo, pero un año menor que Marisa y Elisa.
Después con la adolescencia nos dimos cuenta que estaba totalmente enamorado de Marisa, la seguía a todas partes y procuraba acompañarla hacia su casa, muy al descontento de Elisa. Aunque hablaré de las gemelas en breve, bastará con decir que Marisa nunca le prestó atención a los acercamientos y pretensiones de Mario. Una vez nos graduamos y Marisa anunció que se iba del pueblo a la capital de la provincia a estudiar en la universidad, Mario sacó pecho y anunció que haría lo mismo. Si cierro los ojos aún me acuerdo del dolor de estómago tan horrible que me dio ese día. Elisa y yo nos reímos por más de cuatro horas.
Mario comenzó a trabajar en oficios varios como su padre para recolectar el dinero que necesitaba para estudiar en la capital. Sus padres creían que se esforzaba por apoyar la familia, pero no vieron ni un centavo de él. Uno de sus primeros trabajos fue como cajero en el supermercado del pueblo. Le costaba muchísimo entender para que era cada botón de la máquina registradora, a pesar de estar perfectamente etiquetado. A menudo confundía los billetes, se equivocaba con las vueltas u olvidaba entregar los recibos, se iba de su puesto a charlar con alguien, dejando a los compradores esperando por ser atendidos. Su jefe no aguantó mucho más y lo echó antes de terminar el mes.
El único trabajo en el que estuvo más tiempo fue como guardia de seguridad de la plaza de mercado del poblado. Era un trabajo que se le daba muy bien, pues a pesar de lo torpe e inepto que era, tenía un buen don de gente. Conocía a todos los habitantes del pueblo, así que solo debía estar muy pendiente de los visitantes o a las nuevas caras de la ciudad, aquellos que sabía que no venían con buenas intenciones, amenazarlos un poquito, agarrar a alguno de ellos cuando intentaba robarse algo y golpearlos mientras la gendarmería de la ciudad llegaba, o recoger a los borrachines cuando ya estaban pasados de tragos y soltarlos en la calle.
Yo no lo había visto llorar tanto como el día que Marisa se fue, ni siquiera cuando eramos niños y él se lastimaba al caerse de los árboles. Ese día pidió que les diéramos un tiempo a solas. Elisa y yo pensamos que iba por fin a confesarle su amor, pero no fue así, Marisa nos contó mucho después que solo se dedicó a darle vueltas al asunto, a preguntarle si la podía llamar o si podía visitarla.
Dos años después de trabajar en la plaza, había recogido suficiente dinero para irse a la capital detrás de ella. En una despedida que debió haber sido emotiva, proclamó orgulloso que se iba a ir para ver a Marisa y pedirle su mano en matrimonio, expectante de nuestra reacción. Siguieron tres horas de risotadas. Incluso después de que se montó en el tren y este se fue, seguíamos muertos de risa, pataleando en el piso.
Lo que sigue es el relato de la visita según Marisa, que aún tengo fresca en mi mente.

Mario se apareció en la puerta del piso de los tíos de Marisa sin avisar, sin embargo ella estaba en la universidad, así que tendría que esperar a que llegara. El tío político, quien era el único que permanecía en casa todo el día, no conocía al muchacho, nunca lo habían visto y con buena razón consideró que no sería buena idea dejarlo esperando dentro de su casa. A cambio le ofreció que podía guardar su equipaje, una maleta mediana, y le recomendó que fuera a conocer la ciudad un poco. Podría volver al caer la tarde. Mario se retiró entonces y fue a conocer la ciudad. Era esta una ciudad muy diferente a nuestro poblado. Era enorme y claustrofóbica. A diferencia de nuestro poblado, la capital era más compacta y caótica. Mario se perdió con facilidad.
Cuando Marisa regresó al piso de sus tíos, encontró la maleta esperando en la entrada. Su tío le contó acerca del muchacho, pero Marisa no le prestó mayor importancia, pues sabría que Mario regresaría eventualmente. Dos días después se apareció con la cara ensangrentada y oliendo al lago del pueblo. En su caminata había dado un giro hacia uno de los barrios más peligrosos de la ciudad, dónde fue atacado por varios sujetos que le habían intentado robar, aunque no llevaba nada más que su billetera con todos los ahorros hasta este momento. Gracias a su trabajo como guardia de la plaza de mercados, supo evitar que lo lastimaran y huir con rapidez. Fue tal la rapidez que no se enteró en que punto se cayó por una alcantarilla abierta. Intentó buscar la salida bajo el pavimento, sin embargo esa tarde cayó un vendaval intenso. El agua lo cubría hasta la coronilla. Fue arrastrado por kilómetros, el aferrándose a su vida en las paredes del sumidero. Terminó en un depósito de aguas turbias, que parecía más una piscina olímpica que un tanque. Encontró la salida pero estaba fuertemente cerrada por una puerta encadenada. Anduvo hasta que encontró una salida por otra tapa de alcantarilla. Una vez asomó la cabeza era ya de noche. Estaba en un área desconocida de la ciudad, completamente desorientado.
Contó con la fortuna que un par de policías lo vieron emerger del subterráneo y quienes, muy amablemente y de todo corazón, procedieron a cogerlo a cachiporrazos y llevárselo a la fuerza a la gendarmería más cercana. Allá lo increparon y lo metieron preso por la noche. Él les dio los detalles de Marisa, les contó toda la historia que había transcurrido hasta ahora pero no le creyeron. Era a todas vistas otro indigente más de la ciudad. Olía como tal, se veía como tal, hablaba como tal, a mucho dolor de patria. Durante todo el día lo siguieron insultando y le dieron una comida que parecía más un vómito reutilizado. A pesar que a todas vistas la identificación de Mario decía que era oriundo de otra ciudad, los policías nunca le prestaron atención por más que Mario les explicaba, incluso, se gastaron un par de los billetes que tenía él guardado en su hucha.
Al segundo día, ya sin pruebas para tenerlo más tiempo retenido, los policías lo soltaron. Lo volvieron a meter en la alcantarilla, le dijeron que no volviera a asomar la cabeza y se retiraron contentos por su buena labor. Al final, Mario pudo volver donde Marisa al tercer día, con mucha precaución y usando el escudo de la oscuridad, con la buena fortuna que ella estaba allí. Marisa no daba crédito a lo que veía y tampoco su tío.
Mario no esperó ni un segundo, le declaró su amor y le pidió la mano en matrimonio en el umbral de la puerta. Marisa hizo lo que toda mujer emocionada bajo tal prospecto haría. Le dijo que no le interesaba ni una pizca, que se fuera para un hotel, se bañara y se regresara para San Julio. Ella ahora admite que pudo haber tenido más humanidad en ese momento, pero la verdad ella prefería casarse con un saco de patatas a punto de pudrirse que con tal esperpento.
Después de tal rechazo, herido y maloliente, Mario regresó con una mano adelante y la otra atrás. Después de dormir por la noche en un hotel de mala muerte, del cual solo supo que era así hasta al otro día cuando le robaron el equipaje, regresó a la estación de tren y se devolvió sin mirar atrás. Dice que no le guarda rencor a Marisa, pero si se le nota el enojo y la frustración cada vez que hablamos de ella. Volvió a su trabajo como guarda de la plaza de mercados, donde ya lleva trabajando diez años. Ahora que el pueblo se ha vuelto un poco más turístico, tiene trabajo de sobra. Está considerando regresar a la capital para comenzar a estudiar para policía. Sabemos que él tiene la madera para hacerlo, además que encontró que es una labor muy bonita, gracias al admirable ejemplo que recibió años atrás.

Cómo mencionaba anteriormente, Marisa y Elisa son gemelas, aunque Marisa se tomó muy a pecho el hecho que es la mayor y, para mayor desdicha de todos nosotros, Elisa se tomó el papel de la niña menor. Ya es una adulta, pero aún se comporta como una chiquilla. De ellas dos, hablaré de Elisa primero.

Elisa nació un par de horas después que Marisa. Dicen sus padres que se aferraba al cordón umbilical como quien a punto de caerse se agarra por su vida del aire que le rodea. A pesar de su actitud malcriada, es una de las personas más geniales que he conocido. De pequeña ella era capaz de mantenerle el pulso a su hermana mayor, quizá no en la capacidad atlética, pero mental. Siempre sacaba las mejores marcas en los exámenes escritos, sabía declamar con profesionalismo y fue la representante escolar en los últimos dos años de nuestra preparatoria. Yo siempre la vi como una amiga muy especial, aunque un poco llorona y emocional.
Desde pequeña ya era enamoradiza y se prendaba de todo aquel que le daba la hora. Se enamoró del rector, del profesor de filosofía, del de trigonometría, del de computación. Se enamoró de todo el escuadrón de fútbol de último año. De hecho, se hizo representante escolar “por amor”. Sin embargo, siempre volvía a nuestros hombros a llorar cuando la rechazaban. Elisa no era fea, todo lo contrario. Su cara es la de una niña pequeña, pero sus ojos son preciosos, sus mejillas atractivas, su cabello largo y lustroso, sus generosas curvas, además que se esmeraba para cuidar su apariencia. Total, no es porque no sea atractiva, pero es porque parece una niña caprichosa y actúa como tal. Los hombres que ella “perseguía” decían que no querían tener una “hermanita menor” en vez de una novia, además que cuando ella se fija en alguien no tiene ojos para alguien más y se vuelve un poco posesiva por adelantado.
Uno de ellos decidió acceder a sus pretensiones, buscando “sacar provecho” de ella. Desafortunadamente para él, fue ella quien lo exprimió al máximo. Desde el momento en que se convirtieron en pareja, se les veía todo el tiempo juntos, día y noche. Se besaban en todos lugares, en público o en privado. Ella mantenía colgada de su hombro como un morral. En clase, se le veía de vez en cuando distraída, hasta el momento en que sonaban las campanas, en cuyo caso desparecía como una nube de humo a ir a su lado. Pasados unos días, lo comenzamos a ver enfermo y acabado, física y mentalmente. Una semana después, dejó de ir a la escuela. Un mes después, su familia se mudó de ciudad, aduciendo “problemas sicológicos y familiares”. Al parecer ella lo llamaba y recelaba todos los días, a todas horas, se aparecía sin anunciarse en la puerta de su casa, intentaba treparse a los árboles de alrededor para verlo e incluso entró una vez a la fuerza a su casa.
Cuando los demás estudiantes se enteraron de eso, la esquivaban como charco en la carretera. Lloraba con frecuencia y se lamentaba acerca de su fortuna. Una vez se graduó de la preparatoria, estuvo un año sin hacer nada, como yo. Durante ese periodo nos veíamos todos los días. Ella decía que buscaba escape de sus desgracias, pero yo estaba muy feliz de estar a su lado, mientras pensaba que era lo que quería hacer. Todo el mundo en el pueblo pensaba que eramos novios, pues mantenía en mi casa, llegaba temprano y se iba tarde.
Exactamente un año después de nuestra graduación, me contó que iba a comenzar a estudiar derecho por correspondencia. Ya ella se perfilaba por ese lado desde que nos graduamos, pues consumía libros jurídicos enteros con facilidad. Su padre, el notario público del pueblo, le inculcó la pasión por la abogacía y las leyes, y ella, siendo tan buena para los estudios, era perfectamente capaz de memorizar y recitar compendios completos. Ese siguiente año nos vimos muy poco, ya que ella se volcó por completo en sus estudios. La extrañé muchísimo. De vez en cuando viajaba a la capital a presentar sus exámenes, que siempre sacaba con marcas altísimas. Se veía con su hermana, pasaban un par de días juntas en casa de sus tíos y regresaba a San Julio. Orgullosa me mostraba las tarjetas de resultados. Un poco de ese orgullo se me contagiaba.
Unos meses después, y unos días después de la trágica comedia de Mario, me contó que la universidad en la que estudiaba por correspondencia le había otorgado una beca para trasladarse a la capital y estar presencialmente en sus cursos. Era la mejor estudiante de derecho de todo el Reino y era un orgullo para ellos extenderle la mano de tal forma. Así se marchó ella de San Julio.
El curso de derecho toma normalmente cinco años, pero ella lo terminó en tres y medio, incluyendo el año que estuvo por correspondencia. Era ella tan buena en su trabajo, que sin haberse graduado, recibía solicitudes de múltiples personas y empresas, pidiéndole que los representara en juicios. Sus habilidades de oratoria eran perfectas, su condición recta y segura.
Me frustraba muchísimo hablar por teléfono con ella. Cada vez que hablábamos me contaba acerca de sus novios y siempre era un tipo diferente. Después de su desilusión con nuestro ex-compañero de escuela, ella siguió siendo enamoradiza pero ahora ella le encontraba defectos a cada hombre con el que salía. Se quejaba de que su novio de turno era muy alto, muy bajo, muy flaco, muy gordo, muy pobre, muy rico, muy escuálido, muy fornido, muy calvo o muy peludo. Un día se enamoraban, al otro día se dejaban. Alcancé a contar unos doscientos o trescientos novios durante toda su carrera universitaria. ¿De dónde encontraba ella esa cantidad de hombres? Era como si conociera ella a media capital.
Para el día de su graduación viajé a verla y felicitarla, pues se graduaba con los máximos honores, con uno de los mejores promedios de toda la historia del Reino. Estaba ella saliendo en ese momento con un tipejo muy mal hablado, quien había sido su cliente en una asesoría del consultorio jurídico de su universidad. Me enojó mucho ver tal lumbrera al lado de tal tipo tan mezquino. Al día siguiente, habían terminado. Recibió propuestas de trabajo de diez o veinte bufetes de abogados incluyendo unos de la capital del Reino. Ella rechazó cada una de esas propuestas y decidió regresar a San Julio para tomar el puesto de su padre como notaria del pueblo.
Su padre, orgulloso, le cedió su puesto. Es esta una de las notarías más famosas de nuestra provincia, al punto tal que personas de la capital vienen a hacer sus trámites aquí, solo por el renombre y fama de mi amiga. Ella comenzó a ejercer un cargo similar al de juez de conciliación, lo cual la ha puesto en un puesto privilegiado en el Reino, como consultora y jurista. Sigo muy orgulloso de ella, pero preferiría que hubiera buscado ejercer en un lugar más concurrido y no en un triste pueblo sin futuro.

Marisa, Marisa. ¿Qué puedo decir de ella? Tal como su hermana menor, fue una estudiosa empedernida, sin embargo, mucho más balanceada. Era excelente en clases magistrales, pero así mismo en cursos de deportes. Muchos la veían como una machota y se burlaban de ella, pues su contextura siempre fue musculosa, muchísimo más alta que Elisa y las demás chicas de la escuela, aunque mucho menos dotada en curvatura. Era la única que le seguía los juegos bruscos a Mario, correr, subirse a los árboles y saltar de rama en rama. Todo el mundo daba por sentado que eran pareja desde chiquillos, pero a ella nunca le interesó el mundo del romanticismo. Trataba a hombres y mujeres por igual y nunca fue de amigos cercanos, a exceptuar nuestro pequeño grupo.
Desde los diez años comenzó a perder su visión y tuvo que comenzar a usar lentes. ¿Cuántos pares de gafas destruyó en su brusquedad? No tengo ni idea. Con el tiempo su pérdida de visión se fue exacerbando más y más. Esto la hizo blanco de más burlas y crueldad, sin embargo supo tolerarlo y confrontarlo con aplomo, y al final de todo quien fuera que se metía con ella, terminaba peor.
Siempre fue muy aplicada y era el personaje más equilibrado de nuestro grupo. Era tranquila, calculadora y sosegada, la única persona que podía calmar a Elisa cada vez que llegaba llorando frustrada. Excelente en balonmano y baloncesto, gracias a su participación nuestra escuela comenzó a ganar renombre entre la provincia a pesar de su ceguera, aunque nunca ganamos ningún campeonato. Desde pequeña sabía que quería estudiar negocios internacionales y volarse de la ciudad, y posible del Reino, en cuánto pudiese. Odiaba nuestro pueblo, detestaba el tener que despertarse en él, tener que dormir en él y soñaba con vivir en un lugar más grande, con más proyección y con más cosas que hacer. Tanta fue su intensidad y furia en contra de nuestro poblado, que el día de su graduación nos contó que se iba a ir a la capital a estudiar allá. Viviría con unos tíos, como te conté antes. Dos semanas después se marchó, descompletando nuestro pequeño equipo.
Durante su tiempo estudiando en la universidad no pudimos hablar mucho y solo sabía de ella por lo que Elisa nos contaba durante los dos años que estuvo aún en San Julio. Según sus historias, Marisa se fue tornando un poco retraída y callada, aunque continuó siendo una alumna excelente durante su carrera, estudiando hasta dieciocho horas al día y aunque tenía pretendientes se enfocó en su carrera al máximo. Me sorprendió mucho saber que tuvo muchas dificultades aprendiendo lenguajes y era lo que le consumía la mayoría del tiempo. Comenzó con inglés y portugués. Una vez Elisa viajó a la capital, me enteré en sus llamadas que al quinto año de su carrera, Marisa comenzó a trabajar como barista en un café cercano a su casa para allí aprovechar y practicar con los extranjeros lo que aprendía en clases de idiomas, aunque entre risas me contaba que los dejaba más confundidos de lo que los ayudaba. Me contó también que cada dos o tres meses tenía que cambiar la formulación de sus lentes y que se estaba quedando progresivamente más ciega, al punto que se tropezaba con las cosas, se equivocaba de personas al hablar o ponía su cabeza contra los cuadernos cuando tenía que escribir.
Debido a sus problemas idiomáticos y de visión, la carrera de cinco años de negocios internacionales, tomó seis. Tuvo que ver inglés en repetidas ocasiones y aunque en portugués le iba mucho mejor, su carácter retraído le causaba un poco de problemas en las interacciones con sus profesores. Se graduó seis meses después que Elisa, con un excelente promedio. No pude asistir a su graduación, por desgracia, aunque le envié un pequeño ramo de flores en modo de celebración.
Una vez salió de la universidad, comenzó a trabajar en una empresa de importaciones, dónde trabajó tres años, hasta el verano pasado. Era muy competente, acertada, puntual y eficiente. Justo antes de renunciar a su trabajo se hizo operar los ojos, logrando controlar su ceguera un poco, aunque de todas formas se cansa mucho leyendo.
De todos nosotros era quien menos creía que iría a regresar a nuestro pueblo. Tenía una carrera laboral en crecimiento, era un ídolo para nuestro grupo, pero hace unos meses decidió regresar. ¿Por qué lo hizo? De todas las cosas posibles, incluyendo sus padres o su hermana, lo hizo por algo que jamás esperaría de ella, se regresó por amor. ¿Cómo ocurrió esto? ¿Marisa, la que menos pensaba en el romance, la que siempre puso el estudio por encima de todo, devolverse a San Julio de Pascua por amor? Marisa se devolvió para declarar su amor a alguien y casarse con premura.
De hecho, hoy, el día que escribo esta corta historia, es su día de matrimonio.

¿Y yo? Mi historia no vale la pena relatarla, pues me gusta mucho más hablar de mis coloridos amigos. ¿Aún albergo algo del fuego que me atrajo a Elisa? Quizás si, quizás no. Lo único que sé es que desde que Marisa regresó nuestra vida ha cambiado. Cuando le pregunto por qué ella se enamoró de mi, siempre me dice que yo le gustaba desde que ella era pequeña, aunque siento que nunca me lo hizo saber. Quizás el hecho que no me lastimara o jugara brusco conmigo era su forma de demostrármelo.

¿A dónde nos llevará esto? Tampoco lo sé, probablemente nos deje encerrados en este pequeño pueblo. Probablemente alguno de nosotros salga por fin y para siempre. Es con un poco de nostalgia que dejo este relato, pero debo llegar puntual a la iglesia, la misma iglesia que vio a don Juan Julio rodar por el suelo como una bolsa de piedras, la misma iglesia donde se declararon las vírgenes sin pecado concebidas. Si llego tarde, Marisa se enojará.

Las personas, lugares y eventos descritas en esta historia son ficticias, y cualquier similitud con cualquier lugar real, persona real, viva o fallecida, sus vidas y eventos es solamente coincidencia.
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