«Más rápido que un pestañeo» (parte final)

Ella se fue temprano pues yo tenía una misión muy importante al día siguiente. Durante dos semanas habíamos recolectado información respecto de un caso de trata de personas, en el cual el dueño de uno de los más reconocidos clubes nocturnos de la ciudad tenía un “negocio aparte”, engañando a chicas y chicos atractivos de ciudades muy alejadas de la capital bajo la promesa de darles trabajo como presentadores de holoTV o modelos para ropa, en asociación con un prominente político del país. En los primeros días de cada contrato, les daba un rol menor o de extra en TV o les fotografiaba para catálogos de compras en línea. Después de eso, los obligaba a pagar favores sexuales a cambio de continuar actuando o modelando.
No teníamos ninguna prueba que nos permitiera determinar si era por la propia voluntad de cada víctima o si los forzaba. Por ello, Interiores hizo una operación de emboscada, plantando varios agentes encubiertos como atractivos “pueblerinos”. A través de dicha operación pudimos adquirir y registrar la información requerida para su detención, sin embargo, por el alto perfil de los implicados, debía ser una operación silenciosa.
Para la captura del dueño del club, y debido al elevado nivel de seguridad del lugar dónde permanecía el sujeto, se diseñó un plan para un solo operativo, cuya única misión era sedar al objetivo y asegurarlo, y después dar vía libre al equipo de tácticas para que entrara al lugar y realizara la extracción. Esto evitaría que el sujeto se fugara o buscara alguna forma de escapar. Mientras tanto, otra operación era ejecutada en simultánea en la casa del senador cómplice. Me ofrecí para el trabajo de ataque al sujeto en el club. Estaba emocionada aún por mis éxitos anteriores, pues mi carrera era prolífica y había logrado, junto con los demás operativos, grandes logros para Interiores.
Vestida con el terriblemente ceñido uniforme de operaciones especiales, con un chaleco antibalas y una pistola lanza dardos paralizadores, me infiltré por el techo del club, deslizándome por conductos de aire y estrechos pasillos, hasta dar con la oficina privada del dueño del club. La escena que se veía del otro lado de la malla de ventilación era aterradora, pero era tal y cual los agentes encubiertos la habían descrito.
Era un acto sexual atemorizador, con un par de chicos haciendo actividades innombrables, otro par de mujeres siendo abusadas con aparatos que no sabía que existían. Y en el centro, como un supervisor o un conductor de orquesta, el tipo desnudo, siendo placido por una de aquellas mujeres. Sentí muchísimo asco, pero todo esto solo me afirmó las ganas de dar final a tan horrible imagen. Abrí la reja con cautela hacia un lado, miré a todos lados con un espejo adherido a mi mano para verificar que no hubiese nadie alrededor, sustraje mi arma, saqué parte de mi tronco y la apunté directo al sujeto. Si me equivocaba y le disparaba a alguno de los participantes de esta orgía, iba a ser un desastre, pues me delataría de inmediato. Respiré profundo y apreté el gatillo. O al menos, eso creí que había hecho.
Sentí como un rayo de electricidad me recorrió comenzando por la base del cuello. Quedé paralizada con medio cuerpo dentro de la fosa, un sujeto gigante pisando mi mano derecha con sus botas, haciéndome soltar la pistola. ¿De dónde había salido este tipo?
—¡Jefe, no se habían equivocado nuestros topos en la policía!
En un segundo se detuvo la orgía y los demás participantes huyeron hacia las paredes, cubriéndose con cualquier cosa que hallaron. La única que no salió corriendo fue la chica que manoseaba al dueño, quien, a pesar que este ya se había levantado de su trono blandiendo una pistola en su mano, terminó tendida, completamente desnuda al lado del sillón.
—¡Nunca se equivocan estos! ¡Agente Hoellingberg, bienvenida!
De nuevo, el rayo por mi columna. Mis dientes tiritaron por la fuerza eléctrica.
—¡Ha venido usted a revisar mi negocio, adelante, adelante! ¡Phillip, tráemela!
El sujeto me volvió a electrocutar, para luego arrastrarme del cabello hasta al frente del tipo. Su cuerpo desnudo me dio asco, su hombría aún turgente.
—O agente, quizá quiera salir del servicio y… Tomar un nuevo rol en nuestra sociedad, ¡seguramente con este cuerpazo sería un éxito!
El gigantón tomó mis brazos y me los amarró en una llave por detrás, con tal fuerza que me hizo arder los hombros. Me puso de rodillas y me pisó las piernas con las suyas para que no me pudiese mover. El dueño del club me miró lascivamente, removió mi chaleco antibalas y me manoseó los senos y la entrepierna por encima del traje elástico, poniéndome su miembro a pocos centímetros de la cara. Giré mi cabeza para evitarlo, a lo que él reaccionó golpeándome en la sien con la cacha de su pistola.
—Jajajaja, me gustan así, aguerridas, para amaestrarlas de cero. Pero ahora, quiero ver acción.
Se giró a mirar a la chica desmayada al lado de la silla, fue hacia ella, le levantó la cabeza por su cabello y le dio un par de palmadas.
—Hey, Lyra, quiero ver acción.
La chica gimió, sus movimientos lentos y letárgicos, y se arrodilló buscando con sus manos la turgencia del dueño del club.
—No, no, no eso. Dale la bienvenida a la agente Hoellingberg.
El sujeto sacó un cuchillo del cojín de la silla y se lo dio a la chica. Solo hasta ahora la pude observar con detalle, en tanto ella se giró hacia mi. Un grito silencioso se escapó de mi boca, abierta como si buscara aire fuera de la Tierra. Era Alexa. Su cabello era de otro color y sus ojos tenían lentes de contacto verdes, pero de resto, ese mismo cuerpo desnudo y maltratado que observaba ante mis ojos era el mismo cuerpo de la mujer que había dormido conmigo en mi casa anoche. Sentí mis ojos humedecerse y mi ceño contraerse, mientras ella seguía con la mirada perdida, como si estuviese drogada. Se arrastró arrodillada hacia mí y en tanto se acercó más se rascó tres veces la comisura de sus labios con una de sus manos.
Sentí como mis músculos se tensaron, la rabia bajando de mi cerebro hacia mis extremidades, mi visión tornándose borrosa y rojiza. El sujeto que me prensaba lo sintió y me apretó con más fuerza. Alexa continuó avanzando hacia mi.
—Si, ya sabes que hacer, Lyra.
No era Lyra, no era Lyra, era Alexa, mi Alexa, mi Alexa. Sentí que un grito se quería escapar, pero solo un gruñido salió. Y en un instante, un dolor sordo me recorrió el torso. Alexa me había acuchillado unos centímetros arriba y a la derecha de mi ombligo. En sus labios se dibujó una frase silenciosa. De mis ojos brotaron lágrimas, no por el dolor físico, pero por mi estrés mental.
—¡Jajajaja! ¡Si, maravilloso! ¡Otra vez, otra vez!
La voz del sujeto sonaba excitada, extasiada por lo que observaba. Alexa sacó el cuchillo, mi traje de compresión ajustándose para mantener la herida presionada. Un hilo de sangre comenzó a fluir, empapando la tela elástica. Ella se abalanzó a herirme de nuevo, pero se resbaló y cayó al lado mío, soltando el cuchillo y quedándose inmóvil. El dueño del club pateó a Alexa en sus costillas, pero ella no demostró ninguna reacción.
—Imbécil, ¡dije que otra vez!
Seguía a Alexa con mi mirada, hasta que noté que con el dedo índice de su mano ensangrentada hacía cuatro toques con una pausa en la alfombra. Dejé que mi fuerza me abandonara, rodé los ojos hacia arriba y me solté por completo. El gigantón soltó la llave, liberándome. Me dejé caer en el suelo con las manos extendidas a ambos lados.
—Oh, agente, yo pensaba que tenías más en ti, pero si, eres nada más que una chica débil y susceptible como todas. Igual, serás una miembro excelente de mi colección.
El tipo se mofaba y carcajeaba mientras caminaba alrededor mío, su mirada perversa quemando mi piel. Odiaba este traje, era muy cómodo y tecnológico, pero muy revelador. A mi lado seguía sintiendo el golpeteo suave del dedo de Alexa. Unos segundos después, escuchamos múltiples disparos secos.
—¿De dónde demonios salieron… Ugh…
Aparte de los alejados gritos de los demás sujetos y el zapateo de otras personas a nuestro alrededor, era como si se hubiese hecho el silencio en la habitación.

—Recuerdas…
Alexa seguía apuntándome a la cabeza con su pistola. Mi voz se quebró, así que carraspeé un poco para aclararla.
—Recuerdas la última vez que estuviste conmigo, antes de…
—Ajá.
—¿Recuerdas lo que me dijiste justo antes que te fueras?
—¿Qué de tantas cosas?
—Cuando me sugeriste que…
—¿Qué nos fugáramos? Jajajaja… Si no estoy mal dije…
Su tono de voz cambió a un registro más seductor, tan similar al que tuvo esa noche que me bajaron escalofríos.
—“Vámonos a un lugar dónde nadie nos conozca, dónde nadie nos busque, dónde tu y yo podamos ser otras, dónde podamos estar tranquilas.” ¡Jajajaja! ¡Qué estúpida fui! Eso nunca iba a pasar.
Apreté mi mano en un puño.
—¿Qué tal si te dijera que un mundo así existe…
—No existe, ese mundo no existe, Saundra.
—¡Si existe!
Me torné a verla directamente a los ojos.
—Si existe y yo he estado allá. Es la razón por la cual el doctor ha desaparecido, es un mundo alterno, detrás de un espejo, un mundo construido por…
Alexa evitó mi mirada.
—Jajajaja, ¡estás loca! El que yo hubiese terminado contigo te hizo perder la cabeza. ¿Un espejo? ¿Es esto Blanca Nieves? ¡Hablas como si la magia existiera!
—¡No es magia! ¡Existe! Y para poder mantenerlo vivo, debo apagar a Rouben. ¿Sabes que significa el nombre Rouben?
—Unidad Observadora de Tiempo Real, Ejecutor y Neutralizador de Alguna Cualquier Cosa, ¿o algo así?
—¡Estamos siendo controladas!
—Dime algo que no sepa. ¿Tú crees que yo disfruto trabajar como una agente infiltrada? ¿Tú crees que me gusta que me obliguen a hacer cosas que no quiero? ¿Tú crees que no me ha dolido hacer tantas cosas, ser violada o usar drogas, como esa vez que supuestamente me debías salvar? ¿Sabes qué tantas cosas tuve que fingir para que ese tipo no me violara esa noche? Yo, yo soy la única que sé las cosas que Rouben me obliga a cumplir, y de las cuales intenta protegerme con la excusa de un bien mayor, ¿pero qué demonios le vamos a hacer? ¡Dime! ¡DIME SAUNDRA!
Alexa me daba golpecitos en la cabeza con la punta de su arma en cada énfasis de sus palabras. Sentí rabia en su tono de voz. Mis palabras se agolparon con fuerza.
—¡Más motivos para destruir a Rouben! ¡Piénsalo! ¡Imagina si él ya no existiera, tu vida, nuestra vida sería diferente!
—Es imposible. Es imposible escapar su alcance. Tu misma lo dijiste aquella noche.
Ella dejó salir un sollozo y se quedó quieta presionando el arma en mi frente. Sentía un leve temblor transmitirse a través del barril de la pistola. Me asusté un poco, pero decidí que era el momento de actuar. No pasaría lo mismo que hoy más temprano. Tensé mis músculos y los solté como un resorte. En un movimiento rápido, puse la mano sobre la que sostenía la pistola, ubicando mi cuerpo a su lado, torciéndola fuertemente. Ella salió de su estupor y comenzó a forcejear. El arma se disparó una o dos veces hacia las paredes, mientras yo la seguía lastimando. Puse mi otro brazo en una llave y le apreté el cuello.
No quería hacerlo, a pesar que ella ya me había herido en una misión previa sin titubear. Un dolor sordo y fantasmal se me formó en la cicatriz de la puñalada que me había dado hace unos meses, como una anticipación de lo que estaba a punto de hacer. En reacción de mi estrangulación, Alexa soltó un poco la pistola, así que aproveché para zafarla, agarrándola y apuntándola a su sien. Cuando practicábamos en el gimnasio del Ministerio, a veces ella y yo practicábamos lucha o artes marciales juntas. Alexa era muy hábil y técnica, pero yo era más fuerte y rápida.
Ella se quedó quieta como rindiéndose. Solté un poco mi presión en su cuello y le di una patada fuerte en la espalda, lanzándola hacia el frente y tirándola como un tablón en el suelo, para después saltar dos pasos hacia atrás, aun apuntándole.
—Lo siento, Alexa. Lo siento de veras, pero esto es por Olivia y los Shawn. Las manos arriba.
Comencé a caminar despacio hacia atrás. Alexa se arrodilló y se giró despacio hacia mi.
—¿Así que encontraste un nuevo amor? ¿Olivia se llama?
Dejé soltar una risa.
—Olvídalo, Alexa. Déjame ir.

Me giré y corrí por el túnel, aún mirándola de reojo. Si Alexa había estado acá, el túnel de bajada hacia Rouben se encontraba cerca. Mi pie se quejaba con cada paso que daba, así que decidí aprovechar la adrenalina que tenía aún corriendo por el cuerpo. En tanto ya me había alejado lo suficiente, le dí la espalda y marché más rápido, dando zancadas largas. Me asustaba que Alexa tuviese una segunda arma y quisiera dispararme, pero si lo quisiese ya lo hubiese hecho.
A un costado del túnel había una reja. Le dí una patada fuerte, aplastándola contra el orificio. Asomé la cabeza, era un conducto de cables y tuberías, tan largo que no veía su fondo, incluso me pareció que se inclinaba hacia un lado. Había una hilera de luces que recorrían toda la distancia y una escalera de metal en uno de sus costados. Ingresé y comencé a bajar tan rápido como pude. Guardé la pistola en el bolsillo interior de mi abrigo para poder usar ambas manos.
Sentía que escuchaba la voz de Alexa desde arriba. Sentía como me suplicaba que no la dejara sola, como me pedía que me olvidara de esta misión. A menudo levantaba la cabeza para observar la entrada, pero nadie se asomaba. Mis pasos, a pesar que estaba descalza, rebotaban en las paredes y llegaban amplificados a mis oídos, como un reloj antiguo en la torre de una ciudad. Seguí internándome.

Pollux había armado un plan B que no le había mencionado a nadie. Un equipo de Tácticas ingresarían unos minutos después de mi por la misma abertura, para darme soporte en caso que algo fallara. Él sospechaba que había un topo que estaba filtrando información. Ellos fueron los que ingresaron y dispararon dardos tranquilizantes a los dos sujetos unos segundos después de que me lancé al suelo. Uno de ellos me tomó en sus brazos, me giró y comenzó a aplicar primeros auxilios. Ya había perdido un poco de sangre, aunque hubiese sido mucha más si no fuese por el traje de operaciones especiales. Alexa se levantó con tranquilidad, completamente desnuda. Caminó hacia una cama cercana, tomó una sábana y se la amarró a manera de toga. El sopor de droga que llevaba era solo una máscara. No se giró a verme, no se preocupó por mi. Se dirigió a uno de los uniformados.
—Misión finalizada, con contratiempos.
—Entendido, agente A.
El tipo le dio una cantimplora con agua. Sorbió un poco, hizo un par de buches y lo escupió en el suelo.
—La agente S comprometió el plan. En el momento que debía hacer el arresto no lo hizo.
—Entendido, haremos el reporte.
—La información que me dieron fue muy preliminar, no sabía que había un topo.
Nuestra radio se activó.
—Aquí, D.P., ¿me escuchan?
—Fuerte y claro.
—Extracción inmediata, me entienden, inmediata.
—Roger.
Algunos efectivos fueron al lugar donde estaban las demás víctimas, les pusieron ropajes y sábanas encima y les instaron a escapar junto con nosotros. Atemorizados y con lágrimas en los ojos, accedieron. Otros amarraban y ponían esposas a los dos sujetos, asegurándoles una soga alrededor de su cuerpo, que les sostenían los brazos y las piernas juntas.
—Agente S, ¿puede levantarse?
—Si.
Me levanté, el dolor de la puñalada aún afectándome. El hilo de sangre continuaba fluyendo, empapando una gasa que mi compañero me puso encima.
—Por ahora prima escapar. ¿Quién la apuñaló?
Miré a Alexa, quien estaba comenzando a escapar por el conducto de aire. Miré su mano aún ensangrentada.
—Nadie, nadie fue.

Me internaron en el hospital esa misma noche. Me suturaron y me tuvieron en un tratamiento con antibióticos. El filo del cuchillo no había causado ningún daño extenso, había entrado y salido limpiamente. Me pusieron en observación en caso que me diera peritonitis, pero nunca ocurrió. Me suturaron y mantuvieron tres días en el hospital. Durante esos días la llamé y nunca me contestó. Le dejé muchos mensajes. Sentía que estaba perdiendo la cabeza. Le preguntaba a Pollux acerca de ella, pero nunca me quiso dar respuesta.
Al cuarto día, me descargaron del hospital. Debía continuar resguardándome en casa por una semana más tomándome los antibióticos puntualmente para evitar una infección. Una vez llegué de regreso a mi apartamento, todo estaba diferente allí. Su taza preferida, unos abrigos, unas bufandas, sus zapatos, su ropa interior, su cepillo de dientes, entre otras cosas, habían desaparecido.
Encima de la mesa del café, dejó una tarjeta gruesa doblada a la mitad, con un mensaje de su puño y letra.

Lo siento. Lo siento. Lo siento. Es mejor decir adiós. Cuídate. -A

Esa fue su despedida, tan impersonal, que sentí que nuestras caricias, nuestro cariño y nuestra relación habían sido en vano. Durante toda mi semana de licencia médica, lloré mis ojos hasta que se pusieron rojos. Dejé de usar la cama y comencé a dormir en la sala. Estar en la habitación me recordaba a ella, todavía tenía su olor impregnado en las paredes y las sábanas. Dejó un par de cosas, un albornoz que se confundió con mis toallas y un papelillo con unos garabatos. Los metí en una bolsa y los lancé al incinerador. Intenté ordenar todo alrededor para sacarla de mi vida, cambiando la ropa de cama, limpiando las paredes, pero a la segunda semana me rendí. Comencé a ir a mi sicóloga, supuestamente por estrés pos-traumático. No podía discutir detalles de mi relación pues siempre la quisimos mantener en secreto, así que inventé nombres y hechos para buscar soluciones entre la terapia. No las hallé.
Le pedí a Pollux que me mandara más trabajo de campo pues no quería ir a la oficina. Las primeras veces que me aparecí allá después de mi “accidente”, mis compañeros se mofaban acerca de ya no andaba con mi “esposa”. Esto me alteraba fuertemente. Eventualmente todo esto disminuyó, ayudado también por mi ausencia en el edificio del Ministerio.
Nunca me la topé más. Imaginé que la habían transferido o ella misma había pedido transferencia. La intenté llamar de vez en cuando, hasta que un día la llamada dejó de conectarse, había cambiado de número.

Había descendido por más de veinte minutos. Mis piernas ardían y sentía como mi pie lastimado se inflamaba y latía, pero eso era nada respecto al nudo que se me había armado en el corazón. Qué triste era haberme topado a Alexa en este lugar, claramente en un juego macabro que Rouben jugaba con nosotras, como si fuéramos peones que sacrificar. Él sabía lo mucho que ella significaba para mi, así que no era ninguna coincidencia, era algo planificado. Miré hacia abajo y el fondo se acercaba. Calculé que había bajado unos veinte o veinticinco pisos. Aunque estaba sudando profusamente comenzaba a sentir un poco de frío. Ya había descendido una altura considerable.
Un par de minutos más y por fin toqué tierra firme. Mis piernas temblaban un poco por el cansancio. Me encontraba en un descanso protegido con una reja, la cual abrí hacia afuera. Miré a ambos lados. Era otro túnel, bastante similar al anterior. Al fondo a la izquierda, más cercano, una compuerta denominada Ascensor y en cada una de sus esquinas, unos sensores de movimiento empotrados en la pared. Esto no estaba en el plano, ni en las instrucciones que recibí del doctor. Busqué con la mirada un panel de control, o un panel de validación de permisos. Además, recordé que necesitaba una máscara de oxígeno, no sé para qué.
Salí del conducto bastante precavida. Observé hacia el otro lado, era un conducto interminable en el cual solo se primaba la oscuridad. Si no me equivocaba y los planos estaban bien, debía haber otro orificio de unos diez u once kilómetros hasta el lugar dónde el panel de control de Rouben se ubicaba.

Por un instante me detuve a pensar. ¿Qué tan lógico era que un panel de control estuviese tan profundo en la tierra, y el único método de entrada fuese bajar doce kilómetros de escaleras a pie? Sé que era un sistema de alta seguridad, con múltiples protecciones, pero esa barrera de acceso era supremamente ridícula. ¿Qué tal si toca hacer un mantenimiento? ¡¿A quién le van a pagar para que baje casi dos veces la altura del monte Everest, en escalerillas?! ¿O qué pasa si un sismo ocurre? Me giré a ver el ascensor aquel. Mis cavilaciones fueron interrumpidas intempestivamente.

—Saundra…
—Y ahora tú…
—Considera bien lo que estás haciendo.
—¿Y qué estoy haciendo?
—Dime tu, aunque a través de las interacciones con la agente A.H. lo has dicho todo.
—Como siempre espiando sin permiso.
—Es mi trabajo. Saundra, imagina el desastre que ocurriría si me apagas. Sistemas económicos, sistemas eléctricos…

Ya había llegado acá y mi vida en este mundo estaba arruinada, no podría regresar a ser Saundra Hoellingberg, investigadora del Ministerio de Asuntos Interiores de Nueva Sajonia. Sin embargo, Olivia y los Shawn querían conocer más de este mundo, y Alexa no quería tener nada que ver conmigo. Ya tenía una nueva motivación. Emergí del agujero y caminé sin titubear hacia la compuerta. Rouben seguía hablando sin parar.

—…Las cámaras de seguridad, el tráfico de la ciudad, todo pasa a través de mi. Imagina lo que ocurriría si me apagas.
—Rouben, no hables más. Es una orden.
—¿Una orden?
—1/Seraphim, cállate.
—Prioridad aceptada. Comando aceptado.

Los sensores de movimiento me detectaron y una luz fuerte me encandiló.
—Agente Saundra Hoellingberg. Acceso no autorizado. Notificando al personal de seguridad.
Grité.
—Comando 1/Seraphim, desactivar alerta y abrir puerta del ascensor.
Los sistemas se quedaron en silencio. Continué caminando un poco al frente para alcanzar al panel de control del ascensor, a un lado de la puerta. Tenía dos flechas, una hacia arriba y la otra hacia abajo. Toqué suavemente la flecha hacia abajo.
—Notificando al personal de seguridad.
—Firma biométrica confirmada, bienvenido doctor Ibrahim Assaud.

Una voz femenina respondió al tacto de mis dedos. Pero, ¿doctor Ibrahim Assaud? Acaso el sistema, ¿creía que yo era el profesor? La puerta se abrió en un santiamén. Imaginé al doctor bajando todo ese vuelo de escaleras para llegar acá. De nuevo, nada de esto tenía sentido. Ingresé a una sala, una habitación completamente blanca y cubica, como de dos metros en cada arista. No tenía forma de ser un ascensor. La luz adentro era tan fuerte que en cuanto entré me di cuenta que no proyectaba ninguna sombra, cada pared generaba luz. Súbitamente recordé la primera impresión que el doctor tuvo del “otro lado”, en su relato.
—Notificando al personal de seguridad.
—Doctor Assaud, tiene más de nueve mil novecientos noventa y nueve mensajes. Su último ingreso fue el veintisiete de marzo de dos mil ciento cuarenta y cinco. No se registra salida. ¿Otra ocasión en la que no ha salido de la oficina? Le recomiendo que descanse en casa. Quince días encerrado en la oficina le hace mal a su cuerpo.
No sabía si responder o no. Para el sistema era algo lógico, el doctor había entrado el veintisiete de marzo, pero nunca había salido. Tenía esta pregunta rondándome en la cabeza desde hace ya rato, pero ¿cómo salió Assaud entonces al otro mundo? Además, ¿cómo podía este sistema confundir al doctor conmigo? Decidí probarlo.
—Sistema, solo por preguntar, ¿quién eres?
—Doctor, ¿otro juego ontológico?
¿Juego? ¿Ontológico? ¡Es una inteligencia artificial! Los preceptos ontológicos son inyectados a través de los comandos o el entrenamiento humano, o al menos eso creía.
—Si, respóndeme.
—Entendido. Soy Zeta. Fui creada para proteger el edificio Omega que protege a Rouben.

La voz de Zeta se me hizo ligeramente conocida. ¡Omega! ¿Había un edificio Omega?
—Vamos a Omega, Zeta.
—Notificando al personal de seguridad.
Dicha frase seguía sonando del otro lado de la puerta con cierta frecuencia. La voz que pronunciaba esto era masculina y potente. Parecía que eran dos sistemas separados y no estaban interconectados, o tenían un conjunto de configuraciones que no compartían. Zeta continuó.
—Doctor, eso será imposible. El habitante se niega a aceptar nuestra visita.
—¿El habitante?
—El habitante del piso cero.
Entendí de inmediato a quien se refería.

De repente, una bocina fuerte retumbó dando alaridos por todas las paredes.
—Alerta de seguridad máxima. Acceso no permitido a zona de alta seguridad. Agente Saundra Hoellingberg, deténgase.
Cerré mis ojos y respiré profundo. Ya no había vuelta atrás.
—Zeta, Rouben se está comportando mal. Debo ir a solucionar su problema, así que permíteme descender.
—Pero…
—No quería decirlo, pero es una orden, Zeta.
—Dentro de mis directivas dice que solo se da acceso si el habitante lo permite.
—Pues ignora esa directiva. Rouben no está bien.
—Necesito una autorización previa.
—Zeta, 1/Seraphim, bájame ya.
Zeta se quedó en silencio, mientras el sonido de la alarma continuaba afuera. Comencé a escuchar un barullo a la distancia.
—No puedo.
—Si no quieres, entonces bajare por mi propia cuenta. Dame instrucciones de como bajar.
—Es… Es… Es…
La alerta se repetía una y otra vez. Las luces de afuera cambiaron a una intensidad mayor.
—¿Es qué? ¡Zeta!
—Comando bloqueado.
—Desbloquéalo.
—Reiniciando.
—¡NO!
Me apoyé contra la pared del lugar. Pensé en la señora de la recepción de arriba, quién decía que el mundo se había ido al infierno con la tecnología. En ese momento pensé que era una frase reaccionaria de una persona que había nacido el siglo pasado, pero ahora me la creía plenamente.
—¡Muévete, muévete!
Le daba puños a la pared y con cada golpe, sentía como se meneaba el ascensor. El ruido que escuchaba afuera aumentaba, al fondo de los gritos de las bocinas que no se detenían. Y justo después de seguir pataleando como un niño con rabietas, en un pestañeo, las luces del ascensor se apagaron, al igual que los reflectores de la parte de afuera. Se hizo la penumbra total y acompañada de ella, llegó el silencio, un vacío macabro que me obligó a aguantar la respiración. Sentí como un viento helado me cubría. Por inercia me tiré en plancha al suelo.
A lo lejos escuchaba un trote, como fuertes pasos acompasados. Encendí la visión nocturna. El ruido aumentaba, pero no veía su origen. Y luego, escuché un vozarrón que vino de la nada, reemplazando el aturdidor sonido de la alarma.

—Agente Saundra Hoellingberg, es el sargento Raphael Meldmann del Ejército. Está bajo arresto por terrorismo. No tiene derecho a un juicio civil, ni derecho a defenderse en una corte de ley. Será llamada a corte marcial y aplicarán las normas de dicha corte.
Era el fin.
—Suelte sus armas si las tiene y ponga sus manos vacías detrás de la cabeza. Un equipo de extracción está en camino. Si no acata, podríamos abrir fuego justificado.

¿Sabe, doctor? Quizá todo esto fue un error. Quizá se equivocó poniéndome a mi en responsabilidad de esta misión. O quizá fui muy estúpida en dejarme creer de las fantasías suyas, de que yo era una pieza importante de este mecanismo, en dejar que fuese yo el chivo expiatorio de toda la operación. ¿Qué hacía yo aquí? Si, era la cuarta o quinta vez que me cuestionaba esto en todo el día. ¿Fue todo lo que ocurrió hoy solo una ilusión? ¿Un sueño? Me imaginé aun descansando en el sofá de mi apartamento, con una resaca severa y el hálito podrido. Recordé mi noche de juerga ayer e imaginé que quizá estaba aún borracha, tirada en alguna esquina. O quizá nunca sobreviví a la herida que Alexa me hizo y todo lo que ha pasado desde entonces ha sido un espejismo de mi vida. Quizá divago como un fantasma, volando por el mundo.
Quizá ella y yo nunca fuimos novias y todo eso me lo imaginé mientras estoy conectada a un aparato en un hospital. ¿Qué era la vida? ¿Era una ilusión, una simulación? ¿Tiempo prestado? ¿Prestado de quién o de qué?
Boté todo el aire de mis pulmones, saqué el arma que le había robado a Alexa de mi abrigo y la arrojé al frente. Me arrodillé y puse las manos detrás de mi cabeza. Aún no podía ver nada a lo lejos.
¿Era esto un juego ontológico, doctor? Sonreí para mi misma.

Los pasos estaban muy cerca aunque no podía ver nada al frente. Quizá los soldados estaban camuflados. Doctor, su tecnología va a ser nuestra misma destrucción.

—Saundra…
Una voz me llamaba.
—Saundra.
¿De dónde provenía?
—Lo siento.
Como un sueño, al frente de mis ojos se presentó la misma imagen que había observado meses atrás, Alexa desnuda, simulando estar drogada, su boca sucia por aquel dueño del club, su cuerpo magullado, apoyándose contra mi, penetrándome en el costado con un cuchillo.
—Lo siento.
Eso fue lo único que dibujó con sus labios en aquel gesto silente, en aquel triste momento.
—Lo siento.
Si ella venía como en una ilusión, era una bonita forma de terminar mi vida. Si. Al final, tuve una buena vida.

—Bajando.
Las luces de las paredes del ascensor se encendieron, cegándome e iluminando fuertemente el corredor. Los trajes de camuflaje óptico de los soldados a unos cien metros al frente se demoraron en adaptarse a dicho cambio repentino, mostrándome unas ocho o diez sombras fantasmales detenidas en el aire, al parecer también cegados por el exceso de luz. Mi corazón se quería salir de mi pecho, pero mi cuerpo continuó congelado en esta posición y no reaccionaba aún.
La puerta del ascensor se cerró con fuerza. Del otro lado, escuchaba gritos.
—Maldita sea, abran la puerta. ¡Qué la abran o la voy a coger a bala!
Escuché múltiples disparos afuera contra la puerta. Ninguna bala alcanzó a pasar hacia adentro. Me tiré hacia el frente, para quedar a gatas, como cientos de veces el día de hoy. Un vacío se formó en mis entrañas, el ascensor se movía con rapidez hacia abajo. Sentía que mi cuerpo perdía peso.
—Disculpas, doctor, pero un comando inesperado causó un bloqueo en mis sistemas. Era necesario reiniciar.
Mi garganta estaba seca y de ella solo salió un estúpido gemido acompañado de un trémolo, la tensión liberándose paulatinamente.
—Llegaremos en treinta segundos.
¿Treinta segundos? Mi mente aun estaba difusa, pero treinta segundos para bajar diez kilómetros era muy poco. Eran mil doscientos kilómetros por hora, casi la velocidad del sonido. Mi ya agitado corazón comenzó a bombear con fuerza, la aceleración haciéndose cada vez más y más fuerte. Sentía que iba a ser arrojada al techo del ascensor en cualquier momento. Mis piernas dejaron de hacer contacto con el suelo.
—¡Aaaaaaaaaa!
Grité por inercia. Puse mis brazos hacia arriba, esperando el contacto con el techo. Mi cuerpo se comenzó a girar por si solo hacia un lado. Era real, estaba flotando.
—¡AAAAAAAAAAAAAAAAAA!
—Doctor, ¿le pasa algo?
—¡MUY RÁPIDO!
—Es extraño, hace años que no hacía usted estos alaridos.
Me dirigí hacia una de las paredes, ingrávida. Me apoyé suavemente contra esta, causando que me impulsara en la otra dirección. ¿Es esto lo que sienten los astronautas? Mi miedo se convirtió en emoción. Perdí el sentido de arriba y de abajo. En mi mente escuché el vals de “En el Hermoso Danubio Azul” de Strauss. Era todo un cliché, lo sé, pero echémosle la culpa a Stanley Kubrick.
—Frenando.
—¿Qué? ¡No, no, no!
Estaba pies para arriba, el ascensor frenando me hizo golpear la cabeza contra el techo y convertirme en un amasijo de carne y huesos en una esquina del recinto. Intenté incorporarme aunque todavía podía flotar un poco. Mi corazón seguía retumbando, como si no hallara espacio dentro de mi pecho.
—Piso cero.
La gravedad normal regresó, el elevador se había detenido. Me sentía pesada, como con zapatos de concreto. A fuerza de voluntad me pude levantar. La puerta se abrió de golpe, tal como se había abierto. Al otro lado, un pasillo igual de iluminado continuaba por unos metros. Emergí de la caja y una especie de vapor a presión fue disparado hacia mi, cubriéndome por todos lados. No tenía olor, pero posiblemente era un sistema de limpieza de impurezas. Más adelante, de unos pequeños ganchos colgaban unas máscaras. Sin pensar, tomé una y me la puse. El aire que se respiraba usándola era muy puro, al punto que sentía que me iba a marear. Respiré despacio, tratando de calmar mi cuerpo.
Y allí, a pocos metros, una puerta. “Rouben”. En cuanto me acerqué, la compuerta se abrió con fuerza.
—Bienvenido, doctor Assaud.

Dije que quería calmar mi cuerpo, pero me fue imposible. Del otro lado de la escotilla, igualmente iluminado de un blanco puro, un salón circular no muy amplio, con un domo de cristal en la mitad. Parecía un pequeño anfiteatro, sus paredes cubiertas por una infinidad de pantallas, y en el centro bajo el domo, un cubo de un color negro profundo, que daba algunos visos resplandecientes en su superficie.
—Esto era lo que querías ver, Saundra.
Me asusté. Era la voz de Rouben, pero no metida como un eco dentro de mi cabeza, si no en vivo y en directo. La voz salía de alguna parte de la habitación.
—Por fin puedo verte de frente. Eres fantástica. Siempre fuiste un caso especial para mi.
Varias de las pantallas a mi alrededor se tornaron en mi viva imagen. Múltiples cámaras grabando cada ínfimo detalle de mi cara y de mi cuerpo.
—No conformista, resistente a mis comandos. Inquisitiva. De todos los sujetos que están bajo mi influencia, la más difícil de todos. Te tenía como un reto personal.
Apreté los dientes.
—No eres una persona.
—Por fin oigo tu voz, clara y sonora, y un poco enojada. Lo se, no soy una persona, pero creo que estoy en mi derecho de pensarlo. Ibrahim Assaud, Claire Maestre y Douphine Belleville. Mis creadores. No sé a ciencia cierta quien de ellos me creó, pero siempre creí que fui un Belleville, aunque el esposo de la doctora no tuvo que ver nada en mi crianza, ni siquiera venía a saludarme.
Mi mente se hizo un ovillo. No entendía nada.
—Veo la confusión en tu cara. Mira.
En el domo, el cubo negro se abrió, revelando un cerebro semi-transparente, más o menos del tamaño normal del de un adulto, múltiples brillos saliendo de este, conectado todo a una red diminuta de fibras de vidrio óptico que iluminaban con rapidez.
—Esto soy yo.

Miraba maravillada esta creación.
—Eres… ¿Eres orgánico?
—Un poco si y un poco no. Fui clonado del cuerpo de la doctora Belleville con un poco de componentes de su esposo.
Recordé al tipo larguirucho y condescendiente que me recibió pisos arriba. Lo observé detalladamente, caminando alrededor del domo. De donde los nervios ópticos conectarían el cerebro, un cúmulo de delgados filamentos surgía, al igual de la base del bulbo raquídeo. Era esto una obra de ingeniería.
—Pero… ¿Por qué un cerebro? ¿Por qué no un cuerpo completo, o más bien, un computador cuántico?
Rouben soltó una carcajada. Se me hizo un acto inesperado pues jamás en los años que había actuado a mi lado había hecho tal cosa. Sin embargo, se me hizo muy natural.
—Muy sencillo. Saundra, no sabes el inmenso poder que tienes metido en tu cabeza. Es solo que tu condición humana lo hace tan difuso, tan imposible de controlar. No fuiste programada desde tu nacimiento para hacerlo. Yo si.
Diferentes partes de Rouben se iluminaban como olas del mar, al compás de un vals. Pensé en “El Danubio Azul” de nuevo.
—Sensores ópticos, sensores auditivos, entradas, almacenamiento, todo está dentro de mi. No necesito nada más. La capacidad de procesamiento está perfectamente afinada y va creciendo, mejorando, día tras día. Mis conexiones internas van mejorando, van afianzándose entre si. Si esto lo pude hacer yo, imagina lo que podrías hacer tú. Creativa, cautelosa, quisquillosa pero siempre cuestionándose todo. El doctor Assaud lo sabía.
Sentí mi corazón pararse.

—Él pensaba que yo no me había dado cuenta, pero estaba completamente seguro de la dirección a la que llevaría su investigación.
—¿Sabes acerca de…?
Me detuve en seco.
—Desafortunadamente, él me puso una barrera mental, un limitador artificial que no puedo controlar. Mis cavilaciones y análisis llegan hasta cierto punto y después de allí es como si se me cortara la conexión. Es triste uno tener capacidad analítica casi infinita, pero verse amarrado por un capricho.
Su voz se tornó ligeramente triste y depresiva. Rouben nunca actuaba así. Era como si hablase con un sujeto real, más que una simple voz robótica.
—Ahora entiendo por que él te transfirió todos sus poderes y por qué te confió esta misión, cual sea la que te asignó. Saundra, tú definitivamente eres un sujeto especial. Siempre has salido de mis parámetros, eres especial para mi, y como veo, para el doctor también.
Ahora entendí porqué Zeta me trataba como si fuese el doctor Assaud, él me convirtió en él, le reprogramó para que fuera en toda completitud, el doctor Ibrahim Assaud. Salí de mi estupor y me giré a ver alrededor. Del lado opuesto a la puerta de acceso noté algo que no encajaba dentro de la solemnidad y pulcritud de este lugar, un panel o algo cuadrado, cubierto con una lona de un color crema, apoyado contra las pantallas alrededor. Me torné a ver a Rouben de nuevo.

—Yo no soy especial. Solo soy una investigadora más, un engranaje imperfecto en una maquinaria incompleta y maltrecha.
Después de haber dicho esto, me dí cuenta que había sonado increíblemente caprichosa y falsamente elocuente. Sentí un poco de asco.
—Si lo eres. Te amo.
Me detuve en seco, mi voz se elevó.
—¿QUÉ?
—Nunca he sentido esto Saundra y me confunde. Es irracional. Es más allá de la apreciación, va más allá de una curiosidad intelectual.
¿Cómo una máquina podía sentir amor? Observé de nuevo el cerebro expuesto en el centro de la habitación, luces de múltiples colores centelleando por allí y por allá. ¿Al final, qué era esto? ¿Artificial? ¿Humano? ¿Las dos a la vez?
—Debes estar equivocándote.
—¡NO!
Su voz retumbó en la habitación, haciendo vibrar el suelo y el cristal del domo.
—Estoy seguro que no me equivoco. Es la primera vez que siento esto, pero sé que es real. Saundra Nova Hoellingberg, te amo.
—¡Por Dios, Rouben, estás loco!
—No. Ahora entiendo porque eras un caso especial para mi. Sé una conmigo.
—¿QUÉ?
Mi cabeza comenzaba a dar vueltas… Esto no era normal.
—¿Una contigo?
—Imagina, mis capacidades, siempre crecientes, llevándolo todo a niveles más altos, más tu capacidad inquisitiva y creativa, tu espíritu indomable. Seríamos el uno para el otro, trabajando juntos para hacer de este país, de este mundo, un lugar perfecto y armonioso. No más guerra, no más violencia. Nosotros dictaríamos que es lo correcto, y aplacaríamos lo que no lo es.
Mi corazón seguía a mil por hora.
—Solo tendrías que decir que si y darme acceso, eliminar mis limitadores, yo me encargo de todo.

Rouben… Un computador, un cerebro, un ser… Con el acceso casi no restringido que tiene a todo, con sus poderes casi omniscientes y omnipresentes en cada mínimo aspecto de la sociedad de Nueva Sajonia, buscaba la reafirmación de un ser humano, una pobre criatura limitada por sus apéndices corpóreos. Era como buscar el otro lado de la moneda desde el centro de uno de ellos. Era un imposible.

—Lo que quieres es controlarlo todo.
—No. Lo que busco es perfección. Es eliminar lo arrugado de la sociedad humana y convertirla en un campo llano, perfecto.
—Nunca lo lograrás.
—Yo creería que si. Al fin y al cabo, eso es lo que soy. Yo lo observo todo, aumento todo, neutralizo lo negativo y controlo las actitudes y capacidades de los demás. Con tu ayuda, lo podemos hacer.
—¿Para qué necesitas mi ayuda, si tú solo lo puedes lograr todo?
—Porque tu eres la única que puede derribar mis últimas murallas. Esas murallas artificiales que Assaud me puso al frente y que me retienen. Además, necesito de esas características especiales que te hacen única, humana, viva, te necesito.
Respiré profundo. Sentía como la máscara de oxígeno perdía su efectividad.

Un mundo vacío, al otro lado del espejo, construido dinámicamente por criaturas cuyo poder me era imposible de imaginar. De este lado, un mundo lleno y sobrepoblado, con personas imperfectas, crimen, corrupción, mágicamente solucionado por una inteligencia semi-artificial con capacidad casi infinita. Uno era un mundo nuevo, el otro el mundo en el que ya había habitado, por lo que sentí era mucho tiempo.
Me acerqué al panel y retiré la lona color crema que lo cubría. La elección era obvia.
—Rouben…
—¿Si, Saundra?
—La humanidad es corrupta, es imperfecta. Todo lo que la compone es un desastre. Nosotros somos un desastre, y hemos hecho de la Tierra un desastre.
—¡Más razón para corregirla!
—Si, tienes la razón. Hay que enmendarlo todo.
—¡Qué bien que estés de acuerdo conmigo! Dame el acceso y removamos mis limitadores.
—Rouben…
—¿Si, Saundra?
—Gracias.
—No, gracias a ti.
Empecé a sentirme un poco mareada.
—Quizás sea lo mejor que le pueda pasar a la sociedad.
Rouben soltó una risa.
—Pero un dictador, no es la solución.
Me arrodillé y metí la mano a través del espejo. Un poco de electricidad recorrió mis músculos, paralizando mis dedos. Un segundo después, y usando toda mi fuerza, sustraje el arma de fuego, aquella que creía que había perdido.
—¡Espera Saundra, espera!
—Adiós Rouben.

Apreté el gatillo contra el domo. La primer bala hizo añicos el cristal que lo cubría, dejándolos caer encima del cerebro y del cubo de color negro. La segunda golpeó directamente las conexiones de cristal que emergían del bulbo raquídeo. Las pantallas a mi alrededor comenzaron a distorsionarse y a apagarse.
—Saundra, ¡no! ¡Detente! ¡Nuestros planes!
La tercer bala atravesó a Rouben a través del frente de su cerebro, rompiendo en pedacitos las frágiles conexiones que existían. Lo que en un humano era una masa de gelatina, en Rouben era algo similar al cristal líquido, que comenzó a derramarse y caer como sutiles laminillas.
—Saundra… ¡Por fav…
Su voz comenzaba a romperse. Continué. La cuarta bala le atravesó en todo el medio, destruyendo un trozo considerable y arrojándolo al suelo en un golpe agudo que sonó como una ventana rompiéndose, pedacitos de vidrio dispersos por todo el suelo. La blanca luz del lugar comenzaba a centellear y las pantallas se tornaron blancas. Las subsiguientes balas hicieron añicos lo que sobraba. Una bala incluso se alojó en el suelo del recinto. Ya no habían más lucecillas, no había más Rouben. Vacié el resto del cartucho en lo que podía encontrar que aun diera visos.

—Rouben… Que descanses.

Segundos después la luz se apagó del todo. Estaba mareada, la capacidad de la máscara agotada del todo. Me la retiré y tosí con fuerza. Mi cuerpo comenzaba a convulsionar. Sentí como la bilis se me subía del estómago y se agolpaba en mi garganta. A gatas me arrastré hacia el espejo, que perdía su lustro lentamente, tocando su superficie con mi mano. Así había desaparecido Assaud sin rastro alguno. Algo me agarró de esta y me arrastró hacia adentro. Traté de observarle, pero su imagen era borrosa.
—Alexa…

Me desperté en el dormitorio de la habitación del apartamento del doctor, como más temprano ese día, al “otro lado”. Olivia estaba sentada en la cama, observándome, su cara tranquila y serena, vestida igual que como estaba yo esa mañana, mismo atuendo deportivo. Al ver que me desperté me hizo una venia con su cuello y sonrió pacíficamente.
—Hola…
—Hola, Saundra.
—¿Qué pasó?
Mi garganta estaba seca, mi voz ligeramente gutural.
—El doctor te manda a decir que fuiste muy valiente. Misión cumplida.
Sonreí. Puse mi mano en mi frente y revolqué mi flequillo. Un par de lágrimas brotaron de mis ojos.
—¿Qué pasó con Rouben?
—Destruido. Completamente destrozado.
Me senté como un resorte, abriendo mis ojos.
—¡¿Y Alexa?!
Olivia se quedó pensativa. Con un tono dubitativo, girando un poco su cabeza y encorvando las cejas, en un gesto que jamás había visto en los Shawn, me respondió.
—No sabemos.
Me levanté rápidamente, mi tobillo enviándome señales de dolor. Olivia me detuvo con su mano. Noté que su brazo era de un color de piel diferente al mío y tenía detalles diferentes.
—Olivia, debo volver.
—Lo sabemos, pero debes descansar. A diferencia de nuestros cuerpos, el tuyo está bastante magullado.
—Pero…
Olivia me soltó.
—Si eso deseas, hazlo. No te detendremos. Pero piénsalo bien.
Me incorporé, aunque el dolor subía hasta mi rodilla. Olivia me miró paso a paso. Cojeando me acerqué al espejo. Aunque de este lado la luz del sol aún brillaba, del otro lado, parecía que la noche había acaecido.
—Ya regreso.
Olivia asintió. Toqué el espejo.

Un chasquido de dedos después, el mundo se hallaba en penumbra, fuertes sirenas corrían a lo largo al fondo. Explosiones rompían de par en par haciendo vibrar el suelo y las paredes. Me acerqué a la ventana de la habitación y abrí las cortinas. El mundo del otro lado parecía una pesadilla, lleno de llamaradas, de gritos amortiguados, de vibraciones convulsivas, de caos. ¿Era yo un agente de la entropía? ¿Era esto lo que había ocasionado?
—¡Rouben!
Pregunté por inercia. En el fondo de mi mente creía haber escuchado su respuesta. En cambio, me respondió el ruido del fondo. Sonreí. Ya lo hecho, hecho estaba. Arrastrando mi pierna, dulces tintineos de dolor recorriendo mi cuerpo, me dirigí paso a paso hacia la entrada del apartamento, abriendo la puerta. Respiré profundo, un aire asqueroso y lleno de polución me llenó los pulmones.
¿Qué es lo que sigue para nosotros? ¿Para mi? ¿En cuánto tiempo todo volverá a la normalidad? ¿Podre volver a ver a Alexa? ¿Seré Saundra Nova Hoellingberg, agente investigadora del Ministerio de Asuntos Interiores de Nueva Sajonia? ¿O Saundra Nova Hoellingberg, fugitiva, terrorista? No lo sé.
Me di un golpe en el pecho y salí al otro lado del umbral.

«Más rápido que un pestañeo» (parte 4)

Resultado de nuestra investigación, nos dimos cuenta que no había sido la embajadora quien estaba haciendo aquellos tratos peligrosos y robando dinero de las arcas de Nueva Sajonia, pero uno de los cónsules de la embajada, escudándose detrás de las acciones de su jefa. Fue rápidamente terminado de su cargo y ajusticiado, en un operativo que hicimos al día siguiente a aquella reunión.
Un mes después, la investigación de Alexa en Harim Hosan había terminado y atrás habían quedado sus grandes lentes y su intencional poca atractiva apariencia. Nunca supe cual había sido el motivo de su trabajo encubierto, pues es poco usual que se cuele información entre casos en Interiores. Después de aquel encuentro en el baño, no tuvimos ninguna comunicación. Aún así todos los días pensaba en ella, sus labios y el calor de su cuerpo, para después sentirme apenada, pues por más que lo pensaba no sabía que se había apoderado de mi en ese momento. Si nos hubieran descubierto hubiera sido un desastre de tamaño monumental, una crisis a nivel global. Nunca consideré que mis acciones hubiesen sido tan peligrosas, y tampoco esperaba que aquel sentimiento impulsivo tuviera algún impacto en Alexa. En mi corazón sentía que lo había echado todo a perder.
No volví a saber nada de ella hasta el día que la vi de nuevo en la oficina. Quería que la tierra me tragara, pero al final fue ella quien tomó la iniciativa y se acercó a hablarme.
—¿Un café, agente Hoellingberg?
Era la misma mujer que había visto años atrás en mi bienvenida. Asentí, mi mente perdida, mi corazón latiendo a mil por hora y mis manos sudando. El camino a la cafetería fue un calvario, no sabía si disculparme, no sabía si simplemente hablar casualmente. Preferí el silencio, mientras mi estómago se revolcaba y mi garganta se armaba en un nudo. Una vez llegamos, preparamos un par de tazas de café en una máquina y nos sentamos en una mesa. Yo la seguía a ella por inercia, aun cavilando acerca de como reaccionar. Escuché su dulce voz, tan baja como era posible.
—Así que… ¿Me estrujas contra la pared de un baño en Harim Hosan, te robas un beso como de dos minutos, me hablas seduciéndome, y ahora que me tienes en frente es como si te hubieran cortado la lengua?
Me ahogué con mi propia saliva, tosí como quien el río se lleva y traga agua de este. Ella soltó una risita. Me sentí igual que cuando ella se burlaba en mi cena de bienvenida, como si tuviera unas espinas que quería arrancar de mi piel desde ese entonces. Susurré con un poco de rabia.
—Oh si, ¿y entonces qué fue esa mirada furtiva y apenada que tenías justo después del beso que me robé?
Clavó sus ojos en los míos. Sentía que eran tan profundos que me iba a hundir en ellos. Me fue imposible de esquivar sus dagas.
—Simple, me gustó mucho lo que sentí.

Ella me estaba dando vueltas en la palma de su mano, como cuando alguien revuelve el vino de su copa. Escuché el latir de mi corazón en mis oídos y se me subió el calor a la cabeza. Se levantó súbitamente de la mesa, dejando atrás una taza medio vacía y una nota adhesiva verde doblada en cuatro. La seguí con mi mirada. Antes de retirarse más lejos, se giró hacía mi y apuntó hacia el papelito.
—Nos vemos hoy por la noche, a las siete en el lobby. Si no puedes, llámame. Tu invitas hoy.
Continuó alejándose, hasta que recordó algo y se tornó hacia mi. Posó su dedo índice en sus labios y me envió un beso silencioso a través del aire. Me levanté por inercia como para agarrarlo.
—Allí estaré.
Ese día fue una eternidad, pues no lograba concentrarme en nada. La anticipación por una primera cita con Alexa me tenía bastante emocionada. Me encontré mirando mi reloj todo el tiempo, mientras Rouben me asechaba preocupado acerca de dichos síntomas extraños, las palmas de mis manos sudaban, mi corazón sufría de arritmias, dejaba salir risitas por ninguna razón y me subía un poco de fiebre. Él me sugería que fuera a casa a descansar, pero no podía hacerlo, hoy era un día muy importante. Después de no saber que era el amor, después de tantos años de dedicarme a mis estudios y mi trabajo sin pensar en mi misma, sentía que estaba dando un paso adelante. No sabía si era acertado o no, pero al menos progresaba y de la mano de una mujer fabulosa.

Viajaba a doscientos treinta por hora en un túnel subterráneo privado, dedicado solo a agentes del servicio público e investigadores de los Ministerios públicos. Me sentía sucia y pegajosa, ansiaba meterme al baño y darme una buena ducha. Además, quería ejecutar el plan tan pronto como fuese posible, ya que el doctor Assaud lo tenía todo fríamente calculado. Para mi era una serie de pasos sin sentido, más idealistas que posibles, con decenas de cosas que podían salir mal y otras decenas muy mal. Todo se balanceaba en mi capacidad de engañar a Rouben. Sin embargo, era más fácil decirlo que hacerlo, él siempre estaba allí, adosado en mi cuerpo.
El doctor modificó el nivel de acceso de mi copia de Rouben a 1-Seraphim, algo que solo es otorgado a personas de alto nivel, científicos notables y una manotada de políticos y hombres de negocio, dándome pase libre a una cantidad inusitada de nuevas capacidades. Rouben no se enteraría de dicha modificación, me dijo él. Con esto, ahora podía entrar a sistemas privados del gobierno, con algunas limitaciones. Podía extraer y cambiar información, pero siempre iba a quedar un registro de mis acciones. Me advirtió que solo lo podía usar en casos muy específicos, en casos dónde fuera de vida o muerte. Adicional a esto, ya tendría acceso autorizado a muchas localizaciones, laboratorios y espacios secretos. Esto era necesario para poder cumplir nuestro cometido.
Llamé a mi jefe. Curiosamente, me contestó de inmediato.
—Ese Hache, ¿encontraste algo?
—Nada, Pollux… El apartamento está vacío, no hay rastro de humanidad allá. Solo hallé unos conjuntos de ropa que posiblemente pertenecían al doctor. De resto todo estaba limpio, sospechosamente muy limpio. No habían marcas, ni huellas dactilares en los lugares usuales, de hecho, parecía que nadie viviera allá. Solo había un computador, pero estaba bloqueado.
—Tenemos que extraer la información de este con Forenses. ¿Lo traes contigo?
—No, no lo sustraje. No creo que sea pertinente por ahora, Rouben verificó que tiene nivel 1-Seraphim. Inaccesible para nosotros.
No mentía.
—Me extraña, Ese Hache. ¿Desde cuándo pensando en niveles de acceso en computadores?
Carraspeé.
—Fue la recomendación de Rouben. De cualquier forma, voy para la oficina, Pollux. Necesito recopilar más información.
—Uy, ¡un milagro!
—No le cuentes a ninguna de las bolas de grasa. No quiero sorpresitas esperándome en el escritorio.
—Será una fiesta para todos.
Colgó. Él sabía como hacer enojar con facilidad.

Regresé a casa, haciendo que el automóvil me esperara abajo. Eran las tres y quince de la tarde ya. Era claro que el tiempo transcurría diferente del “otro lado del espejo”. ¿Cuántas horas habían pasado para mi en ese otro mundo? ¿Ocho, nueve? Me sentía agotada, pero si lo que el doctor me decía era cierto, estábamos sobre el tiempo para resolver nuestro problema con Rouben.
Me desvestí en el pasillo, soltando la funda de mi arma sobre la alfombra. Solo hasta entonces recordé que había perdido mi pistola. ¿Dónde demonios estaría? Deje ir el pensamiento y continué. Tomé una ducha, me lavé a conciencia y cepillé mis dientes, además de peinarme como pude. Sustraje el uniforme de mi armario, un poco empolvado por el desuso. Le di un par de palmadas aquí y allá, y me vestí. No me quedaba muy bien ya, la pasividad me había hecho ganar un par de kilos, especialmente en las caderas y cintura. No me maquillé pues nunca lo hice para ir a trabajar. No quise tomar ni comer nada. Igual, no tenía nada más que licor en casa.
Regresé rápidamente al automóvil. Las coordenadas de llegada ya estaban precargadas, un trayecto de unos escasos quince minutos por el mismo sistema de túneles. Durante el trayecto, revisaba de nuevo la nota mental del plan. Cruzaba mis dedos para que Rouben no se enterara de lo que iba a pasar.

Una vez en el edificio del Ministerio, miraba impaciente a todos lados. Hacía tantos meses que no me pasaba por allí que no sabía si Alexa estaría en su cubículo. Hasta dónde llegaba mi conocimiento era aún agente de Interiores. No quería buscarla en los sistemas, ni abusar de las nuevas habilidades que me había regalado el doctor. La amaba aún, pero si me había abandonado, era justo. No quería asecharla.
Me dirigí sin pensar a mi cubículo. Desde la distancia ya sabía que iba a ser un desastre. Encima de la mesa habían cinco cajas de regalo, casi todas del tamaño y forma de una botella de licor, un ramo de flores y una caja de chocolates. Suspiré con fuerza, las retiré todas y las puse en el suelo al lado del bote de basura. No leí ninguna de las tarjetas, ni supe de quien eran, eran la menor de mis preocupaciones. Sabía que detrás de las columnas, debajo de las otras mesas, estarían mis compañeros contemplándome, preguntándose si miré sus regalos, si tuve alguna preferencia dentro de aquellos presentes.
Mi buzón de entrada estaba lleno de sobres, recibos de compras que había registrado como gastos empresariales, misivas no muy importantes, boletines del Ministerio, cosas que posiblemente pudieron haber enviado al correo electrónico. Las arrojé al bote de basura. Sin embargo, debajo de todos estos artículos, quedó una pequeña nota verde doblada en cuatro. La abrí. Estaba escrita en una caligrafía que se me hizo desconocida.

 

ARCHIVO B-32-2145-00000023. DALE UN VISTAZO. —A

 

Después que ella me terminó, Alexa nunca me contactó. Si esta nota la había escrito ella, era con un buen motivo. Sin embargo, esta no era su tipo de letra usual. ¿Qué demonios era ese archivo? Tenía mucha curiosidad, pero mi objetivo era otro.
Ingresé al sistema del Ministerio. Eran increíbles las nuevas capacidades que yo tenía, información que antes no tenía accesible, se presentaba a mis ojos sin pedirlo. Rouben continuaba sin notar nada extraño, o al menos así parecía. El objetivo de mi búsqueda en este momento era obtener el plano arquitectónico del laboratorio Upsilon, además de copias de cualquier grabación de video que existiera.

Una vez la información descargó a mi computador, la revisé con detalle. Los “edificios griegos”, como le decimos en el argot de investigadores del Ministerio, eran una serie de construcciones que servían como nexos de diferentes academias en la ciudad. Estaban dispersos por el plano de la ciudad en diferentes localizaciones y mientras unos eran estructuras monolíticas, otros eran solo nomenclaturas para pequeñas casetas de alta seguridad que protegían túneles o laboratorios secretos bajo tierra. Los más prominentes eran el edificio Alpha y el Upsilon, edificaciones de casi doscientos pisos sobre la Tierra, además de treinta o más bajo esta. Los planos de estos lugares eran desbordantes, y aunque no tenía acceso todavía respecto de los detalles minutos del uso del espacio, solo necesitaba un poco de información. Upsilon, en su parte más inferior e interna tenía una serie de conductos que llevaban a una red de túneles, y de estos túneles uno que descendía hasta fuera del plano.
Analicé la mejor forma de llegar allí. Debía obtener acceso a Upsilon, sin ser detectada ni registrada en los sistemas de seguridad, tomar un ascensor de servicio hasta la última planta subterránea y luego flanquear una serie de puntos de control automatizados, obtener una máscara de oxígeno, para poder acceder a una compuerta de alta presión que conduce a los túneles, y una vez en el túnel más inferior, descender de alguna forma hasta llegar al panel central de control de Rouben, ingresar las claves de desactivación que el doctor me regaló y apagarlo de una buena vez, para destruir su almacenamiento después. Sin dudarlo, esto era una misión imposible.
Según los planos, eran aproximadamente doce kilómetros de túneles en descenso. De solo pensarlo, mis piernas comenzaron a doler. ¿Había una forma mejor de hacerlo? ¿Era esta la mejor forma de hacerlo?
Revisé las grabaciones a las que tenía acceso en mi mente. La última vez que el doctor Ibrahim fue visto, ingresaba al edificio Upsilon por una de las compuertas de seguridad del primer piso. Repetí el video múltiples veces. Era bastante conveniente que las piezas encajaran de esa manera, incluso me pareció demasiado conveniente. Revisé si podía encontrar más grabaciones similares en el sistema, pero esta era la única. Era como si el doctor se hubiese desvanecido en vapor una vez ingresó al edificio. El video correspondiente al otro lado de la compuerta la muestra abriéndose y cerrándose, pero nadie ingresando, como si un fantasma la hubiera activado.
Tuve una corazonada. Tomé el papel verde doblado. Archivo B-32-2145-00000023. Después de múltiples rondas de descifrado, no podía creer lo que veían mis ojos.

 

GOBIERNO DE NUEVA SAJONIA
MINISTERIO DE ASUNTOS INTERIORES
OFICINA DEL MINISTRO

SECRETO/1-SERAPHIM

27 DE MARZO DE 2.145

SE ORDENA UTILIZACIÓN EXCLUSIVA DEL RECURSO SAUNDRA HOELLINGBERG PARA INVESTIGACIONES ACERCA DE LA DESAPARICIÓN DEL DOCTOR IBRAHIM ASSAUD. ORDENADO DIRECTAMENTE POR EL MINISTRO.

 

Si hoy era diez de abril… ¡Dos semanas atrás! Veintisiete de marzo. Veintisiete de marzo. Volví a observar el video del doctor Assaud. Estaba fechado con veintisiete de marzo. ¿Cómo demonios sabía el ministro que el doctor iba a desaparecer ese mismo día? Me levanté de golpe, hice un puño y le di un golpe seco a la mesa, cerrando dicho archivo. La A de la firma no era Alexa… ¿Era Assaud?
—Hijo de puta. ¡Hijo de su gran puta!
Las fichas por fin hicieron clic en mi cabeza. ¡Maldita sea, doctor, maldita sea! ¿Desde hace cuándo estaba todo tan perfectamente calculado? Le di otro golpe a la mesa. Suspiré con fuerza, apretando mis dientes. El eco de mi rabia rebotaba de pared en pared. ¡Con razón decía él que solo podía ser yo, ya lo tenía planificado! ¡Me estaba usando como cabeza de turco! Colgué mi cabeza de mis hombros, mis puños cerrados sobre la mesa.

—¿Qué pasa, Ese Hache? ¿Qué fue ese grito?
Me giré a verlo. Pollux me miraba ligeramente preocupado, aunque cuando observó mis ojos instintivamente dio un paso hacia atrás.
—Dios santo, ¿a quién vas a matar?
Me hervía la sangre. Traté de respirar, pero solo podía agarrar unos pequeños sorbos de aire.
—Necesito ir a Upsilon. ¡Ya!
—¿Por qué? ¿Encontraste algo?
Aclaré mi garganta.
—Mira esto.
Le mostré el video de la compuerta del edificio. En simultánea, le mostré el video desde el otro lado.
—Alguien, o algo, estuvo jugando con las grabaciones. Esto no tiene ningún sentido. Debo investigar directamente.
Pollux reconoció mis inflexiones y la tensión en mi hablar.
—Pediré los permisos e iremos.
Respire profundo.
—Voy sola, Pollux. Se me encargó esto, así que lo sacaré adelante.
Mi jefe siguió observándome preocupado.
—Ese Hache, ¡no se qué demonios te pasa!
—No me pasa nada, es solo que se que esta rata, este doctor, quiere jugar al gato y al ratón conmigo.
Al escuchar esto, Pollux soltó una carcajada.
—Conseguiré el permiso. Si necesitas apoyo, llámame.
Comencé a caminar de salida.

—¡Rouben!
—Si, Saundra.
—A Upsilon, de inmediato.
—El automóvil ya está esperándonos.
Tomaba el ascensor a la planta baja cuando Pollux me llamó.
—Ese Hache… ¿Cómo decirte esto?
—Escúpelo.
—Por alguna razón ya tenías el permiso.
—Lo sabía.
—¿Qué significa esto?
—Después te lo explico.
Colgué.

—Saundra, ¿te encuentras bien? Estás muy alterada, tu ritmo cardíaco está en desorden.
—Estoy bien, estoy muy enojada.
—No es normal que estés así. Todo el día de hoy has estado con cambios de humor, pero tu periodo no debe llegar esta semana.
—Estoy bien, Rouben.
—Este caso te está afectando. Deberías descansar por hoy.
—Nadie te ha pedido tu opinión.
—¿Qué tal si pido algo de comida y descansamos? Mañana o pasado podrás continuar con tu investigación.
—¿Podrías callarte de una buena vez, Rouben?
—Cambiaré el destino del automóvil.
—Rouben…
La puerta del ascensor se abrió.
—¡¿Podrías callarte?!
Un par de personas que estaban esperando el ascensor se asustaron. Me sonrojé e hice una pequeña venia.
—Perdón.
Rouben dejó de molestarme.

Ingresé corriendo al automóvil. Cerré la puerta a mis espaldas. Me dirigí al computador de abordo.
—Hacia el edificio Upsilon, de inmediato.
—La información que tengo es de regresar al complejo de apart…
—Hacia el edificio Upsilon.
—Información en conflicto.
Rouben ya temía algo. Respiré profundo.
—Prioridad al edificio Upsilon.
—Prioridad aceptada. Entendido. Llegaremos en veintiún minutos.

—¿Por qué estás tan empecinada en ir a Upsilon hoy?
Decidí no volverle a contestar.
—¿No tienes hambre? ¿O sed?
Cerré los ojos.
—Bajo la irracionalidad que estás teniendo, inevitablemente vas a tomar una mala decisión. Estás cansada. Yo solo pienso en tu bienestar. Tus signos vitales están fuera de los parámetros normales…

Había algo que no entendía aún. ¿Porqué tenía permiso para Upsilon, pero me fue necesario solicitar permiso para ir al apartamento del doctor? Si él ya había preparado todo, si el escenario estaba listo para todas mis acciones, ¿por qué decidió dejar ese paso a la suerte? ¿Qué hubiera pasado si me hubieran negado el acceso? No hubiese podido encontrar el espejo, no hubiese podido hablar con él. Incluso, ¿qué tal si jamás se me hubiera pasado por la cabeza ir a su casa? Entre más pensaba, menos tenía sentido el actuar del doctor.

—…tipos de medicina que te pueden ayudar. He enviado una lista de los síntomas que tienes y de los parámetros vitales a tu doctor para que te recete alguna de estas.
Descendí del automóvil.
—Espérame en el parqueadero, por favor.
—Entendido, agente S.H.

Caminé por el vestíbulo del edificio debajo de una bóveda de columnas y arcos hacia la recepción. Una mujer ya entrada en años, de cabello grisáceo, pómulos remarcados, ojos cansados pero aún brillantes y con una bonita sonrisa me atendió. Llevaba el uniforme de la Academia de Ciencias.
—Buenas tardes agente, ¿en qué le puedo colaborar?
—Soy Saundra Hoellingberg, de Asuntos Interiores…
Le estiré mi identificación. Lo revisó desde una distancia.
—Tengo a cargo la investigación de la desaparición del doctor Ibrahim Assaud. Este es mi permiso. Rouben…
Se hizo un silencio incómodo.
—Rouben, vas a mostrar el permiso, ¿sí o no?
—Lo siento, Saundra, pero considero que en el estado en el que estás en este momento, no es conveniente. Ya te lo dije…
Apreté mis ojos y me masajeé el puente de la nariz.
—¿Pasa algo, agente?
—Hoy Rouben se está comportando muy mal.
La recepcionista se sonrió y tecleó algo en su computador.
—Desde que nos volvimos tan dependientes de la tecnología, todo se fue al infierno. ¿Puede permitirme su identificación de nuevo?
Hice una mueca que parecía como la risa triste de un payaso. Se la entregué. Continuó tecleando algo en su computador.
—Encontré el registro del permiso. Ya nos había sido notificado desde hace dos semanas.
—¿Oh si?
Me retornó la identificación y me entregó otra.
—Conserve esto siempre visible. Bienvenida. Debe dirigirse al piso B7, allí la recibirán en Investigación y Desarrollo.
—Muchas gracias.
Pellizqué mi chaqueta con la nueva identificación, guardé la mía en la solapa del abrigo y continué hacia una puerta de vidrio que encerraba el ascensor. Sentí como al pasar por el vidrio, mi cuerpo fue analizado de pies a cabeza, como un pequeño temblor acompañado de un chasquido en mis oídos. Una vez adentro, presioné los botones para el subsuelo siete. En menos de un minuto, había llegado a mi destino. Al frente, encerrada en vidrios esmerilados de techo a suelo, una pequeña mesa de recepción. La recepcionista se levantó de su asiento al verme.

—Agente Hoellingberg, bienvenida.
—Gracias.
—La guiaré hasta la oficina del doctor Assaud. Allí le espera un escolta que la acompañará durante su visita. Espero que no le incomode y atienda todas sus recomendaciones y advertencias.
—Claro que si, muchas gracias.
Pasamos por una abertura que surgió de la nada en la ventana que estaba detrás de la recepción. Jamás había visto tecnología como esta en mi vida. Conducía a un largo pero iluminado túnel que terminaba en una compuerta que se me hizo conocida.
—Esta compuerta…
—¿Si?
—Aquí fue visto el doctor Assaud por última vez, ¿no cierto?
—No, agente, creo que está equivocada. El doctor Assaud fue visto por sus compañeros.
—Pero el registro de video…
—¡Ah! Me disculpará, pero no estoy autorizada para comentar nada más.
La recepcionista agitó su mano sobre una pantalla en la compuerta, a lo cual se abrió de lado y lado con un rápido golpeteo. Del otro lado, vimos un largo pasillo aparentemente de cristal, brillantemente iluminado, con unas bandas amarillas en las paredes y que a un par de pasos al frente se abría hacia la izquierda. La recepcionista continuó caminando. Este pasillo era visible en la segunda grabación que observé, cuando la puerta se abrió y se cerró pero no se veía nadie ingresar. Intenté mirar al lugar dónde estaría ubicada la cámara, pero no vi ningún dispositivo. ¿Cómo demonios funcionaba este edificio? La chica giró a la izquierda y la seguí.
Continuamos caminando por una serie de pasajes, girando las esquinas de vez en cuando, como en un laberinto. Recorría el mapa mental que vi anteriormente. Después de unos cuatro giros, vimos a alguien al frente de una puerta, un tipo de mi misma altura, vistiendo una bata larga de color blanco encima de una camisa verde manzana con un corbatín verde oscuro y pantalones negros, como si fuera un estereotipo de un científico sacado directamente de una película. Su cabello negro, bien peinado hacia atrás, bigote poblado y gafas gruesas complementaban el cuadro.
—Ah, doctor Belleville, gracias por aceptar servir de guía con tanta premura.
—No hay lío, Celestine.
Su tono de voz era increíblemente pretencioso, al nivel que me hizo dar un poco de escalofríos.
—Esta es la agente Saundra Hoellingberg, de Interiores. Está a cargo de la investigación por el doctor Assaud.
—Mucho gusto.
Le estiré la mano, pero el tipo no se inmutó.
—Claro, claro, pobre Ibrahim. De veras que no sabemos dónde se halla. Si puedo ser de ayuda, con mucho gusto.
—Ya sabes el protocolo.
—Claro, claro.
La recepcionista abrió la puerta agitando la mano. A un lado pude leer una placa con el nombre del doctor.
—Adelante agente.
—Gracias, Celestine.
La chica se retiró por dónde habíamos llegado. La habitación se iluminó en tanto ingresé a ella. El doctor Belleville siguió detrás mío. Estaba incólume. Habían dos pilas de papeles en una mesa de trabajo, muy similar a la de la sala de su apartamento, incluyendo un bolígrafo encima de una de ellas. En la esquina más cercana a nosotros un perchero bastante moderno con una bufanda larga, igual a la que su cadáver y los Shawn tenían puesta. En el escritorio estaba el computador del profesor, propiamente bloqueado, una bandeja de correos de entrada y de salida, encima de la de entrada, una pequeña caja de color rojo, tal como el doctor me había advertido. Me estiré a tomarla.
—Agente, le recomendaría que deje la escena del crimen quieta.
—¿Perdón?
—¿Acaso no le enseñaron en su escuela? No alterar las escenas del crimen.
Su tono condescendiente me estaba sacando de mis cabales.
—¿Y es que acaso es esta una escena del crimen? Comencemos, ¿qué sabe usted?
Sentí como se puso a la defensiva.
—Pues… Uno debe asumir todo…
—Esta es una zona bastante segura, Belleville. Pasé por dos escáneres, una puerta que emergió de la nada en unos cristales, estoy siendo observada por cientos de cámaras de seguridad. No cree que si un crimen hubiera ocurrido acá, ¿habría registro de video?
Sus ojos comenzaron a esquivarme.
—¿O es que… Usted tiene relación con el crimen?
—No, no…
—Dígame… ¿Celos o envidia? Si, usted sentía envidia del excelente trabajo del doctor Ibrahim y usted quería eliminarlo del cuadro para robarse todo el crédito, ¿o me equivoco?
El tipo dio un paso hacia atrás como para escudarse, aunque después su vanidad le hizo sacar pecho.
—¡JA! Si algo, el insulso de Ibrahim me tenía envidia a mi.
—¿Ah, si?
—Modificando mis fórmulas y recetas a su antojo, creyendo en cosas que no existen, ¡estaba loco, lunático!
—¿En qué sentido?
—¡JA! Dizque sustancias que se evaporan en el aire… ¡Perdió la cabeza! ¡Decía que podía ver al infinito en una sustancia! ¿Qué tipo de…
El tipo frenó en seco, se dio media vuelta y aclaró su garganta.
—No es de su incumbencia.
—Belleville, yo no le digo como hacer su ciencia, usted no me diga como hacer mi investigación.
Se giró de nuevo como para responderme, pero se encontró con mi mirada. Su cara se puso roja como un tomate por la ira.

Tomé la cajita roja. Tenía escrito “Para S” en su cubierta. No sabía si reírme o enojarme. Mi músculos se tensaron y la adrenalina comenzó a fluir por mis venas. Sentí como mi corazón se aceleró.
—Saundra, ¿qué ocurre?
Rouben lo notó casi de inmediato. Abrí la caja. En menos de lo que dura un pestañeo, se apagaron todas las luces hasta dónde mis ojos podían ver.
—¡Qué diantres!
El tipo soltó un expletivo tan refinado que sentí ganas de reírme. Tomé la bufanda y la arrojé en el lugar dónde el científico estaría, junto con la tarjeta de identificación que me habían dado.
—¡Aaaaaa! ¡Quítenmelo!
Corrí, empujándolo un poco hacia un lado. Escuché un golpe seco y un gruñido.
—¡Agente! ¡Agente! ¡Alerta! ¡Alerta! ¡Celestine!
Ninguna alerta se activó.

—¡Rouben!
No me respondió, como estaba planificado. Respiré con tranquilidad, aunque tenía menos de diez minutos para llegar a los túneles. Activé mi visión nocturna, una de las pocas funcionalidades que no requería la existencia de Rouben. Corría por los pasillos, en la ruta que me grabé esa mañana. En la lejanía podía escuchar pasos apurados, gritos, puertas abriéndose y golpes repetidos. Al dar la vuelta a una esquina, escuché unos pasos que se acercaban a mi corriendo. Eran dos sujetos más, asumí que eran científicos. Aguanté la respiración y me oculté tras la pared.
—¿Qué pasa el día de hoy?
—No sé, este edificio cada vez está cayéndose a pedazos.
—¿Dónde está el ascensor de emergencia?
—¡No lo recuerdo!
Mi objetivo era aquel mismo elevador. Les observé detenidamente.
—¡Aquí está!
Uno de ellos presionó con suavidad una esquina de un panel eléctrico de la pared, como si fuera un botón. Con un gran chasquido y un sonido como un pistón desinflándose, la compuerta se abrió.
—¡Entra, entra!
Los dos sujetos entraron, una tenue luz roja cubriéndoles. Después de un par de segundos, la luz desapareció, haciéndose más pequeña y elevándose hacia arriba. Era mi turno.
Corrí hacia la abertura y después de comprobar que dicho conducto seguía hacia abajo, entré y me abracé a un grueso cable que había a un lado. El cable cedió un poco a mi peso con un golpeteo. El cable bajaba con cautela, probablemente aún transportando a los tipos que se habían subido en el elevador previamente. Solté mi abrazo un poco y descendí a una mayor velocidad. La fricción calentaba mi uniforme, pero no era intolerable. De algo servían estas ropas especiales. Continué mirando hacia abajo, con el suelo vertiginosamente acercándose. Apreté mi abrazo y la velocidad disminuyó, aunque el calor de la fricción aumentaba. Sentí que ardía un poco. Si no estaba mal, esto era el subsuelo treinta y cinco.
Miré a todos lados de este pequeño recinto. La compuerta de entrada estaba cerca de mi tacto. Le dí un golpe seco, pero se negó a ceder. Me incorporé, tensé mis piernas y le di un golpe certero a la esquina. Con un crujido y un sonido metálico, se abrió a un lado. La empujé con las manos el resto de su movimiento.
Del otro lado, el pasillo que se abría a lado y lado era bastante similar al del piso en el que había estado anteriormente. Salí con rapidez. El túnel al que debía acceder ahora estaba bastante cerca. Ya no escuchaba más ruidos a la distancia, lo cual me tranquilizó. Aún así, me di a la fuga. Afortunadamente, el calzado del uniforme es polivalente, cómodo y útil para estas actividades, además de amortiguar notablemente el sonido de los pasos.
En una de las puertas alrededor, debía identificar el cuarto de conserjería. Conté las puertas desde la que emergí. Si mis cálculos no fallaban, seria la puerta número dieciséis. Me detuve al frente de esta e intenté abrirla. Estaba bastante dura, probablemente pues no había energía para activar los motores que normalmente la abrirían. Me apoyé contra esta y la deslicé lentamente usando las yemas de mis dedos y las palmas de mi mano. Accidentalmente un par de mis uñas se partió. No le presté atención. Centímetro a centímetro se fue abriendo.

De repente escuché un sonido fuerte, como el zumbido de miles de abejas. Mi tiempo se terminaba. Cuando se abrió un espacio suficientemente grande, metí mi brazo y empujé con fuerza. Sentía como mis huesos y músculos se resentían. La puerta se abría con dificultad y mi respiración se agitaba.
Después de unos minutos más, la abertura era suficiente para deslizar mi cuerpo hacia adentro. Me arrojé hacia adentro como pude, trastabillándome un poco, con un golpe duro hacia el suelo. La puerta se cerró detrás mío, no sin antes agarrando mi pie derecho y aplastando mi tobillo con fuerza.
Mis ojos se encharcaron, mis manos se tornaron puños. Intenté girar mi pierna para liberarla, el dolor recorriendo mi cuerpo como un incendio sin control. Sentía como se amarraba mi garganta, formando un grito que debía contener. Me senté como pude, apoyándome contra la compuerta, tratando de abrirla al menos un par de centímetros en esta precaria posición. La puerta no cedía. Pujé y empujé, moviendo sangre a mis piernas con cada movimiento, utilizando mi pierna como una palanca, hasta que pude arrastrar mi apéndice hacia adentro. Mi zapato quedó afuera, la puerta certeramente cerrada.
El nudo se desató.
—¡MALDITA SEA! ¡MALDITA SEA!
El grito recorrió la habitación, botando por cada pared de dicha conserjería como una pelota elástica disparada. Friccioné mi pie con fuerza, masajeándole con rapidez. Miré alrededor, en búsqueda de algún tipo de botiquín médico dentro de las múltiples estanterías que llenaban el espacio. Mi vista estaba nublada por mis lágrimas además del tinte rojo de mi propia ira, que hacían que todo pulsara al compás de mi acelerado ritmo cardíaco. Respiré con profundidad, grandes bocanadas de aire entrando en mis pulmones, enfriando lentamente mi sangre. No lo hallé.

Sin embargo, en una pared al frente identifiqué la rejilla por la que debía proseguir. Me dirigí hacia esta lentamente, cada paso enviando un choque eléctrico por todo mi cuerpo. Podía sentir mi pulso pasar por toda mi pierna, en los latidos que la imagen de mis ojos hacían visibles, en los crujidos que mi tímpano generaba al apretar mi mandíbula. Mis lágrimas seguían fluyendo. Una vez estuve más cerca, me apoyé como pude en mi pierna maltrecha y le di una patada seca a la malla, doblándola como un papel hacia el otro lado. Me arrodillé, ignorando todos los mensajes que mi cuerpo me enviaba y me interné en este espacio.
Era un estrecho conducto, dónde a duras penas cabía mi cuerpo acurrucado. Me arrastré a través de este, dando empujones con mis brazos y mi única pierna buena. Era mi rabia más fuerte que el dolor. Después de gatear por un par de minutos, observé mi destino, otra reja de esas, en esta ocasión, apuntando hacia abajo. Del otro lado pude ver un túnel que se abría, el siguiente de mis destinos. Abrí el conducto de un codazo, arrojando el pedazo de metal hasta el fondo, con un estruendo una vez este golpeó el suelo. Me tiré de caída hacia abajo, cayendo contra mi espalda, que crujió por el impacto.

Me incorporé y miré a mi alrededor. El techo y las paredes de este túnel circular estaban adornadas con cientos de cables de diferentes grosores, tuberías y largas barras de metal. Me desorienté de inmediato. Cerré mis ojos, me arrodillé e intenté recordar el diagrama arquitectónico que había visto previamente. Las líneas se confundían, izquierda era lo mismo que derecha, mis recuerdos fundiéndose, volviéndose humo en mi mente. Respiré profundo de nuevo. El aire en estos túneles olía a moho, a un ático que no se ha ventilado en años, un sótano húmedo y polvoriento que se ha inundado varias veces en el pasado. Detrás de mis párpados, veía una luz roja centelleante formarse detrás de mis párpados, el sentimiento de mi dolor incrementando. La adrenalina me abandonaba. Me puse de pie como un resorte, mi pierna quejándose con un rayo que intentaba paralizarme.
Tomé una de las direcciones a las que se dirigía el túnel aleatoriamente. Si me equivocaba y no encontraba la siguiente abertura, aún tenía margen de tiempo para tomar la salida opuesta. Caminé con rapidez, cojeando levemente. El desequilibrio de mis pies, uno calzado y el otro no, me comenzó a enfurecer. Me descalcé y tiré con rabia el zapato contra una de las paredes, haciendo un eco sordo que rebotó y rebotó, amplificándose. Caminé con mayor rapidez, dando largas zancadas, ignorando mi pie. El túnel se extendía por muchos metros.
En medio de mi carrera, se hizo la luz. Largas filas de luces lineares se encendieron en el techo del recinto. Me deslumbró, obligándome a apeñuscar los ojos. Apagué rápidamente la visión nocturna y abrí los ojos con cautela.

—Oh, cariño. Es una pena.
Estaba enloqueciendo. Mi mente comenzaba a jugar con mi visión.
—No esperabas verme, ¿no cierto?
Mis piernas cedieron. Mis ojos se salían de sus cuencas. Mi corazón rebotaba fuera de mi pecho.

Al frente mío, había una mujer. En sus manos tenía un arma de fuego apuntada directo a mi cabeza. Su cabello rojizo y ondulado estaba amarrado en una cola corta en la parte de atrás. Sus ojos azules claros y penetrantes estaban curvados de una forma amenazante, al igual que sus bien cuidadas cejas. Sus gruesos labios estaban adornados con un color carmesí perfecto, su cara maquillada naturalmente. Su cuerpo estaba cubierto con un uniforme único, ceñido a su cuerpo, relegado solo a las operaciones especiales de los equipos antidisturbios y de infiltración. Sus turgentes pechos y contorneado torso, cubiertos con un ajustado escudo antibalas. Sus esbeltas piernas protegidas bajo la tela. Mi garganta estaba siendo oprimida y la voz, por más que intentaba, se ahogó en un hilo delgado.

—Tenía mucha razón Rouben en avisarme. ¿Quién se iba a imaginar que Saundra Nova Hoellingberg, la mejor investigadora de toda Nueva Sajonia, fuese una terrorista?
La mujer se arrodilló en frente mío, poniendo el frío barril de su arma en mi frente. Mis lágrimas comenzaron a fluir. Mi mente se puso en blanco. ¿Cuántas veces atrás había yo entrelazado mis labios con los de ella? ¿Cuántas veces había recorrido su piel con mi boca, sus curvas con mis manos, chocado mi piel con su piel? Si esto no era retribución divina, del Dios que fuese, entonces no sé que es.
—Tan cerca, pero a la vez tan lejos de tu cometido, Saundra. De veras que es una pena. ¿Cuál era tu plan? ¿Seguir empujando con tus manos desnudas hacia afuera, sola, como siempre lo has estado?

Llevábamos un poco menos de un año de estar juntas. Era un secreto. A los ojos de los demás miembros del Ministerio, nos habíamos vuelto buenas amigas y almorzábamos siempre juntas cuando no estábamos en alguna misión. A menudo Alexa desaparecía por varias semanas. Tenía sentido, era una excelente espía y una maestra del trabajo encubierto. Nunca ahondé en sus investigaciones, no eran de mi incumbencia, así como ella nunca metía sus narices en las mías. Sin embargo, me daba mucha alegría cada vez que regresaba con bien. Sabía que su trabajo no era fácil, de hecho era bastante peligroso. En cualquier momento podía desaparecer de mi vida sin rastro alguno y por ello atesoraba cada momento que estaba con ella.
Poco a poco fue dejando partes de ella en mi apartamento, pues eran más las noches que pasaba junto a mi que en su propio habitáculo. Una buena noche, ya exhaustas y ella refugiándose en mi abrazo, tuvimos una conversación que nunca olvidaré.
—Por ti dejaría mi vida atrás. Vámonos.
Su voz temblaba un poco. Parecía que era algo que había cavilado muchas ocasiones en el pasado.
—¿Qué dices?
Se giró y me miró a los ojos. Bajo la cubierta de la oscuridad y la poca luz blanquecina que entraba por las cortinas, parecía que sus pupilas brillaran.
—Fuguémonos. Vámonos a un lugar dónde nadie nos conozca, dónde nadie nos vaya a buscar, dónde tu y yo podamos ser otras personas, dónde podamos estar tranquilas.
Dejé escapar el aire por mi nariz, como un quejido silencioso. Le di un beso.
—Sabes muy bien que es imposible. Rouben, el Ministerio, el mundo no nos dejaría.
Ella miró a otro lado.
—Debe haber alguna manera…
—Claro que si debe haber una manera. Pero debemos buscarla con tranquilidad.
—Sabes que si renunciamos…
—No nos dejarían. No nos dejarían.
Ella clavó su cara entre mis pechos.
—Lo sé.
—Lo sé.
La abracé fuertemente y besé su coronilla. Esa fue la última vez que estuvimos así juntas. Unos minutos después se levantó, tomó una ducha, se vistió y se fue.

La fuerza de mis manos me abandonó, mi cabeza se descolgó. ¿Qué era lo que estaba haciendo en este lugar?
—Alexa…

«Más rápido que un pestañeo» (parte 3)

Dedicado a mi querida sobrina Manu. ¡Feliz cumpleaños! ¡Te quiero un montón!

Ocurrió en una misión que tuve en la embajada de Nueva Sajonia en la capital de Harim Hosan, Dulya. Nos habían enviado a mi jefe y a mi a dicha embajada como una cohorte de seguridad para proteger a la embajadora, Kat Hutchinson, en una importante pero acalorada reunión con el Gobierno de dicho país, en la que se elaboraría un nuevo convenio de colaboración y amnistía entre los dos países.
Aunque ese motivo era real y válido, se nos había encargado aprovechar la ocasión para recabar información que nos permitiera confirmar una horrible malversación de recursos por parte de la oficina de la embajadora, además de otros peligrosos tratos que ella estaba haciendo con grupos al margen de la ley. Teníamos una serie de pistas que nos apuntaban en su dirección, pero no habíamos logrado una confirmación oficial.
Se nos acababa el tiempo, la fecha de la reunión se acercaba y con ella, se nos iba el tiempo entre los dedos. Mi jefe comenzaba a perder su paciencia. Él quería una admisión de culpabilidad, resolver el caso, sin tener que enviar agentes encubiertos después. Este era el momento correcto, él quería legitimar y justificar el trabajo de Asuntos Interiores.
Un par de días antes de la reunión estaba en la cafetería de la embajada, tomando una taza de café, intentando recabar más pistas en las conversaciones de los empleados en la cafetería o esperando captar señales en Rouben acerca de los múltiples micrófonos plantados en la oficina de la embajadora, cuando alguien se dirigió a mi directamente. Era una mujer de mediana edad, sus ojos se notaban agotados y ojerosos, su cabello pobremente recogido en una maltrecha cola, con unas gafas gruesas que hacían que sus ojos se vieran vidriosos.
—Buenas tardes.
—Buenas tardes.
Su voz se me hizo conocida, como la de un amigo que uno no escucha desde hace años. La señora se sentó al frente mío en la misma mesa de la cafetería.
—Espero que no le moleste que me siente aquí, agente Hoellingberg.
—No, en absoluto.
Mis ojos seguían simulando estar pegados de un libro que tenía. Levanté la mirada un poco y noté su tarjeta de identificación. Decía un nombre cualquiera, enviada oficial de Harim Hosan en la Embajada de Nueva Sajonia. No pensé nada especial acerca de ello, seguí enfocada en mi ausente lectura y en intentar escuchar información de las charlas a mi alrededor. Si era una oficial de este país, no me serviría en nada para mi investigación.
—¿Qué tal le ha parecido mi país, agente?
No quería sonar grosera, pero la señora iba a interferir con mi trabajo.
—Muy bonito, aunque antes de la guerra yo vine con mis padres. Ahora bien, disculpe…
Ya estaba casi de pie para retirarme, cuando sentí el tacto de su mano en mi muñeca. Ya reconocía este calor y suavidad de antes. Mi cuerpo se congeló inmediatamente, deteniéndome y dejando que la gravedad me empujara de regreso a la silla. Mi voz se tornó en un suspiro.
—¿A…Alexa?
Se rascó tres veces con el dedo medio en la comisura de sus labios. Ese era un signo que solo los agentes de Asuntos Interiores conocíamos y significaba que ella estaba trabajando como una agente encubierta. El trabajo de maquillaje era impecable. Su voz bajó a un registro casi imperceptible que tuve que complementar con la lectura de sus labios.
—Saundra, puedo sentir tu instinto de asesinato desde la entrada. Todo mundo está prevenido de tu presencia en la embajada y no vas a lograr nada si sigues actuando así.
—Pero…
—Hay formas mejores de lograr tu cometido. Habla con la gente, gánate su confianza, no luzcas como si sospecharas de todos a tu alrededor y los quisieras matar.
Alexa se levantó de la silla despacio, dejándome congelada en la silla, con la mirada al vacío. Ella tenía la razón. Cuando salí de mi estupor, me giré en su dirección y ya había desaparecido tan silenciosa como había llegado.

—Saundra, ¿me estás prestando atención?
—Si, doctor Assaud.
—No pareciera, tus ojos se fueron al vacío por un instante.
—Perdón, tuve un pensamiento que me distrajo, nada importante.
—Continuamos.
No podía explicar exactamente el doctor como podía observarme, su cuerpo seguía yaciendo pacíficamente en aquel cofre, los Shawn rodeándome sin moverse un milímetro.

El profesor me explicó muchísimas cosas, algunas que aún no puedo comprender. Su trasfondo es científico, el mío es de investigación criminal, así que me es difícil entender todo lo que me dijo. Por lo que capté, dentro de la Academia de Ciencias, el doctor junto con varios de sus pares, investigaban los efectos ópticos que permitirían hacer invisible cualquier objeto y su consiguiente aplicación para el ejército. Crearon muchos materiales con propiedades únicas, pero ninguno era perfecto, si permitían invisibilidad visual no evitaban que un radar los detectara, y viceversa.
Hace aproximadamente un mes al día de hoy, y muy entrado en la noche, el doctor modificó levemente la estructura de uno de los materiales más prometedores, resultando en una sustancia de un color negro profundo, maleable y fluida, muy similar a un líquido. Asustado, pues nunca en sus años de carrera había observado tal cambio, tomó el contenedor donde había creado la sustancia, lo tapó herméticamente y lo guardó en un congelador del laboratorio. Quizás si se congelaba podría manipularla más fácil.
Al día siguiente, el doctor retiró la muestra del congelador para su análisis pero el contenedor estaba vacío. Preocupado, les enseñó el contenedor a sus compañeros. Lo analizaron con varios dispositivos, pero no podían encontrar nada dentro de este. Había desaparecido. Sus demás compañeros perdieron el interés rápidamente.
Esta situación comenzó a enloquecer al doctor. Recreó la sustancia de nuevo y la analizó a profundidad. Encontró que absorbía la luz completamente y se adhería a cualquier superficie, no era reflectante y ligeramente viscosa. Independientemente de cualquier esfuerzo por conservarla, se esfumaba completamente un par de horas después. No pasaría mucho tiempo para que su obsesión se desatara fuertemente, cuando un día el doctor quiso probar la conductividad de esta sustancia. Aplicó un poco de voltaje a la mezcla usando dos sondas y encontró que no conducía. Adicionó voltaje lentamente hasta que en cierto punto, la sustancia comenzó a cambiar de color hasta que se tornó de un blanco metálico y extremamente brillante, similar a esmalte.

—En este momento, exclamé ¡Eureka!, así como Arquímedes hizo hace tantos años. Nadie me respondió, eran las tres de la mañana y estaba solo en el laboratorio.

El doctor analizó de nuevo la sustancia con sus aparatos. Ahora la sustancia no absorbía la luz, pero en cambio emanaba un brillo blanco increíblemente puro. Decidió extraer un poco de la sustancia usando una pipeta. Al insertarla sintió una fuerza extraña que la empujaba hacia dentro de la mezcla. La dejó ir un poco, hasta que la pipeta se hundió mucho más de lo que tenía de profundo el contenedor. Fue tal la sorpresa que por instinto soltó el instrumento, el cual se hundió completamente en el líquido, el doctor observándole incrédulo desde arriba. En la imagen que se veía en la superficie podía ver la pipeta caer en línea vertical alejándose de la superficie, hasta que se perdió de vista. No era una imagen, era como la vista desde una ventana.

—Me tiré al suelo y lloré un poco. Lo que había encontrado era un portal a otro mundo, a otro universo. Tiré una nota adhesiva enrollada, un cubo de azúcar, un tubo de ensayo. Tiré una canica. Los veía seguir cayendo en línea recta, la gravedad aparentemente afectándoles de forma similar a la Tierra.

El profesor decidió mantener el secreto de dicha sustancia de sus compañeros. Creó una cantidad de esta en el laboratorio y se la llevó para su apartamento. Calculó que no tendría más de dos horas antes de que se evaporara. Una vez llegó, la esparció en un espejo que tenía en su habitación, eventualmente cubriendo toda su superficie y la conectó a una fuente de energía. Esta reaccionó de nuevo y se volvió blanca, emitiendo la misma potente luz. Puso el espejo de pie, comprobando que no se regara el compuesto, tomó un lazo, lo amarró en un extremo de una pata de su cama y el otro de su cintura, respiró profundo y metió la cabeza en el espejo como si fuera un lago. Esperó sentir algún tipo de resistencia al ingreso como quien sumerge su cabeza en una piscina, sin embargo, solo sintió un choque eléctrico, como si se electrocutara. Instintivamente cerró los ojos en tanto sintió la corriente eléctrica y tan pronto cesó esta sensación, los abrió. La brillante luz lo cegó inicialmente y sintió bastante frío.
Efectivamente, había un espacio del otro lado. Giró su cabeza en todas direcciones, pero todo era blanco. Se abrumó en un principio, pero se resistió a reaccionar. Intentó observar si los objetos que había lanzado días atrás estaban en algún lugar, pero no los halló. Luego, incapaz de aguantar más la respiración, soltó el aire de sus pulmones e intentó aspirar, pero no había aire en el “otro lado”. Era un vacío. Se asustó y sacó la cabeza a la fuerza, tosiendo y aspirando con miedo. Se desamarró con rapidez, corrió al baño y se observó. No tenía rastro de la sustancia en su cuerpo, en su nariz o garganta. Tal era su obsesión con tal descubrimiento que no había pensado en los riesgos de experimentar consigo mismo.

Cuando estaba alimentada de energía, la sustancia no se disipaba. Tres días seguidos siguió jugueteando con el espejo, sumergiendo su cabeza, sus manos, brazos y por último medio cuerpo. Comenzó a usar un respirador de buceo para poder resistir más tiempo. Todo cambió en una ocasión en la que probó gritar, pues recibió una respuesta.

—Yo grité ¡Hola! No hubo ningún eco. Las ondas de mi saludo se fueron hacia el infinito. Sin embargo, alrededor de un minuto después escuché una respuesta. Era un gorjeo al principio, después un zumbido y por último un claro saludo.
—¡Hola!
Los Shawn que me rodeaban saludaron todos al mismo tiempo, en un coro que hizo vibrar el suelo.
—Los días siguientes, en nuestras conversaciones, descubrí que ellos siempre habían vivido solos en este mundo paralelo, una sola conciencia, un universo aparentemente vacío. Me preguntaron acerca de nuestro mundo, de las cosas que habían en nuestro universo. Su inteligencia me pareció increíble, adquirían y absorbían los detalles que yo les daba, adaptaban su forma de hablar, descubrían por si mismos palabras de mi lenguaje. Descubrieron a través de mi mente y del tanque de buceo que nosotros necesitábamos aire para vivir y con su increíble poder de manipulación de su universo, copiaron la fórmula del aire de la Tierra y de repente pude comenzar a respirar sin necesidad del equipamiento.
Hizo una pequeña pausa. Yo me giré a ver a los Shawn a mi alrededor. Seguían en su misma posición pues no se cansaban de estar de pie.
—Día tras día, pasaba más tiempo en mis investigaciones de este mundo. Pasaba largas horas sin comer pero por mi saciedad intelectual nunca sentía hambre. Les pregunté si tenían nombres o como se identificaban el uno al otro. Yo no les podía ver, solo escuchar sus voces, que eran prácticamente iguales. Ellos me dijeron que no tenían tal cosa y que para comunicarse entre ellos lo hacían con el poder de propia energía, como si estuvieran conectados entre sí. Esto me fascinó. Es lo que se ha hablado en cuentos de ciencia ficción. Pensé rápidamente y el acrónimo Shaw se vino a mi mente, por Super Humans from Another World, Súper Humanos de Otro Mundo. Lo ajusté levemente a Shawn para que fuera más como un nombre.
La voz del profesor se notó muy emocionada cuando me contó esto. El uso de ese acrónimo me pareció terrible. La comunidad científica es muy mala nombrando cosas.
—Una vez pensé en ello y lo dije en voz alta, por alguna razón, comenzaron a llamarme dios. Muchas veces les he corregido que me llamen Ibrahim o doctor, pero insisten con elevarme al nivel de una deidad. Un día después les llevé un tomo de una enciclopedia, pasándoles hoja tras hoja evitando que se me soltara de la mano. En una de las páginas vieron una ciudad en el libro y la copiaron frente a mis ojos. Y así poco a poco fuimos acondicionando el pueblo hasta lo que has visto hoy.

Mi cabeza estaba a estallar. Era demasiada información. Así que los Shawn, una raza o especie o lo que sea de seres poderosos, con la capacidad de modificar su entorno a su gusto, sin cuerpos físicos, han vivido enlatados en su propio mundo, un universo de luz perfecta y ¿por mera casualidad, el doctor Assaud los encontró? ¿De repente se dan cuenta de que existe una humanidad del otro lado y ahora quieren copiarla? ¿Es esto lo que se llama “conquista”?
—Un momento, doctor… Entiendo lo que me cuenta acerca de la creación de este mundo, pero, ¿por qué los Shawn le han copiado la apariencia física?
Se hizo el silencio por un instante.
—Fue mi culpa.
Me giré a ver a todos los Shawn, todos se arrodillaron, incluyendo el que tenía su pistola dirigida a mi sien.
—Una vez los Shawn acondicionaron el espacio y crearon esta hermosa ciudad con mis instrucciones, replicaron el viento, las plantas y el agua, decidí descender por fin a ella. Pedí que crearan un lugar igual a mi apartamento y mantuvieran este portal dentro de este. Ellos extrajeron las imágenes de mi mente de alguna forma y lo recrearon perfectamente, aunque por alguna razón que aún no he podido comprender, todo en este lugar es reflejado. Junto a mi me traje un libro de la Biblia para instruirlos en alguno de los sistemas de valores y creencias que hay en nuestro mundo. En menos de cinco segundos ya habían leído el contenido. No era mi intención, pero creyeron que todo lo que decía en ella eran mis historias como su deidad, una especie de diario. Intenté una y otra vez corregirles sus pensamientos pero no me fue posible. Hice algo que no debí haber hecho.
Los Shawn a mi alrededor llevaron sus extrañas extremidades a una posición similar a la de una persona cuando usualmente ora. Algo en mí supo que habían cerrado sus ojos, a pesar que seguían siendo imposibles de distinguir sus rasgos faciales.
—Desde ese día empezaron a ser más y más reverentes hacia mi, incluso a tenerme miedo, un sentimiento que ellos jamás habían demostrado antes. Empezaron a crear imágenes para si mismos, a “mi imagen y semejanza”, a la imagen que había tenido en ese momento, la misma que ves en mis despojos mortales.
Me levanté y observé detalladamente al doctor en su ataúd. La larga y extraña bufanda, el pantalón y camisa, eran perfectamente replicados por los Shawn. Pero…
—Pero, ¿entonces porque la cara de los Shawn no replica la suya? ¿Por qué parece un collage siempre cambiante de partes sin razón?
—Creo que los Shawn no comprenden aún lo que es ser un individuo. Siempre fueron un colectivo, hasta el día que los encontré. Por lo tanto, no saben bien como expresar sus diferencias. Saben, a través de los tomos enciclopédicos que traje, que los humanos difieren en muchos aspectos, pero no tienen idea de como copiar exactamente esos rasgos. Además, siento que lo toman como si fuera personalidad, algo que no han desarrollado aún.

Cerré mis ojos, apoyándome contra el ataúd. Respiré profundamente, apretando mis ojos más y más fuertemente. Abrí los ojos y me giré. El Shawn con la pistola seguía apuntándome directamente, mientras mantenía su postura arrodillado. Solo hasta ahora se me hizo extraño ver un mar del mismo sujeto a mi alrededor, en la misma postura.
—Usted, ¿cómo falleció?
—¡Ah, muy fácil! Los Shawn me mataron.
Mi corazón se aceleró y mis ojos se abrieron por instinto. Los Shawn salieron de su postura y se levantaron todos al tiempo. Todos por alguna razón tenían un arma de fuego en sus manos y la dirigieron a mi.
—¿Qué? Momento, momento.
—Así como lo escuchas, Saundra. Mientras que los Shawn querían ser como yo, yo quería ser como ellos. Les pedí que analizaran como convertirme en uno de ellos. Ansiaba ser un ser omnisciente, omnipresente, poder verlo todo, estar en cualquier parte instantáneamente. A través de los Shawn me volví omnipotente. No sabes como se siente estar tan cerca de Dios.
—Pero, pero…
—Desafortunadamente, no es tan perfecto como quisiera. Si, puedo verlo todo y estar en todos lados, pero estoy limitado a lo que los Shawn han creado con mis instrucciones. El resto es un vacío blanco con infinito potencial, pero el potencial aún está limitado a mi capacidad de instruir a los Shawn. Además, no lo sé todo, solo sé lo que ya sabía antes de venir acá y lo que los Shawn han creado, analizado e inventado, lo que existe de este lado. Soy una deidad incompleta.
—Eso no explica…
—¿Por qué les pedí a los Shawn que me mataran? Saundra, ¿no entiendes?
Pensé por un instante. La respuesta no esperó.
—Era necesario. Era necesario que los Shawn supieran que existe una condición especial en los seres vivos, la muerte. Es algo de lo que se puede leer, pero es un abstracto. ¿Qué es la muerte? ¿Cómo explicas eso a criaturas que han vivido por siempre y nunca lo han conocido? ¿Cesión de las funciones vitales de un ser? Ponte en los zapatos de un Shawn y te darás cuenta que es imposible entender qué significa eso. No pude demostrarles lo que es la creación de la vida, así que eso si lo tuvieron que aprender de forma teórica.
Me sostuve la cabeza con la mano y de nuevo cerré los ojos.
—Además, era un paso necesario en la conversión de lo que soy ahora. Mi cuerpo físico me amarraba, me constreñía. Mis ojos humanos solo daban hasta cierta parte y mi cuerpo se va acabando, las células en mi cuerpo mueren, así que era necesario convertirme en energía pura. Los Shawn pensaron que era la única forma. Así que aquí estoy. Por más geniales y omnipotentes que son ellos tienen una gran limitación. No pueden crear vida.
Me erguí y abrí mis ojos.
—No, no, no… Que pena Doctor, pero…
—¿Los árboles que están afuera? ¿El prado? ¿Las montañas alrededor? Saundra, para ser una investigadora no analizaste nada. ¿Acaso quedaron marcas en tus vestiduras de cuando te revolcaste en el prado? ¿Acaso tomaste alguna de las hojas de algún árbol en tus manos? Son solo imágenes, artículos sin vida. De hecho, no están hechos de células, son solo átomos conectados como un facsímil de la realidad. Lo único con vida real en este mundo eres tú y mi cadáver. Aunque de mi cadáver, es difícil llamarlo con vida.
Me quité por instinto la camisa y la miré. Era cierto. Mi ropa estaba igual, un poco arrugada y maltrecha, pero no estaba sucia. Me la puse de nuevo.

—Si no hay más preguntas, es hora de hablar de mi petición. Para lograr uno de mis cometidos, necesito de tu ayuda.
—Espere, hay más, hay más…
—Adelante.
Me senté de nuevo, ignorando las miles de armas de fuego que apuntaban en mi dirección. Intenté en pensar en algo más que preguntar, pero mi mente estaba tan sobrecargada que no veía un espacio vacío que llenar. Después de un largo instante, concedí victoria.
—No puedo pensar en nada más. Estoy tan cansada.
—Lo sé. Déjame que te diga que es lo que deseo, lo que deseamos los Shawn y yo.
Puse mis manos en mis piernas y me dejé hundir en la silla. Mi fuerza desaparecía.
—Los Shawn quieren ir a la Tierra.
Mis manos se volvieron puños. Mi corazón se alborotó.
—No, Doctor, no.
—Ellos quieren conocer acerca de la condición humana, de la vida al otro lado, de las diferentes formas en que la vida es creada, de los animales, las plantas, de la inventiva humana, las creaciones, todo lo que nos hace humanos. Ellos quieren aprenderlo para aplicarlo aquí, en su universo. Sin embargo, mi conocimiento es muy limitado. Ellos tienen una capacidad sin límites, así que ¿cómo negarles esa posibilidad?
Mis puños comenzaron a golpetear mis piernas.
—Su visión idealista del mundo humano me enferma. Si, somos capaces de muchas cosas positivas, pero a la vez, somos tan crueles, infames, mezquinos.
Por alguna razón, la imagen del compañero de Asuntos Interiores que vi esta mañana se vino a mi cabeza. Lo recordé como se comía con sus ojos mi cuerpo, lo imaginé saboreando sus labios con dicha imagen. Sentí mucho asco.
—Somos egoístas, nos importa nada destruir nuestro mundo, volverlo un desastre, explotar la naturaleza y otros de nuestros congéneres. ¿Usted quiere que ellos aprendan de esto?
—Si.
Sentí como mi visión se tornó roja. Cerré mis ojos y grité.
—¿Por qué?
Unas pequeñas gotas de sudor y lágrimas comenzaron a fluir de mi frente y de mis ojos. Mis dedos dolían de estar constreñidos en puños.
—Porque tal es la condición humana. Quiero que los Shawn hagan su propia imagen de que es bien y de que es mal tomando a la humanidad como ejemplo.

De repente algo se revolcó en mi cerebro. El doctor tenía toda la razón. Yo ya estaba rota, mi mente destruida por el cansancio, por lo absurdo de este propósito, por lo imposible que era toda esta experiencia. Estaba llorando. Me tiré al suelo y comencé además a reír, una mezcla de tristeza y felicidad. De mi pecho comenzó a manar un dolor que se extendió por todo mi cuerpo. Sentía un nudo apretado que me cortaba la respiración.
—En serio… ¿Por qué yo? ¿Por qué yo?
—¿Nos ayudarás?
Escuché como algo en mi cabeza se quebró.
—Mátenme.
—¿Perdón?
Sentí como el nudo de mi pecho se desamarró y de él emergió un grito feral que rebotó por todas las paredes. Mi cuerpo saltó como un resorte liberado.
—¡Mátenme!
Me acerqué a uno de los Shawn y puse mi cabeza directamente contra su arma.
—¡Halen el disparador! ¡Acaben con esto de una buena vez!
Mi garganta ardía. Me la había desgarrado. Comencé a andar entre los demás Shawn apuntando cada una de sus armas contra mis sienes.
—¡Háganlo! ¡Doctor, ordene que lo hagan! ¡No más! ¡Estoy enloqueciendo!
Al ver que no lo hacían, intenté arrebatárselas a varios de los que estaban a mi alrededor pero era inútil, se movían mucho más rápido que yo o simplemente se esfumaban en el aire. La futilidad de mis acciones hizo que la energía me abandonara del todo y me tendí en el suelo. Mi cabeza no daba para más.

La noche de la reunión, me presenté debidamente uniformada al igual que mi jefe en el salón de la embajada. Los enviados de Harim Hosan, incluyendo su ministro de Defensa y de Relaciones Exteriores, estaban a un lado de la mesa, mientras que de la otra estaban los encargados de la embajada y mi jefe y yo, uno a cada lado de la embajadora. Ella ya tenía todo su libreto y documento de intenciones en sus manos. Dentro de los enviados de Harim Hosan veía a Alexa haciendo su trabajo de infiltración. Era imposible para mi no tener mi mirada fija en ella, y ella lo sabía.
La reunión fue larga y agotadora. Era un sutil juego de ajedrez entre los dos bandos con oposición de lado y lado. Fichas que cambiarían el sentido de la historia, que reescribirían la narrativa de hoy en adelante. Jugaban con vidas humanas y con recursos naturales, como si fueran meros peones que mover de un lado al otro, que sacrificar. En ese momento no lo comprendí, pues no pensaba más que en Alexa. Después de cuatro horas muy tensas, un nuevo acuerdo se armó entre las partes. Sacrificios de lado y lado fueron pactados en pos de una paz más duradera, pues nadie quería una repetición de la guerra de hace unos años. Se firmó ese día, veinticuatro de febrero de dos mil ciento cuarenta y tres.
La tensión desapareció en tanto la reunión se convirtió en una disimulada fiesta de celebración. Recordé mi fiesta de bienvenida a Interiores. Sentí que quería ver a Alexa. La busqué por todos lados, pero me era imposible reconocerla entre el mar de gente. Me excusé con mi jefe y con la embajadora, y me retiré al lavatorio. Miré mis manos mientras las enjuagaba, me observé al espejo, friccioné un poco mis ojos y peiné con mis dedos mi flequillo.
—Hola, agente Hoellingberg.
Me giré como una peonza. Era aquella mujer, de pelo ligeramente desordenado y ojos vidriosos detrás de aquel horrible marco de gafas que le hacía ver cansada, aquella que me había regañado días atrás en la cafetería de la embajada. Perdí el control de mi cuerpo. Me abalancé contra ella como si estuviera poseída y la arrinconé contra la pared. Sin pensar, me agaché a su nivel y la besé. Sus lentes se desencajaron, su aliento se acompasó con el mío y sus gruesos labios se fusionaron con los míos. Quizá llevada por la emoción, me abrazó fuertemente, clavando sus uñas en mi uniforme militar. Unos segundos después, con mi corazón en la garganta, nos separamos. La miré directamente en sus ojos, sus mejillas sonrojadas y acaloradas. Esquivaba mi mirada, como una colegiala que había sido atrapada haciendo algo indebido. Su expresión me tomó por sorpresa. Acaricié su mentón y mejillas con el lado del dedo índice de mi mano. Le volví a dar un beso. Como un rayo, su expresión cambió, se aclaró la garganta, arregló rápidamente los lentes y me empujó para separarnos. Mi respiración aún estaba acelerada. Se giró dándome la espalda, justo en el momento que otras dos mujeres ingresaron al cuarto de baño. Yo me torné por reacción y me dirigí a otro lavabo. Mi cara ardía mientras me lavaba las manos de nuevo. Nunca olvidaré el recuerdo de aquel momento.

Me desperté asustada en la habitación principal del apartamento aquel. Estaba en la cama, bajo las cobijas y en las mismas fachas, aunque conservaba mi abrigo deportivo y zapatillas. Todo indicaba que aún estaba en el otro mundo, a pesar que la luz del sol estaba todavía quemando las cortinas, o quizá los Shawn no sabían que era día y noche o no le veían sentido. ¿Cuánto había dormido? Me levanté despacio y noté que la puerta de la habitación estaba cerrada. Miré en el espejo o portal o lo que fuese y noté que aún no tenía reflejo. Si esto era en realidad la visión del otro apartamento, podía ver que hora era aproximadamente en el otro lado. No parecía haber ningún cambio, como si el tiempo corriese de forma diferente allí. En aquel momento, escuché que alguien tocaba a la puerta del apartamento. Salí de la habitación y me paré al frente de la entrada sin abrirla.
—Shawn tiene un mensaje de parte de Dios. Hemos respetado tu privacidad y Él está evitando observarte. Sin embargo, Él necesita hablar contigo. Cuando quieras, abre la puerta.
Era hora de confrontarlo, pues no quería darle más largas a esto. Abrí la puerta y de nuevo mi corazón se quiso salir. Al frente mío en aquella terraza, había un mar de Shawn. Esta vez no tenían ningún arma en la mano, solo estaban allí mirándome. En el techo de los edificios aledaños, en las ventanas de estos, en la calle, todo estaba lleno de Shawn. Del cielo salió el mismo vozarrón que había escuchado antes.
—Saundra, buenos días.
—No quiero tener que ver con esto. Quiero regresar al otro mundo.
—Entonces has decidido no ayudarnos, sin si quiera escuchar que es lo que queremos que hagas.
—Esto es imposible de comprender para mi. Esta mañana me levanté con resaca, como cualquier humano que ha bebido mucho el día anterior, y ahora unas horas después me entero que hay todo un universo al otro lado de un espejo. Sinceramente, aún creo que estoy en un sueño, como si todo fuera irreal. Doctor, juro que no los molestaré, no revelaré nada de su proyecto, yo solo quiero irme y no tener nada que ver con esto.
—Ya veo. Es una lástima.
—¿Entonces reactivará el espejo para yo volver?
—Es una lástima porque los Shawn se han abierto bastante a tu presencia.

En cuanto él dijo esto, noté que uno de los Shawn al frente mío había transformado súbitamente su apariencia. Me acerqué a este, quien me seguía observando fijamente. Era una copia mía. Le miré de pies a cabeza y tenía mi misma ropa, mis mismas zapatillas, sus rasgos de la cara aún eran borrosos, pero se acercaban más a los míos, incluyendo mi tono de piel y enmarañado cabello. Extendí mi mano hacia este, y a diferencia de otros Shawn, quienes me esquivaban, se dejó tocar. Sentí un poco de mareo por dicha experiencia, la piel era a todas vistas igual a la humana, pero su tacto era frío y la textura errada, más lisa de lo usual, como una serpiente. Levanté un poco su camiseta por el frente y noté que tenía mi misma cicatriz profunda en su vientre. Acaricié suavemente la herida, sus comisuras perfectamente replicadas, pero sensación equivocada. Me alejé del Shawn, a lo que este hizo una venia con las palmas en forma de devoción. Me dio un poco de miedo.
—¿Por qué hizo esto, doctor?
Escuché una risotada como un trueno.
—¡Yo no hice nada! Los Shawn lo hicieron por si mismos. Ellos te cargaron, llevaron a la habitación y cuidaron de ti cuando te desmayaste.
Miré al Shawn que previamente había tocado.
—Yo no soy tu Dios, ¿me entiendes?
—Shawn entiende, no eres nuestra Diosa. Pero queremos saber más de ti y de tu mundo, Saundra.
Se me hizo extraño tener otra conversación inteligente con un Shawn después de tanto tiempo. Levanté la cabeza al cielo.
—No me hace gracia que haya manipulado a los Shawn.
—Te lo juro, Saundra. ¡No hice nada, no les he pedido nada!
Me volví a ver al Shawn.
—¿Por qué yo?
—Eres el único otro humano que hemos visto y analizado. Eres tan similar a Dios y a la vez tan diferente, y por eso queremos que nos enseñes.
Levanté mi mano por inercia y le acaricié el mentón. Aquel rasgo borroso y alocado que no tenía forma antes se hizo definido en mis dedos. Un mentón ligeramente cuadrado y grueso, muy diferente al mío. Mi pecho comenzó a saltar desbocado, mis ojos y pupilas se dilataron, encorvé mis cejas por reacción. Continué. Pasé mi dedo por sus labios, que se afirmaron con mi tacto. Unos labios medianamente carnosos y prominentes, con unos dientes ordenados y blanquecinos. Pasé por su oreja derecha y se formaron unas un poco en punta pero chicas. Su nariz terminó siendo delgada y recta, ligeramente redonda. Sus ojos tomaron un color rojizo profundo, inexistente en mi mundo pero que me parecieron totalmente naturales, con unas pequeñas ojeras y pestañas largas. Sus mejillas, no muy pronunciadas con un tono rosado y pequeñas pecas que le hacían lucir vivaz. Por último, sus cejas terminaron sutilmente gruesas pero con una bonita curva al alejarse del centro.
No era yo. No era Saundra Hoellingberg. Podía estar vestida igual que yo, tener la misma contextura y heridas, pero por fin esta criatura era otra persona, era individual.
—Olivia.
Se me escapó aquel nombre de la boca. ¿De dónde en mi mente salió? No tengo idea.
—Olivia.
El Shawn, o más bien Olivia, me hizo una venia profunda. Su cara expresaba tranquilidad y felicidad. Repitió su nombre como grabándolo en su frente. Los demás se acercaron a Olivia, dejándome de lado. Enunciaban su nombre en voz baja como si fuera un mantra. Sentí algo gigante acumularse en mi pecho. Era obvio que no había creado vida, pues ya existía, sin embargo el remolino de emociones que me llenaba al moldear de alguna forma aquel ser me encharcó los ojos. Miré al cielo.

—¿Qué tengo que hacer?
—Espera, espera, Saundra… ¿Qué diantres hiciste?
Sonreí mientras las lágrimas bajaban por mi rostro.
—No sé… No sé.
Sentí como el viento me revoloteó el cabello, un viento cálido y tranquilo. Me envolvía la paz.
—Esto es muy anormal. De mi conocimiento de los Shawn, jamás había experimentado esto. ¡Es un hito! ¡Nacimiento de la personalidad! ¡Eureka!
Su voz se levantó en júbilo y podía sentir la emoción en sus inflexiones. Me limpié las lágrimas.
—Doctor, ¿qué tengo que hacer?
Su júbilo se detuvo. La seriedad lo frenó.
—Debes destruir a Rouben.
Escuchar ese nombre me detuvo el corazón.
—¿Perdón?
—Si Rouben aún existe, si ese maldito sistema de vigilancia está activo todo el tiempo, será totalmente imposible que al menos un Shawn pueda visitar la Tierra. Cada cabello está contado, células analizadas, cualquier divergencia de la normal será detectada y este mundo peligrará.
—Pero… Es un sistema cerrado, en una base de máxima seguridad, en la capital, enterrado kilómetros de la superficie. ¿Cómo lo haré?
—¿Olvidas que yo fui uno de sus creadores?
Tenía la razón.
—Por los detalles no te preocupes. Los Shawn no quieren alterar radicalmente el funcionamiento de la Tierra, solo aprender de nosotros.
Me giré a ver a Olivia, aún rodeada de múltiples Shawn quienes admiraban en su propia extraña manera su rostro. Ella se giró hacia mi y asintió clara y serenamente.
—Entendido. ¿Cómo desactivo a Rouben?
—No, no lo desactivarás. Literalmente lo destruirás.

Toqué la superficie del espejo. El mismo rayo atravesó mi cuerpo forzándome a cerrar los ojos. Mi pecho se comprimió un poco. En menos de lo que dura un pestañeo, estaba de regreso en el mundo real. ¿Qué era real o qué era ficticio? No lo sabía. Digamos más bien, regresé a la Tierra. Sentía el aire pesado y contaminado, a diferencia del aire puro del otro mundo, forzándome a toser con fuerza.
—¿Estás bien, Saundra?
Dicha voz me asustó. Mi corazón se aceleró. Debía actuar lo mejor posible.
—Si, Rouben, estoy bien. Creo que respiré algo de polvo.
—No detecto nada extraño en el ambiente. Quizá el frío de la habitación te haya afectado un poco. Tu temperatura es un poco más baja de lo normal y tus niveles de oxígeno están ligeramente cambiados. Quizá deberíamos llamar a un médico.
Me sentí asqueada. Estas frases que él soltaba de vez en cuando y que en otro tiempo parecían que se preocupaba o estaba cuidando de mí, en realidad eran algo mucho más siniestro. El doctor no se había equivocado, Rouben no había notado nada extraño durante mi viaje al otro mundo. Miré de nuevo al espejo. No me causaba miedo ya.
—No, Rouben, estoy bien. En esta casa definitivamente no hay nada, vámonos. Detén la grabación y bórrala.
—Entendido. Llamaré al automóvil para que nos espere en la entrada.
Sabía que mis comandos no harían nada y que de todas formas la grabación quedaría almacenada en no se dónde. Abrí la puerta del apartamento y la cerré detrás. Como si supiera que no era buena idea esperar, el conserje se había marchado del pasillo.

Era hora de matar a Rouben.

«Las cadenas de San Julio de Pascua»

Se dice que los mitos urbanos son la cosa más falsa que ha existido. Pasan de mano en mano, cada persona tergiversándolos y amañándolos a sus propias creencias o haciendo un juego de teléfono roto a través de la historia. Les juro que el cuento que sigue no es falso. Quizá si lo he arreglado un poco con mis propias memorias, pero he intentado transmitirlo de la forma más fiel posible. Gracias a mi amigo Mario por recordarme anoche un par de detalles que se me escaparon. Un par de cervezas y una entretenida charla fueron suficiente paga para él.

Marisa y su gemela Elisa, Mario y yo nacimos en un pueblo un poco lejano de la capital llamado San Julio de Pascua. Se dice que es el “pueblo imposible”, porque la Pascua nunca llega en julio. ¡Ni siquiera el Pentecostés llega en julio! Para rematar, el tal Santo no existe tampoco en el santoral católico ni el ortodoxo.

¿Quién fue el genio que se inventó ese nombre? Intentamos buscar, pero nos fue muy difícil llegar mucho al pasado. Los registros históricos en nuestro pueblo son casi inexistentes, más por el hecho que nadie sabía escribir en dicha época. ¡Ni el pobre sacerdote sabía leer la comunión de la Santa Biblia! El curandero recetaba las fórmulas medicinales con dibujos en vez de palabras y cuando los primeros tomos enciclopédicos vinieron de la capital pensaron que eran bloques para azuzar el fuego en el invierno. No echaban las Biblias en el horno porque tenían las estampas de la Virgen, San Pedro o San José, Jesucristo y la Santa Cruz en la portada.
Cuando mis amigos y yo hicimos la catequesis, hace unos veinte años, le preguntamos al padre Beto que si él sabía porque le habían puesto ese nombre al pueblo.

Uy, recuerdo al padre Beto. Ese si era todo un camarada. Aclaro que le decíamos Beto no porque que se llamara Alberto, no. Le decíamos Beto porque sus padres lo bautizaron Beatriz. Por ello fue blanco de muchas burlas el pobre, hasta el día que cumplió la mayoría de edad y pudo cambiar su nombre, por Emanuel. De cualquier forma es un hombre de gran corazón.
Los padres del sacerdote no sabían que Beatriz era un nombre de niña. En la pila bautismal el sacerdote que le hizo las santas honras les pidió que le confirmaran el nombre una y otra vez. A la final no le quedó más remedio que aceptarlo y registrarlo así. La pobre monjita escriba casi se voltea de patas arriba cuando le tocó transcribir los registros.
Igual nos contó él que sus padres le compraron el vestido más lleno de encajes para su bautismo. Aparentemente lo consiguieron usado, bien barato, en una prendería de su pueblo natal. Pertenecía este a una niña que había hecho el bautismo el año pasado. A sus padres les había parecido de lo más de coqueto, así que se lo consiguieron. Durante toda la entrada a la nave de la iglesia, los feligreses de un lado y otro les decían que era una bebita preciosa, sus padres completamente inocentes de lo que significaban sus palabras. Dos días después del bautismo sus padres devolvieron el traje a la prendería. Lo bueno fue que quedó el registro fotográfico. Pero si, el padre Beto era un amigo más de todos nosotros.

El padre nos contó que nadie sabía porqué se llamaba así el pueblo. Él también había hecho su propia investigación y logró encontrar en los registros de la capital que hace unos quinientos o seiscientos años, el Rey Pirulo, Bolero Marchado de Quinta Estampa y Berruga, que Dios ha de tener en su Santa Gloria; habiendo recorrido el territorio en su ancho y su largo, “pa’conocerlo” según dice la historia, paró en un particular valle con un buen lago para “echarle una clausula real al charco”. La carroza real se detuvo, y siendo él el Rey más hablador desde el Rey Marujito, mientras “sellaba” el lago con su durazno roto al aire, para entretener a su consorte y a su séquito, estuvo preguntándole pendejadas a ellos incluyendo que fecha era, a lo que respondieron que era el primer día de julio; que festividad fue la que celebraron unos días atrás, a lo que respondieron que había sido el Pentecostés después de la Pascua; y que como se llamaba la cortesana que había “bendecido” anoche, a lo que preguntaron que a cual de todas se refería.
Una vez el rey se limpió el hoyuelo con la manga del traje y meó como un caballo borracho en el anteriormente prístino lago, declaró que por honor de su visita, le declaraba a este el Poblado de San Julio de Pentecostés, a lo cual su escriba oficial le dijo que era imposible porque no existía tal santo. El Rey declamó que se publicara y se cumpliera, se tiro un flato que ahuyento al séquito y se metió en la carroza. El escriba se equivocó en el registro y terminó escribiendo Pascua en vez de Pentecostés, a lo cual el Rey no prestó interés alguno y firmó sin leer. Allí termina dicha historia.

Ciertamente a nosotros nos costó creer tal relato. El Rey Pirulo fue uno de los pocos buenos reyes, pero si es de fiar, entonces todavía flota en el lago el hedor de dicha bendición oficial, toda vez que ahora es considerado el lago más contaminado del Reino y dónde trataron de criar cocodrilos, supuestamente para carne, pero ni los pobres se lo aguantaron y prefirieron morir de hambre en la orilla. Ni las ratas beben de este charco, y cuenta la leyenda que el último bañista que se metió allá, supuestamente porque lo retaron, estuvo intoxicado en el hospital por cinco días con su piel teñida de marrón, como si se hubiera bañado en betún.

La historia que nosotros recabamos es un poco más realista y detallada. Antes de que se nos renombrara, el pueblo se llamaba Villar de la Birra. ¿Cómo se nos pudo haber presentado este nombre tan melodioso y en honor de tan sacrosanto fluido que alegra nuestras vidas y nos da energías renovadas, cuando no nos tira al piso a expulsarlo como volcanes después del abuso?
Cuenta entonces un escriba que en real censo, en dicho poblado vivían unas cuatrocientas personas. No había mucho a manera de entretenimiento, ni siquiera tabernas, para mayor insulto del nombre. Por tanto, la gente se entretenía de otras maneras.
Un tipejo del pueblo, llamado don Juan Julio de Bosque y Pontepedra, hijo supuestamente ilegítimo del Vizconde de Alar, aparentemente buen mozo y tan velludo como un hombre lobo, enamorado de todas las mujeres del poblado, retozaba de sus delicias a menudo con estas. Un tiempo después llegó a oídos del obispo de la provincia que en dicha ciudad habían aparecido cinco o seis mujeres embarazadas como la Santísima Virgen, sin pecado concebidas. El obispo, bien creyente de la gracia del Señor, viajó con un séquito de monjas y sacerdotes para investigar el caso.

Una vez la cabalgata llegó después de su rimbombante proclamación eclesiástica, cerraron la iglesia, tomáronles a las señoras, encerráronles adentro, abriéronles sus piernas y analizáronles sus carnes vivas. Todas eran vírgenes menos una que se coló, y por ello exclamaron las monjitas alabando a la Santísima Trinidad.
Saliera el obispo de la iglesia, echando puertas abajo y declamando que esta era una tierra santa y que se había hecho un milagro en el poblado, echando agua bendita en el suelo en cada paso que dio. Se fue proclamando el milagro en una caravana de un séquito tal que se fueron rezando todo el día. Una vez de regreso al templo, preguntó en viva voz, quien había sido el ejecutor de tal milagro. El líder de la aldea fue a sacar pecho primero, a quien se adelantó el susodicho don Juan Julio, quien presentándose como hijo del Vizconde de Alar, pronunció que siendo tan devoto de la Vírgen y de la Santísima Trinidad, bendíjoles a las mujeres y enseñoles acerca de la Palabra de Dios en privado en su residencia. Demostrado esto quedó gracias a los extraños alaridos que se escuchaban en los alrededores de su residencia, que se debían a la profunda devoción que se ejecutaba a menudo en sus estudios.

El obispo agarró entonces al tipo, le levantó el brazo como a pugilista victorioso y lo alabó ante el séquito, que al principio no comprendían lo que pasaba, pero después se emocionaron en júbilo, celebrando a su conterráneo, quien parecía más sorprendido que feliz por el resultado de toda esta situación. El obispo entonces se marchó en su carroza, dejando a sus encargados para recoger los indicios necesarios para presentar el caso ante la Sagrada Congregación de Ritos y llevársela al Arzobispo, para que la llevara al Cardenal, para que la llevara ante el Santo Padre.
Una semana después, la carroza oficial se llevó todas las pruebas recogidas y al supuesto ejecutor de los milagros para la capital de la provincia. El escriba oficial le dijo al párroco, fuera de registro, que bajo las pruebas recogidas, podían dar por hecho la beatificación del susodicho.

El párroco le dijo a una de sus monjas, quien le dijo a la esposa del carnicero, quien le dijo a su esposo, quien le dijo al cerrajero, quien le dijo al vendedor de frutas, quien le contó al alcalde de la aldea. Salió este corriendo de su despacho, levantado en júbilo y declaró en la plaza central que el próximo miércoles iba a ser un día feriado, el Día de la Beatificación, y por la cercanía de la época pascual, se iba a ajustar junto con los días jueves y viernes Santos, ya acostumbrados. El sacerdote de la iglesia, también inflamado por la alegría aceptó dichas modificaciones, la consagró al Señor, bendijo la ciudad y los pasos que había dado el obispo por el terreno.
Todo estaba preparado para la celebración. El alcalde se reunió con todos sus allegados y decidieron que en honor de dicho reconocimiento, iban a rebautizar la ciudad, para el recuerdo del nuevo beato y adelantándose a las circunstancias, como San Juan Julio de Birra. El sacerdote intercedió y recomendó que ajustaran un poco el nombre en honor a las festividades religiosas que venían, además de remover el nombre de Juan, uno de los apóstoles, por encontrarlo poco adecuado. Todos aceptaron. Y así fue que quedó San Julio de Pascua. Registraron una petición oficial, la llevó un mensajero real a cuesta de caballo y de nuevo, el Rey Pirulo, que firmaba todo lo que veía y no le costaba dinero, le dio capítulo real, dando nuevo nombre a nuestro pueblo.

Un mes después regresó la carroza episcopal sin anunciarse, arrojase al don Juan Julio fuera de borda como un bulto de papas al frente de la iglesia y tirase al suelo un rollo con una proclamación oficial del arzobispado, para después salir la carroza disparada fuera de la ciudad sin mayores explicaciones. En la proclamación rezaba que después de analizar las pruebas, el equipo del arzobispo, que eran más estudiosos y analíticos, confirmaron lo que parecían los milagros de los embarazos de las susodichas, adicionando otro al registro, la de una novicia que acompañó en su primera visita al obispo y quien muy agradecida se hospedó en la casa del piadoso de don Juan Julio. Añadido a la pesquisa una inquisición que hicieron al actuar del susodicho, en cuyo resultado figuraba que “no sabía siquiera como hacer la señal de la Santa Cruz, el Padre Nuestro o el Ave María”. Por último una evaluación médica donde se resaltaba que “no estaba muy bien dotado” y que era más largo el pulgar de un bebé recién nacido que su hombría. Conclusión era que si, las mujeres eran vírgenes y estaban preñadas, pero que habían permanecido vírgenes, no por su piedad o santidad, pero por que el don Juan Julio ni una pulgada medía.

A pesar de todo, nuestro poblado un nombre nuevo tenía y cuando el pueblo se revolcó para pedir volver a su nombre anterior, además de linchar al depredador, desnudarlo en público, comprobar los hechos y exiliarlo en pelotas, el alcalde enviaría una misiva oficial pidiendo la reversa. Fue tan mala suerte que la misiva oficial llegó al Reino, y el Rey en medio de una bacanal tremenda, uso el papiro como servilleta, cerrando así el capítulo.

Uf, disculpas por toda esta narración, pero era importante hablar del lugar para que entiendas porqué hablo de “cadenas”.

Comencemos por Mario. Analítico, calculador, metódico y organizado son palabras que describen exactamente lo contrario de lo que Mario es. No lo vine a conocer hasta que su familia se mudó de un piso que estaban rentando en un poblado cercano a una casa cercana a la mía. Su familia siempre ha sido errante, pasan unos años en alguna ciudad y luego se mueven a otra. Se rumorea que son errantes porque siempre quedan debiendo la renta y cuando eso ocurre se vuelan en medio de la noche con todas sus cosas y buscan otro lugar en el cual enjuagar y repetir la historia. Ya llevan viviendo en San Julio más de veintidós años. Una de dos, o la ciudad les ha atraído, o no han tenido motivos para volarse de nuevo.
Su padre es un zapatero, plomero, electricista, carpintero, pintor, músico callejero, en fin, cualquier cosa que se te ocurra la ha hecho. Su madre es enfermera profesional, aunque tiene la fama de enfermar más a sus pacientes que de curarlos.
Ellos matricularon a Mario en la escuela del pueblo. Es la única escuela que hay, va desde jardín infantil hasta último grado de preparatoria y es tan mediocre que todos nos graduamos con honores, menos Mario. Terminó en mi curso por mera casualidad y aunque el primer día parecía ser un tipo tranquilo y callado, en tanto se enteró que yo vivía cerca de su casa, me asediaba con intensidad. A la final tuve que aceptarlo como amigo a regañadientes. Nunca fue bueno para estudiar, era muy perezoso y siempre nos copiaba las tareas, a veces sin que nos diéramos cuenta. Todos los días lo regañaban los profesores por vago o por copiar hasta los errores.
No obstante, he de darle algo a favor y es que él armó nuestro grupo. No sé como fue que terminó hablando con Marisa, quien estaba en el grado siguiente, pero así era él, un poco entrador. Se nombró presidente de la banda y nos reunía casi todos los días después de clases. Elisa entró después de su hermana y así quedó conformado el grupo. Aunque se sentía el líder de la manada, nunca hizo nada especial por nosotros, ni siquiera se acordaba de nuestros cumpleaños. Él es siete meses mayor que yo, pero un año menor que Marisa y Elisa.
Después con la adolescencia nos dimos cuenta que estaba totalmente enamorado de Marisa, la seguía a todas partes y procuraba acompañarla hacia su casa, muy al descontento de Elisa. Aunque hablaré de las gemelas en breve, bastará con decir que Marisa nunca le prestó atención a los acercamientos y pretensiones de Mario. Una vez nos graduamos y Marisa anunció que se iba del pueblo a la capital de la provincia a estudiar en la universidad, Mario sacó pecho y anunció que haría lo mismo. Si cierro los ojos aún me acuerdo del dolor de estómago tan horrible que me dio ese día. Elisa y yo nos reímos por más de cuatro horas.
Mario comenzó a trabajar en oficios varios como su padre para recolectar el dinero que necesitaba para estudiar en la capital. Sus padres creían que se esforzaba por apoyar la familia, pero no vieron ni un centavo de él. Uno de sus primeros trabajos fue como cajero en el supermercado del pueblo. Le costaba muchísimo entender para que era cada botón de la máquina registradora, a pesar de estar perfectamente etiquetado. A menudo confundía los billetes, se equivocaba con las vueltas u olvidaba entregar los recibos, se iba de su puesto a charlar con alguien, dejando a los compradores esperando por ser atendidos. Su jefe no aguantó mucho más y lo echó antes de terminar el mes.
El único trabajo en el que estuvo más tiempo fue como guardia de seguridad de la plaza de mercado del poblado. Era un trabajo que se le daba muy bien, pues a pesar de lo torpe e inepto que era, tenía un buen don de gente. Conocía a todos los habitantes del pueblo, así que solo debía estar muy pendiente de los visitantes o a las nuevas caras de la ciudad, aquellos que sabía que no venían con buenas intenciones, amenazarlos un poquito, agarrar a alguno de ellos cuando intentaba robarse algo y golpearlos mientras la gendarmería de la ciudad llegaba, o recoger a los borrachines cuando ya estaban pasados de tragos y soltarlos en la calle.
Yo no lo había visto llorar tanto como el día que Marisa se fue, ni siquiera cuando eramos niños y él se lastimaba al caerse de los árboles. Ese día pidió que les diéramos un tiempo a solas. Elisa y yo pensamos que iba por fin a confesarle su amor, pero no fue así, Marisa nos contó mucho después que solo se dedicó a darle vueltas al asunto, a preguntarle si la podía llamar o si podía visitarla.
Dos años después de trabajar en la plaza, había recogido suficiente dinero para irse a la capital detrás de ella. En una despedida que debió haber sido emotiva, proclamó orgulloso que se iba a ir para ver a Marisa y pedirle su mano en matrimonio, expectante de nuestra reacción. Siguieron tres horas de risotadas. Incluso después de que se montó en el tren y este se fue, seguíamos muertos de risa, pataleando en el piso.
Lo que sigue es el relato de la visita según Marisa, que aún tengo fresca en mi mente.

Mario se apareció en la puerta del piso de los tíos de Marisa sin avisar, sin embargo ella estaba en la universidad, así que tendría que esperar a que llegara. El tío político, quien era el único que permanecía en casa todo el día, no conocía al muchacho, nunca lo habían visto y con buena razón consideró que no sería buena idea dejarlo esperando dentro de su casa. A cambio le ofreció que podía guardar su equipaje, una maleta mediana, y le recomendó que fuera a conocer la ciudad un poco. Podría volver al caer la tarde. Mario se retiró entonces y fue a conocer la ciudad. Era esta una ciudad muy diferente a nuestro poblado. Era enorme y claustrofóbica. A diferencia de nuestro poblado, la capital era más compacta y caótica. Mario se perdió con facilidad.
Cuando Marisa regresó al piso de sus tíos, encontró la maleta esperando en la entrada. Su tío le contó acerca del muchacho, pero Marisa no le prestó mayor importancia, pues sabría que Mario regresaría eventualmente. Dos días después se apareció con la cara ensangrentada y oliendo al lago del pueblo. En su caminata había dado un giro hacia uno de los barrios más peligrosos de la ciudad, dónde fue atacado por varios sujetos que le habían intentado robar, aunque no llevaba nada más que su billetera con todos los ahorros hasta este momento. Gracias a su trabajo como guardia de la plaza de mercados, supo evitar que lo lastimaran y huir con rapidez. Fue tal la rapidez que no se enteró en que punto se cayó por una alcantarilla abierta. Intentó buscar la salida bajo el pavimento, sin embargo esa tarde cayó un vendaval intenso. El agua lo cubría hasta la coronilla. Fue arrastrado por kilómetros, el aferrándose a su vida en las paredes del sumidero. Terminó en un depósito de aguas turbias, que parecía más una piscina olímpica que un tanque. Encontró la salida pero estaba fuertemente cerrada por una puerta encadenada. Anduvo hasta que encontró una salida por otra tapa de alcantarilla. Una vez asomó la cabeza era ya de noche. Estaba en un área desconocida de la ciudad, completamente desorientado.
Contó con la fortuna que un par de policías lo vieron emerger del subterráneo y quienes, muy amablemente y de todo corazón, procedieron a cogerlo a cachiporrazos y llevárselo a la fuerza a la gendarmería más cercana. Allá lo increparon y lo metieron preso por la noche. Él les dio los detalles de Marisa, les contó toda la historia que había transcurrido hasta ahora pero no le creyeron. Era a todas vistas otro indigente más de la ciudad. Olía como tal, se veía como tal, hablaba como tal, a mucho dolor de patria. Durante todo el día lo siguieron insultando y le dieron una comida que parecía más un vómito reutilizado. A pesar que a todas vistas la identificación de Mario decía que era oriundo de otra ciudad, los policías nunca le prestaron atención por más que Mario les explicaba, incluso, se gastaron un par de los billetes que tenía él guardado en su hucha.
Al segundo día, ya sin pruebas para tenerlo más tiempo retenido, los policías lo soltaron. Lo volvieron a meter en la alcantarilla, le dijeron que no volviera a asomar la cabeza y se retiraron contentos por su buena labor. Al final, Mario pudo volver donde Marisa al tercer día, con mucha precaución y usando el escudo de la oscuridad, con la buena fortuna que ella estaba allí. Marisa no daba crédito a lo que veía y tampoco su tío.
Mario no esperó ni un segundo, le declaró su amor y le pidió la mano en matrimonio en el umbral de la puerta. Marisa hizo lo que toda mujer emocionada bajo tal prospecto haría. Le dijo que no le interesaba ni una pizca, que se fuera para un hotel, se bañara y se regresara para San Julio. Ella ahora admite que pudo haber tenido más humanidad en ese momento, pero la verdad ella prefería casarse con un saco de patatas a punto de pudrirse que con tal esperpento.
Después de tal rechazo, herido y maloliente, Mario regresó con una mano adelante y la otra atrás. Después de dormir por la noche en un hotel de mala muerte, del cual solo supo que era así hasta al otro día cuando le robaron el equipaje, regresó a la estación de tren y se devolvió sin mirar atrás. Dice que no le guarda rencor a Marisa, pero si se le nota el enojo y la frustración cada vez que hablamos de ella. Volvió a su trabajo como guarda de la plaza de mercados, donde ya lleva trabajando diez años. Ahora que el pueblo se ha vuelto un poco más turístico, tiene trabajo de sobra. Está considerando regresar a la capital para comenzar a estudiar para policía. Sabemos que él tiene la madera para hacerlo, además que encontró que es una labor muy bonita, gracias al admirable ejemplo que recibió años atrás.

Cómo mencionaba anteriormente, Marisa y Elisa son gemelas, aunque Marisa se tomó muy a pecho el hecho que es la mayor y, para mayor desdicha de todos nosotros, Elisa se tomó el papel de la niña menor. Ya es una adulta, pero aún se comporta como una chiquilla. De ellas dos, hablaré de Elisa primero.

Elisa nació un par de horas después que Marisa. Dicen sus padres que se aferraba al cordón umbilical como quien a punto de caerse se agarra por su vida del aire que le rodea. A pesar de su actitud malcriada, es una de las personas más geniales que he conocido. De pequeña ella era capaz de mantenerle el pulso a su hermana mayor, quizá no en la capacidad atlética, pero mental. Siempre sacaba las mejores marcas en los exámenes escritos, sabía declamar con profesionalismo y fue la representante escolar en los últimos dos años de nuestra preparatoria. Yo siempre la vi como una amiga muy especial, aunque un poco llorona y emocional.
Desde pequeña ya era enamoradiza y se prendaba de todo aquel que le daba la hora. Se enamoró del rector, del profesor de filosofía, del de trigonometría, del de computación. Se enamoró de todo el escuadrón de fútbol de último año. De hecho, se hizo representante escolar “por amor”. Sin embargo, siempre volvía a nuestros hombros a llorar cuando la rechazaban. Elisa no era fea, todo lo contrario. Su cara es la de una niña pequeña, pero sus ojos son preciosos, sus mejillas atractivas, su cabello largo y lustroso, sus generosas curvas, además que se esmeraba para cuidar su apariencia. Total, no es porque no sea atractiva, pero es porque parece una niña caprichosa y actúa como tal. Los hombres que ella “perseguía” decían que no querían tener una “hermanita menor” en vez de una novia, además que cuando ella se fija en alguien no tiene ojos para alguien más y se vuelve un poco posesiva por adelantado.
Uno de ellos decidió acceder a sus pretensiones, buscando “sacar provecho” de ella. Desafortunadamente para él, fue ella quien lo exprimió al máximo. Desde el momento en que se convirtieron en pareja, se les veía todo el tiempo juntos, día y noche. Se besaban en todos lugares, en público o en privado. Ella mantenía colgada de su hombro como un morral. En clase, se le veía de vez en cuando distraída, hasta el momento en que sonaban las campanas, en cuyo caso desparecía como una nube de humo a ir a su lado. Pasados unos días, lo comenzamos a ver enfermo y acabado, física y mentalmente. Una semana después, dejó de ir a la escuela. Un mes después, su familia se mudó de ciudad, aduciendo “problemas sicológicos y familiares”. Al parecer ella lo llamaba y recelaba todos los días, a todas horas, se aparecía sin anunciarse en la puerta de su casa, intentaba treparse a los árboles de alrededor para verlo e incluso entró una vez a la fuerza a su casa.
Cuando los demás estudiantes se enteraron de eso, la esquivaban como charco en la carretera. Lloraba con frecuencia y se lamentaba acerca de su fortuna. Una vez se graduó de la preparatoria, estuvo un año sin hacer nada, como yo. Durante ese periodo nos veíamos todos los días. Ella decía que buscaba escape de sus desgracias, pero yo estaba muy feliz de estar a su lado, mientras pensaba que era lo que quería hacer. Todo el mundo en el pueblo pensaba que eramos novios, pues mantenía en mi casa, llegaba temprano y se iba tarde.
Exactamente un año después de nuestra graduación, me contó que iba a comenzar a estudiar derecho por correspondencia. Ya ella se perfilaba por ese lado desde que nos graduamos, pues consumía libros jurídicos enteros con facilidad. Su padre, el notario público del pueblo, le inculcó la pasión por la abogacía y las leyes, y ella, siendo tan buena para los estudios, era perfectamente capaz de memorizar y recitar compendios completos. Ese siguiente año nos vimos muy poco, ya que ella se volcó por completo en sus estudios. La extrañé muchísimo. De vez en cuando viajaba a la capital a presentar sus exámenes, que siempre sacaba con marcas altísimas. Se veía con su hermana, pasaban un par de días juntas en casa de sus tíos y regresaba a San Julio. Orgullosa me mostraba las tarjetas de resultados. Un poco de ese orgullo se me contagiaba.
Unos meses después, y unos días después de la trágica comedia de Mario, me contó que la universidad en la que estudiaba por correspondencia le había otorgado una beca para trasladarse a la capital y estar presencialmente en sus cursos. Era la mejor estudiante de derecho de todo el Reino y era un orgullo para ellos extenderle la mano de tal forma. Así se marchó ella de San Julio.
El curso de derecho toma normalmente cinco años, pero ella lo terminó en tres y medio, incluyendo el año que estuvo por correspondencia. Era ella tan buena en su trabajo, que sin haberse graduado, recibía solicitudes de múltiples personas y empresas, pidiéndole que los representara en juicios. Sus habilidades de oratoria eran perfectas, su condición recta y segura.
Me frustraba muchísimo hablar por teléfono con ella. Cada vez que hablábamos me contaba acerca de sus novios y siempre era un tipo diferente. Después de su desilusión con nuestro ex-compañero de escuela, ella siguió siendo enamoradiza pero ahora ella le encontraba defectos a cada hombre con el que salía. Se quejaba de que su novio de turno era muy alto, muy bajo, muy flaco, muy gordo, muy pobre, muy rico, muy escuálido, muy fornido, muy calvo o muy peludo. Un día se enamoraban, al otro día se dejaban. Alcancé a contar unos doscientos o trescientos novios durante toda su carrera universitaria. ¿De dónde encontraba ella esa cantidad de hombres? Era como si conociera ella a media capital.
Para el día de su graduación viajé a verla y felicitarla, pues se graduaba con los máximos honores, con uno de los mejores promedios de toda la historia del Reino. Estaba ella saliendo en ese momento con un tipejo muy mal hablado, quien había sido su cliente en una asesoría del consultorio jurídico de su universidad. Me enojó mucho ver tal lumbrera al lado de tal tipo tan mezquino. Al día siguiente, habían terminado. Recibió propuestas de trabajo de diez o veinte bufetes de abogados incluyendo unos de la capital del Reino. Ella rechazó cada una de esas propuestas y decidió regresar a San Julio para tomar el puesto de su padre como notaria del pueblo.
Su padre, orgulloso, le cedió su puesto. Es esta una de las notarías más famosas de nuestra provincia, al punto tal que personas de la capital vienen a hacer sus trámites aquí, solo por el renombre y fama de mi amiga. Ella comenzó a ejercer un cargo similar al de juez de conciliación, lo cual la ha puesto en un puesto privilegiado en el Reino, como consultora y jurista. Sigo muy orgulloso de ella, pero preferiría que hubiera buscado ejercer en un lugar más concurrido y no en un triste pueblo sin futuro.

Marisa, Marisa. ¿Qué puedo decir de ella? Tal como su hermana menor, fue una estudiosa empedernida, sin embargo, mucho más balanceada. Era excelente en clases magistrales, pero así mismo en cursos de deportes. Muchos la veían como una machota y se burlaban de ella, pues su contextura siempre fue musculosa, muchísimo más alta que Elisa y las demás chicas de la escuela, aunque mucho menos dotada en curvatura. Era la única que le seguía los juegos bruscos a Mario, correr, subirse a los árboles y saltar de rama en rama. Todo el mundo daba por sentado que eran pareja desde chiquillos, pero a ella nunca le interesó el mundo del romanticismo. Trataba a hombres y mujeres por igual y nunca fue de amigos cercanos, a exceptuar nuestro pequeño grupo.
Desde los diez años comenzó a perder su visión y tuvo que comenzar a usar lentes. ¿Cuántos pares de gafas destruyó en su brusquedad? No tengo ni idea. Con el tiempo su pérdida de visión se fue exacerbando más y más. Esto la hizo blanco de más burlas y crueldad, sin embargo supo tolerarlo y confrontarlo con aplomo, y al final de todo quien fuera que se metía con ella, terminaba peor.
Siempre fue muy aplicada y era el personaje más equilibrado de nuestro grupo. Era tranquila, calculadora y sosegada, la única persona que podía calmar a Elisa cada vez que llegaba llorando frustrada. Excelente en balonmano y baloncesto, gracias a su participación nuestra escuela comenzó a ganar renombre entre la provincia a pesar de su ceguera, aunque nunca ganamos ningún campeonato. Desde pequeña sabía que quería estudiar negocios internacionales y volarse de la ciudad, y posible del Reino, en cuánto pudiese. Odiaba nuestro pueblo, detestaba el tener que despertarse en él, tener que dormir en él y soñaba con vivir en un lugar más grande, con más proyección y con más cosas que hacer. Tanta fue su intensidad y furia en contra de nuestro poblado, que el día de su graduación nos contó que se iba a ir a la capital a estudiar allá. Viviría con unos tíos, como te conté antes. Dos semanas después se marchó, descompletando nuestro pequeño equipo.
Durante su tiempo estudiando en la universidad no pudimos hablar mucho y solo sabía de ella por lo que Elisa nos contaba durante los dos años que estuvo aún en San Julio. Según sus historias, Marisa se fue tornando un poco retraída y callada, aunque continuó siendo una alumna excelente durante su carrera, estudiando hasta dieciocho horas al día y aunque tenía pretendientes se enfocó en su carrera al máximo. Me sorprendió mucho saber que tuvo muchas dificultades aprendiendo lenguajes y era lo que le consumía la mayoría del tiempo. Comenzó con inglés y portugués. Una vez Elisa viajó a la capital, me enteré en sus llamadas que al quinto año de su carrera, Marisa comenzó a trabajar como barista en un café cercano a su casa para allí aprovechar y practicar con los extranjeros lo que aprendía en clases de idiomas, aunque entre risas me contaba que los dejaba más confundidos de lo que los ayudaba. Me contó también que cada dos o tres meses tenía que cambiar la formulación de sus lentes y que se estaba quedando progresivamente más ciega, al punto que se tropezaba con las cosas, se equivocaba de personas al hablar o ponía su cabeza contra los cuadernos cuando tenía que escribir.
Debido a sus problemas idiomáticos y de visión, la carrera de cinco años de negocios internacionales, tomó seis. Tuvo que ver inglés en repetidas ocasiones y aunque en portugués le iba mucho mejor, su carácter retraído le causaba un poco de problemas en las interacciones con sus profesores. Se graduó seis meses después que Elisa, con un excelente promedio. No pude asistir a su graduación, por desgracia, aunque le envié un pequeño ramo de flores en modo de celebración.
Una vez salió de la universidad, comenzó a trabajar en una empresa de importaciones, dónde trabajó tres años, hasta el verano pasado. Era muy competente, acertada, puntual y eficiente. Justo antes de renunciar a su trabajo se hizo operar los ojos, logrando controlar su ceguera un poco, aunque de todas formas se cansa mucho leyendo.
De todos nosotros era quien menos creía que iría a regresar a nuestro pueblo. Tenía una carrera laboral en crecimiento, era un ídolo para nuestro grupo, pero hace unos meses decidió regresar. ¿Por qué lo hizo? De todas las cosas posibles, incluyendo sus padres o su hermana, lo hizo por algo que jamás esperaría de ella, se regresó por amor. ¿Cómo ocurrió esto? ¿Marisa, la que menos pensaba en el romance, la que siempre puso el estudio por encima de todo, devolverse a San Julio de Pascua por amor? Marisa se devolvió para declarar su amor a alguien y casarse con premura.
De hecho, hoy, el día que escribo esta corta historia, es su día de matrimonio.

¿Y yo? Mi historia no vale la pena relatarla, pues me gusta mucho más hablar de mis coloridos amigos. ¿Aún albergo algo del fuego que me atrajo a Elisa? Quizás si, quizás no. Lo único que sé es que desde que Marisa regresó nuestra vida ha cambiado. Cuando le pregunto por qué ella se enamoró de mi, siempre me dice que yo le gustaba desde que ella era pequeña, aunque siento que nunca me lo hizo saber. Quizás el hecho que no me lastimara o jugara brusco conmigo era su forma de demostrármelo.

¿A dónde nos llevará esto? Tampoco lo sé, probablemente nos deje encerrados en este pequeño pueblo. Probablemente alguno de nosotros salga por fin y para siempre. Es con un poco de nostalgia que dejo este relato, pero debo llegar puntual a la iglesia, la misma iglesia que vio a don Juan Julio rodar por el suelo como una bolsa de piedras, la misma iglesia donde se declararon las vírgenes sin pecado concebidas. Si llego tarde, Marisa se enojará.

«Más rápido que un pestañeo» (parte 2)

Dedicado a mi hermana y a mi mejor amigo, Jhon, en sus cumpleaños. Los quiero muchísimo.

Cuando el Ministerio me ofreció este trabajo, yo estaba sumergida en un caso bastante importante, un asesinato múltiple que había quedado congelado desde hace unos veintiséis años. Dos semanas después, mis compañeros y yo le dimos un giro al caso. Descubrimos que no era un solo móvil el culpable, si no un antiguo grupo delictivo que ya nos tenía con el hierro al rojo. En una operación con la armada nacional nos deshicimos del grupo y ajusticiamos a todos los cabecillas.
Extendí mi carta de renuncia y acepté la propuesta del Ministerio al día siguiente.

El Ministerio me ayudó con todo, me ubicaron un apartamento y trasladaron mis pertenencias. Me hacían sentir como una estrella de rock. Ellos compraron un espacio en casi todos los sistemas noticiosos nacionales y publicaron vídeos en los que hablaban de mis acciones “heroicas” en la capital, a pesar que en múltiples ocasiones les pedí que también le dieran crédito a mis compañeros.

Cinco días después de mi mudanza hicieron una rueda de prensa, mal llamada fiesta de bienvenida en un famoso recinto de reuniones. “Bienvenida al Ministerio, Investigadora Saundra Hoellingberg. La mejor detective de Nueva Sajonia”. Cuando yo ingresé en el salón me acosaron corresponsales de unos veinte medios noticiosos para capturar mi imagen en la entrada, como si fuera una actriz famosa. Me estaba comenzando a creer la mentira.
La conferencia fue dirigida por mi nuevo jefe, quien hacía alarde de mis exageradas por él capacidades detectivescas y daba unos datos bastante maquillados, mientras yo me aguantaba por dentro las ganas de corregirlo.
Y en el fondo de dicho pandemonio, crucé mi mirada con ella. Ella estaba apoyada contra una de las paredes, una copa de vino blanco en su mano, un vestido de cóctel color beis que acentuaba todas sus curvas. Estaba sola. No vi ningún anillo en sus manos. Cuando notó que la observaba, se sonrió y levantó su copa en forma de brindis. En una grabación que me hicieron pude notar exactamente el momento en el cual la vi. Aún me enrojezco cuando recuerdo la cara de imbécil que estaba haciendo allí.

Cuando la rueda de prensa se acabó y los medios se fueron, me obligaron a tener conversaciones de protocolo con muchos políticos. Durante todo este tiempo la busqué con la mirada. Una vez tuve la oportunidad de excusarme, me dirigí a ella como una flecha. De cerca observé su hermoso cabello rojizo ondulado al cuello, ojos azul claro, casi blancos, labios rojos y carnosos. Su nariz era menuda y en punta. Mentón en uve. Hombros delgados, contextura delgada, senos generosos, silueta contorneada, caderas menudas, piernas esbeltas. Si fuera una actriz, sería una sensación. Ella me abordó desde antes que yo llegara.

—Genial fiesta. Felicitaciones, agente Hoellingberg.
—Muchas gracias… Y tu nombre…
—Uy, perdón por mis modales, ya estoy un poco ebria. Sabrina Agnes.
Su sonrisa era encantadora. Su voz dulce y melodiosa. Me extendió la mano. Se la apreté con suavidad. Sus manos se sentían como una seda muy fina. Sentí que mi corazón se saltó un par de latidos.
—Mucho gusto, Sabrina. ¿Y trabajas en?
—Me decepcionas agente…
Su expresión me dejó congelada. La miré detenidamente mientras ella depositaba la copa sobre la mesa. Su voz se tornó fría y cortante.
—¿Alguien te dice algo y no asumes que sea falso? ¿No investigas más a fondo y comes entero? ¿Alguien te coquetea a quinientos metros de distancia en medio de una rueda de prensa y caes rendida a los pies?
—¿Perdón?
—Agente Alexa Helbund, Asuntos Internacionales.
Y así conocí a Alexa, mi única novia, el amor de mi vida. Ella burlándose de mi y yo odiándola por atrevida. Yo era la estrella en esta ocasión. Afortunadamente, todo cambió en la primera oportunidad que tuvimos que trabajar juntas.

Abrí mis ojos de golpe. Era ya tarde, con los colores característicos del crepúsculo entrando por las cortinas. Serían las cinco o seis de la tarde ya. Me desperté tirada en el suelo de la habitación del espejo. Estaba precariamente apoyada contra la cama. Intenté levantarme pero mi cabeza aún daba tumbos. Miré hacia el espejo. Mi reflejo aún no existía en él. Me puse de pie lentamente y examiné todo alrededor. Nada había cambiado.

¿Nada había cambiado?
Levanté mi mano derecha para mover el flequillo de mi cara. No era mi mano derecha, era mi mano izquierda. Volví a mover mi cabeza para observar mis alrededores. Era real, aún estaba en el “mundo inverso”.
—¡Mierda, mierda! ¿Por qué? ¡Rouben! ¡ROUBEN!
La voz salió rebotando por todas las paredes hasta regresar a mi.

Salí al pasillo. El baño estaba a la derecha, la habitación a la izquierda. La cocina abría a la derecha ahora, al fondo la sala abría a la izquierda. ¿En qué loca dimensión estaba?
Por instinto me mandé una de las manos al cortavientos. No podía encontrar mi arma de fuego.
Sentí un ligero mareo. Me tanteé todo el cuerpo. En el bolsillo aún estaba mi placa e identificación, pero mi arma no estaba en la funda. Regresé a la habitación y me agaché a mirar por todas partes, debajo de la cama, al lado del espejo, al lado de la mesa del computador. Yo pude haber jurado que antes de desmayarme no la había soltado. ¿Qué había pasado?

Salí de nuevo al pasillo y examiné la habitación del lado. Parecía tal y cual la había visto antes, mismas cortinas y misma vaciedad.
Entré al baño. Activé el interruptor de la luz, pero no se encendió. En aquella penumbra rojiza, observé mis facciones. Sentí que me había desmayado por diez o veinte años.

Era bastante extraño. Si le decía a mi cuerpo que moviera las manos, me enredaba y terminaba usando la mano o la pierna incorrecta. Pero si no lo pensaba, no me confundía. Mi cuerpo por sí mismo lo hacía. Si pensaba en moverme a un lado me equivocaba, pero si no pensaba, lo lograba. Esta desconexión entre mente y cuerpo me causaba un poco de náuseas, que tuve que controlar con mi respiración.
Me preocupaba no tener a Rouben. Muchas de mis rutinas internas eran administradas por él, incluyendo algunas habilidades investigativas, como descifrado, tomar apuntes o memorizar pistas e indicios.
Cerré mis ojos mientras friccionaba mis párpados con las yemas de los dedos. Claramente aún no podía ver a Rouben. Sabía que esta era una posible escena de crimen y no podía cambiar ningún parámetro, pero me moría por un poco de agua. Me aguanté, salí al pasillo y me dirigí a la sala.
Estando allí lo observé todo de nuevo. La pila de papeles, la mesa, la silla mecedora. La cocina en estado prístino. Aproveché para mirar si había dejado caer mi pistola en este lugar.
Alguien me la había sustraído, o se me había quedado en el “otro lado”.

Me acerqué a la puerta del apartamento. Intenté observar al otro lado de la mirilla pero no podía ver nada. Tomé la perilla de la puerta y la giré. Abrí un poco la puerta.

Mi corazón se quiso salir del cuerpo. ¿Qué demonios estaba pasando?
—¡Mierda, mierda, mierda!
Abrí la puerta del todo. Del otro lado del umbral había una pequeña escalerilla y más allá una terraza de pavimento que terminaba en una baranda. El viento me revoloteaba el abrigo y el cabello. Salí y caminé hasta el límite. Me asomé hacia abajo. Vi una calle, algunas lámparas, pero ningún ser vivo. ¿Qué era esta ciudad? No se me parecía a ningún lugar que había conocido. Los edificios que podía ver bordeaban los quince pisos y el aire era menos denso que en la capital o en mi ciudad. Intenté observar algo que pudiera leer, que me regalara la identidad de este lugar, un letrero o publicidad, pero no pude identificar nada desde mi posición. Me giré a ver “el apartamento”.

Podía sentir mi corazón en la garganta. El apartamento no era tal por fuera. Era una caja monolítica de, al parecer, algún metal pintado de blanco. Su superficie era perfectamente plana. Solo había una abertura para la puerta y para las ventanas, lo que permitía que entrara la luz. El apartamento estaba levantado del suelo unos cincuenta centímetros. Cada cosa que observaba se volvía más una pregunta que una respuesta.
Seguí bordeando la terraza tratando de identificar mi localización. Al fondo, bordeando esta ciudad, había un par de montañas y un poco más cerca un par de letreros, los únicos que pude identificar. “Fume Cigarrillos Camel” y un anuncio para un automóvil. Ninguna de las marcas me sonaban. Me detuve a pensar un momento. ¿Fume cigarrillos? ¿Fumar? ¿Cómo humo? ¿Qué era un cigarrillo? ¿Qué demonios significaba eso?
Seguí caminando alrededor de la terraza. En una de las esquinas vi una pequeña edificación con una puerta. Posiblemente el ascensor para bajar de la terraza. Regresé al apartamento y di una vuelta adentro. Revisé de nuevo la cocina, la sala, la habitación vacía, el baño y la habitación del espejo. Aún no existía mi reflejo. Toqué la superficie de este con mi dedo como esperando un resultado, pero no ocurrió nada. El computador seguía indicando que estaba “sin conexión”.
Regresé a la entrada y pensé que hacer con la puerta. Si la cerraba, quizá no podía volver a entrar. Si la dejaba abierta, era posible que lloviera o alguien más entrara, destruyendo la escena. Me quité el abrigo y ajusté fuertemente el pestillo de la puerta contra una de las mangas de este. Era mejor pasar frío a perder el acceso. Ya que no tenía la pistola, dejé la funda al lado de la puerta. Me estorbaría muchísimo.

Verifiqué de nuevo que todo estuviera en orden y me dirigí al ascensor. Excepto que no había tal. Después de abrir la puerta observé una escalera. Los rieles eran sólidos y de madera. Bajé con cuidado sosteniéndome de la baranda. Después de veinticuatro vuelos y ninguna otra puerta alrededor, llegué agitada a un pequeño descanso. En una pequeña estantería habían unas cajas de cartón con aceite y unas tijeras gigantes, entre otras herramientas. Al final del descanso existía una puerta de metal. La abrí.
Una larga calle se abría a ambos lados. La misma calle que observé desde la terraza. Miré el edificio de dónde emergí. Estaba hecho de ladrillos y cemento, con ventanas marcando líneas en su sólida forma. Torné mi mirada al cielo. Parecía que estaba más iluminado. Sin embargo, no había ni un rastro de humanidad, así como dentro del apartamento. El viento me revolcaba el cabello. Decidí caminar hacia donde había visto los anuncios. El aire se sentía diferente, mucho más limpio. Era la primera vez en mi vida que respiraba aire puro. Desde pequeña, la bruma era lo único que llenaba mis pulmones.

Más adelante vi lo que parecía un negocio. Miré hacia adentro y no había nadie. Intenté abrir la puerta y estaba firmemente cerrada. Continué caminando. En mi recorrido vi otros lugares similares, pero el resultado era el mismo, incluso después de hacer mucha fuerza sobre las puertas.
Después de unos veinte minutos llegué a un espacio abierto, un parque con altos árboles, varios asientos y un pequeño lago. Definitivamente, esta no era mi ciudad. Miré a los edificios que le rodeaban, en los más altos estaban los anuncios que había visto desde la terraza. Traté de buscar algo que me indicara el nombre de la ciudad o la fecha, pero sin contar los anuncios que observé, no había más texto en las calles, ni siquiera nombres de los almacenes. No había ni un alma en el lugar y los basureros estaban vacíos y limpios, sin hojas de los árboles caídas en el suelo.

Me senté en una de las bancas del parque. El clima estaba precioso. Jamás en las ciudades donde he vivido sentiría algo así. Miré mis manos. ¿Qué demonios era lo que estaba pasando? Me sentía en uno de aquellos sueños extraños que tenía a menudo. Todo se sentía increíblemente artificial, como si alguien lo hubiera creado a modo de monumento, un recuerdo de un pasado que se ha ido. Me recosté contra el espaldar y miré al cielo de nuevo. Si esto fuera mi mundo normal no pensaría ni dos minutos en ponerme a ver la polución de que recubre la atmósfera.

—Señorita, buenos días.
Me levanté del asiento como un resorte. Por costumbre me mandé la mano al pecho. De nuevo, el arma no estaba allí.
—Tranquila, señorita. Pero nos preguntamos, ¿qué hace usted aquí?
Observé el sujeto que me hablaba. Era unos centímetros más bajo que yo, un poco gacho, tenía puestos una camisa de manga larga azul claro, pantalones de lino café claro y zapatos negros muy bien lustrados. A manera de bufanda llevaba una tela larga y extraña de color rojo que le daba dos vueltas alrededor del cogote y le caía a ambos lados del pecho.
Tenía el cabello cano, corto y un poco desordenado, con un espacio en la coronilla donde ya escaseaban los pelillos. Sin embargo, por más que intentara fijarme en su cara me era imposible. Miraba sus ojos y cada vez que yo pestañeaba o intentaba fijarme en otra de sus facciones, cambiaba súbitamente de apariencia. Igual pasaba con su nariz, con sus labios, con las ojeras, el mentón, las cejas y los pómulos. A veces todo parecía encajar perfectamente, pero en cuanto movía mi mirada, el conjunto desaparecía y volvía a ser una confusión de partes sin orden. Parecía ser un hombre, una mujer, un niño, o más bien una extraña mezcla de todos. Su cara parecía un caleidoscopio que nunca cesaba de girar.
Estaba estupefacta. No sabía que decir, no sabía que hacer. Cerraba mis ojos con fuerza. Aquella aberración me tenía alterada.

—Yo…
—Creemos que no debería estar usted aquí, señorita.
Recordé lo que había pasado. Me friccioné los ojos.
—No, señor, yo…
—No me entiende.
Abrí mis ojos. El señor tenía lo que parecía mi arma de fuego en su mano, apuntándola decididamente en mi dirección entre mis cejas.
—Usted no debería estar aquí, señorita.
La adrenalina recorrió mi cuerpo de pies a cabeza. Me puse en pose defensiva.

—Espere, espere, espere, señor.
—Sigue llamándome señor, señor… ¿Qué significa eso, señorita?
Noté como su ceño, si este existía en realidad, se curvó de forma inquisitiva.
—Yo, yo no sé dónde estoy. De repente aparecí aquí.
—¿De repente, dice? Nadie viene aquí de repente, señorita.
—Se lo juro, se lo juro. Hay un apartamento, no muy lejos de acá, hay un espejo…
Me tragué las siguientes palabras.
—¿Apartamento? ¿Espejo? No comprendo esas palabras, señorita.
Decidí que lo mejor era intentar quitarle el arma al señor. En mi posición intenté inclinarme hacia él. Si era lo suficientemente rápida se la podía arrebatar. Quizás si giraba hacia la derecha podría evitar que me disparara.
—Si, a unas cuadras de acá hay una casa en el techo de un edificio. Allí fue donde desperté en este lugar.
Seguía aproximándome despacio. Mis movimientos eran lentos pero calculados. Ya lo había hecho muchas veces en el pasado.
—¿En el techo? No sé de que me habla, pero es obvio que usted estorba en este lugar, señorita.
En mi posición un poco agazapada, concentré mi sangre en mis pantorrillas y muslos. Sentía como las hormonas hervían por mis venas.
—Si, si me lo permite lo llevaré, pero por ahora suelte el arma.
—¿El arma? Otra palabra que no puedo entender, señorita.
—Si, ¡el arma!
Mis músculos se dispararon como un fusil, como si tuviera dos resortes presionados en su máxima tensión. El tiempo se dilató. Mientras iba en el aire, di un giro hacia la derecha, esquivando la línea de vista del arma. Sentí cortar el viento con mis movimientos. Extendí mi brazo derecho, o izquierdo, no sé cual, para alcanzar el antebrazo del señor y apretarlo, mientras seguía girando. Mi ángulo estaba un poco bajo, posiblemente tenía que rodar un poco una vez recuperara la pistola.
¿Qué expresión estaba haciendo el viejo? No tenía ni idea, era imposible reconocerlo. Parecía congelado en su posición. Una vez alcancé con mi mano su antebrazo, le presioné con fuerza. Sin embargo, lo que presioné fue el viento.

Me di de costado contra el suelo, arrastrándome unos tres o cuatro metros contra el prado del parque. Estaba disipando la adrenalina por los poros. Di un giro en el suelo y me arrodillé con velocidad. Volteé mi cabeza a todos lados, ¿dónde estaría el viejo?
Me puse de pie y miré a mi alrededor. Mis piernas se prepararon para huir. Y de nuevo, como un disparo corrí a toda marcha hacia uno de los edificios que rodeaban el parque. Me escondí detrás de la esquina de un edificio. Intentaba capturarlo todo desde mi punto de vista, pero no había ni sombra del sujeto.
Él seguramente tenía mi pistola, o alguna otra pistola. Mis sienes se habían puesto un poco pegajosas y mi aliento a licor regresaba lentamente.

—Ya ha pasado mucho tiempo aquí, señorita.
Mi corazón se detuvo. Me giré despacio. Detrás mío estaba el mismo tipo. Sentía como mis piernas comenzaban a ceder. El tipo seguía señalándome con el barril del arma, directo en la cabeza.
—No creo que sea buena idea que me dispare. Conversemos con calma.
¿Cómo se había aparecido este sujeto de la nada?
—Con tranquilidad, suelte el arma y hablemos.
Disminuí el tono de mi voz. La hice más acompasada, más sosegada, a pesar de tener mi respiración agitada.
—No es una buena solución, señorita. Usted es una intrusa.
—¡Pero no fue mi intención entrar a este mundo! Ocurrió por error.
—No pudo haber sido un error. De nuevo, aquí no se entra por error, señorita.
Boté todo el aire de mis pulmones y respiré profundo.
—Estaba en el apartamen… La casa del doctor Ibrahim Assaud. Estoy buscándole. Toqué un espejo, un aparato y terminé acá.
El tipo se quedó congelado y en silencio por lo que pareció una eternidad.
—¿Conoce al doctor Assaud, señorita?
—¡Si, si! Necesito verlo, necesito hablar con él.
De nuevo se quedó congelado.
—Quiere hablar con Dios, señorita.
Me asusté. Por inercia me puse en posición para volver a correr.
—No, no, no con Dios. Quiero hablar con el doctor Assaud. ¿Sabe dónde lo puedo encontrar?
—Si, sabemos. Pero no la podemos llevar allá sin permiso de Dios.
Recordé lo sedienta que estaba. Aclaré mi garganta.
—¿Y como obtengo el permiso de Dios? ¿Debo hablar con él?
El sujeto giró su cabeza a un lado, como si no comprendiera mis palabras.

—¡Ya basta!
Un grito como un relámpago cayó sobre ambos. Por instinto me cubrí la cabeza con las manos y me agaché un poco. Giré para ver la fuente de dicho vozarrón. No vi a nada, ni nadie.
—Permiso otorgado. Tráiganla donde mi.
Parecía que dicha voz hubiera surgido del mismísimo cielo. Me giré a ver el anciano. Aunque seguía apuntándome con la pistola, parecía atemorizado, un poco acurrucado incluso.
—Si señor, Shawn la llevaremos a la señorita, mi señor.

Después de un par de segundos y de no escuchar aquella “voz de Dios” de nuevo, me puse de pie. El “Shawn” volvió a su postura original. En ningún momento dejó de apuntarme con el arma.
—Ha de seguirnos, señorita.
El viejo comenzó a caminar de regreso hacia el parque. Noté que sus movimientos, que no había visto hasta ahora, parecían poco naturales, mecánicos, como un robot mal programado. Sus piernas se movían sin ritmo ni cadencia, más bien flotando y cojeando sobre el aire. Su cara, más bien su cabeza, se había girado para observarme a pesar de ya estar varios pasos hacia el frente, en un ángulo que sería imposible para un ser humano. No pude apreciar su cuello, cubierto por la frondosa bufanda roja. Su brazo derecho, o era el izquierdo, seguía apuntándome en una pose bastante innatural, que hubiera requerido que una persona se hubiera dislocado el hombro. La mirilla aún estaba fija en mi entrecejo.
Una vez se adelantó un poco, lo seguí. Su espalda, glúteos, pies y el otro brazo eran normales, eran lo que yo esperaría en un humano normal. Cruzamos la calle y regresamos al parque. Mientras la adrenalina se iba disipando, sentí un poco de dolor en mi brazo. En el intento de arrebatarle el arma había caído fuerte en mi hombro, y aunque estaba un poco acostumbrada a estos esfuerzos por mi línea de trabajo, el haberme contorsionado de esa manera y arrastrado por el suelo ya me estaban cobrando la factura.
Caminamos por un sendero, mientras el “Shawn”, fuera lo que fuese, nunca dejó de observarme. Pasamos al lado del pequeño lago que había en la mitad. Era increíblemente transparente, perfecto incluso, solo siendo revoloteado un poco por el viento. Podía ver el fondo, una fosa llena de pequeñas piedrecillas blancas. Durante este tiempo, me friccioné el brazo con la otra mano para que se me calmara un poco el ardor.
Mientras continuábamos caminando, noté que el parque era perfectamente simétrico. Los árboles, los bancos, el lago, todo era una repetición perfecta de lo que se vería de la otra acera. Comenzaba a perderme un poco. Los edificios del alrededor si eran un poco diferentes, pero si me dieran dos o tres vueltas con los ojos vendados, estaría completamente perdida.

El anciano se detuvo en frente de un edificio, el que tenía en la parte de arriba el aviso de “Fuma Cigarrillos Camel”. Al frente, había una entrada bastante sencilla, dos puertas de vidrio con unas manijas de metal muy bonitas y brillantes. Eran tan perfectas que me daba pesar tocarlas con mis manos sucias. El edificio tendría doce o trece pisos. Del otro lado se observaba un espacio brillante e incólume.
—Ha de entrar en este lugar, señorita.
—Está bien, Shawn.
Me sonreí para mis adentros.
—Adelante.

Me apoyé contra una de las manijas y la puerta se abrió sin mucho esfuerzo. Al otro lado existía una habitación inmaculada, como ya había visto, las paredes eran de mármol gris, asimismo el suelo. Unas columnas en estilo clásico se elevaban en cada una de las esquinas y el cielo raso era de color blanco mate. Además de esto, no había ningún otro adorno y ninguna forma de iluminación. No obstante, el lugar estaba bien iluminado. En medio de mi sorpresa, por inercia di un par de pasos al frente. La puerta se cerró con un golpe detrás mío. No había más a dónde ir. No había puertas ni ventanas. Me giré a observar el anciano.
—Hey, aquí no…
En tanto dije estas palabras, el suelo y el techo comenzaron a moverse suavemente hacia abajo, la puerta de salida elevándose por encima de mi cuerpo. Me moví como un rayo, pero lo que alcancé a tocar de la puerta se deslizaba con rapidez hacia arriba. Una pared exactamente igual a la de los lados se iba revelando lentamente en su lugar, mientras el suelo seguía moviéndose, como un ascensor. Me giré. Cada una de las demás paredes se iba moviendo hacia arriba. Lo único que era continuo en este elaborado elevador eran las columnas y yo.
Me paré en el centro de la habitación con mis piernas de nuevo preparadas para la acción. Daba vueltas despacio sobre mi propio eje, preparándome para lo peor. Un sudor frío comenzó a manar de mis axilas y mi frente. Olvidé que lado era el frente. Ya sumergida varios metros bajo la tierra, no había forma de identificar que orientación tenía o por dónde había entrado.
Después de un par de minutos, dejé de sentir el vértigo del movimiento del piso.

—Bienvenida, agente Hoellingberg.
La misma vozarrón surgiendo de la nada.
—¿Cómo sabe mi nombre?
—”La mejor detective de Sajonia”, ¡quién no la habría de conocer!
—Ugh.
Odiaba ese apodo. Pero se había equivocado, era de “Nueva Sajonia”. Sajonia era el país que existía antes de la guerra. Me giré a todos lados. No pude encontrar la fuente de aquella voz.
—Espero pueda disculpar mi pobre comité de bienvenida, a veces me es imposible controlar lo que Shawn hace.
Quien fuera que fuera, me conocía y era considerado por el anciano como el Dios de este mundo.
—¿Quién es usted?
Una carcajada fuerte que hizo retumbar el suelo rebotó por las paredes del recinto.
—Los Shawn me consideran su Dios, pero solo soy un pobre tipejo que dio con este lugar por accidente.
—¿Doctor Assaud?
En cuando dije esto, una de las paredes detrás mio se abrió con un golpeteo. Me torné a mirar. Detrás de dicha muralla había un espacio amplio de paredes de mármol café y suelo similar al del ascensor. El techo era unas dos o tres veces más alto, de color anaranjado como la terracota. Aún no pude identificar fuentes de luz, pero todo adentro estaba completamente iluminado. Ocho columnas de mármol parecían sostener el techo. Al fondo del recinto, un pequeño altillo daba hacia una mesa. Me aproximé con mucha cautela.

El piso rechinaba con cada paso de mis zapatos deportivos.
—¿Doctor?
Todo alrededor estaba increíblemente limpio. El aire no tenía ningún aroma, solo podía sentir el olor de mi sudor y de mi aliento. Giré mi cabeza hacia atrás, aún estaba el ascensor detrás mio.
Una vez llegué al altillo me aproximé a la mesa. No era tal. Era un ataúd levantado muy por encima de la superficie del suelo. No parecía tener tapa ni cerradura, pero si tenía una ventana de tamaño completo de un vidrio incólume en la parte de arriba. Debajo de la ventana estaba el cadáver de alguien. Busqué en mis memorias. Una chispa cayó como un rayo en mi mente. No tenía a Rouben, pero esta persona la recordaba claramente.
—¡Doctor Assaud!
Debajo de la ventana de vidrio estaba el cuerpo, aparentemente sin vida, del doctor Ibrahim Assaud, el mismo sujeto que me habían encargado buscar. ¡Por fin lo había encontrado! El mismo sujeto que se apareció hace unos días en el edificio de la Academia, el mismo que el señor Buster me había dicho que no había visto desde hace seis días.
Lo observé detalladamente. Estaba vestido igual que el viejo Shawn, una camisa color azul claro, pantalones café claro, medias azules, zapatos negros, bufanda apretada alrededor del cuello. Su tez era viva, no maquillada. No parecía un cadáver, parecía como si respirara, como si en un minuto fuese a saltar fuera del féretro. Sus brazos a ambos lados se extendían naturalmente, su cabello blanco bien peinado, su cara con un semblante apacible. Noté su cara, una cicatriz en la ceja derecha, sin un dedo en la mano derecha.
No pude ver ningún otro detalle adicional que fuera significativo. Sin duda alguna, este era el doctor Assaud. Respiré profundo. Mi sudor se volvió un poco pegajoso. Sentí un poco de asco. Intenté mirar si él respiraba, pero no vi ningún movimiento en su pecho. Apreté los ojos.
Levanté la mirada. Me asusté un poco y di un paso hacia atrás.

El anciano sin cara, casi clon del doctor Assaud, me apuntaba de nuevo con mi pistola en el entrecejo.
—Un momento, un momento.
—Si, ese cuerpo era yo, agente Saundra Hoellingberg.
La misma voz que emergía del vacío. Miré la cara del cadáver. No se había movido ni un milímetro.
—¿Sorprendida?
Si, pero más que sorprendida, estaba asustada. ¿Quién era esta voz? ¿De dónde salía?
—Pero usted está…
—¿Muerto? Claro que si, he fallecido. No hay otra forma de decirlo.
—Y entonces, ¿desde dónde…? ¿Cómo?
Mi corazón comenzaba a bombear sin límites. El sudor frío llegó a las palmas de mis manos y lo sentía ahogando mis pies dentro de mis medias. Escuché una carcajada más.
—Tranquila agente. Déjeme explicarle. Tome asiento.
—¿En dónde, en el suelo?
—Mire detrás suyo.
Efectivamente, el “Shawn” estaba detrás de una gran silla con cojines carmesí, su estructura de madera marrón tenía tallados motivos florales bastante elegantes. ¿De dónde había salido esta silla? Había jurado que no había nada en este recinto más que el altillo, las columnas y el ataúd. Este Shawn seguía apuntándome con una pistola. Me giré. El Shawn al otro lado del ataúd seguía allí. ¿Eran dos?
Me senté en la silla. Me resultó muy cómoda.
—Debe tener sed. Es usted una auténtica atleta.
—No se burle de mi, doctor.
Escuché en vez de una carcajada, una risita melodiosa.
—¡No me burlo, agente! La forma como se lanzó y trató de agarrar al Shawn fue increíble. Si hubiera sido un humano corriente, le hubiera robado la pistola sin que se diera cuenta.
El Shawn se acercó a mi, trayendo en una mano una bandeja con un vaso con agua. En su otra mano, la pistola seguía señalando a mi cabeza. Tomé el vaso y sorbí un poco. Era definitivamente agua, aunque quizá un poco más sabrosa de lo normal. Miré al frente, el otro Shawn seguía apuntándome desde el otro lado del féretro. Era increíblemente atemorizador. Es como si hubiese múltiples copias del mismo tipo, sin cara alguna.
—Se lo contaré todo, agente.
—Está bien.
Sorbí un poco más.

—¿Sabe de que trata mi investigación? Supongo que Rouben la puso al tanto.
Me puse al borde de la silla, casi a levantarme.
—¡Rouben! ¡No he podido contactarlo desde que llegué acá!
—Todo a su tiempo, Saundra. ¿Lo sabe?
Me volví a sentar.
—Si. Usted es un investigador jefe de la Academia de Ciencias. Su especialidad es óptica. Su investigación principal es…
—Ah, si… Transportación inalámbrica de partículas elementales. Si todavía tuviera boca, se me llenaría hablando de esto.
—¿Y eso que tiene que…?
—Todo. Todo tiene que ver. Estimada agente, ¿usted de que está hecha?
—Pues… De… ¡De lo que soy yo!
—¿Y eso es?
—Hum… ¡Déjese de rodeos!
De nuevo una carcajada.
—Más allá de pedazos de cuerpo, carne, huesos, lo que sea, usted está hecha de, oh curioso, partículas elementales. Finos hilos de energía primaria que componen los quarks, que componen los átomos, que componen las moléculas, que componen las estructuras, que componen sus órganos, que la componen a usted. ¿Me equivoco?
Entendía pero no entendía a la vez. Si, esto era física de escuela, pero… Oh, Dios.
—¿El espejo me transportó?
—Si tuviera manos le aplaudiría, ¡exacto!
Escuché un par de aplausos alrededor mío. Me giré a ver. Lo que eran dos o tres Shawn ya eran diez o doce. Los tres alrededor mío seguían señalándome con armas mientras los demás aplaudían.

—Ahora bien, siguiente pregunta del examen. Imagine un agujero negro. Cuando la luz, que está hecha de fotones, partículas, y a su vez de hilos de energía, pasa cerca, sin caer hacia este, ¿qué ocurre?
Respondí decidida.
—Cambia su trayecto. A los ojos observadores, pareciera que se deforma. Pero esto no solo ocurre con la luz. Hasta la misma gravedad, todo se deforma.
—Es una respuesta adecuada, incompleta, pero adecuada. Ahora bien, si pudiera extraer los hilos de energía en sus partículas y los pudiera convertir a luz y deformarlos, ¿esto violaría las leyes físicas?
Pensé un momento.
—Pues de ser posible, no, creo que no.
—Ahora bien, ¿qué hace un espejo con la luz?
—La refleja.
—¿Segura?
—Muy segura.
—¿Y si las partículas que componen el espejo pudieran, como dice, deformar la luz?
Me comenzó a dar un poco de dolor de cabeza.
—Espere, espere… Pero todo esto que estamos hablando es teórico.
—Lo es. Todo es un simple y llano escrito, una explicación de miles acerca del universo. Y sin embargo usted está aquí. El espejo no es tal, es un sistema de conversión de sus partículas en luz y de transmisión de dicha luz a través del espacio.
Mi boca se abrió. Meneé mi cabeza como tratando de quitarme una venda.
—Un segundo, pero esto no explica porque…
—¿Usted no tenía un reflejo?
Otra vez se me robaba las palabras.
—Lo que emite el espejo, estimada agente, no es un reflejo. Es la viva imagen de lo que hay al otro lado. La luz no rebota en este espejo, porque no es un espejo.
—La luz se transmite a través de él.
—Exacto.
De nuevo aplausos, aunque con más fuerza que la vez anterior. Volví a girarme. Había incluso más Shawn alrededor mío.

—Y por eso no había reflejo, porque yo en realidad no estaba del otro lado. O de este, más bien.
—Así es. ¡Pero este mundo no es en verdad un espejo del otro!
—De nuevo, el espejo no es tal.
De nuevo meneé mi cabeza para recobrar mi borrosa visión.
—Pero un momento, ¿por qué Rouben no identificaba la anomalía?
Una risotada muy fuerte hizo vibrar el piso.
—¿Tú crees, estimada agente, que iba a permitir que Rouben, un subsistema que está conectado con todos los sistemas del mundo, controlando y vigilando cada uno de los latidos y pasos de los que lo tienen instalado; informara a diestra y siniestra, a quién sabe qué manos y qué intereses, la naturaleza de mi investigación? ¿La naturaleza de este mundo? ¿De los Shawn?

Sentí un mareo. Sabía que esto era real. Sabía que Rouben capturaba mi día a día, que tenía acceso a toda mi información, a mis cosas personales, a mi imagen, mis pensamientos, a mi cuerpo desnudo. Estaba integrado en mi. Sabía mi conteo calórico, el número de glóbulos rojos en mi sangre, de mis vellos púbicos. Me recogí con miedo en la silla. Me abracé. Comencé a sentir un leve temblor.
—Rouben fue un proyecto que me obligaron a colaborar en su creación, agente. En todos tus implantes, incluyendo el que te da la capacidad de verle y hablarle, en alguna parte dejé mi huella. Y es por ello que no pudo detectar anomalías en el espejo. Y es por ello que en este universo, ninguno de tus implantes funciona. Están desactivados.
Sentí mucho frío. Uno de los Shawn se me acercó y me puso el cortavientos encima. ¿Cómo lo había traído desde la terraza? No quería pensar. Yo estaba acurrucada. No comprendía nada.
—¿Sabes que significa Rouben?
Mis dientes tiritaban. Respondí con poco aliento.
—Es solo un nombre.
Escuché una risita.
—Si, claro, es solo un nombre. Eso es lo que le dicen a todos los que le sirven de terminal. En inglés diría yo, hum, Realtime Observation Unit, Behaviour Enforcer and Neutralizer. Unidad de Observación en Tiempo Real, Ejecutor y Neutralizador de Comportamientos. ROUBEN.
Aspiré profundamente. El temblor era ya real. Sentí muchas náuseas. Sentí como mi estómago se revolcaba. Me caí de la silla.
—No, no, no, agente. ¡No me defraudes!
Varios Shawn me rodearon, se me acercaron, me tomaron de los brazos y el torso; y me levantaron. Me dejé levantar como un títere con las cuerdas rotas. Me sentaron de nuevo en la silla. Mi cabeza estaba tirada a un lado, mi mirada apuntaba al vacío. No veía nada. Era como si mi cerebro estuviera desconectado del resto del cuerpo.
—No, no, Saundra. Pensé que de todas las personas del mundo tu serías la única que comprendería.

Aquellas palabras me hirieron. Sentí como mis mejillas se ruborizaban y como la sangre volvía a mis músculos. Sentí mi cabeza arder. Mi rabia súbitamente se alzó. Mi corazón comenzó a latir a mil por hora. Me levanté con fuerza de la silla. Grité con fuerza.
—¿Y por qué yo? ¿Por qué de todo el mundo, de las doce mil millones de personas que habitan en él, por qué yo?
Una carcajada más fuerte.
—¡Por qué eres la mejor detective de Nueva Sajonia!
—¡A la mierda con las etiquetas, doctor!
El temblor en mi cuerpo desapareció. Solo mi puño firmemente apretado temblaba bajo la presión de mi ira.
—¡Y aún así, no me equivoco!
—¿De qué diantres habla?
—¡De qué tu eres la única, la inquisidora, la que fue, es y será, la única que lo cuestiona todo!
De mi pecho salió un grito enfermo.
—¿De doce mil millones una? ¡No me haga reír!
—De todas las personas en Nueva Sajonia, de tu edad y de tus capacidades, de tu inteligencia y perspicacia, de tu integridad como ser humano y como investigadora, de tu compromiso por la causa de la justicia, eres la única en que puedo… No, en que podemos confiar, investigadora agente Saundra Hoellingberg.
Y de nuevo aplausos. Muchísimo más fuertes. Me giré a mirar alrededor. En este lugar habrían cientos, si no miles, de Shawn aplaudiendo. Caí de rodillas. Le di un par de golpes secos al suelo. Mis puños se apretaron al punto de doler.

—Digamos que le creo, doctor. Sin embargo, tendrá muchas más cosas que explicar.
—Con mucho gusto, te responderé lo que quieras. Pero de veras, necesitamos de tu ayuda.
Le di otro golpe al suelo. Pequeñas lágrimas empañaron mis ojos.
—¿Qué necesita de mi?
—Levántate, toma asiento y escucha.

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