semana 1
10 a 16 de septiembre de 2.020
«Labios Impolutos»

Un joven relata como su corta vida ha resultado afectada por un trauma de su niñez. No puede ver que una pareja se bese.

«Labios Impolutos»

Los vi besarse.
Siempre fui una persona muy callada. En el descanso de la preparatoria, prefería ocultarme a comer debajo del entablado del auditorio. Así evitaba tener que escuchar de los demás chicos de la clase sus incesantes y poco interesantes historias. Sin embargo, ese día los vi besarse, en lo que yo consideraba mi santuario.

Después de comer, decidí descansar antes que la campana de reinicio de clases sonara. Me tiré contra una caja que contenía unas colchonetas, cerré los ojos y aunque el barullo afuera no se detenía, pude tomar una siesta. Al menos, hasta que llegaron ellos.
—¿Qué haces?—, replicó una voz masculina que sonaba madura, pero a la vez escondía una segunda intención.
—Aquí nadie nos molestará—, replicó una voz juvenil, una voz que sonó extrañamente masculina pero aguda, como una voz que no se había desarrollado aún del todo.

Continué con mis ojos cerrados, pero totalmente consciente.
—Martyn, ¡no podemos! ¿Qué tal si alguien nos ve?—, objetó la voz mayor.
—Profe, no aguanto más.
Al escuchar estas palabras, no pude evitar abrir los ojos.
Y allí los vi. Los vi besarse.

Mi profesor de ciencias naturales estaba besando a uno de los chicos de mi clase. No era un beso tierno, era un beso profundo, un beso cargado de lujuria. Los ojos del chico estaban fuertemente cerrados, sus mejillas sonrojadas por el placer. Mi profesor tenía los ojos cerrados también, pero su semblante era diferente. Era el semblante de alguien que se despierta en la misma cama, en la misma casa, todos los días. Un semblante rutinario, cotidiano.
Aunque tenía de frente este espectáculo, no hice ningún ruido, no hice ningún intento de moverme. Sin embargo, algo en mi cuerpo se desencajó. Estaba a punto de vomitar. Sentía asco.
No era el hecho que fueran profesor y alumno. No era el hecho que ambos fueran hombres. Puedes llamarme tonto, o no creerme, pero nunca jamás en mi vida pude presenciar una pareja besándose sin que mi cuerpo convulsionara.

Desde muy pequeño sentí esto. Para mi, un beso en la mejilla o en la frente es bastante normal, no ocasiona nada dentro de mi. Sin embargo, cuando se acercan los labios, cuando se entrelazan las lenguas, una reacción visceral se apodera de mi. La bilis se me revuelca, el color de mi tez cambia y es inevitable vomitar.

Si tuviera que ponerle una fecha exacta a cuando comenzó este fenómeno, podría decir que inició cuando vi por primera vez a mis padres besándose. Muchas personas dicen que uno no recuerda nada de antes de los siete años. La memoria del beso de mis padres data de cuando tenía tres años.
Fue en la cocina de mi casa. Yo tenía puesto un babero y estaba sentado en un comedor para niños. Mis platos y cubiertos de plástico estaban al frente, mi comida debidamente servida, aunque mi mente estaba perpleja por la visión de mi madre. Ella estaba sentada a la mesa, sorbiendo su sopa con tranquilidad. Mi padre recién había llegado a casa, se aproximó a ella por detrás, la abrazó y bajó su cara a la altura de la suya. Ella se giró rápidamente y así cerraron su beso.
En lo que fue como un rayo, sentí como mi cuerpo comenzó a temblar. Sentí lágrimas brotar de mis ojos y de repente el mundo perdió la luz. Devolví lo que había comido hasta ese momento.

Mi madre intentaba consolarme, pero yo estaba completamente en choque, convulsionando y sollozando. Después de lo que pareció una eternidad pude calmarme.
Aprendí un tiempo después que si apretaba los ojos en el momento justo, podía evitar vomitar. No era algo infalible, pero al menos era un método para evitarlo.

Un año después mi hermanita nació. Fue todo un evento para mis padres. ¿Cuándo fue procreada y bajo que medios? No tengo ni idea, y no quiero saber. A mis ojos de cuatro años, ver otra criatura similar a mi pero más pequeña era algo muy confuso. Todo giraba alrededor de mis padres, mi casa, mis juguetes, la radio por la cual solo podíamos escuchar las noticias y de vez en cuando música, pero más que todo la voz de los presentadores de radio. Ella era pequeña y bastante frágil. Los primeros meses fueron confusos, no sabía como tratarla. Solo podía asomarme a verla en el corral. Ella a veces fijaba su mirada sobre mi, y sentía una conexión increíble con ella, como si habláramos palabras silenciosas. Obviamente, eso era mentira, era mi imaginación como niño.

Oh, disculpa que me haya desviado de la historia, pero en realidad esto es algo bastante importante. Con el nacimiento de mi hermana, mi madre se volcó en la crianza de nosotros, y le prohibió a mi padre el acceso a los “placeres carnales”. Con mis ojos de niño no entendía lo que pasaba, pero los besos entre mis padres se volvieron menos y menos con el pasar de los tiempos. Unas semanas después, mi padre anunció que le habían cambiado de puesto, y ahora tendría que viajar de ciudad en ciudad. No te había comentado antes, pero mi padre era editor de una revista científica.

Con este cambio, mi padre comenzó a desaparecer por días enteros. Mucho después fue que descubrí que en cuanto mi madre le hizo aquella prohibición, comenzó a frecuentar otras mujeres, y una muy particular que se convirtió en su amante. Aún así, mientras estaban en la casa, mis padres se siguieron tratando normalmente. Cuando tenían la oportunidad, se besaban en mi presencia y mis arcadas regresaban sin dilación. Quizá por instinto de supervivencia, cuando mi padre estaba en casa, corría desesperadamente a esconderme en nuestra habitación. Compartía mi habitación con el corral de mi hermanita. No temía de mi padre, pero temía del hecho de vomitar y los regaños posteriores a ello.

Una vez cumplí seis años, mis padres me enviaron a la escuela. Fue un evento parte terrible y parte maravilloso. Pude conocer otros chicos y comencé a aprender miles de cosas. Durante mi tiempo en la escuela podía descansar de mi madre y sus regaños, y de mi hermanita, quien causaba un caos mientras gateaba por toda la casa. Yo siempre tenía que pagar los platos rotos por cosas que no había hecho. El bus escolar me recogía todos los días a las seis y treinta de la mañana, y me dejaba de regreso en la casa a las cinco y quince, cinco y media de la tarde.

Fue terrible porque yo siempre fui un chico callado. Mis padres me enseñaron el valor del silencio, a veces a la fuerza. Pero ellos no tuvieron la culpa, la culpa siempre fue mía, por hablar cuando no se me ha permitido. Así que en la escuela, algunos de los otros chicos me molestaban por mi silencio. Yo siempre preferí hacerme a un lado. Cuando los profesores me preguntaban y me daban la palabra podía responder, y siempre lo hacía. Ellos eran la autoridad. Siempre lo han sido. Los otros niños comenzaron a ponerme apodos. Me decían “mudo”. Me decían “retrato” o “estatua”. Uno de ellos particularmente mantenía muy enojado conmigo. Un chico de apellido Eccleston. No recuerdo su primer nombre.

Él parecía tener una fijación conmigo, y siempre escondía mis libros, mis cuadernos o mis lápices. Una vez tomó mis zapatillas, mientras nos cambiábamos de ropa para clases de gimnasio. Las lanzó al otro lado de la reja que rodeaba la escuela, cayeron en la vía y varios automóviles las destrozaron. Después de eso, se mofó de mí. Los niños le copiaron y continuaron riéndose de dicha situación.

¿Te preguntas si yo lloré o grité? No, no lo hice. No había necesidad de hacerlo. No ganaba nada si lo hacía. Mis profesores siempre se mantenían a raya, como esperando que entre los dos resolviéramos nuestras disputas. Yo preferí dejarlo que actuara de la misma manera. Los maestros me decían que no era la forma más correcta de actuar, y que era necesario que me hiciera amigo de Eccleston para que esto no volviera a pasar. En su momento no entendía en absoluto lo que ellos me pedían. ¿Amigo? ¿Y eso qué es? Después leí en un diccionario la acepción de esa palabra. Aún recuerdo el texto como estaba en el diccionario. “Alguien que está apegado a otro por afección; alguien que mantiene por otro sentimientos de estima, respeto y afección, que lo dirigen a desear su compañía, y promover su felicidad y prosperidad; opuesto a un enemigo o adversario.”

Obviamente tuve que buscar las otras palabras que me confundían. Seguía sin entender. Por Eccleston no sentía nada, no sentía enojo, no sentía cariño. Él simplemente existía, y las cosas que me hacía eran simplemente mi culpa. Yo debí haber estado pendiente de mis zapatillas, pendiente de mis artículos personales. Era otro niño, con otras actitudes.

Eventualmente Eccleston pasó a otras cosas y me dejó tranquilo. De hecho, todos en la escuela me dejaron tranquilo, incluyendo los profesores. Cuando uno de ellos me pedía que me asociara con otros para hacer algún trabajo, lo hacía sin chistar. Cuando los otros niños me pedían que hiciera el trabajo yo solo mientras ellos leían los cómics o jugaban juntos, yo lo hacía. Mejor para mi, podía absorber y absorber más conocimiento.

Un día llamaron a mis padres a la escuela y los maestros tuvieron una conversación bastante larga con ellos. No estuve presente. Estuve todo el tiempo en el salón de clase, solo, leyendo uno de los libros que me prestó la maestra. “La Historia del Doctor Dolittle”. Este libro me encantaba. Aún debo conservar aquel libro en mi casa. Debe estar en mi biblioteca. Nunca pude regresárselo.

Ese día cuando regresábamos a casa en el automóvil de la familia, nadie pronunció una palabra. No me habían permitido hacerlo así que callé. Una vez llegamos, mis padres hicieron lo mismo que cuando Eccleston tiró mis zapatos a la calle. Era una rutina que ya se había repetido múltiples veces en el pasado. Igual que cuando Eccleston rompió mis libros, cuando destruyó mi trabajo de manualidades antes que la profesora lo revisara, cuando cortó con unas tijeras mi morral, cuando accidentalmente me aplicó pintura sobre la ropa.

Mi madre cerró todas las cortinas de la casa, cerró todas las puertas de la casa, se encerró conmigo en un almacén que había debajo de las escaleras de acceso al segundo piso, me desnudó, gritó un par de cosas y me dio algunos pares de palmadas en la cara y en las nalgas.
¿De nuevo la pregunta acerca de si lloré? Obvio que no, no me era permitido llorar ni gritar. Mi madre no me había autorizado a hacerlo. Mi madre salió de la habitación, su cara roja, sus blancas palmas enrojecidas por sus golpes.

Mi padre entró una vez ella salió. En sus manos tenía una soga, un bate de cricket y un tabaco encendido. Mi padre me golpeaba con el bate en las nalgas, haciéndome caer al suelo, vociferando muchas palabras soeces, me amarraba la soga al cuello fuertemente, ahorcándome, y me quemaba con el tabaco en la espalda y en las nalgas. El dolor era bastante fuerte, pero nunca lloré. No tenía objetivo hacerlo. Con su mano me golpeó en la cabeza y en las mejillas.

Cada vez que pasaba esto, me forzaban a quedarme en la casa por una semana. Mi madre me cuidaba las heridas en silencio. Y una vez la semana pasaba, volvía yo a clases con normalidad. Mis padres me amenazaban a menudo que no podía decir nada de lo que ellos me hacían a mis profesores o a los otros niños. Yo seguía sus palabras al pie y letra.

Esto se repitió en otras ocasiones. Afortunadamente y a pesar de mis semanas de inasistencia, pude pasar el año. Al próximo año, los profesores decidieron moverme a otro curso. Eccleston ya no estaba allí. Eran otros dieciséis niños diferentes. Nadie más de mi salón fue transferido. Allí había una nueva profesora, la maestra Jonna. Este fue quizá el año más tranquilo de mi vida. Yo cumplía con las tareas que los profesores me ponían, con los requerimientos de los otros niños. Durante ese año mis padres solo me amonestaron tres veces. Mi hermanita comenzaba a crecer y a balbucear.

Los demás años de mi escuela primaria fueron igual de tranquilos. Había un chico en mi curso, Jeff Edmont, que era bastante sereno también. Cuando había ejercicios o tareas en grupo, a menudo él y yo quedábamos de últimos. Los profesores nos ordenaban asociarnos. Nos distribuíamos el trabajo y lo hacíamos con eficiencia. Siempre terminábamos de primeros, y después regresábamos a nuestros propios encargos. Él por su cuenta, yo por la mía.

Una vez me gradué de la primaria, continué directamente con la secundaria. Mi hermanita ya tenía la edad para comenzar a ir a la escuela. Ella y yo continuamos compartiendo la habitación, en una litera. Ella decidió dormir en la parte alta, a mi me tocó la baja. A menudo ella pedía que intercambiáramos. Hablábamos mucho, sobre la experiencia de ir a la escuela. Yo le contaba los temas que los profesores nos enseñaban, le mostraba mis notas y mis cuadernos. Le decía que habían muchos niños allá, de diferentes edades. Le conté que algunos niños se enojaban con uno y hacían algunos daños. Ella se extasiaba con mis historias.

Mis padres decidieron que mi hermana y yo debíamos ir a escuelas separadas. Ella fue enviada a un colegio católico para mujeres, mientras que ellos me enviaron a un colegio militar. Según mi padre, era para que yo “formara carácter”. No entendí que era lo que quería, pero lo acepté. Mis notas eran bastante altas y no se me dificultaría entrar a ninguna otra escuela. Pero esta fue la voluntad de mis padres, y así se hizo.

El colegio militar fue un lugar maravilloso. Me despertaba y dormía a la misma hora todos los días, hacíamos un régimen ordenado y preciso de ejercicios. El sargento que estaba a cargo de mi clase daba las órdenes correctas y concisas. Quienes no la cumplían sufrían. Yo lo hacía todo a cabalidad. Mi sargento siempre me ponía como ejemplo para todos los demás chicos. A veces ellos me imponían el trabajo que les tocaba, pero yo lo hacía con gusto. Cuando el sargento me descubría haciendo el trabajo de los otros, siempre me imponía una represalia, pero los regaños y sanciones hacia los demás eran mucho más fuertes.

Recuerdo una vez, en octavo grado, los otros chicos hicieron lo que ellos llamaron “una broma”. Un par de ellos me distrajeron haciéndome limpiar los vidrios de la barraca. Otros se llevaron mi morral de campo a los inodoros, se orinaron y defecaron dentro de él. Pusieron todos mis artículos de nuevo adentro, lo cerraron y pusieron en su lugar. Al día siguiente teníamos un entrenamiento de campo por tres días en la espesura de una selva. Yo no noté nada extraño con mi equipaje, hasta el momento de la primera noche, cuando debía utilizar el encendedor de campaña para hacer un fuego. Una vez abrí el morral, el olor me golpeó directamente. Sin inmutarme metí la mano, extraje el encendedor, mi mano ligeramente cubierta por los excrementos de los chicos y encendí la fogata sin distraerme. Los chicos comenzaron a cuchichear al verme.

Un coronel que nos acompañaba notó el fétido olor de mi morral abierto y me increpó. Volteó los contenidos de mi equipaje sobre la tierra del campamento, derramando los excrementos de mis compañeros. Mucha de mi ropa de cambio, herramientas y artículos estaban sucios. Todos los chicos de mi grupo de repente se rieron, apuntándome con sus dedos, pronunciando además malas palabras. El coronel continuaba gritándome mientras me daba un par de puntapiés en las costillas. Yo lo sabía, era mi culpa por no mantener el cuidado de los bienes que me habían asignado.

El coronel me ordenó tomar todas mis pertenencias, incluyendo el maletín, llevarlo a un riachuelo cercano, y lavarlo todo a mano. Mientras yo me marchaba con mis artículos, habló con el sargento. Los chicos continuaron riéndose de la circunstancia. Me gritaban “mierda”, “alcantarilla”, “basurero” o “cerdo”.

Me tomó hasta un poco más de la media noche limpiarlo todo bajo los parámetros que el coronel me pidió. La luna era la única compañía que tuve. Gracias a ella pude ver lo que hacía. Las herramientas las lavé con cuidado, usando una toalla. La ropa la friccioné fuertemente una contra otra sobre una piedra, retirando el sucio en cuánto pude. El morral fue bastante complejo de lavar, pero pude lograr mi cometido. Puse a secar algunas cosas en unas ramas de un árbol cercano mientras continuaba con lo demás. Una vez terminé recogí todas mis cosas y regresé al campamento.

Allí, todos los demás chicos de mi clase estaban durmiendo en el suelo, sin tiendas ni resguardo del frío, bastante alejados de la fogata que yo dispuse. Habían sido castigados por el sargento, cuando les pidió que con honestidad revelaran quien había sido el artífice de “la broma”. Al principio nadie quiso hacerlo, pero después de varias amenazas, los culpables fueron revelados por los demás. Después de ello, jamás volvieron a hacerme algo.

Una vez terminé el colegio militar, se me obligó a regresar a casa. Ya tenía yo diecisiete años. No quería regresar a mi hogar, pero mi sargento me pidió que discutiera bien con mis padres el seguir la carrera militar. Cuando llegué a casa, eran las doce del medio día y no había nadie allí. Tuve que esperar varias horas hasta que mi madre y hermana llegaron, en un automóvil diferente al de mi padre. Mi madre no dijo nada y silenciosamente abrió la puerta de la casa, mi hermanita si me abrazó fuertemente. Era ya toda una señorita y eso que solo habían pasado cuatro años.

Descubrí que mi padre se había divorciado de mi madre para entablar una relación con una de aquellas amantes. Descubrí que mi mamá había quedado embarazada de él en alguna otra ocasión, pero que había perdido el niño. Descubrí que mi hermanita se había convertido en una máquina de hablar. Descubrí que aparentemente mi cuerpo había crecido mucho y tenía músculos. Durante esos días, mi hermanita me pedía con bastante frecuencia que le mostrara mi cuerpo desnudo. En varias ocasiones me tocaba con su mano o me besaba o lamía en diferentes partes del cuerpo. Nunca la boca. Nunca se lo permití, pues no me quería vomitar de nuevo. Descubrí que mi madre tenía un novio, que se llamaba Reginald y venía de vez en cuando a hacer visita. Descubrí que mi padre pasaba por nuestra casa de vez en cuando para llevarse a mi hermanita a pasear. Descubrí que la novia de mi padre tenía una hija, de mi edad.

Cuando mis padres se encontraban, peleaban con fuerza. En alguna ocasión mi madre le lanzó un cuchillo en punta a mi padre. Por pocas pulgadas, él escapó el filo. El cuchillo quedó clavado en la pared de madera por diez días.
Lo único en lo que concordaron los dos era que no había dinero para mandarme de nuevo al colegio militar. Me ingresaron a una preparatoria pública cercana.

En mi opinión, era una institución educativa mediocre y desordenada. Después de pasar seis años en la escuela militar, donde todos vestíamos de uniforme, con un régimen ordenado y claro, a un lugar dónde las chicas se pintaban la cara y las uñas, los chicos se vestían con las camisas por fuera, blandiendo cigarrillos encendidos detrás del gimnasio. Esto era el pandemonio. Adopté mi misma posición que tuve en la escuela y el colegio militar, mantenerme callado, responder a los profesores como si fueran mis oficiales del ejército, vestirme pulcramente, tener un peinado militar y hacer mis labores con total eficiencia.

Era mortificador tener que caminar hacia el gimnasio, cosa que debía hacer a menudo para realizar mis entrenamientos musculares con el equipamiento de la escuela. En el trayecto, bajo el amparo de las sombras, veía parejas de jóvenes besándose apasionadamente. Ni mil años de entrenamiento militar me iban a quitar la repulsión que tenía de ver dicho acto. De vez en cuando, ellos se acariciaban por encima de la ropa, o si era más oscuro, las mujeres les tocaban los genitales a los hombres o se los metían en sus bocas. Esto otro nunca me causaba nada. Solo eran los besos. Cuando en casa mi madre escuchaba las radio novelas, el sonido que los actores hacían cuando simulaban besarse era suficiente para que yo tuviera nauseas y tuviera que disculparme para ir al excusado.

Los chicos de mi clase sabían que yo había ya tenido entrenamiento militar. Mis músculos y mi forma de ser lo reflejaban. Me enteré después que todos me temían y que varios rumores extraños circulaban. Algunos decían que ya había matado a alguien, que me habían enviado a algún conflicto armado, que en el colegio militar me habían obligado a beber sangre de animales que tenía que matar con mis manos. Eso no podría distar más de la realidad. En total, estos rumores me beneficiaban, pues hacía que todos ellos se mantuvieran a raya conmigo. Todos, excepto alguien. Pauline Sasso.

Ella era una chica bastante extrovertida. Se hablaba con todos en la clase. Era poco inteligente y a todas vistas prefería el cotilleo que el estudio. Se rumoreaba que había tenido sexo con todos los hombres del salón. Cuando alguna de las chicas estaba interesada en alguien, siempre le preguntaban primero a Pauline qué tan largo lo tenía, cuánto había durado antes de eyacular o cuánto semen había arrojado. Ella respondía como si fuera una experta. Yo tuve que escuchar sus historias en más de una ocasión. El lugar más adecuado para ellas hablar no era detrás de un arbusto, o detrás del gimnasio o del auditorio. Era el mismísimo salón el perfecto lugar de chisme. Yo siempre preferí quedarme en el salón a leer mientras transcurrían los descansos. Y eso me obligó a escucharles. Ellas no me prestaban atención. Era yo una piedra, una estatua a ignorar.

Excepto que Pauline en realidad no me ignoraba. Un día, una chica le preguntó jocosamente a Pauline acerca de mi. Era de lógica que era una broma nada más. Pauline se dirigió hacia mi, puso su suave y fría mano en mi mentón, obligándome a levantar la mirada de mi libro hacia su cara. Por primera vez observé sus facciones. Sus ojos color café granate, una nariz delgada, labios carnosos, pintados de un rosa que parecía natural. Cejas bien cuidadas, su cabello rubio brillante y esponjoso. Jamás había visto una mujer tan cerca. Ni siquiera mi hermanita o mi madre.

Ella me comandó a que la siguiera. Asentí. Cerré mi libro, me levanté del asiento y me mantuve a dos pasos de su espalda. Las demás chicas cuchicheaban y sonreían a nuestras espaldas. Faltaba un poco más de cuarenta y cinco minutos para que las clases continuaran. Ella era una persona menuda, yo le llevaba casi dos pies de altura de más. A su lado yo debería parecer un poste telefónico. Ella me condujo a través de varios pasillos hasta salir al patio. Continuó caminando en silencio mientras transitábamos al lado de otros chicos. Sentía todas sus miradas quemarnos. Era Sasso, la prostituta de la escuela, y yo, el soldado asesino. Continuamos en dirección del auditorio e ingresamos allí. Había un par de personas desperdigadas por aquí y allá, consumiendo sus almuerzos. Ella se dirigió a una pequeña portezuela de madera que conducía a una habitación de almacenamiento. La abrió sin mayor problema. Luego, movió un par de cajas de cartón, revelando un agujero en una de las paredes que llevaba a una escalera que se internaba a una cavidad oscura. Me comandó a que me metiera allí. A pesar de la oscuridad no era un lugar polvoriento, y la luz se colaba entre los maderos del escenario que estaba arriba. Ella me siguió detrás, moviendo las cajas de nuevo para conciliar la abertura.

Me ordenó que me bajara los pantalones. Lo hice. Me ordenó que me bajara los calzoncillos. Lo hice. Tomo mi pene con su mano, lo tocó y observó por todos lados. Su mano continuaba siendo suave y fría. Su tacto se me hizo plácido. Estiró hacia atrás mi prepucio y acarició con velocidad el tronco un par de veces. Levantó con dos de sus dedos mi pene, como quien sostiene un tabaco y con los otros manoseó mis testículos suavemente. Los observó también. Soltó mis genitales y me ordenó que me subiera la ropa interior y los pantalones. Eso hice. Ella se metió la mano entre sus senos y extrajo una cajetilla de cigarrillos. Sacó uno, lo puso entre sus labios, me extendió la cajetilla y me preguntó si fumaba. Dije que no. Usó unos cerillos y encendió el cigarrillo. Guardó la cajetilla entre sus pechos, se tiró encima de unas cajas que estaban arrumadas con unas colchonetas y me comandó que hiciera lo mismo.

Allí aprendí que ella era virgen, que nunca había tenido sexo con nadie en realidad. Aprendí que ella sentía curiosidad por los hombres y sus penes. Aprendí que se había manoseado con algunos chicos y que de algunos había tragado su semen, pero que nunca había sido penetrada. Aprendí que ella estaba buscando a alguien que la quisiera, pero no por los cuentos que corrían por el salón o por la escuela. Aprendí que ella quería que alguien la protegiera. Aprendí que su padre la había manoseado cuando niña. Aprendí que su padre la obligaba a que le chupara el pene. Aprendí que había intentado quitarse la vida múltiples veces. Después de la conversación, el cigarrillo se terminó y ella se levantó del suelo. Me invitó a que usara este espacio para descansar, cuando las conversaciones de las chicas se hicieran muy pesadas en el salón. Asentí. Me ordenó que regresáramos al salón. Faltaban quince minutos para el reinicio de las clases.

Comenzando ese día, usé el espacio que Pauline me enseñó todos los días que fuera a la preparatoria. De vez en cuando ella iba también y me conversaba de sus frustraciones. No me disgustó hablar con ella. Se me presentaba como la única persona franca que había conocido en mi vida. Después de esa primera ocasión, nunca me volvió a pedir que me bajara los pantalones. En una ocasión me dijo que yo era la única persona con la que ella podía ser sincera.

Y así ocurrió que los vi. El profesor de ciencias naturales y el chico. No alcancé a cerrar mis ojos como hacía anteriormente. Ya me había acostumbrado a la oscuridad y podía ver los detalles. Vi como el pantalón del chico tenía una turgencia. Pero más que todo veía su beso. Cerré los ojos, respiré profundo sin hacer mucho ruido, tal como me enseñaron en el colegio militar. No, las nauseas llegaban. Detrás de mis párpados podía ver la imagen de ellos dos. Sentía como se agolpaban los contenidos de mi estómago y subían como alguien aferrándose de las paredes de un pozo. Era inevitable. Me levanté con agilidad poniendo mi mano en la boca, haciendo un estruendo. El profesor y el alumno hicieron un corto grito, pidiendo que me detuviera. Yo no aguanté más. Mientras movía las cajas, vomité todo mi almuerzo encima de las escaleras.

No volví a la preparatoria. Me quedé en casa dudando de mi capacidad de seguir estudiando allí. Era mi lugar sagrado, el lugar que Pauline me enseñó y cada vez que fuese allá sería un recordatorio de lo que allí había acontecido. El solo pensar en ello me causaba mareos. Pauline vino a mi casa en varias ocasiones, pero cuando lo hacía le pedía a mi hermanita que mintiera y le dijera que no estaba. No podía verla a la cara, me recordaba a aquel lugar.

Menos de un mes después, el regimiento militar llegó a mi casa. Mi sargento vino a recogerme. La guerra había vuelto. Esos malditos alemanes no pudieron respetar su palabra. Era hora de servir a mi nación, a pesar de apenas estar en la preparatoria. Mi madre y hermana se opusieron, pero yo acepté. Era mejor hacerlo que quedarme en casa lamentándome. Me recogieron en Annville y me trajeron en helicóptero. Durante todo el trayecto solo pensé en Pauline. Debía proteger mi país, mi ciudad, mi familia y a Pauline. Y por tanto aquí estoy.

Ahora, dime, médico Mercer, ¿qué tan grande es la herida? ¿Por qué me has arrancado del cuello la chapa de identificación? ¿Por qué lloras?

Las personas, lugares y eventos descritas en esta historia son ficticias, y cualquier similitud con cualquier lugar real, persona real, viva o fallecida, sus vidas y eventos es solamente coincidencia.
© 2.020 Ilustración por Jhon Manuel Daza
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