«Aquella chica del cumpleaños»

Ah, hola. Eres el primero que he visto desde que llegué aquí.
En este agujero de oscuridad, donde arriba y abajo es lo mismo, donde la luz nunca aparece.
No llegué aquí por casualidad. Llegué porque cometí un error.

En mi cumpleaños número siete fue la primera vez que la vi.
Justo después que mis “amigos” se fueron y mis padres ya estaban limpiando el desmadre de la fiesta, me senté en el sofá, miré al techo y me quedé dormida.
Pude haber jurado que mi padre me levantó entre sus brazos y me llevó a la cama, porque no recuerdo para nada caminar a mi cuarto y meterme en la cama. Lo próximo que recordé fue que me desperté en medio de la noche con mi lamparita encendida, bien cobijada, con mi pijamita puesta, puertas y ventanas bien cerradas. Cuando abrí los ojos sentí como si estuviera flotando. Trataba de moverme, pero no podía. Pensé que estaba en un sueño.

—Angela, despierta.
Una vocecita me sorprendió.
—Sé que estás despierta, hija.
—¿Mamá?
De repente, algo voló al frente de mis ojos.

Lo que apareció era una criatura alada del tamaño de la mano de mi padre. Sus alas revoloteaban rápidamente como un colibrí. Cuando traté de verla, no pude reconocer que cara tenía. Parecía la cara de una muñeca pero a la vez sus ojos parecían cansados. De a poquitos me desperté y pude reconocer que su voz no era la de una niña, si no la voz que tendría una abuelita de algunos muñequitos de la televisión. Inmediatamente recordé las historias de hadas que mi mamá solía contarme, o las que leía en la escuela.

—No, no soy tu mamá… Soy digamos… Tu hada madrina.
A mis ojos de siete años eso lo explicaba todo. Ya me había despertado del todo y parecía que volaba un hada en mi habitación. Fuera lo que fuera, algo estaba flotando al frente de mi cara. Intentaba moverme, pero aún no podía.
—¡Cómo en los cuentos!
—Así es, como en los cuentos.
Una pregunta me pasó por la cabeza.
—¿Cómo sabes…
—¿Tu nombre? Hija, yo lo sé todo de ti, siempre he estado cerca de ti. Hasta las preguntas que tienes, las sé.
—No tenía idea.
—¡Pues claro que si! ¡Feliz cumpleaños, Angela!
—¡Gracias, hada madrina! Pero, ¿cuál es tu nombre?
El hada se quedó pensativa.
—Nosotras no tenemos nombres. No los necesitamos, porque cuando queremos comunicarnos con alguien, podemos hablarles directo en la cabeza.
—¡Pero eso es muy triste!
—Entiendo lo que dices, pero el mundo de los humanos es muy diferente al nuestro. Nosotras solo podemos venir en los días de los cumpleaños de nuestros ahijados.
—¿Y cómo te volviste mi madrina?
Se carcajeó muy fuerte. Pensé que mis padres la iban a escuchar.
—Hija, ¡preguntas muchas cosas!

Ella voló allí y allá, solo la pude seguir con mis ojos. Intentaba girar mi cabeza pero era imposible. Pareciera que por donde volaba dejaba un rastro de pequeñas escamas brillantes que desaparecían después de un rato. El revolotear de sus alas me hipnotizó. Unos momentos después se detuvo en la misma posición que tenía antes.
—Sin embargo, ¡ahora vengo para ofrecerte una maravillosa oportunidad!
Sus alas revoloteaban más fuerte. Los pequeños brillos caían lentamente encima de mí.
—Vengo a cumplir tu deseo. Cualquier cosa que desees, te lo puedo otorgar.
Esto me sorprendió mucho. Sentí como mi cuerpo dio un pequeño salto y como comenzaba a recobrar el movimiento.
—¿Cualquier cosa?
—Cualquier cosa que se te ocurra. Pero solo una.
—¿Y podría pedir que me cumplas más deseos?
Si aquel ser me conocía, debía saber que yo era una culicagada desde pequeña. El hada se sonrió.
—No, no seas tramposa.
En ese momento pasaron mil ideas extrañas por mi cabeza. Para mi mente de siete años eran de lo más normal. El hada me observaba, hasta que se giró a mirar por la ventana. La expresión en su cara se tornó un poco preocupada.

—Angela, debes apurarte. Tu cumpleaños se acaba y cuando sean las doce de la medianoche, he de marcharme y no me verás hasta el próximo año.
—¡Espera, espera!
Seguía pensando. Se me ocurrían todos los juguetes del mundo, toda la torta del mundo, todos los animales, que todas las personas del mundo fueran mis amigos, que mis papás no me regañaran más, que no tuviera que ir a la escuela. No podía decidir en una sola tan fácilmente, y así se me fue el día de mi cumpleaños. Llegaron las doce y sonaron las campanas del reloj de mi abuelo que estaba en la cocina.
—¡Cuídate mucho Angela! ¡Nos vemos el próximo año!
—¡Espera! ¡Ya sé cuál es mi deseo!
Era una gran mentira, pero quería tener más tiempo para pensar. Así se desapareció mi “hada madrina”. Un momento después caí rendida de sueño.
Cuando desperté al otro día, podía recordar todo lo que había pasado. Una vez me desperté, ya podía moverme y salté como un resorte. Corrí sin ponerme mis pantuflas y bajé a la cocina para ver a mis padres. Les conté acerca del hada madrina y de como me había visitado en la noche. Ambos simplemente se sonrieron, me ignoraron y cambiaron de tema.
Por cinco días estuve como una lora hablando del hada. Les conté a mis amigos de la escuela, quienes me llamaron loca. Nadie jamás había visto un hada y menos que se les apareciera en el día del cumpleaños. Después se me fue pasando y lo olvidé.

Hasta mi octavo cumpleaños. Durante ese año pasado en mi casa comenzaron a pasar algunas cosas raras. Mi padre llegaba un poco enojado del trabajo, hablando de que lo estaban “robando” en su empresa, de “salarios” y no se qué. Yo no entendía que estaba pasando. En mi caso, lo único verdaderamente importante fue que me partí el brazo subiéndome a un árbol.
Mi abuela materna estaba un poco enferma y pasó con nosotros unos meses, viviendo en una de las habitaciones desocupadas de mi casa. Esa señora nunca me quiso y durante esos meses parecía como si yo no existiera para ella. Yo la llamaba, le hablaba, le gritaba incluso y ella no me respondía. Era como si yo fuera un fantasma para ella. Mi madre en alguna ocasión le pidió a ella que me contara historias de cuando era pequeña y ella se limitó a decir que “no iba a hablarle a las paredes”. A menudo, cuando me quedaba a solas con ella, corría donde mi madre llorando. Sentía que yo iba a desaparecer.
Sabía que mis padres discutían acerca de mi abuela cuando ella y yo ya estábamos en la cama. Era imposible no escucharlos.

Mi cumpleaños ocurrió un mes después de que mi abuela se hubiera regresado a su casa. Se fue sin agradecerle a nadie, recogió sus cosas y se marchó. Las cosas mejoraron cuando ella se fue. Mi padre estaba ganando menos dinero en su trabajo y nos tocó apretarnos un poco. Mi mamá me preparó una torta sencilla, mi padre me compró nueva ropa y un conjunto de escritura fina. En ese momento pensé que era un desperdicio de dinero. No lo toqué. Me quejé que no había tenido fiesta. Ahora que trato de acordarme de todo, en mi escuela yo ya no tenía amigos. ¿A quién íbamos a invitar? ¿Niños cualquiera que no representaban nada para mí?
Me comporté como una malcriada. Me da vergüenza haber sido así. No soplé las velas, subí corriendo a mi cama y lloré. Una total malagradecida, así es. Una desgraciada de ocho años. Ahora, en el lugar donde estoy, cómo desearía de nuevo probar un pastel elaborado por mi mamá, o haber usado más el conjunto de caligrafía de mi papá.
Esa noche mis padres discutieron. Mi padre le echó la culpa a mi abuela, mi madre se defendió. Yo sentía que ambos eran culpables. Ninguno fue a mi habitación a encenderme la lámpara, a cambiarme la ropa o a arroparme. Sentía que me habían abandonado. Me quedé dormida encima de las cobijas, con mi ropa de cumpleañera puesta. Y así, igual que el año pasado, aquella “hada” volvió.

—Angela, ya ves como son los adultos.
Medio dormida, volví a ver aquel ser, flotando en el aire. Estaba igual, completamente inmóvil. Aunque estaba oscuro porque no encendí la lámpara por primera vez en mi vida, analicé de nuevo su apariencia y su sombra se veía igual. Aún brillaba de forma tenue, como la vez pasada, aunque sus alas perdieron un poco del brillo; y las escamas que antes parecían pequeñas estrellas, habían perdido un poco el fulgor.
—Volviste.
El hada se acercó a mi cara y me dio un golpecito en la nariz con su pequeña mano. La falta de luz no me permitió ver su apariencia de cerca. A mi nariz llegó su olor, pero no lo pude identificar inmediatamente.
—Así es. Yo te dije. Todos los años en tu cumpleaños, justo después que te quedas dormida, ese es el único momento en que yo puedo venir a verte.
—¿Y si no me quedo dormida?
—Pues, no podré venir.
Seguía bastante aburrida, así que solo suspiré.
—Te dí todo un año para que pensaras en tu deseo. ¿Este año si vas a pedir algo? Recuerda que es una oportunidad única en la vida.
Lo había olvidado por completo. Entre las burlas de mis padres, de mis compañeros de escuela y mi propia decepción, había enterrado ese pensamiento todo el año pasado.
—La verdad… Nadie cree en ustedes.
Ella soltó una carcajada, igual en volumen que la que dio el año pasado.
—Pues obvio, hija. Nadie cree en las cosas que no pueden ver y nosotras solo podemos aparecer al frente de ciertas personas, como tú.
—¿Y yo qué tengo?
—No te lo puedo explicar ahora, sería bastante largo. Por ahora, considérate especial. Y entonces, ¿qué vas a pedir?
De nuevo lo pensé. Recuerdo que en esa ocasión yo solo pensaba en que quería un mundo sin mis padres. Ellos me habían tratado mal, en mi opinión. Me habían dado regalos que no quería, me habían dado una torta pero sin fiesta. Quería que mi cumpleaños hubiese sido un evento maravilloso, con mucha gente, con muchos regalos. Iba a abrir la boca cuando el ser me detuvo.
—No, no, no… Lo había olvidado. Nada de devolverse en el tiempo. Y tampoco viajar al futuro.
Chasqueé mi lengua.
—Eso es algo que no podemos tocar. De resto todo vale.
Sentía como mi cuerpo recuperaba su movilidad.
—¡Ah, se acaba el tiempo! ¡Rápido, piensa en algo!
Sentí la presión. Apreté la boca y comencé a pensar. Era solo un deseo en toda mi vida. ¿Qué era lo que quería?
Y el reloj volvió a sonar.
—Será la próxima oportunidad entonces. ¡Cuídate Angela!
—No, no te vas a ir.
Intenté levantar mi brazo, pero se sentía como si tuviera los brazos amarrados a la cama. El ser se carcajeó de nuevo.
—No, hija… Esas son las reglas.
Y se esfumó en una pequeña nube de escamas brillantes. Por dentro sentí mucha rabia. ¿Primero mis padres y luego mi hada madrina? ¿Quién más me iba a abandonar? La rabia logró que intentara soportar la fuerza del sueño, pero unos minutos después me rendí.

Comenzando ese día, cambié notablemente mi actitud frente a mis padres. Comencé a dejar de ser la chiquilla consentida de ellos. Mi madre aún me vestía y organizaba los primeros días, pero analicé cuidadosamente como ella lo hacía. Un mes después, le pedí que dejara de hacerlo y comencé a vestirme sola. Aún comía el desayuno que ella me preparaba. Aún recibía una mesada de mi padre. Me iba sin renegar a la escuela. Cuando terminaba mi jornada, para evitar llegar temprano a casa, caminaba por el barrio, en diferentes calles y pasadizos, iba al parque, pasaba tiempo con otros compañeros de la escuela. Y una vez se acercaba la noche, regresaba a casa, me retiraba a mi habitación, bajando solo para cenar. Cuando mis padres me buscaban conversación, respondía con monosílabos. Comencé a pasar más tiempo sola en mi habitación, jugando con mis cosas.
Solo una vez acepté ayuda de mis padres. En alguna ocasión ardía de fiebre, todo por que me llovizné en una de esas escapadas que hice. Mi madre, con todo el amor del mundo me cuidó, me alimentó, me dio medicina y estuvo a mi lado hasta que me bajó la temperatura.

Unos meses antes de mi noveno cumpleaños, mi madre y mi padre discutieron. Las cuentas en la casa no encajaban de nuevo. Mi madre decidió por si misma en buscar trabajo para soportar a la familia y se presentó en una empresa. Mi padre objetaba a eso. Se preguntaba quien podría encargarse de mi. En meses yo no había pronunciado mayor cosa. Este era el momento correcto. Les dije que yo podía cuidarme sola.
Por alguna razón, en mi mente yo solo pensaba en deshacerme de mis padres. Así no me tenía que quedar hasta tarde fuera de la casa por no darle la cara a mi madre. No se si fue el hecho que mi padre por fin escuchó mi voz en tantos meses o que fue, pero accedió.
Mi madre comenzó a trabajar en una empresa de alimentos enlatados. Se iba a la misma hora que yo me iba a estudiar y regresaba dos horas después de mi hora de llegada, casi a la misma hora que mi padre regresaba. Tenía la casa para mi sola por un buen rato. Podía ver la televisión, podía escuchar música. Aprendí a tener precaución, el valor de una llave, a ponerle seguros a las puertas y ventanas, aprendí a sacar comida de la nevera. Afortunadamente nunca nos faltó alimento.
Y así llegó mi cumpleaños número nueve. Tres días antes de este, recordé a la afamada hada. Hice una lista de deseos. Quería mucho dinero, quería que mis padres nunca estuvieran en casa, quería muchos juegos, muchos dulces, quería no volver a clase, quería una casa para mi sola. Lo apunté todo. Una vez terminé la lista tenía más de cincuenta cosas.
Mi madre me dijo que invitara al cumpleaños a todos los amigos que yo quisiera. Volvíamos a tener una fiesta como la de dos años atrás. Le dije que no la quería. Le dije que era mejor que ahorrara el dinero. Podíamos cenar algo sencillo. Igual no tenía amigos.

Y así estaba todo preparado. Mi madre había pedido permiso el día de mi cumpleaños, así que se quedó en casa haciendo los preparativos. Cuando llegué a casa, ya estaba todo listo. Pero como si la suerte nos hubiera visto felices, a la hora que usualmente mi padre llegaría a casa, recibimos una terrible llamada.
Por afanarse a llegar a mi cumpleaños, mi padre tuvo un gran accidente en su automóvil. Se había volcado en la carretera, volviéndose añicos. Se encontraba en un hospital un poco lejano. Mi madre, en medio de su angustia, llamó a unos vecinos y les pidió su colaboración. Yo sentía como mi familia se desbarataba. Seguramente era un sueño, pero no lo era en realidad.
El vecino nos llevó en el automóvil a dicho hospital. Pude ver fugazmente a mi padre, conectado a mil cables y tubos. Mi madre evitó que lo siguiera observando. Vi su cara, vuelta carne como recién salida de la nevera. Vi lo que parecía un rollo de carne, lo cual era uno de sus brazos. Fue algo muy traumático. Estuvimos toda la noche en el hospital, esperando escuchar noticias de él. Me mantuve despierta toda la noche. Solo podía pensar en lo que había visto. Lloré muchísimo. Podía ser verdad que me estaba volviendo más independiente, pero igual era mi padre y lo amaba mucho.
Como puedes imaginar, el hada no apareció porque ese día no dormí. Mi cumpleaños se volvió un evento trágico.

Afortunadamente, unos días después, aunque estaba bastante magullado, ya podíamos verlo. Desde ese momento mi madre y yo lo visitábamos casi todos los días, siempre en bus, excepto cuando el vecino nos podía llevar.
Parecía una momia, cubierto de pies a cabeza en vendas y dos armatostes de yeso, uno en el brazo izquierdo y el otro en la pierna derecha. Ya podía contestar a las conversaciones, aunque era difícil y a veces tartamudeaba. Yo decidí volverle a hablar. Con llanto entrecortado, le contaba acerca de la escuela, de la comida que mi madre me hacía. Le contaba que estaba aprendiendo a cocinar con ella. Él decía que quería comer de la comida que yo preparaba. Eso me hizo muy feliz.
Una vez, antes de salir del hospital, mi mamá tuvo una larga charla con uno de los doctores. Ella parecía angustiada, pero el doctor la calmó. En el trayecto de regreso a casa mi madre no pronunció palabras. Era la primera vez en mucho tiempo. Usualmente hablábamos acerca de que íbamos a cocinar para la comida, acerca de que tareas tenía para la escuela, y así.
La presioné para que me dijera que había ocurrido, pero solo se limitó a decirme que no debía preocuparme por ello.
Al siguiente día, dos meses y medio después de su accidente, mi padre falleció. Después busqué acerca de la razón de su muerte, no habían encontrado un hemorragia cerebral y le había consumido el cerebro. Pensaron que el hecho que podía contestar era un indicio de que todo estaba bien en él, pero su súbito tartamudeo no mentía.

En la velación, yo no podía creer lo que estaba pasando. Era incapaz de llorar. Sentía un nudo en la garganta y sabía que debía dejarlo salir, pero mis lágrimas no salían, nada salía. Mientras que las demás personas nos daban sus mensajes de consuelo, yo permanecía de pie al lado de mi madre, como una muñeca rota a la que le habían arrancado la cuerda a la fuerza y ya no podía cerrar los ojos. Solo cuando llegué a casa pude por fin llorar, porque sabía que no lo iba a volver a ver. La casa estaba llena de su presencia, en cada rincón, cada tabla de madera.
Durante dos semanas no podía estar en mi habitación sola sin la lámpara encendida, no quise regresar a clases, no quise mirar televisión. Si cerraba los ojos podía ver a mi padre, su sonrisa, como me extendía la mano. Amanecía con los ojos llorosos, me acostaba con los ojos llorosos. Después de eso no pude conciliar el sueño por otros diez días.
Mi madre consideró en llevarme donde un médico, pero yo le dije que era innecesario. Debía volver mi corazón de metal. Pero mi mente no tenía ninguna intención de permitírmelo. Volví a clases un mes después. En la escuela, me era difícil concentrarme. Mi profesora me citó con mi madre. De la escuela nos darían el apoyo para que yo comenzara a tener citas con un psicólogo. Mi madre decía que haría lo que fuera, aunque costara. La escuela se encargó de ello.

Comencé a tener citas psicológicas con una doctora, la doctora Maxwell. En la primera cita la odié con toda mi alma. Me obligó a volver a ver en mi mente a mi padre, ensangrentado, en una camilla del hospital. Lloré por tres días seguidos. Ella me dijo que debía afrontar mis miedos y que el tiempo no se iba a devolver. Nada haría que mi padre reviviera. Pensé en el hada aquella. Por primera vez en un año y meses recordé que no la había visto, todo porque no dormí el día de mi cumpleaños. Pero yo ya tenía motivos para temer mi cumpleaños más que cualquier cosa. Mi cumpleaños se había llevado a mi padre al más allá.
Con el tiempo, mis citas con la doctora fueron mejores y aprendí que debía aceptar lo que había ocurrido. Me mandó cierta medicina que debía tomar cada día al despertarme. Mi madre la aceptó con un poco de resistencia. Esta pastilla me ayudó a enfocarme en clases, me ayudó a saber perdonar, me ayudó a volver a amar a mi madre. Pero en mi mente aún llevaba algo grabado. Durante el año, mi rendimiento escolar había aumentado. Mi madre tuvo muchas dificultades, pero yo le ayudaba en lo que podía, quitándole un poco de carga al yo hacer algunos quehaceres sencillos en la casa, apenas regresaba a casa.
En ese periodo tuve el mejor puntaje en la clase. Fui felicitada por todos en el colegio en una ceremonia bastante ruidosa. Lo pude lograr manteniéndome enfocada en mis estudios, mis labores en la casa y con la ayuda de mi madre y la doctora Maxwell. Cuando no tomaba esa píldora, un dolor de cabeza muy fuerte me atacaba. A veces me hacía llorar del dolor, pero se quitaba rápidamente una vez me tragaba dicha gragea.

Llegó mi cumpleaños número diez. Mi madre me preguntó si yo quería algo, pero la realidad era otra. No podía esperar a ver al hada aquella. Le pedí que nos mantuviéramos juntas, que hiciéramos algo sencillo y nos fuéramos a dormir temprano. Ella aceptó, aunque se le hizo bastante extraño. Compró un pavo ya preparado y horneó una sencilla tarta. Se me hizo muy parecido a mi cumpleaños anterior pero me contuve de mostrar tristeza o dolor. Quería que mi mamá se sintiera bien. Por dentro aún sentía muchísimo temor. No me le quité ni un segundo del lado a mi madre. Mi única familia aparte de ella era mi abuela y ya sabemos como me trataba la señora.
Cenamos, nos reímos, vimos televisión y en cuánto empecé a sentir sueño, me fui rápido para la cama. Le pedí a mi madre que se acostara rápido. Quería que se fuera el día y que a mi madre no le pasara nada.

Y el hada se apareció, despertándome como hace dos años.
—¡La vida de los humanos es tan efímera! Lo siento, hija.
A pesar de estar adormilada aún, sentí como se me comenzaron a encharcar los ojos. Mis brazos no se movían.
—No llores. Siento mucho que tu padre haya fallecido. Y siento que no nos hubiéramos podido ver el año pasado.
—Te necesito. Deseo que…
—No, hija. El deseo que tienes no lo puedo cumplir.
—¡Pero!
—Pero nada, la vida es sagrada y va más allá de mis posibilidades. Hay cosas que simplemente no puedo hacer.
Me desperté totalmente. Estaba llena de rabia de nuevo. En la oscuridad intenté volver a notar la apariencia física del hada. Era un poco diferente. Sus alas ya no brillaban y el polvillo que dejaba caer eran solo unas pequeñas láminas sin mucho fulgor.
—Lo mismo me dijiste hace dos años. Me dijiste que aparte de eso podía pedir cualquier otra cosa. ¿Qué más me vas a prohibir?
—Pues…
—Pues nada, me mentiste y me sigues mintiendo.
Ya estaba llorando. Mi incapacidad para mover la cabeza hacía que se me hubieran empozado las lágrimas en mis ojos. Por más que pestañeaba, no fluían hacia los lados.
—Debes entender hasta donde puedo llegar, Angela. Son prohibiciones que siempre han existido. No podemos jugar con el tiempo ni con los seres vivos.
—Mi padre está muerto.
—Lo sé.
—Y murió por un accidente hace un año.
—Lo sé.
—¿Y entonces?
—Angela, intenta pedirlo. Intenta malgastar tu deseo en algo que es imposible. No me responsabilizo de ello.
—Pero…
Su voz se tornó tosca. El grito que soltó fue terrible, como algo que un animal salvaje haría.
—¡Pide el deseo de una buena vez!
Solo supe responderle de la misma manera.
—¡Pues entonces, deseo que mi padre vuelva a vivir, como si no se hubiera accidentado hace un año!
La luz de la habitación se encendió.
Mi madre entró en mi cuarto con los ojos encharcados de lágrimas. Yo estaba aún inmóvil en la cama. Giré mis ojos a ver el lugar donde estaba antes el ser aquel. Se había esfumado.
—¡Madre!

Ella se arrodilló en el borde de la cama, lágrimas fluyendo fuertemente. Me agarró el brazo, que aún estaba inmóvil. Me preguntó si algo había pasado. Ella había escuchado mis gritos desde la sala, pues no había podido ir a dormir aún recordando a mi padre. Le dije que no podía moverme. Ella intentó sentarme en la cama, pero era inútil. Para mi, mi cuerpo era un lastre en este momento, algo flácido de lo que no tenía ningún control.
Mi madre corrió bajando las escaleras a llamar una ambulancia por teléfono. Allí, con las luces bien encendidas, busqué con mi mirada al hada. No podía verla. Sin embargo, escuché como me susurró al oído, justo en tanto las campanas del reloj viejo de la cocina repicaron.
—¡Hasta el próximo año, hija! ¡Feliz cumpleaños!
Apreté mi mandíbula fuertemente y boté todo mi aire agolpado.
—¡Ni te vuelvas a aparecer!
Escuché la misma carcajada que en ocasiones anteriores, desvaneciéndose lentamente en el aire.
Mi cuerpo volvía lentamente a recobrar su movimiento. Mi madre llegó unos minutos después, preocupada porque había escuchado otro alarido. El cansancio me consumió y me quedé profundamente dormida mientras ella me vigilaba.

Me desperté al siguiente día en un hospital. Tenía cables conectados a mi cabeza y dos tubos en mis brazos, mi madre al lado observándome. Anoche, la ambulancia había llegado y los médicos habían intentado despertarme. Como no lo lograron, pensaron que había sufrido un golpe en la cabeza y decidieron llevarme por prevención. El médico allí no había logrado tampoco despertarme, así que me examinó por todas partes, aunque no encontró nada raro. Me hicieron exámenes, rayos X y muestreos. Nada fuera de lo normal. Además, ahora que ya había pasado la noche podía moverme sin problemas.
Tenía en la punta de la lengua las ganas de decirles que había un “hada” que me visitaba cada día de mi cumpleaños, que me paralizaba y que me obligaba a que pidiera un deseo. Pero si mis compañeros y padres hace años me habían tratado como una loca, no podía imaginarme algo mejor de parte de un médico o de mi madre de nuevo.
Ella se notaba bastante alterada. A menudo confrontaba a los médicos o las enfermeras, diciendo que no quería que se repitiera la historia de mi padre. Yo solo podía decirle que eso no me iba a pasar, que todo iba a estar bien.
Al cuarto día de observación los médicos concluyeron que era algo psicológico, porque físicamente todo estaba en orden. Me desconectaron del aparato de la cabeza, los tubos de los brazos y llamaron a la doctora Maxwell.

Ella llegó en un momento en que mi madre estaba trabajando. Ella comenzó a preguntarme acerca de los síntomas, lo que sentía, lo que había ocurrido desde mi punto de vista, como lo hacía normalmente en su despacho. Ella se había ganado mi confianza, así que le conté. Le relaté con lujo de detalles la apariencia física del hada, lo que me pedía, el primer día que había aparecido, como a la media noche cuando el reloj del abuelo sonaba ella desaparecía, su voz suave cuando estaba calmada, su voz terrible cuando estaba enojada, como su apariencia física había desmejorado conforme los años pasaban.
Yo esperaba que la doctora se levantara y me señalara de loca, o me juzgara sin mayor razón. Al contrario, tomó un par de apuntes, me miró a los ojos fijamente, me acarició la cabeza y dijo que debía hablar con mi madre. Se despidió afectuosamente de mi, habló con una enfermera, firmó algunos papeles y se retiró.
La enfermera diligentemente me puso en una silla de ruedas y me llevó a un área de recreación para esperar que mi madre regresara. Una vez ella llegó, recibió las noticias de los médicos y cuidadosamente nos regresamos a casa.
Fue un respiro para mi volver a mi hogar. Lo extrañé, aunque solo estuve por fuera cinco días. Temía un poco de estar sola en mi habitación, pero si el “hada” aquella no me había mentido, solo podría regresar el día de mi cumpleaños. Aún así le pedí a mi mamá si podía dormir con ella y ella accedió.
Al siguiente día fuimos a la consulta de la doctora Maxwell y ella nos dio una nueva píldora. Esta la debía tomar siempre antes de dormir. Me permitiría dormir con tranquilidad y eliminaría cualquier posibilidad que sufriera de nuevo esta parálisis extraña. Ella me explicó que aquella hada no era real. Solo existía en mi cabeza y algo o alguien la había plantado allí. Con esta medicina, dicha imagen desaparecería para siempre.
Mi madre estaba preocupada acerca de la mezcla de la medicina regular de por la mañana y esta nueva. La doctora le aseguró que no iban a causar ningún problema y que si seguía mejorando, eventualmente podíamos dejar de usar la de la mañana.

Esa noche dormí perfectamente. Tan así que no me enteré cuanto tiempo había ocurrido desde que me acosté. Los próximos meses fueron increíblemente positivos. Llegó la navidad, el descanso de invierno y el cambio de clase.
Ya había terminado la primaria, con honores a pesar de mis faltas de asistencia, así que era hora de comenzar la escuela secundaria. Mi madre seguía trabajando normalmente y a pesar que no nos dábamos muchos lujos, vivíamos cómodamente. En la secundaria ya podíamos vestir la ropa que quisiéramos, así que fue más fácil para mi escoger que ponerme. Comencé a tener amigos y formamos un equipo inigualable de estudiosos en mi clase. Nos llamaban todo tipo de palabras, pero como estábamos juntos entre todos nos defendíamos. Los profesores nos defendían.
Fueron los meses más provechosos de mi vida. Comencé a escribir pequeños relatos que distribuí a mis amigos y profesores.
Una vez fueron mis amigos a la casa y charlamos hasta tarde, hicimos las tareas y jugamos un juego de mesa. Mi madre nos preparó una cena fabulosa, a pesar de venir cansada del trabajo. Se mereció muchos abrazos y besos.

Faltando dos meses para mi onceavo cumpleaños, la doctora Maxwell opinó que podía dejar de tomar la medicina de la mañana. Mi progreso era notable y ya podía tomarla un día de por medio o solo cuando fuera necesario. Si me daba mucho dolor de cabeza por la ausencia de la pastilla, podía tomar una aspirina o algo así. Me dio una nota que debía cargar siempre en mi maleta y una cajita de aspirinas.
El primer día que no la tomé fue horrible. Sentía que mi cabeza me pesaba y extraños picos como si fueran agujas clavándose por todos lados. Me tomé la medicina para el dolor y con el tiempo se me fue quitando. No tenía el mismo foco que usualmente tenía, aunque hice mi mejor esfuerzo. Al siguiente mes, mis notas habían cambiado un poco. Mi mejor amigo y mayor rival estaba comenzando a superarme y no lo podía permitir.
Con el tiempo me fui acostumbrando a no tomarme la medicina, aunque mi mejor amigo y yo nos disputábamos los mejores puestos.
Y llegó mi fiesta de cumpleaños. Todo el día me la pasé con miedo. No me quité del lado mi mamá un minuto. Afortunadamente había ocurrido un día de fin de semana, así que pude estar con ella. Mis amigos vinieron, me dieron diferentes regalos y pasamos unas horas muy divertidas. Mi mamá notó como bromeaba y me divertía con mi mejor amigo.
Cuando ya todos se fueron, mi mamá me preguntó si me gustaba él, aunque yo no comprendí a que se refería. Pasamos la noche juntas, ella explicándome a que se refería, como se hacían los bebés, acerca de cuidados y precauciones, la charla de “las abejas y los colibries”. Hablar de colibries me recordó al hada. Aquella noche me tragué la medicina sin dudar y terminé durmiendo en su misma cama, todavía con un poco de temor.
Juro que tuve un sueño. En este el hada me contaba un cuento, pero lo único que recordé fueron cuatro palabras.
—¡El próximo año será!

Creo que no es necesario contarte mucho acerca del siguiente año. Bueno, quizá te cuente que mi mejor amigo y yo nos volvimos novios, creo en invierno. En primavera, la doctora me quitó del todo la medicina de la mañana. Seguí teniendo una racha de excelentes notas en mi escuela, una de mis amigas del club de estudiosos tuvo que marcharse de la ciudad, mi mamá recibió una cantidad de dinero de parte de un seguro de vida de mi padre y compramos uno de esos “computadores” de los que todo el mundo hablaba.
Comencé a usarlo y aprendí a escribir pequeños “programas”. A mi novio le encantaba ir a casa a usar ese computador y nos escribíamos cartas tontas de amor escondidas en programas que hacíamos.
Mi cumpleaños número doce llegó. Mi novio me regaló un casete con música y programas de computador. ¿Cómo lo hizo si él no tenía computador? Nunca lo supe. En esta ocasión la fiesta fue muy especial. Aunque mis invitados eran pocos, comimos y jugamos hasta que nos cansamos. El vecino se acercó a casa y estuvo hablando con mi madre durante la fiesta.
Por la noche, dormí como era usual en mis cumpleaños con mi madre. Me tomé la medicina como era usual y el hada no apareció. En esta ocasión no tuve ningún sueño.
¡Fui curada! ¡La maldición se rompió! Al otro día celebré mi liberación.

Lo sé, calma, calma, ya estamos por llegar al presente.

En el siguiente año, un par de cosas interesantes pasaron. Primero, mi novio y yo nos vimos desnudos. Mi madre no había llegado a casa aún y nos metimos a mi habitación. Comenzamos a hablar de lo que habíamos visto en clase de biología. Me empecé a sentir un poco extraña y ambos nos quitamos la ropa. Pude verlo todo de él y él vio todo de mi. Me causó muchísima curiosidad el cuerpo de los chicos, como es tan diferente al mío, como tiene otras cosas. Él también apreció mi cuerpo con mucho detenimiento. Nos vestimos con rapidez antes que llegara mi madre. Durante el año repetimos esto unas cinco o seis veces. Hubo una ocasión en la que nos acostamos en mi cama juntos en pelotas abrazándonos. No sabía que era lo que hacíamos pero ambos nos sentíamos muy extraños y recuerdo que el corazón se me quería salir de la garganta.
Mi mamá comenzó a verse con el vecino muy a menudo. Él venía a visitar con frecuencia e incluso cenaba con nosotros de vez en cuando.
Cumpleaños trece, pasa sin novedades. Mi madre me compró una memoria de expansión para mi computador, además de una palanca nueva, así que mi novio y yo ya podíamos hacer programas más complejos e interactivos. Con mis ahorros compré un libro para aprender a programar.

Usando dicho regalo y mi libro nuevo escribí mi primer juego, una copia de ese juego de comer galletas del que todo el mundo habla en televisión. Copié lo que pude basada en lo que veía. En mi ciudad no había un “arcade”. Ahorrando, mi novio compró su propio computador, el de la competencia. Tenía que conectarlo al televisor de la casa, lo cual le trajo muchos problemas con su familia. Igual opinaba que era buena idea que aprendiéramos de ambos aparatos. Copió mi juego y lo convirtió a las instrucciones que entendía el computador de él.
El club de estudiosos se convirtió en el club de computación. En la escuela comenzamos a recibir clases de uso de los computadores y mi grupo tenía las mejores notas de todo el colegio. En recompensa, nos daban acceso a los computadores de la escuela, manuales, discos flexibles, casetes con diferentes programas y libertad para hacer lo que quisiéramos una hora al día, sin supervisión adulta.
Otros dos chicos de nuestro club se enamoraron también, y protagonizaban larguísimas faenas de besos durante esa hora. Mi novio y yo de vez en cuando nos besábamos, pero siempre nos enfocábamos en jugar, programar o leer juntos.
Unas semanas antes de mi cumpleaños catorce, mi mamá me confesó que estaba saliendo con el vecino, como si fuera un gran misterio. El señor me parecía bastante amable y colaborador, ya se había divorciado hace dos años de su esposa y ahora estaba recuperando su vida, pues solo quedó con el automóvil y la casa. Me dijo que nunca me iba a pedir que le dijera padre, pero que esperaba que yo lo respetara.
Yo no iba a preocuparme por ello, pues al final de cuentas era la vida de mi mamá. El vacío que le había dejado mi padre no se iba a llenar fácilmente, pero al menos estaba buscando la felicidad. Sentía en mi corazón que ambas íbamos a olvidar paulatinamente a mi padre. Yo ya no pensaba en él muy a menudo, a pesar de todo lo que pasó. Para evitar olvidarlo, robé una de sus fotos del álbum y la guardé en mi habitación. Quería siempre recordarlo como era: amable, gentil y brillante.

Un día antes del cumpleaños número catorce, tuve cita con la doctora Maxwell. Se me encharcaron los ojos. Ella se iba a jubilar y por lo tanto, dejaría de ser mi psicóloga. Canceló mi receta de imipramina, aquella medicina de la noche; y me recomendó que era mejor que la dejara de tomar. Al fin de cuentas ya tenía muchos años de mejoría y ya no había sombra de aquellas imágenes mentales. La doctora nos recomendó un nuevo médico, el doctor Philas, un sicólogo renombrado que se había interesado particularmente en mi caso.
Yo estaba petrificada. Mi cumpleaños era mañana y la posibilidad de que dicha hada apareciera me causaba una gran ansiedad. El resto de la última cita fue un trabajo profundo con la doctora para calmar mis dudas, para asegurarme que estaba en control, que yo llevaba las riendas de mi mente.
Nos despedimos con mucha nostalgia, le agradecimos todo lo que hizo por mi y le deseamos lo mejor. Configuramos una cita con el doctor Philas para la próxima semana.

Se llegó mi cumpleaños. En esta ocasión fueron los chicos del club de computación que hicieron toda la organización. Consiguieron la torta, decoraron la sala de computadores con globos y serpentinas; y me regalaron cada uno un pequeño programa o juegos para mi computador. Mi novio me regaló unos pases para el parque de atracciones más cercano. Quería que fuéramos pronto.
Una vez regresé a casa, mi madre y su novio estaban esperándome. Habían preparado una cena bastante elegante. Mi madre me entregó aquel conjunto de escritura, el mismo que me había regalado mi padre años atrás. Mi madre lo había guardado todo este tiempo. Con ello entendí que ella no se había olvidado de él y que siempre lo llevaba en su corazón. Recibí de ella también una impresora para mi computador y una caja con hojas de papel.
El vecino me regaló otros juegos y una cajita con una llave. Me dijo que debía resolver el acertijo y al resolverlo y usar la llave, encontraría un tesoro.
Una vez terminamos de cenar, mi madre y su novio fueron a la sala a disfrutar de la televisión y yo me marché a mi habitación para instalar la impresora y probarla. Eran las nueve y veinte de la noche y ya me sentía agotada. Apagué todo, desconecté el computador y la impresora; y me lancé aún con la ropa puesta encima de la cama. Sentía que se me olvidaba algo muy importante, pero no le presté atención.
Faltando media hora minutos para las doce de la noche me desperté.
Sabía lo que estaba pasando. Sabía lo que iba a pasar. El hecho de no poder moverme era claro. Había olvidado tomarme la medicina.

—Hola hija, ¿te olvidaste de mi?
Moví mis ojos en un gran círculo. No podía ver el hada en ningún lugar. Era una voz en mi mente, era algo que no existía. ¡No existía! ¡Lo sabía! La doctora Maxwell nunca me mentiría.
—¡Y aún así aquí estoy! ¡Feliz cumpleaños!
—No eres real.
—Pues… ¡Si que lo soy!
Sentí como algo me tocó la punta de la nariz, exactamente como aquella hada lo había hecho hace unos años.
—No eres real, eres solo algo que mi mente ha inventado.
—¿Oh, si? ¿Así que te comiste entero lo que aquellos loqueros te dicen?
—¡No hables así de la doctora Maxwell!
Se carcajeó.
—Yo hablo de cualquier humano como se me plazca.
Sentí como se posiciono cerca de mi nariz. Pude sentir su aleteo e inhalar su aroma. Ahora si pude reconocer el olor. Era el olor al prado recién podado, mezclado con tierra húmeda, al olor de una roca que ha estado tostándose en el sol por horas, el olor del tronco de un árbol, de una hoja de limoncillo que uno ha pisado mientras camina por un bosque.
—¿Y bueno, cumpleañera, vas a pedir un deseo? La vez anterior estabas intoxicada, la anterior a esa también. La anterior a esa te conté una historia fabulosa, acerca de mi mundo, pero estabas envenenada también.
Tuve una gran idea.
—¡Deseo que…
—No, no, no, no. Lo siento, hija, pero ese deseo es total e irrevocablemente imposible.
—¿Cómo diantres?

Sentí como mi corazón se iba a salir de mi pecho. Intenté moverme. Quería agarrar a este ser y aplastarlo con todas mis fuerzas, destruirlo, degollarlo, arrancarle las alas y partirlas en mil hojas. Mis ojos se llenaron de lágrimas y mi mandíbula se apretó fuertemente. El bicho comenzó a burlarse con fuerza, al punto que dejaba de ser una voz humana y se convertía en la voz de una bestia.
—No puedo creer que pudieras creer que eso estaba permitido. ¡No puedes desear que yo desaparezca totalmente! Eso crea una paradoja, porque yo soy quien al fin te va a conceder el mismo deseo. Así mismo, todas esas ideitas de lastimarme no serán posibles, hija. Yo poseo tu cuerpo en este momento y solo hasta cuando yo desaparezca es que te podrás mover. No has aprendido nada en todos estos años, ¿eh?
Las lágrimas no dejaban de fluir. Respiré profundo e intenté gritar. De mi boca solo salió un hálito.
—No después de la última vez, no te permitiré gritar. Nosotras también aprendemos de ustedes.
Las memorias regresaron. Noté que el bicho ya no brillaba y me era imposible ver algún destello que este emitiera, o algún polvillo que cayera, como años atrás.
—Me has dejado esperando siete años por saber tu deseo y este año es el año. Así que a ver, ¡desea!
—¿Por qué me sigues presionando para hacer esto? ¿Qué ganas tú concediéndome este deseo?
El hada volvió a reírse como una bestia poseída.
—¿Yo? Yo no gano nada. Es solo que mis hermanas y yo necesitamos un nuevo dios.
Su elección de palabras me preocupó. ¿Qué estaba diciendo?
—Ustedes humanos, con sus grandes cerebros, su inteligencia desbordada, su inmenso potencial, pero sus pobres y efímeras vidas. Todos los días mueren humanos, ayer murió tu padre, mañana tu madre y millones de otros humanos más.
Volví a llorar. Hablé con mis dientes apretados.
—¡No le harás nada a mi madre!
De nuevo la risotada.
—Oh, para nada hija, no tocaré ni un cabello de tu madre. De hecho no me es permitido. ¡Ves, es algo equitativo! Así como ninguno de tus perniciosos deseos pueden ser cumplidos, yo no puedo hacerle daño a nadie.
Pensé unos segundos. Debía haber alguna forma.

—Dices que necesitas un nuevo dios. ¿Yo que tengo que ver con ello?
—Pues, te lo diré porque me caes bien, pero necesitamos… Digamos, un nuevo dios. Pedirás tu deseo, se te cumplirá y cuando cumplas quince años te convertirás en nuestro nuevo dios. Esas son las reglas.
Nada de esto tenía sentido. Su voz se tornó tranquila pero ligeramente manipuladora.
—Se que nada de lo que digo tiene sentido para ti. Al final de cuentas, eres humana.

El ser se posó encima de mi pecho. Dejé de sentir el viento que batía con sus alas.
—Nuestro dios anterior falleció hace siete años. Era un chico, igual que tú. Necesitamos un dios, alguien que construya nuestro mundo, que le de vida con la energía de su imaginación. Si no tenemos un dios, nuestro mundo se va desvaneciendo con el tiempo y perdemos nuestra magia, envejecemos.
Era deprimente creer que necesitaban a alguien vivo para mantener su vida.
—Así que, una vez nuestro dios muere, nosotras debemos salir al mundo de los humanos para buscar posibles dioses. Sin embargo, por si fuera poco, solo podemos presentarnos al frente de ellos el día de su cumpleaños. ¿Quién nos creó así? No lo sabemos.
—¿Y por qué yo, entonces?
El ser se quedó en silencio un momento.
—Dos razones. Primero, naciste el mismo día que nuestro dios anterior murió. Segundo, de todos los niños del mundo humano que nacieron este día eres de los pocos que tienen el potencial imaginativo y creativo para crear y reconstruir nuestro mundo, de darnos vida. Desafortunadamente, contándome yo misma solo quedamos cinco hermanas. Hace siglos eramos millones de seres. Pero la humanidad dejó de creer en nosotros. Su imaginación quedó pegada de la radio y la televisión, enredada entre lianas de ciencia.
No parecía mentir. De hecho, noté que nunca en todos estos años me mintió. Pecó por no aclararme las dudas, pero nunca me dijo una mentira.
—¿Y tiene que ser un niño? ¿Por qué hasta los quince años?
—No lo sé, es algo que ha sido así por siglos.
Aún no tenía sentido. Quien fuera el que había inventado este macabro juego por tantas generaciones, era un terrible creador.

—¿Alguna vez viste un libro antiguo? ¿Un cuento antiguo?
—Si, cuando era más niña.
—¿Tu crees que esas personas inventaron la existencia de nosotras?
—Pues, eso es lo que siempre me dijeron mis padres y profesores.
—Exacto, porque los humanos siempre buscan respuestas y cuando nada les satisface, prefieren no creer.
—¿Y por qué la medicina que tomaba hacía que no te pudiera ver?
—Por que te dormía tan fuertemente que me era imposible despertarte. Vine, como todos los años, pero no pude despertarte con nada. Era como un veneno.
Me puse a pensar. Estas criaturas nos llamaban seres efímeros. Desafortunadamente sus propias vidas eran aún más efímeras.
—¿Y si no deseo nada hoy como los años pasados?
—Nada pasará para ti. Pero probablemente yo muera. Mi energía se acaba. Aposté mi vida en ti. Mis otras hermanas tampoco han tenido suerte con sus ahijados. Es muy complicado cuando solo puedes salir una vez al año a buscar humanos. Cuando eramos muchas, era más fácil, pero ahora es un caso perdido.
Sentí un poco de tristeza. Era cierto que esta criatura me había manipulado en el pasado y había hecho de mi vida un desastre indirectamente, pero el hecho que tuviera que recurrir a estos medios para lograrlo me parecía paradójico.
—Es el único medio que tenemos. Ojalá hubiera una mejor forma de hacerlo, pero con cada generación de humanos se nos vuelve más imposible.
—Si pido un deseo ya, ¿qué ocurrirá conmigo?
—Tu deseo se cumple, así de fácil. Tendrás el próximo año para disfrutar de tu deseo. Exactamente en un año, volveré contigo y te llevaré al mundo de nosotras. Tu cuerpo quedará acá. Morirás para el mundo humano. Pero vivirás en nuestro mundo, nos darás vida, podrás crear un mundo donde el único límite es lo que imagines.

Tomé mi decisión.
—Está bien. Pediré mi único deseo.
La criatura echó a volar de nuevo.
—¿Qué deseas?
—¡Deseo que mi próximo cumpleaños sea mañana!
El hada dejó de batir sus alas y cayó encima mío. Su voz me parecía condescendiente.
—Creo que fui muy clara una vez pasada cuando te dije que no podemos controlar el tiempo.
—No estoy pidiendo que corras el tiempo. Estoy pidiendo que hagas que mi nueva fecha de cumpleaños sea mañana.
Sentí como el ser caminó entre mis pechos hacia mi cara.
—¿Estás renunciando a un año de tu vida, entiendes?
—Si, así es.
—Angela, nosotras usualmente no hacemos esto, pero ¿estás segura? Solo vas a tener un día más de vida en el mundo humano.
—Si, eso es lo que quiero.
Sentí sus dudas. Aún así, el hada madrina se levantó en vuelo, musitó unas palabras en no se que idioma era y comenzó a brillar con intensidad. Por fin después de tantos años pude ver su forma. Sus alas estaban rotas, su cuerpo delgado, lánguido y lleno de heridas. Su cara estaba llena de extrañas sombras, demostrando el cansancio de su existencia. Revoloteaba con dificultad, levantando sus delgados brazos hacia el cielo.
—Hija, no sé que te ha llevado a desear esto, pero que así sea. Hasta mañana.
El hada dijo esto y caí en un profundo sueño. Intenté musitar algo pero no pude. Lo último que pude recordar fue el reloj de mi abuelo en la cocina marcar las doce como todos los días. Esa noche no soñé nada.

Al siguiente día era el fin de semana. Me observé en un espejo. Mi cabello había crecido de la nada, mi cuerpo estaba más alto, más contorneado, mis senos habían crecido. Había crecido lo de un año en una noche. Bajé donde mi madre, quien me miró extrañada. ¿Qué había pasado conmigo? Me iba a llevar de nuevo al hospital, pero le dije que no era importante y que no quería perder el día encerrada en el hospital.
Le pedí que pasáramos el día juntas. Ella aceptó, aunque seguía un poco incrédula y preocupada. ¿Cómo había su hija crecido tanto en un solo día? Lo repetía una y otra vez.
Llamé a mi novio, le pedí que fuéramos hoy al parque de diversiones. Aceptó, aunque su tono de voz me sonó extraño. Cuando él llegó a mi casa notó las diferencias inmediatamente. Justo nos habíamos visto hace unas horas, así que sus memorias estaban frescas. No podía dejar de mirarme el pecho. Yo hoy medía unos centímetros más que él, a pesar que hasta ayer medíamos más o menos lo mismo.
Mi madre encendió el automóvil. Fuimos los tres juntos y nos divertimos como si no hubiera un mañana. Mi madre no quiso montarse en todas las atracciones, especialmente las más emocionantes, supuestamente “por su edad”. Mi novio y yo si las disfrutamos, en repetidas ocasiones. Comimos toda la comida basura que pudimos.
A la hora de regresarnos, le pedí a mi madre que me dejara en la casa de mi novio, yo me regresaría después. Sabía que sus padres no iban a estar allí. Me entregué a él. Fue increíblemente doloroso, pero muy hacia el final se tornó placentero. Una vez se llegó la hora de regresar, le di un beso y me despedí de él. Decidí que no iba a llorar y que en realidad esto solo sería un “hasta luego”.

Una vez regresé a casa, aun con mis entrañas adoloridas, mi madre me esperaba. Me abrazó fuertemente, me besó la frente y las mejillas. No me quería soltar. Pasamos así las últimas horas de mi vida, sentadas en el sofá, abrazándonos la una a la otra. Pareciera como si mi madre ya temía lo que iba a pasar. A eso de las once y media de la noche, mi madre se quedó dormida. La dejé en el sofá, le puse una frazada encima, le di un beso en la frente y fui a mi habitación.
Saqué el conjunto de caligrafía que mi padre me regaló hace años, lo abrí, comprobé que aún funcionaba la pluma y escribí un corto mensaje en una tarjeta con un motivo floral muy bonito, intentando hacer mi mejor letra. Una vez terminé, me recosté en la cama y cerré los ojos. Respiré profundo. Cuando el reloj de mi abuelo sonó, sentí como caía en el sueño más profundo que había tenido toda mi vida. Sentí como flotaba fuera de mi cuerpo, como mi cuerpo se veía pacífico y quieto, y de repente, la oscuridad.

Así es como llegué acá. No se cuantos años llevo en este mar de oscuridad, trabajando para el mundo de las hadas, pero tu presencia acá significa que mi tiempo ha terminado. No sé si desperdicié mi único deseo, no sé si lo que hice fue correcto. Quizá todo fue un error. Quizá no debí haber deseado nada. Pero el mundo gira y así fue como todo ocurrió.
¿Qué es lo que debes hacer como el nuevo dios de las hadas? No lo sé, nunca entendí y nunca me explicaron. Quizás solamente existir por un tiempo flotando. No tendrás mucho que hacer, de eso estoy segura.
Pero ahora me pregunto, tú, ¿en qué gastaste tu único deseo?

«Más rápido que un pestañeo» (parte 1)

Este día me levanté con más resaca de lo normal.
Han pasado ya tres meses desde la última investigación que he hecho, y aunque mi nombre está aún en la nómina del Ministerio, esta pasividad me tiene a punto de perder la cabeza.
Me levanté de mi sofá, aún con la ropa puesta, esquivando las latas, cajas de comida y botellas regadas por mi sala. Me desvestí dejando mis prendas regadas por el piso mientras caminaba hacia la habitación. Si me muriera sabrían exactamente dónde encontrar el cadáver.
Miré la cama, aún bien limpia y tendida. Ya hace varios meses que no uso mi habitación para dormir. No desde que ella se fue.
Me metí en el baño. ¿Qué hora era? Por la posición de los rayos de sol que quemaban las cortinas de mi habitación podrían ser las diez u once de la mañana.

—¡Rouben!—, grité a las paredes.
—¿Me llamaste, Saundra?
—¿Algún mensaje?
—No, ningún mensaje.
—¿Qué hora es?
—Son las diez y cuarenta y dos de la mañana. Hoy está haciendo bonito día, pero el pH de la atmósfera estará un poco fuerte.
—Gracias, Rouben.
—¿Vas a tomar una ducha o ajusto la temperatura de la tina?
Lo pensé bien. Hoy con seguridad no tendré nada que hacer.
—Prende la tina.
—Entendido.

Me senté al borde de la cama, el tacto de las sábanas recorrió mi piel. Sobre, o bajo, estas mismas sábanas pasamos muchos bonitos momentos. Cerré mis ojos y la recordé. Sentí su calor, su tacto, sus besos y como ella sabía exactamente que hacer para extasiarme, aunque dentro de mi siguiera existiendo un vacío que ella no pudo llenar.
—La tina está lista, Saundra.
—Gracias.
—¿Música?
—Ponme bossa nova.
—¿La misma playlist?
—La misma.

Rouben es mi asistente inteligente. Es un “regalo” del Ministerio y no es algo que todos posean. Todo en mi casa, en mi teléfono y en mi oficina está conectado a él. Él ve por mis ojos y algunos implantes que tengo en mi cuerpo. A veces siento que intrusa un poco en mis asuntos, pero ya me acostumbré y le hice saber cuales eran sus límites. Desde que comencé a trabajar en el Ministerio hace cinco años me obligaron a usarlo, pero ahora es tan conveniente que no pienso volver hacia atrás.
Me sumergí en la tina, mientras sonaba de fondo un saxofón emocionado. El agua estaba perfectamente calculada, ni mucha ni poca, un poquito caliente, perfecta para estar unos buenos minutos sumergida. Cerré mis ojos y medité.

Estudié diez años de mi vida en los cuarteles generales de la Central Republicana de Investigación. Me quemé las pestañas aprendiendo perfiles criminales, modos de operación criminal e inquisición de testigos. Cuando me gradué, debido a mi excelencia, me encargaron al departamento de investigación de la capital y junto con mis compañeros, resolví unos trescientos casos, incluso diez u once que estaban congelados.
De repente, diez años después, me llamaron del Ministerio y me obligaron a trasladarme a esta ciudad de mierda. Hace dos años que llevo viviendo acá y por más que lo intento no logro acostumbrarme. La lluvia ácida no se detiene jamás y los días soleados como estos son más bien extraños. La gente anda llena de ira en la calle y los cortes de energía por sectores son frecuentes. Tener un automóvil es inútil porque no hay por donde transitar. De hecho, mi carro debe estar ya vandalizado en el parqueadero, al cual no sería buena idea ir porque es un riesgo y me obligaría a andar con mi arma de fuego.

Desde que me mudé acá mi vida no ha sido si no una cadena de miseria detrás de problemas. Varios meses después de llegar acá, conseguí una novia, Alexa. Decir que fue el primer verdadero amor de mi vida no es suficiente. Nos la llevábamos muy bien siempre y ella era simplemente perfecta para mi. Sin embargo todo cambió entre las dos el día de mi accidente hace unos meses.

—Saundra…
Salté del susto. Estaba profundamente concentrada en la música y en mis cavilaciones.
—Disculpa molestarte, pero hay alguien a la puerta.
—¿Quién es?
—Es un sujeto con identidad cifrada. Posiblemente sea de parte del Ministerio.
Desde mi baño pude escuchar el golpeteo del sujeto en la puerta. Rouben transmitió la imagen de la puerta a un monitor en mi baño. La cara del sujeto estaba claramente distorsionada por la identidad cifrada.
—Agente Hoellingberg. Tengo correspondencia oficial. Abra por favor.
¿Correspondencia? ¿Por qué no la enviaron por Rouben?
—Rouben, ¿qué sabes tu de esto?
—No tengo registros de esto. Posiblemente sean datos cifrados.
Suspiré con fuerza.
—Dile al sujeto que ya voy.
—Entendido.

Salí de la tina, me puse una bata de baño encima y avancé descalza hasta la puerta. Una vez llegué a la puerta, Rouben removió todos los cerrojos menos uno y bajó el volumen de la música. Revisé la pantalla del otro lado. La cara del sujeto seguía cifrada.
—¿Quién es?
—Vengo del Ministerio. Tiene una correspondencia oficial que lleva tres días en su escritorio. No ha vuelto a aparecer en la oficina y…
—¿Para que voy a ir a la oficina si me tienen como pieza de adorno allí?
El tipo recitó la misma frase que he escuchado en los últimos meses.
—Si tiene alguna queja, puede ir a…
—Si, por supuesto. Identificación a la mirilla por favor.
El sujeto me mostró su identificación y su placa. Parecía en orden.
—Confirmado en la base de datos, esta persona es un agente auxiliar del Ministerio. Es seguro abrir la puerta.
Removí a mano el último cerrojo y abrí la puerta.

El tipo tenía alrededor de treinta años. Contextura delgada, ojos azul claro, cejas despobladas, más bien retocadas; cabello corto castaño. Tenía una pequeña cortada en la barbilla, probablemente ocasionada al afeitarse. Vestía traje azul oscuro, camisa blanca, zapatos ligeramente desgastados de color negro. La corbata estaba ligeramente desajustada. Cicatriz en el lóbulo de la oreja izquierdo, probablemente de una modificación corporal en la juventud. Dientes un poco amarillos, posiblemente consumidor de café o fumador empedernido. No lo reconocía. Probablemente un novato. Se le notaba ligeramente angustiado, aunque no paraba de verme el pecho y las piernas. Simulaba no observarme, pero titubeaba con su mirada frecuentemente, fijándose en el lugar en donde se cerraba la bata.
—Esta es la correspondencia.
—Gracias.
—Agente…
Su voz se le notaba extrañamente nerviosa, temblorosa. Pude notar que los poros de su frente se abrían. Llevaba puesta una fragancia un poco barata y bastante agria. Pude detectar un dejo de cigarrillo.
—¿Dígame?
—No sería mala idea que se asomara de vez en cuando a la oficina.
Su voz se quebró un poco.
—Ya ve… hay personas allí que la extrañamos y que…
Su sudor comenzaba a salir. Con su olor pude teorizar que al sujeto probablemente le gustaba mucho la cebolla y el ajo.
—Sería bueno que fuera.
—Lo pensaré. Gracias agente.

Me giré para cerrar la puerta, observando la línea de vista del agente con el rabillo del ojo. Claramente miró mis nalgas. La cerré de un golpe, activando uno de los cerrojos. Rouben activó todos los demás. Esta es otra de las razones por las cuales no quisiera regresar a la oficina. Son como jóvenes puberales, malcriados y con las hormonas alborotadas. No pueden oler una mujer porque se les suben los calores.

Observé el sobre. Estaba debidamente cerrado y no marcado. Siempre se me hizo extraño que el Ministerio enviara esta documentación todavía en papel. La única forma de abrirlo era rasgándolo. Así se aseguraban que nadie lo hubiera abierto previamente. Como siempre, era un mensaje cifrado, una serie larga de letras y números sin lógica aparente. A vista de cualquier otra persona, hubiera parecido que la impresora no tuvo un buen día hoy. Me senté en el sofá, cerré los ojos y me concentré. La rutina de descifrado estaba guardada en mi mente, gracias a Rouben. Abrí los ojos de nuevo y allí estaba el mensaje.

 

GOBIERNO DE NUEVA SAJONIA
MINISTERIO DE ASUNTOS INTERIORES
MEDICINA CRIMINAL

CONFIDENCIAL/3-THRONE

7 DE ABRIL DE 2.145

INVESTIGACIÓN DE LA DESAPARICIÓN DEL DR. IBRAHIM ASSAUD. ACCESO NO RESTRINGIDO HASTA EL NIVEL 3. INFORMACIÓN ADICIONAL DESCARGADA A ROUBEN.

 

Fin del mensaje. Un poco críptico, si, pero siempre ha sido así. Rasgué el papel y metí los pedacitos en una de las botellas que me rodeaban.

—Rouben. Archivos.
—Validando.
Mientras Rouben descargaba y descifraba los archivos del caso fui al baño, abrí el tapón de la tina, vaciando el agua. Dejé caer la bata al suelo, tomé una toalla y me sequé el cuerpo con rapidez. Me dirigí al armario y saqué un conjunto de interiores sencillos, una camisa azul de manga corta y unos pantalones negros de ejercicio. Me asomé hacia afuera de la habitación y vi el reguero de cosas que había dejado. Me dio un poco de pena conmigo misma. Ya espero el chisme que se armará en la oficina cuando este novato les cuente lo que vio en mi apartamento, de que color y estilo eran mis bragas y sostenes, las marcas de vino y cerveza de las botellas desperdigadas por el piso. Ya espero varios “regalos” de hombres desesperados en mi escritorio. En fin, en algún punto tendré que organizar y limpiar.

—Saundra, ya tengo todo. Lo he descargado todo en una nota.
—Adelante.

La nota describía el caso. Doctor Ibrahim Assaud. Nacido en Dulya, Harim Hosan. Inmigró a N.S. a los seis años. Cabello cano y corto, un poco escaso en la coronilla, piel ligeramente morena, arrugas notorias en la cara, especialmente la frente; cicatriz profunda en la ceja izquierda, un metro y sesenta de altura, un poco jorobado. Con un muñón en el dedo anular de la mano izquierda. Camina con un cierto cojeo de la pierna izquierda. Referencia de esto, sufrió un accidente en un laboratorio que le afectó todo el lado izquierdo del cuerpo. Setenta y siete años de edad. Investigador jefe de la Academia Neosajona de Ciencias. Especializado en óptica. La última investigación que llevaba trata de transportación inalámbrica de partículas elementales. Contratado por la Academia para continuar su investigación y uso comercial de su tecnología. Sujeto con acceso nivel 1-Seraphim. Oficina principal, Academia Neosajona de Ciencias Edificio Gamma. Laboratorios anexos, Edificios Alpha y Upsilon. Visto por última vez ingresando al laboratorio en Upsilon. Se registró en el sistema por el día. Automóvil aparcado en su apartamento. Sin hijos, sin parientes, sin pareja. Posibles enemigos, algunos científicos que se consideran competencia. Posibles enemigos a nivel estado, Unión Djvorika y Harim Hosan.

Así que básicamente este tipo se esfumó en el aire. Entró al edificio Upsilon y no volvió a salir y su automóvil está aún en su apartamento.

—¡Rouben!
—¿Si, Saundra?
—Pídeme un automóvil y un permiso de investigación para el apartamento del Dr. Assaud.
—Procesando.
Caminé hasta el lugar dónde había tirado mi abrigo cuando me desnudé unos minutos antes. Extraje de un bolsillo de este la identificación y la placa de investigadora. Miré alrededor para buscar mi arma. No estaba en ningún lugar. ¿Había llegado yo tan ebria anoche?
Regresé a mi habitación y saqué una arma de repuesto de la caja fuerte, además de un cortavientos deportivo de color violeta. Verifiqué que el arma estuviera cargada y me la colgué de una funda debajo del cortavientos. Me senté en el borde de la cama y me calcé unos zapatos deportivos. Mi atuendo iba en contra de la normativa del Ministerio, pero opiné que era mejor ir disfrazada de civil.

—¿Rouben, cómo va lo que te pedí?
—El permiso está en trámite. Pensé que sería mejor solicitar el automóvil hasta después de…
—No, te ordené que pidieras el automóvil. Pídelo sin esperar.
—Pero si el permiso no es aprob…
—No, te ordené que pidieras el automóvil.
—Si, Saundra.
A veces Rouben impone ciertos “pensamientos inteligentes”, que van contra la forma en la cual trabajo. Sé que de mi apartamento hasta el del doctor, a esta hora de un jueves, demoraré unas dos horas. Para cuando haya llegado allá, el permiso estará listo.
Me hice una cola en el pelo y me miré rápidamente en el espejo del baño. Se veían unas sombrías ojeras y algunas arrugas en los bordes de mis ojos. Me los friccioné suavemente y después me cepillé los dientes. Justo cuando terminé, Rouben me interrumpió.

—El automóvil llegará en cinco minutos. Te sugiero que bajes ya.
—Entendido. Gracias.
Vivo en un piso ciento setenta y cuatro. Dicen que el siglo pasado, los edificios normalmente no tenían más de cien pisos. ¿Y dónde vivía el resto de la humanidad? Me dirigí a la puerta, Rouben desbloqueó los cerrojos, y salí al pasillo. En un par de minutos ingresé al ascensor, llegué al vestíbulo y salí a esperar el automóvil.

Un minuto después este aparcaba al frente de mi edificio. La puerta se abrió e ingresé en él.
—Bienvenida, agente S.H.
—Gracias. Voy en asuntos oficiales.
El automóvil era completamente automático. No había volantes, no había controles de ningún tipo, solo cuatro cómodos asientos que se miraban de frente, como la parte de atrás de una limusina. A diferencia del cacharro que tengo en el parqueadero, este es un lujo.
—Recibido destino por parte de Rouben. En camino.

Hace varias décadas se habló de automóviles voladores, incluso comenzaron a construir guías para las vías aéreas. Sin embargo, los humanos seguimos siendo torpes y la cantidad de accidentes que ocurrieron en las primeras fases fue muy alta. Debido a ello se prohibió el uso y venta de automóviles voladores. Ahora con la nueva tecnología de inteligencia artificial, ha vuelto el concepto del automóvil volador, pero esta vez controlado por IA. Todavía hay muchos detractores, como todo en la vida. Sin embargo, prefiero cualquier cosa que mejore la situación que esperar a quedarme estancada en el tráfico.

—Llegaremos en una hora y cuarenta y siete minutos.
—Gracias.

Cerré mis ojos. Seguí revisando mentalmente la información del caso. Había mucha información a la que no podía acceder, especialmente detalles acerca de la investigación del doctor, resultados y la razón del interés del Gobierno detrás de esto. Sobre los posibles motivos de su desaparición había secuestro, espionaje internacional, envidia entre científicos o defección a otro país.

—Saundra. Saundra, despierta, estamos a punto de llegar.
Abrí mis ojos de golpe. Mi visión estaba todavía rodeada de un halo. Pestañeé varias veces. Seguramente me quedé dormida leyendo la información del caso. La adrenalina de volver a hacer trabajo de campo ya se había vaciado de mi cuerpo y el sopor etílico regresaba. Respiré profundamente mientras me masajeaba con los dedos los párpados. El panorama era bastante diferente en este lugar. Era un barrio bastante retirado del centro de la ciudad, los edificios aquí no superaban los veinte pisos y el tráfico era inexistente. Dos minutos después el automóvil se detuvo. Me bajé despacio. Una vez la puerta se cerró, el automóvil se aparcó solo en un lugar cercano.
Edificio Helmstone. Dieciocho pisos.

—Rouben. ¿La autorización?
—No ha llegado aún. Hay mucha cinta roja detrás de ello.
—Llama a Pollux. Pídele que acelere el proceso.
—Ya lo hice. Respondió que, y cito, no puedes pedirle favores cada vez que se te antoja.

Fitch Pollux. Mi estúpido jefe, la cabeza del departamento de investigación especial del Ministerio de Asuntos Interiores. Al tipo lo hemos agarrado más de una vez pajeándose en su oficina viendo quien sabe que cosas ilegales. Es una inútil estatua al que le debemos cierta pleitesía, y cuando algo sale mal, siempre apunta a cualquier dirección.
Decidí llamarlo directamente.

—Ese Hache, ¿cómo estás? ¡Qué bueno verte de pie y ganándote la vida!
—No es mi culpa, Pollux. Ustedes fueron los que me dejaron tres meses haciendo nada.
—Pero claro, ¿cómo le voy a encargar trabajo a alguien de la que ni siquiera recuerdo la cara? Otras cosas, si recuerdo minuciosamente.
—Eres una basura, Pollux. Esto es denunciable, ¿lo sabes?
—Perdón, perdón. Ya sé que me vas a pedir.
—¿Y entonces?
—Alguien de más arriba pidió específicamente que estuvieras metida en este caso. El sobre estuvo tres días encima de tu escritorio.
—¿Y si sabías que me esperaba esto, por qué no me llamaste?
—No puedo controlar todo el departamento, es imposible con tantos efectivos en la calle. Tengo más de cuatrocientos casos que debo redirigir.
—¿Y entonces?
—No puedo, Ese Hache, no puedo. ¿Qué motivos tienes para ir a su apartamento?
—El último lugar que visitó fue un edificio de la Academia de Ciencias. Aparentemente no salió del lugar y ya lo han buscado en el interior. Lo más seguro es que antes de llegar allá salió de su apartamento. Necesito recabar información, porque hay mucha cinta negra. No hay registros visuales de su recorrido o como llegó a ese edificio.

Tomó un par de segundos para responder.
—Preguntaré y veré que puedo hacer. Por lo pronto, investiga como tu cosa.
—¿Permiso de director?
—No, investiga como si fuera tu cosa. No menees la placa a diestra y siniestra.
—Cambio y fuera.
—Ese Hache… No…
Finalicé la llamada.

Me acerqué a la entrada del edificio. La puerta automática se abrió. No había una recepción, pero más bien unas puertas de vidrio reforzado, casilleros de correo y una terminal para llamar directamente a los apartamentos. El suelo era algo parecido al mármol y el techo era de yeso pintado con un resane blanco acabado brillante. Observé los botones. Algunos más gastados, otros en mejor estado. El del apartamento 1203 que pertenecía al doctor parecía más brillante que los demás, quizá por falta de uso. Me cubrí el dedo con el cortavientos y presioné el botón. Un timbre sencillo se escuchó. Cinco segundos después volví a presionarlo.
Observé todos los botones. Había uno que tenía la letra C. Lo presioné de la misma manera. Dos segundos después me contestó una voz masculina ronca y golpeada, rondando los sesenta a setenta años de edad.

—¿Qué necesita?
Preparé la voz más sencilla y amable que pude.
—Hola, soy Adele Beatrice. Estoy buscando al doctor Assaud. Me dijeron que esta es su dirección, pero no contesta al timbre.
El señor se quedó pensando un momento.
—¿Qué apartamento?
—Doce cero tres.
El tipo se tomó un tiempo para contestar. Seguramente me podía ver desde su lado.
—No he visto el habitante de este apartamento en varios días. Hasta luego.
—Espere, espere. ¿Recuerda cuándo fue la última vez que lo vio? Yo soy una compañera de dónde trabaja y necesito entregarle algo urgente.
De nuevo un tiempo de espera.
—No, no recuerdo. De hecho, en ese apartamento no vive un señor Ibrahim. No la puedo ayudar. Por favor retírese.
Él mismo cayó en su propia trampa.
—Espere, ¿cómo sabe que el doctor Assaud se llama Ibrahim?
Sentía como su voz titubeaba un poco.
—¿Pues quién no lo conoce? Es uno de los científicos más famosos del mundo.
Ciertamente, el tipo tenía la razón. A Assaud lo conocen como el padre de las modificaciones corporales para recuperar la visión. La tecnología que él diseñó es usada por casi todos los que nacieron con dificultades visuales.

—Saundra, permiso obtenido.
Respiré profundo. Metí mi mano en el bolsillo del pantalón deportivo y saqué mi placa. No sabía dónde estaba la cámara que estaba este sujeto mirando así que la ondeé en varias direcciones.
—Esta es la agente Hoellingberg de Asuntos Interiores. Tengo un permiso para investigar el apartamento 1203, donde habita el Dr. Ibrahim Assaud.
—Momento, momento. ¿Qué pasa?
—Le ordeno que me dé acceso al apartamento. Tengo el permiso acá. Si no me da acceso en sesenta segundos, lo tomaré en desacato de una orden oficial.
Su tono de voz cambió súbitamente. La pereza que exudaba se convirtió en adrenalina.
—Si, si, ya subo, ya subo. Calma.

Metí la mano en la funda debajo de mi cortavientos y agarré fuertemente mi arma.
Detrás del vidrio de acceso, surgió un tipo canoso, piel blanca, arrugas notables en la frente, las orejas y los pómulos. Ojeras considerables. Alrededor de setenta u ochenta años. Vestía un traje enterizo de color marrón, manchado con grasa o polvo oscuro en la parte del frente. Tenia varios bolsillos, algunos rellenos hasta casi reventar.

—Soy el conserje de este edificio, Mark Buster. ¿Puedo ver la identificación?
—Claro que si.
Se la enseñé desde el otro lado de la puerta de vidrio. Tenía los dientes torcidos, aunque de un color normal, la cara arrugada pero bien afeitada. La piel había perdido la lozanía y se formaba una papada, aunque no era especialmente gordo.
—¿Y el permiso?
—Rouben.
De mi oreja izquierda surgió un haz de luz que proyectó en una pared del otro lado del vidrio el contenido del permiso. Yo no había leído el permiso aún, pero confié que mencionara suficientes detalles para que esta persona me diera acceso.
El tipo se acercó a la pared dónde se proyectó y leyó minuciosamente el contenido. Se giro hacia mi.

—Sígame.
La puerta se abrió al frente de mí. Mantuve mi mano en la funda.
—Agente Hoellingberg, estoy desarmado.
—Prefiero estar segura.
—Agente, tengo setenta y ocho años. El mayor crimen que podría hacer es olvidar el cumpleaños de mi esposa o robarme un paquete de fritos de la tienda.
—Prefiero estar segura.
—Está bien.

El tipo se dio media vuelta e ingresó en el edificio. Del otro lado de la puerta, el piso era bastante brillante y estaba bien iluminado. El pasillo finalizaba en dos elevadores. El tipo activó manualmente uno de los elevadores, que se abrió de par en par. Me hizo una venia para que entrara. Yo le rechacé el gesto y le indiqué que entrara primero. Entró y activó el piso doce. Entré.

—No he visto al doctor en seis días aproximadamente, desde el viernes de la semana pasada.
—Entiendo.
—Ese día terminé mi turno y me fui a descansar. Mi reemplazo quizá si lo haya visto. Lo llamaré.
—Le agradezco, señor Buster.

El ascensor se detuvo en el piso destino. La puerta se abrió y el señor se bajó. Lo seguí detrás. Continuó directo por el pasillo, hasta una puerta a la izquierda. Estaba claramente señalizada. El tipo sacó una tarjeta de acceso, y puso luego otra encima.
—Ponga su identificación encima por favor.
La puse y la puerta se desbloqueó.
—Espero que no le moleste que espere aquí afuera.
—Para nada.
El señor retrocedió y se apoyó en la pared del frente. Tomé mi pistola, la desenfundé y la mantuve a la altura de mi pecho. Abrí la puerta despacio, apuntando hacia adentro. Entré rápidamente, cerrando la puerta a mis espaldas. Nunca en mis doce años de experiencia había visto una escena como esta.

—¡Rouben!
—¿Si, Saundra?
—Captura todo esto.
—Entendido.

La sala del apartamento estaba vacía, a exceptuar una silla mecedora y dos mesas. No había un comedor. El espacio estaba impoluto, los suelos y las molduras estaban limpias. Me adentré un poco más. Hacia la derecha había un pasillo que abría a unas habitaciones. La cocina estaba vacía, no habían platos, no había refrigerador. Parecía que no hubiera sido usada nunca. Las paredes de todo este espacio eran de color azul marino, el techo era blanco, el suelo era de un vinilo parecido a la madera. Todo parecía supremamente artificial, como uno de esos juegos de realidad virtual. Estaba todo limpio hasta el extremo.

—¿Hay alguien aquí? Soy la agente Hoellingberg de Asuntos Interiores. Estoy armada, así que preséntense con tranquilidad y las manos arriba.
El eco me respondió. Me dirigí a la silla. Era una silla mecedora como del siglo anterior, sólida y de madera, con cojines gruesos y abullonados pero con la tela en perfecto estado. Miré al suelo, no habían marcas de contacto o desgaste con la silla. Miré una de las mesas. Tenía una pila de papeles al parecer todos en blanco. Evité tocarla para no alterar la escena. Había un bolígrafo de color negro puesto encima de la pila. La otra mesa estaba incólume, solo con un par de rayas en la superficie, posiblemente del uso, pero no se notaban otros detalles.
Las ventanas de la sala estaban debidamente cerradas con un velo y una cortina gruesa que dejaban entrar un poco de luz al interior.

Repetí mi alerta de nuevo. No hubo respuesta.
Me dirigí a la cocina. Mi observación inicial era correcta, estaba sin usar. Abrí los gabinetes y cajones cubriéndome las yemas de los dedos con el cortavientos. El fogón estaba limpio, el espacio dónde debería estar el refrigerador estaba vacío. Las mesas estaban en perfecto estado, y las paredes no tenían ningún tipo de grima. El techo estaba perfecto.

Salí y caminé hacia el corredor. Todas las puertas a exceptuar una a la izquierda estaban entreabiertas. La primera puerta a la derecha contenía el baño. Y allí quizá el primer bastión de humanidad en este lugar. Un vaso transparente con un cepillo de dientes un poco usado pero limpio y una barra de dentífrico a medio usar. Algunos cabellos cortos de color cano en el lavabo. La ducha estaba perfectamente seca. Parecía no había sido usada en al menos un día. Dentro de la ducha, un jabón y un bote de champú, de marcas muy populares y económicas. Los vidrios de la ducha y espejo del lavabo estaban brillantes, al igual que las paredes y baldosas.

Salí del baño e ingresé en la habitación opuesta, cuya puerta estaba cerrada. La abrí con cuidado. Estaba completamente vacía, cortinas bloqueando un poco la luz. El suelo estaba limpio, al igual que las paredes. Un armario era el único contenido de la habitación. Lo abrí con cuidado, comprobando que estaba vacío en su interior.

Regresé al pasillo cerrando la puerta de la habitación detrás de mi e ingresé a la última habitación. Di dos pasos adentro y me detuve por instinto. La habitación continuaba hacia la derecha. Había una cama sencilla, debidamente tendida y organizada, sobre una base muy simple. Había un armario empotrado en la pared, una pequeña mesa con un computador portátil cerrado encima, varios cables conectados de este y a su lado izquierdo un espejo de pie.

Ingresé dando largos pasos, casi en la punta de los pies. Abrí el armario. Adentro había colgadas de ganchos ocho camisas color azul claro, todas iguales. Igualmente un grupo homogéneo de ocho pantalones color café claro. Sobre el suelo del armario yacían ocho pares de zapatos color negro, iguales unos con otros, perfectamente alineados. En uno de los cajones, ocho pares de medias largas color azul oscuro y doblados ocho calzoncillos color negro. Revisé las demás estanterías y cajones adentro y no encontré nada más. Revisé debajo de la cama, pero el suelo estaba inmaculado.
Revisé la mesa dónde estaba el computador, parecía que había sido recién comprado y en perfecto estado, como si fuera un objeto de adorno. Los cables conectados de este cruzaban el suelo y se conectaban a varias ranuras en la pared.
Me paré de frente al espejo de pie y mi cuerpo convulsionó. Grité por instinto.

—¡ROUBEN!
—¿Qué pasa, Saundra?
Era un espejo, pero no tenía mi reflejo. Tartamudeé mientras observaba este artefacto.
—Este… Este espejo… Yo… No estoy… ¡No me veo en el espejo!
Podía ver el reflejo de las paredes, de la cama, de las cortinas de dicha habitación. Pero yo no estaba allí. Si movía mi cabeza podía ver que el reflejo se movía acorde. Rouben se tomó un tiempo para responderme.
—No se a que te refieres, Saundra.
—¿Cómo no? Es obvio, no veo mi reflejo en el espejo. Veo todo lo demás, pero no mi reflejo.
Tenía miedo de pestañear y que esto fuera una ilusión. Mantuve mis ojos abiertos.
—Saundra, no detecto nada fuera de lo normal. Es un espejo común y corriente.
Di un paso hacia atrás, cerrando mis ojos. Me friccioné los párpados y tomé un respiro profundo. Unos segundos después volví a abrirlos. Allí estaba aquel espejo, mirándome. Excepto que yo no me podía ver en él.

—Rouben, ¿estás seguro?
—No detecto ninguna anormalidad en el espejo.
—¿Qué ves?
—A través de mis sensores detecto el reflejo de la habitación que te rodea y tu imagen también.
Acerqué mi cara al espejo. Definitivamente no aparecía mi imagen. Soplé para generar vaho en su superficie, causando que el vidrio se empañara. Pareciera que fuese otra habitación que se abría al otro lado del espejo. Pestañeé de nuevo en la misma posición. Cerré uno de mis ojos. Lo abrí y cerré el otro. No había ninguna anormalidad, excepto por el hecho que yo no estaba en el reflejo. Dudé si jamás en mi vida había tenido reflejo.

Salí corriendo de la habitación hacia el baño. Di la puerta casi a tirar y me observé en el espejo del lavabo. Allí si podía verme. Respiré bastante aliviada. ¿Qué demonios estaba ocurriendo en este lugar? Me toqué la frente, el flequillo del cabello en la frente, los pómulos. Eran reales y existían. ¿Qué pasaba con ese espejo de la habitación y por qué Rouben no detectaba ninguna anomalía?

Regresé a la habitación con un poco de temor. Me paré al frente del espejo. Aún no podía ver mi reflejo. ¿Era este un espejo especial? Recordé que el doctor es un especialista en óptica, ¿quizá había inventado algo así?
Cubriendo las yemas de mis dedos con el abrigo, abrí la pantalla de la computadora portátil. Esta se encendió en una pantalla negra con un sencillo mensaje de texto en blanco en la esquina que decía “Destino Configurado. Sistema Listo.” ¿Qué significaba este mensaje? Presioné algunas de las teclas con mis uñas. El sistema parecía no reaccionar.
—Rouben. Analiza este computador y sus conexiones.
—No puedo. Es material 1-Seraphim y me está prohibido el acceso.
—Descríbeme a que tienes acceso.
—Claro que si, voy a enumerar.
Mientras esperaba que Rouben me respondiera volví a pararme al frente del espejo. Estaba embobaba con mi reflejo, o más bien mi falta de reflejo. Tocaba la punta de mi nariz, mis cejas, hacía una mueca, pero nada de ello se reflejaba. Ya me estaba causando bastante gracia y solté una risita.
—Saundra…
Puse la mano en frente de mis ojos. Ya me causaba curiosidad, más que temor. Mi mano se movió por inercia y toqué la superficie del espejo.

Todo se tornó oscuro por un instante. Cerré mis ojos fuertemente por instinto. Sentí como pasó electricidad por mis dedos y mis músculos, un escalofrío que me hizo temblar un poco y el sonido como de un trueno. Di un paso hacia atrás y abrí mis ojos.

Estaba en el mismo lugar, pero a la vez no era el mismo. Caía la noche ya. El espejo ya no estaba del lado izquierdo del computador, estaba a su derecha. De hecho, toda la habitación estaba invertida, la ventana y la puerta estaban del lugar opuesto. Por inercia me mandé la mano al pecho, la funda de mi arma estaba del otro lado. Sostenía mi pistola con lo que yo sentía era mi mano izquierda, pero en mi mente era la derecha. Comencé a hiperventilar. Puse mi mano en mi vientre. Aquella cicatriz estaba en el lado izquierdo ya. Pensé en Alexa.
Puse mi mano derecha en mi frente. ¿O era acaso la mano izquierda? Comencé a emanar un pegajoso sudor que me hizo sentir sucia. Lágrimas comenzaron a acumularse en mis ojos. Aún no podía ver mi reflejo en el espejo. A través de mis lágrimas observé la pantalla del computador. El texto estaba invertido. “Sin conexión. Destino inalcanzable.”

—¡ROUBEN!
Solo el eco me respondió.
-¡ROUBEN!

«Labios Impolutos»

Los vi besarse.
Siempre fui una persona muy callada. En el descanso de la preparatoria, prefería ocultarme a comer debajo del entablado del auditorio. Así evitaba tener que escuchar de los demás chicos de la clase sus incesantes y poco interesantes historias. Sin embargo, ese día los vi besarse, en lo que yo consideraba mi santuario.

Después de comer, decidí descansar antes que la campana de reinicio de clases sonara. Me tiré contra una caja que contenía unas colchonetas, cerré los ojos y aunque el barullo afuera no se detenía, pude tomar una siesta. Al menos, hasta que llegaron ellos.
—¿Qué haces?—, replicó una voz masculina que sonaba madura, pero a la vez escondía una segunda intención.
—Aquí nadie nos molestará—, replicó una voz juvenil, una voz que sonó extrañamente masculina pero aguda, como una voz que no se había desarrollado aún del todo.

Continué con mis ojos cerrados, pero totalmente consciente.
—Martyn, ¡no podemos! ¿Qué tal si alguien nos ve?—, objetó la voz mayor.
—Profe, no aguanto más.
Al escuchar estas palabras, no pude evitar abrir los ojos.
Y allí los vi. Los vi besarse.

Mi profesor de ciencias naturales estaba besando a uno de los chicos de mi clase. No era un beso tierno, era un beso profundo, un beso cargado de lujuria. Los ojos del chico estaban fuertemente cerrados, sus mejillas sonrojadas por el placer. Mi profesor tenía los ojos cerrados también, pero su semblante era diferente. Era el semblante de alguien que se despierta en la misma cama, en la misma casa, todos los días. Un semblante rutinario, cotidiano.
Aunque tenía de frente este espectáculo, no hice ningún ruido, no hice ningún intento de moverme. Sin embargo, algo en mi cuerpo se desencajó. Estaba a punto de vomitar. Sentía asco.
No era el hecho que fueran profesor y alumno. No era el hecho que ambos fueran hombres. Puedes llamarme tonto, o no creerme, pero nunca jamás en mi vida pude presenciar una pareja besándose sin que mi cuerpo convulsionara.

Desde muy pequeño sentí esto. Para mi, un beso en la mejilla o en la frente es bastante normal, no ocasiona nada dentro de mi. Sin embargo, cuando se acercan los labios, cuando se entrelazan las lenguas, una reacción visceral se apodera de mi. La bilis se me revuelca, el color de mi tez cambia y es inevitable vomitar.

Si tuviera que ponerle una fecha exacta a cuando comenzó este fenómeno, podría decir que inició cuando vi por primera vez a mis padres besándose. Muchas personas dicen que uno no recuerda nada de antes de los siete años. La memoria del beso de mis padres data de cuando tenía tres años.
Fue en la cocina de mi casa. Yo tenía puesto un babero y estaba sentado en un comedor para niños. Mis platos y cubiertos de plástico estaban al frente, mi comida debidamente servida, aunque mi mente estaba perpleja por la visión de mi madre. Ella estaba sentada a la mesa, sorbiendo su sopa con tranquilidad. Mi padre recién había llegado a casa, se aproximó a ella por detrás, la abrazó y bajó su cara a la altura de la suya. Ella se giró rápidamente y así cerraron su beso.
En lo que fue como un rayo, sentí como mi cuerpo comenzó a temblar. Sentí lágrimas brotar de mis ojos y de repente el mundo perdió la luz. Devolví lo que había comido hasta ese momento.

Mi madre intentaba consolarme, pero yo estaba completamente en choque, convulsionando y sollozando. Después de lo que pareció una eternidad pude calmarme.
Aprendí un tiempo después que si apretaba los ojos en el momento justo, podía evitar vomitar. No era algo infalible, pero al menos era un método para evitarlo.

Un año después mi hermanita nació. Fue todo un evento para mis padres. ¿Cuándo fue procreada y bajo que medios? No tengo ni idea, y no quiero saber. A mis ojos de cuatro años, ver otra criatura similar a mi pero más pequeña era algo muy confuso. Todo giraba alrededor de mis padres, mi casa, mis juguetes, la radio por la cual solo podíamos escuchar las noticias y de vez en cuando música, pero más que todo la voz de los presentadores de radio. Ella era pequeña y bastante frágil. Los primeros meses fueron confusos, no sabía como tratarla. Solo podía asomarme a verla en el corral. Ella a veces fijaba su mirada sobre mi, y sentía una conexión increíble con ella, como si habláramos palabras silenciosas. Obviamente, eso era mentira, era mi imaginación como niño.

Oh, disculpa que me haya desviado de la historia, pero en realidad esto es algo bastante importante. Con el nacimiento de mi hermana, mi madre se volcó en la crianza de nosotros, y le prohibió a mi padre el acceso a los “placeres carnales”. Con mis ojos de niño no entendía lo que pasaba, pero los besos entre mis padres se volvieron menos y menos con el pasar de los tiempos. Unas semanas después, mi padre anunció que le habían cambiado de puesto, y ahora tendría que viajar de ciudad en ciudad. No te había comentado antes, pero mi padre era editor de una revista científica.

Con este cambio, mi padre comenzó a desaparecer por días enteros. Mucho después fue que descubrí que en cuanto mi madre le hizo aquella prohibición, comenzó a frecuentar otras mujeres, y una muy particular que se convirtió en su amante. Aún así, mientras estaban en la casa, mis padres se siguieron tratando normalmente. Cuando tenían la oportunidad, se besaban en mi presencia y mis arcadas regresaban sin dilación. Quizá por instinto de supervivencia, cuando mi padre estaba en casa, corría desesperadamente a esconderme en nuestra habitación. Compartía mi habitación con el corral de mi hermanita. No temía de mi padre, pero temía del hecho de vomitar y los regaños posteriores a ello.

Una vez cumplí seis años, mis padres me enviaron a la escuela. Fue un evento parte terrible y parte maravilloso. Pude conocer otros chicos y comencé a aprender miles de cosas. Durante mi tiempo en la escuela podía descansar de mi madre y sus regaños, y de mi hermanita, quien causaba un caos mientras gateaba por toda la casa. Yo siempre tenía que pagar los platos rotos por cosas que no había hecho. El bus escolar me recogía todos los días a las seis y treinta de la mañana, y me dejaba de regreso en la casa a las cinco y quince, cinco y media de la tarde.

Fue terrible porque yo siempre fui un chico callado. Mis padres me enseñaron el valor del silencio, a veces a la fuerza. Pero ellos no tuvieron la culpa, la culpa siempre fue mía, por hablar cuando no se me ha permitido. Así que en la escuela, algunos de los otros chicos me molestaban por mi silencio. Yo siempre preferí hacerme a un lado. Cuando los profesores me preguntaban y me daban la palabra podía responder, y siempre lo hacía. Ellos eran la autoridad. Siempre lo han sido. Los otros niños comenzaron a ponerme apodos. Me decían “mudo”. Me decían “retrato” o “estatua”. Uno de ellos particularmente mantenía muy enojado conmigo. Un chico de apellido Eccleston. No recuerdo su primer nombre.

Él parecía tener una fijación conmigo, y siempre escondía mis libros, mis cuadernos o mis lápices. Una vez tomó mis zapatillas, mientras nos cambiábamos de ropa para clases de gimnasio. Las lanzó al otro lado de la reja que rodeaba la escuela, cayeron en la vía y varios automóviles las destrozaron. Después de eso, se mofó de mí. Los niños le copiaron y continuaron riéndose de dicha situación.

¿Te preguntas si yo lloré o grité? No, no lo hice. No había necesidad de hacerlo. No ganaba nada si lo hacía. Mis profesores siempre se mantenían a raya, como esperando que entre los dos resolviéramos nuestras disputas. Yo preferí dejarlo que actuara de la misma manera. Los maestros me decían que no era la forma más correcta de actuar, y que era necesario que me hiciera amigo de Eccleston para que esto no volviera a pasar. En su momento no entendía en absoluto lo que ellos me pedían. ¿Amigo? ¿Y eso qué es? Después leí en un diccionario la acepción de esa palabra. Aún recuerdo el texto como estaba en el diccionario. “Alguien que está apegado a otro por afección; alguien que mantiene por otro sentimientos de estima, respeto y afección, que lo dirigen a desear su compañía, y promover su felicidad y prosperidad; opuesto a un enemigo o adversario.”

Obviamente tuve que buscar las otras palabras que me confundían. Seguía sin entender. Por Eccleston no sentía nada, no sentía enojo, no sentía cariño. Él simplemente existía, y las cosas que me hacía eran simplemente mi culpa. Yo debí haber estado pendiente de mis zapatillas, pendiente de mis artículos personales. Era otro niño, con otras actitudes.

Eventualmente Eccleston pasó a otras cosas y me dejó tranquilo. De hecho, todos en la escuela me dejaron tranquilo, incluyendo los profesores. Cuando uno de ellos me pedía que me asociara con otros para hacer algún trabajo, lo hacía sin chistar. Cuando los otros niños me pedían que hiciera el trabajo yo solo mientras ellos leían los cómics o jugaban juntos, yo lo hacía. Mejor para mi, podía absorber y absorber más conocimiento.

Un día llamaron a mis padres a la escuela y los maestros tuvieron una conversación bastante larga con ellos. No estuve presente. Estuve todo el tiempo en el salón de clase, solo, leyendo uno de los libros que me prestó la maestra. “La Historia del Doctor Dolittle”. Este libro me encantaba. Aún debo conservar aquel libro en mi casa. Debe estar en mi biblioteca. Nunca pude regresárselo.

Ese día cuando regresábamos a casa en el automóvil de la familia, nadie pronunció una palabra. No me habían permitido hacerlo así que callé. Una vez llegamos, mis padres hicieron lo mismo que cuando Eccleston tiró mis zapatos a la calle. Era una rutina que ya se había repetido múltiples veces en el pasado. Igual que cuando Eccleston rompió mis libros, cuando destruyó mi trabajo de manualidades antes que la profesora lo revisara, cuando cortó con unas tijeras mi morral, cuando accidentalmente me aplicó pintura sobre la ropa.

Mi madre cerró todas las cortinas de la casa, cerró todas las puertas de la casa, se encerró conmigo en un almacén que había debajo de las escaleras de acceso al segundo piso, me desnudó, gritó un par de cosas y me dio algunos pares de palmadas en la cara y en las nalgas.
¿De nuevo la pregunta acerca de si lloré? Obvio que no, no me era permitido llorar ni gritar. Mi madre no me había autorizado a hacerlo. Mi madre salió de la habitación, su cara roja, sus blancas palmas enrojecidas por sus golpes.

Mi padre entró una vez ella salió. En sus manos tenía una soga, un bate de cricket y un tabaco encendido. Mi padre me golpeaba con el bate en las nalgas, haciéndome caer al suelo, vociferando muchas palabras soeces, me amarraba la soga al cuello fuertemente, ahorcándome, y me quemaba con el tabaco en la espalda y en las nalgas. El dolor era bastante fuerte, pero nunca lloré. No tenía objetivo hacerlo. Con su mano me golpeó en la cabeza y en las mejillas.

Cada vez que pasaba esto, me forzaban a quedarme en la casa por una semana. Mi madre me cuidaba las heridas en silencio. Y una vez la semana pasaba, volvía yo a clases con normalidad. Mis padres me amenazaban a menudo que no podía decir nada de lo que ellos me hacían a mis profesores o a los otros niños. Yo seguía sus palabras al pie y letra.

Esto se repitió en otras ocasiones. Afortunadamente y a pesar de mis semanas de inasistencia, pude pasar el año. Al próximo año, los profesores decidieron moverme a otro curso. Eccleston ya no estaba allí. Eran otros dieciséis niños diferentes. Nadie más de mi salón fue transferido. Allí había una nueva profesora, la maestra Jonna. Este fue quizá el año más tranquilo de mi vida. Yo cumplía con las tareas que los profesores me ponían, con los requerimientos de los otros niños. Durante ese año mis padres solo me amonestaron tres veces. Mi hermanita comenzaba a crecer y a balbucear.

Los demás años de mi escuela primaria fueron igual de tranquilos. Había un chico en mi curso, Jeff Edmont, que era bastante sereno también. Cuando había ejercicios o tareas en grupo, a menudo él y yo quedábamos de últimos. Los profesores nos ordenaban asociarnos. Nos distribuíamos el trabajo y lo hacíamos con eficiencia. Siempre terminábamos de primeros, y después regresábamos a nuestros propios encargos. Él por su cuenta, yo por la mía.

Una vez me gradué de la primaria, continué directamente con la secundaria. Mi hermanita ya tenía la edad para comenzar a ir a la escuela. Ella y yo continuamos compartiendo la habitación, en una litera. Ella decidió dormir en la parte alta, a mi me tocó la baja. A menudo ella pedía que intercambiáramos. Hablábamos mucho, sobre la experiencia de ir a la escuela. Yo le contaba los temas que los profesores nos enseñaban, le mostraba mis notas y mis cuadernos. Le decía que habían muchos niños allá, de diferentes edades. Le conté que algunos niños se enojaban con uno y hacían algunos daños. Ella se extasiaba con mis historias.

Mis padres decidieron que mi hermana y yo debíamos ir a escuelas separadas. Ella fue enviada a un colegio católico para mujeres, mientras que ellos me enviaron a un colegio militar. Según mi padre, era para que yo “formara carácter”. No entendí que era lo que quería, pero lo acepté. Mis notas eran bastante altas y no se me dificultaría entrar a ninguna otra escuela. Pero esta fue la voluntad de mis padres, y así se hizo.

El colegio militar fue un lugar maravilloso. Me despertaba y dormía a la misma hora todos los días, hacíamos un régimen ordenado y preciso de ejercicios. El sargento que estaba a cargo de mi clase daba las órdenes correctas y concisas. Quienes no la cumplían sufrían. Yo lo hacía todo a cabalidad. Mi sargento siempre me ponía como ejemplo para todos los demás chicos. A veces ellos me imponían el trabajo que les tocaba, pero yo lo hacía con gusto. Cuando el sargento me descubría haciendo el trabajo de los otros, siempre me imponía una represalia, pero los regaños y sanciones hacia los demás eran mucho más fuertes.

Recuerdo una vez, en octavo grado, los otros chicos hicieron lo que ellos llamaron “una broma”. Un par de ellos me distrajeron haciéndome limpiar los vidrios de la barraca. Otros se llevaron mi morral de campo a los inodoros, se orinaron y defecaron dentro de él. Pusieron todos mis artículos de nuevo adentro, lo cerraron y pusieron en su lugar. Al día siguiente teníamos un entrenamiento de campo por tres días en la espesura de una selva. Yo no noté nada extraño con mi equipaje, hasta el momento de la primera noche, cuando debía utilizar el encendedor de campaña para hacer un fuego. Una vez abrí el morral, el olor me golpeó directamente. Sin inmutarme metí la mano, extraje el encendedor, mi mano ligeramente cubierta por los excrementos de los chicos y encendí la fogata sin distraerme. Los chicos comenzaron a cuchichear al verme.

Un coronel que nos acompañaba notó el fétido olor de mi morral abierto y me increpó. Volteó los contenidos de mi equipaje sobre la tierra del campamento, derramando los excrementos de mis compañeros. Mucha de mi ropa de cambio, herramientas y artículos estaban sucios. Todos los chicos de mi grupo de repente se rieron, apuntándome con sus dedos, pronunciando además malas palabras. El coronel continuaba gritándome mientras me daba un par de puntapiés en las costillas. Yo lo sabía, era mi culpa por no mantener el cuidado de los bienes que me habían asignado.

El coronel me ordenó tomar todas mis pertenencias, incluyendo el maletín, llevarlo a un riachuelo cercano, y lavarlo todo a mano. Mientras yo me marchaba con mis artículos, habló con el sargento. Los chicos continuaron riéndose de la circunstancia. Me gritaban “mierda”, “alcantarilla”, “basurero” o “cerdo”.

Me tomó hasta un poco más de la media noche limpiarlo todo bajo los parámetros que el coronel me pidió. La luna era la única compañía que tuve. Gracias a ella pude ver lo que hacía. Las herramientas las lavé con cuidado, usando una toalla. La ropa la friccioné fuertemente una contra otra sobre una piedra, retirando el sucio en cuánto pude. El morral fue bastante complejo de lavar, pero pude lograr mi cometido. Puse a secar algunas cosas en unas ramas de un árbol cercano mientras continuaba con lo demás. Una vez terminé recogí todas mis cosas y regresé al campamento.

Allí, todos los demás chicos de mi clase estaban durmiendo en el suelo, sin tiendas ni resguardo del frío, bastante alejados de la fogata que yo dispuse. Habían sido castigados por el sargento, cuando les pidió que con honestidad revelaran quien había sido el artífice de “la broma”. Al principio nadie quiso hacerlo, pero después de varias amenazas, los culpables fueron revelados por los demás. Después de ello, jamás volvieron a hacerme algo.

Una vez terminé el colegio militar, se me obligó a regresar a casa. Ya tenía yo diecisiete años. No quería regresar a mi hogar, pero mi sargento me pidió que discutiera bien con mis padres el seguir la carrera militar. Cuando llegué a casa, eran las doce del medio día y no había nadie allí. Tuve que esperar varias horas hasta que mi madre y hermana llegaron, en un automóvil diferente al de mi padre. Mi madre no dijo nada y silenciosamente abrió la puerta de la casa, mi hermanita si me abrazó fuertemente. Era ya toda una señorita y eso que solo habían pasado cuatro años.

Descubrí que mi padre se había divorciado de mi madre para entablar una relación con una de aquellas amantes. Descubrí que mi mamá había quedado embarazada de él en alguna otra ocasión, pero que había perdido el niño. Descubrí que mi hermanita se había convertido en una máquina de hablar. Descubrí que aparentemente mi cuerpo había crecido mucho y tenía músculos. Durante esos días, mi hermanita me pedía con bastante frecuencia que le mostrara mi cuerpo desnudo. En varias ocasiones me tocaba con su mano o me besaba o lamía en diferentes partes del cuerpo. Nunca la boca. Nunca se lo permití, pues no me quería vomitar de nuevo. Descubrí que mi madre tenía un novio, que se llamaba Reginald y venía de vez en cuando a hacer visita. Descubrí que mi padre pasaba por nuestra casa de vez en cuando para llevarse a mi hermanita a pasear. Descubrí que la novia de mi padre tenía una hija, de mi edad.

Cuando mis padres se encontraban, peleaban con fuerza. En alguna ocasión mi madre le lanzó un cuchillo en punta a mi padre. Por pocas pulgadas, él escapó el filo. El cuchillo quedó clavado en la pared de madera por diez días.
Lo único en lo que concordaron los dos era que no había dinero para mandarme de nuevo al colegio militar. Me ingresaron a una preparatoria pública cercana.

En mi opinión, era una institución educativa mediocre y desordenada. Después de pasar seis años en la escuela militar, donde todos vestíamos de uniforme, con un régimen ordenado y claro, a un lugar dónde las chicas se pintaban la cara y las uñas, los chicos se vestían con las camisas por fuera, blandiendo cigarrillos encendidos detrás del gimnasio. Esto era el pandemonio. Adopté mi misma posición que tuve en la escuela y el colegio militar, mantenerme callado, responder a los profesores como si fueran mis oficiales del ejército, vestirme pulcramente, tener un peinado militar y hacer mis labores con total eficiencia.

Era mortificador tener que caminar hacia el gimnasio, cosa que debía hacer a menudo para realizar mis entrenamientos musculares con el equipamiento de la escuela. En el trayecto, bajo el amparo de las sombras, veía parejas de jóvenes besándose apasionadamente. Ni mil años de entrenamiento militar me iban a quitar la repulsión que tenía de ver dicho acto. De vez en cuando, ellos se acariciaban por encima de la ropa, o si era más oscuro, las mujeres les tocaban los genitales a los hombres o se los metían en sus bocas. Esto otro nunca me causaba nada. Solo eran los besos. Cuando en casa mi madre escuchaba las radio novelas, el sonido que los actores hacían cuando simulaban besarse era suficiente para que yo tuviera nauseas y tuviera que disculparme para ir al excusado.

Los chicos de mi clase sabían que yo había ya tenido entrenamiento militar. Mis músculos y mi forma de ser lo reflejaban. Me enteré después que todos me temían y que varios rumores extraños circulaban. Algunos decían que ya había matado a alguien, que me habían enviado a algún conflicto armado, que en el colegio militar me habían obligado a beber sangre de animales que tenía que matar con mis manos. Eso no podría distar más de la realidad. En total, estos rumores me beneficiaban, pues hacía que todos ellos se mantuvieran a raya conmigo. Todos, excepto alguien. Pauline Sasso.

Ella era una chica bastante extrovertida. Se hablaba con todos en la clase. Era poco inteligente y a todas vistas prefería el cotilleo que el estudio. Se rumoreaba que había tenido sexo con todos los hombres del salón. Cuando alguna de las chicas estaba interesada en alguien, siempre le preguntaban primero a Pauline qué tan largo lo tenía, cuánto había durado antes de eyacular o cuánto semen había arrojado. Ella respondía como si fuera una experta. Yo tuve que escuchar sus historias en más de una ocasión. El lugar más adecuado para ellas hablar no era detrás de un arbusto, o detrás del gimnasio o del auditorio. Era el mismísimo salón el perfecto lugar de chisme. Yo siempre preferí quedarme en el salón a leer mientras transcurrían los descansos. Y eso me obligó a escucharles. Ellas no me prestaban atención. Era yo una piedra, una estatua a ignorar.

Excepto que Pauline en realidad no me ignoraba. Un día, una chica le preguntó jocosamente a Pauline acerca de mi. Era de lógica que era una broma nada más. Pauline se dirigió hacia mi, puso su suave y fría mano en mi mentón, obligándome a levantar la mirada de mi libro hacia su cara. Por primera vez observé sus facciones. Sus ojos color café granate, una nariz delgada, labios carnosos, pintados de un rosa que parecía natural. Cejas bien cuidadas, su cabello rubio brillante y esponjoso. Jamás había visto una mujer tan cerca. Ni siquiera mi hermanita o mi madre.

Ella me comandó a que la siguiera. Asentí. Cerré mi libro, me levanté del asiento y me mantuve a dos pasos de su espalda. Las demás chicas cuchicheaban y sonreían a nuestras espaldas. Faltaba un poco más de cuarenta y cinco minutos para que las clases continuaran. Ella era una persona menuda, yo le llevaba casi dos pies de altura de más. A su lado yo debería parecer un poste telefónico. Ella me condujo a través de varios pasillos hasta salir al patio. Continuó caminando en silencio mientras transitábamos al lado de otros chicos. Sentía todas sus miradas quemarnos. Era Sasso, la prostituta de la escuela, y yo, el soldado asesino. Continuamos en dirección del auditorio e ingresamos allí. Había un par de personas desperdigadas por aquí y allá, consumiendo sus almuerzos. Ella se dirigió a una pequeña portezuela de madera que conducía a una habitación de almacenamiento. La abrió sin mayor problema. Luego, movió un par de cajas de cartón, revelando un agujero en una de las paredes que llevaba a una escalera que se internaba a una cavidad oscura. Me comandó a que me metiera allí. A pesar de la oscuridad no era un lugar polvoriento, y la luz se colaba entre los maderos del escenario que estaba arriba. Ella me siguió detrás, moviendo las cajas de nuevo para conciliar la abertura.

Me ordenó que me bajara los pantalones. Lo hice. Me ordenó que me bajara los calzoncillos. Lo hice. Tomo mi pene con su mano, lo tocó y observó por todos lados. Su mano continuaba siendo suave y fría. Su tacto se me hizo plácido. Estiró hacia atrás mi prepucio y acarició con velocidad el tronco un par de veces. Levantó con dos de sus dedos mi pene, como quien sostiene un tabaco y con los otros manoseó mis testículos suavemente. Los observó también. Soltó mis genitales y me ordenó que me subiera la ropa interior y los pantalones. Eso hice. Ella se metió la mano entre sus senos y extrajo una cajetilla de cigarrillos. Sacó uno, lo puso entre sus labios, me extendió la cajetilla y me preguntó si fumaba. Dije que no. Usó unos cerillos y encendió el cigarrillo. Guardó la cajetilla entre sus pechos, se tiró encima de unas cajas que estaban arrumadas con unas colchonetas y me comandó que hiciera lo mismo.

Allí aprendí que ella era virgen, que nunca había tenido sexo con nadie en realidad. Aprendí que ella sentía curiosidad por los hombres y sus penes. Aprendí que se había manoseado con algunos chicos y que de algunos había tragado su semen, pero que nunca había sido penetrada. Aprendí que ella estaba buscando a alguien que la quisiera, pero no por los cuentos que corrían por el salón o por la escuela. Aprendí que ella quería que alguien la protegiera. Aprendí que su padre la había manoseado cuando niña. Aprendí que su padre la obligaba a que le chupara el pene. Aprendí que había intentado quitarse la vida múltiples veces. Después de la conversación, el cigarrillo se terminó y ella se levantó del suelo. Me invitó a que usara este espacio para descansar, cuando las conversaciones de las chicas se hicieran muy pesadas en el salón. Asentí. Me ordenó que regresáramos al salón. Faltaban quince minutos para el reinicio de las clases.

Comenzando ese día, usé el espacio que Pauline me enseñó todos los días que fuera a la preparatoria. De vez en cuando ella iba también y me conversaba de sus frustraciones. No me disgustó hablar con ella. Se me presentaba como la única persona franca que había conocido en mi vida. Después de esa primera ocasión, nunca me volvió a pedir que me bajara los pantalones. En una ocasión me dijo que yo era la única persona con la que ella podía ser sincera.

Y así ocurrió que los vi. El profesor de ciencias naturales y el chico. No alcancé a cerrar mis ojos como hacía anteriormente. Ya me había acostumbrado a la oscuridad y podía ver los detalles. Vi como el pantalón del chico tenía una turgencia. Pero más que todo veía su beso. Cerré los ojos, respiré profundo sin hacer mucho ruido, tal como me enseñaron en el colegio militar. No, las nauseas llegaban. Detrás de mis párpados podía ver la imagen de ellos dos. Sentía como se agolpaban los contenidos de mi estómago y subían como alguien aferrándose de las paredes de un pozo. Era inevitable. Me levanté con agilidad poniendo mi mano en la boca, haciendo un estruendo. El profesor y el alumno hicieron un corto grito, pidiendo que me detuviera. Yo no aguanté más. Mientras movía las cajas, vomité todo mi almuerzo encima de las escaleras.

No volví a la preparatoria. Me quedé en casa dudando de mi capacidad de seguir estudiando allí. Era mi lugar sagrado, el lugar que Pauline me enseñó y cada vez que fuese allá sería un recordatorio de lo que allí había acontecido. El solo pensar en ello me causaba mareos. Pauline vino a mi casa en varias ocasiones, pero cuando lo hacía le pedía a mi hermanita que mintiera y le dijera que no estaba. No podía verla a la cara, me recordaba a aquel lugar.

Menos de un mes después, el regimiento militar llegó a mi casa. Mi sargento vino a recogerme. La guerra había vuelto. Esos malditos alemanes no pudieron respetar su palabra. Era hora de servir a mi nación, a pesar de apenas estar en la preparatoria. Mi madre y hermana se opusieron, pero yo acepté. Era mejor hacerlo que quedarme en casa lamentándome. Me recogieron en Annville y me trajeron en helicóptero. Durante todo el trayecto solo pensé en Pauline. Debía proteger mi país, mi ciudad, mi familia y a Pauline. Y por tanto aquí estoy.

Ahora, dime, médico Mercer, ¿qué tan grande es la herida? ¿Por qué me has arrancado del cuello la chapa de identificación? ¿Por qué lloras?

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