«La leyenda del perro con el hocico hundido»

Esto no es una historia de la vida real. Pero quizá lo podría ser. Queda a juicio de ustedes, mis queridos lectores, hasta dónde creer y desde dónde imaginar.

Hace varios años, en los largos (o incluso cortos) fines de semana mientras estaba en la universidad, era normal querer distraerse no simplemente quedándose en la ciudad, divagando en centros comerciales —para los cuales no había dinero para comprar—, o buscando exóticas comidas —para las cuales no había dinero para pagar—, o tratando de parecer suficientemente elocuente ante mis pares, lo cual era casi un cincuenta cincuenta.

A menudo nos retirábamos del enjambre urbano para terminar en recónditos lugares de las veredas alrededor de la ciudad, a las cuales se accedía subiendo a un cómico pero incómodo bus de aquellos que llamamos “escalera” en mi país, o en un registro más humilde, una “chiva”, que aunque precariamente, puede subir los montañosos relieves de la geografía de mi ciudad y mi país, franqueando francamente peligrosos parajes por los cuales no creeríamos un aparato de tal magnitud pudiese atravesar. Incontables veces mis amigos y yo mirábamos nuestra vida pasar frente a nuestros ojos al ver los precipicios por los cuales rodaríamos en caso que la fricción del automóvil con el suelo jugara en nuestra contra.
Pero esto nunca nos pasó. Por algo aun estoy escribiéndoles.

Resultado de ello, a menudo, se armaban interesantes interacciones con los habitantes de dichos lugares, en las cuales lo cotidiano quedaba reducido a un quinto plano y sus vivencias se convertían en núcleos alrededor de los cuales giraban leyendas y mitos que distaban bastante de aquellas que siempre son repetidas, como la Patasola o la Llorona.
Y aunque estas dos son más famosas que las demás, y están siendo olvidadas por las nuevas generaciones y su explosión de información, deseo de todo corazón que continúen siendo transmitidas hacia el futuro. Es notable entonces que de aquel par aún se puedan encontrar registros en repositorios e internet y cualquier joven con curiosidad abundante puede buscar y encontrar una interesante cantidad de información respecto de ellas.

De esta que voy a relatar aquí, no tanto. Es un cuento más local, del cual un manojo de personas conoce, y por eso quería homenajear al plasmarlo en letra.

Esta historia es acerca del “perro con el hocico hundido”. Sé que el nombre no suena atemorizador, y que después que hablemos de este nos vamos a reír juntos, aunque en diferentes momentos y con diferentes intensidades.
Es normal para las casas del campo, especialmente las más humildes, tener uno, o varios animales de compañía que vigilen celosos los confines del terreno. Es una parte maravillosa de la interacción que llevamos con los perros, y de dónde radica la denominación del “mejor amigo del humano”. Sin embargo, los humanos somos seres increíblemente crueles, y no bastando descargar nuestra ira hacia nuestros pares, algunos nos dirigimos hacia nuestros compañeros de viaje en la Tierra y soltamos nuestra ira contra ellos, quienes no tienen mayor capacidad de expresar sus sentimientos, incluso cuando aquellos seres no tienen la culpa de nada, ni siquiera de sus impulsos e instintos.
Es algo tan abyecto y doloroso para mi, que me cuesta incluso escribirlo.

Ocurrió entonces que un vecino de una de aquellas veredas, caminando bastante borracho desde la taberna del centro del pueblo hacia su casa, bajo el manto de la oscuridad y sin mayor iluminación, casi tambaleándose precariamente en el empedrado, escuchó un suave chillido que emergía de la mitad de la carretera. El tipo se aproximó a la fuente del sonido, arrancando de su cinturón una vieja linterna de metal, una de esas que podía ser usada como bolillo para defenderse. La encendió y apuntándola a la carretera, notó un pobre perro que había sido atropellado, quien sabe hace cuántas horas, y yacía allí expirando sus últimas notas.
El hombre, quien más bien sabía nada de veterinaria, decidió recoger al animal y llevarlo a su terreno, quizá con más ánimo de regalarle al animal un descanso hasta el momento que este expirara. Él ya tenía dos perros en su finca, un tercero, sin mayor esperanza de vida, no sería un problema.
Sus otras compañías corrieron al olfatear el aroma de su humano, en tanto se aproximó al portón de su terreno. Los dos perros comenzaron a ladrar con fuerza, pues reconocían que el hombre llevaba un congénere de ellos en sus brazos. Una vez en casa, la esposa del hombre se despertó ante el ruido y lo recibió ensangrentado, con la pobre criatura en su regazo. Los animales de la pareja se mostraban curiosos e inquietos ante la situación.
La imagen era terrible. No la describiré porque no hay suficientes lágrimas en el mundo para derramar ante tan impresionante situación. Su estado era fatal y definitivo, y el campesino lo sabía. Un par de horas después, durante las cuales la pareja estuvo en vela al lado de la criatura, el animalito encontró la paz.
Entre los dos lo llevaron a un terreno más alto, cavaron un agujero más bien profundo, depositaron el cuerpo allí y lo taparon.

La pareja pronto se olvidó de la situación, aunque en un par de ocasiones, mientras el hombre bebía en exceso, se escapaba de su boca la inquietud de saber de quien era aquel animal, o tratar de encontrar el culpable de tal dicha. Desafortunadamente nunca encontró ello y con el pasar del tiempo se borraba de su memoria la situación.

Unos años después, el pueblo comenzó a ser frecuentado por unas caras no muy amables, quienes habían descubierto que era un lugar perfecto para cometer fechorías, pues la ley estaba bastante lejos, ocupada del caos de la ciudad, y era más bien conveniente para hacer uno que otro acto delictivo sin mayores represalias.
Los vecinos de la vereda veían incapaces como de repente, tipos extraños llegaban amenazando la paz del lugar, amedrentando con armas y golpes a quienes no se acogieran a su presencia. Llamar a la ley era una pérdida de tiempo, pues la mitad del tiempo ni siquiera acudían, y la otra mitad en tanto llegaban no hallaban nada, pues los intrusos estaban bien informados o incluso, tenían cómplices en las entidades.
Incluso era peor para los pueblerinos, pues en tanto los agentes se retiraban, los intrusos se descargaban amenazando a los habitantes, incluso llegando a terminar la vida de un par de ellos, como muestra de su aparente superioridad y a modo de escarmiento.

En una de sus sesiones de beber para olvidar, el hombre se quejaba con sus conterráneos acerca de la presencia de dichas personas, que ya estaban comenzando a cobrarles un dinero como “renta por vivir” allí, una “vacuna”, como si los intrusos fueran los verdaderos dueños del lugar. Desafortunadamente, los ingresos que los campesinos percibían por la venta de sus producciones agrícolas era cada vez era menor, y con ello su capacidad de subsistir se volvía más precaria.
Una vez sintió que debía regresar a su casa, el hombre se incorporó y de nuevo tambaleándose, caminó bajo la luz de la luna. A mitad del camino, y sin notarlo, una potente luz le iluminó por detrás, acompañada del horrible rugido de una de esas motocicletas que aquellos intrusos usaban. El hombre, tratando de cubrir sus ojos de la encandiladora luz, no notó que esta se acercaba cada vez más, el bullicio cada vez más fuerte, hasta el momento en que recibió un golpe pleno en el estómago, que le sacó el aire y lo arrojó al suelo. El ruido y la luz siguieron de largo, hasta un poco más arriba, en dónde parecían regresar para una segunda ronda.
El hombre temía por su vida. Soltó la linterna de metal que siempre cargaba de su cinto, sosteniéndola con fuerza con ambas manos. La motocicleta y sus conductores se aproximaban con rapidez, haciendo alarde de su ruidoso aparato. Él sabía que hacer. Se lanzaría hacia el precipicio, intentando agarrarse de alguno de los muchos árboles. Los intrusos no conocían los recovecos de la montaña, eran nuevos allí. Él, en cambio, había pasado toda su vida, desde que era un mocoso, allí.
Se persignó, respiró profundo, y en tanto escuchó que la moto estaba bien cerca, ya listo para lanzarse en plancha, escuchó un fuerte gruñido, mientras observaba la sombra de un rabioso animal que galopando se abalanzó hacia los sujetos. La moto y sus pasajeros se desestabilizaron, siguiendo en línea recta a través de la curvilínea senda, dirigiéndose derecho hacia el precipicio, dejando una estela de polvo y un ruido mecánico que soltaba ecos en tanto descendía cientos de metros.
El hombre estaba aún asustado. ¿Qué había sido aquel animal? Aquellos ruidos no parecían naturales, no eran como los de sus dos fieles perros. Levantándose con lentitud del suelo, aún aferrándose a su linterna, se aproximó al acantilado en el lugar dónde aquel aparato cortó las ramas de los árboles y descendió como un bólido llevándose a sus atacantes. La encendió, apuntándola hacia abajo. Se fijó en los arbustos, en los troncos y en las raíces. No había ni rastro de los sujetos ni de la motocicleta. Se dejó caer de nalgas al suelo, suspiró y miró al cielo. Se persignó de nuevo, apagando la linterna y volviéndola a colgar de la cintura.

Decidió por alguna razón regresar al pueblo. Si alguno de sus conterráneos aún estaba por ahí, necesitaba hacerles saber lo que había ocurrido. Caminó un par de metros, ya más sobrio por cuenta de la adrenalina. Solo fue en tanto dio otras zancadas que sintió que algo lo seguía por detrás, con una respiración agitada, quizá un poco ronca. Unos pasos delicados, pero que aún así removían las piedras.
Al principio no quiso ponerle atención, pues todavía estaba un poco acalorado. Sin embargo, la incesante persecución comenzó a preocuparle. Con su mente aún nublada, se giró, chistándole a la criatura que lo seguía, y extendiendo su mano recta, indicándole a lo que fuera que lo seguía que se fuera para la casa.
Los gruñidos y la respiración agitada continuaban, incluso aumentaban de intensidad. El hombre encendió su linterna y la apuntó a la dirección del ruido, pero no podía ver nada. Olfateó su respiración y pensó que de veras estaba muy borracho. Decidió ignorarlo y seguir regresando al pueblo.

Allí, ya solo quedaba uno de sus compadres, bastante mal y casi tirado en el suelo. Le comentó la situación con lujo de detalles, pero el tipo no le prestó nada de atención. Al final, habló con el dueño de la cantina, quien le escuchó, pero no parecía interesado en la situación, incluso parecía un poco asustado. Si eran de aquellas peligrosas personas, era mejor no involucrarse. El campesino entonces se regresó a su casa. En tanto llegó, sus perros no dieron tregua y le ladraban constantemente. Esto fue muy extraño para él, pues el resto del día eran más bien mansos. Durante todo el recorrido del portón a la casa, sus animales tomaron distancia pero no paraban de ladrarle.
Su esposa se despertó por tal ruido y él aprovechó para contarle acerca de lo ocurrido. Ella no le creyó y se limitó a pensar que era algo que había pasado por borracho, él tenía el aliento fétido a etanol. A la final se acostaron a dormir, y aunque los perros continuaron inquietos, amaneció.

Al día siguiente, los animalitos continuaron haciendo ruido. El tipo se dedicó a las labores de su terreno, cosechando unos árboles frutales. Por casualidad, se aproximó al lugar dónde habían enterrado al animal hace unos años y encontró la fosa desenterrada. Se le hizo muy extraño, aunque pensó que posiblemente había sido alguno de sus perros. No veía nada sospechoso tampoco, a exceptuar la ausencia del esqueleto del animalito. No parecía haber sido cavada con una pala, más bien como si se hubiera abierto por el clima. No le prestó más atención y continuó.
Después de la recolecta, bajó al pueblo para vender la producción en la plaza de mercado.

Notó que, a pesar que la gente estaba interesada en sus productos, no le compraban como era acostumbrado, y más bien, lo evitaban. Se preocupó un poco y habló con uno de sus compadres, quien también había bajado.
Al tipo se le veía también incómodo, evitando acercarse mucho. A la final confesó que el campesino tenía un extraño olor bastante penetrante y pungente, como a carne podrida, como a mortecina.
El hombre se asustó. Él se había bañado bien el día de hoy, y aunque había sudado un poco, no percibía tal hedor. Se olfateaba las axilas y el pantalón, y aún así no podía percibirlo. Encargó a su amigo de vender la producción y se regresó a la casa.

Los perros continuaban con el ruido, persiguiéndolo y ladrando insistentemente. En la casa, su esposa estaba un poco preocupada pues no era usual que su esposo hubiera regresado a casa a esa hora. Tampoco captaba el olor. Olfateó a su esposo por todas partes, y aunque si tenía olor a sudor y a tierra, no era un olor a muerte.
El campesino se bañó de nuevo y cambió sus ropas. Mientras tanto, su esposa decidió comprobar la situación con uno de sus vecinos. Fue a casa de este, pero en tanto se aproximó a la mujer, dice, que fue golpeado por un hedor tan fuerte que no pudo acercarse más y huyó de regreso. Era el mismo olor a mortandad.

Era algo en la casa, estaban seguros. Hicieron una limpieza completa con jabón de lavar la ropa, de pisos a techos, incluso lavaron la cocina y el frontal de la casa. Terminaron ya entrada la noche. El hombre quiso ir a calmar su sed en la taberna, así que se fue de regreso al pueblo. Allí, sus conocidos también se habían congregado, incluyendo el que más antes le había confesado del abyecto olor. En tanto se aproximó, los tipos le increparon. El hedor no se había ido. Con machetes en mano, no lo dejaron entrar en la taberna, pues según ellos, era como el olor de un trozo de carne que alguien ha dejado al sol y al canto por una semana. El tipo no sabía que hacer. Aburrido, regresó por donde había ido.

Por tres días, los campesinos no salieron de su terreno, subsistiendo con los recursos que tenían a mano. Habían sido completamente alejados por sus vecinos, quienes no querían tener nada que ver con ellos. El hombre quería que ambos bajaran a la ciudad para ver si algún médico podía ayudarles con ello, pero nadie los transportaría hasta abajo con este horrible aroma y caminar hasta allí hubiera sido un esfuerzo bastante fuerte. Ellos podrían bajar a pie, pero regresar subiendo la montaña era prácticamente imposible.
A la tercera noche, mientras ya dormían, la familia escuchó unos tiros bastante cercanos. Ambos se despertaron bastante asustados. El hombre salió con machete en mano, linterna en la otra para ver que pasaba. Los dos perros lo seguían de lado, que aunque todavía alborotados, parecían estar más acostumbrados a la situación y no parecían tan desesperados como en días anteriores.

En tanto llegó al portón observó que un grupo de aquellos peligrosos sujetos estaba en un automóvil negro, y a la par del carro, un par de hombres, quienes parecían sus vecinos, estaban tirados en el suelo, en unas poses innaturales, quietos y congelados. El hombre se asustó, apagó la linterna y se agazapó en el piso.
Los tipos lo habían notado, desafortunadamente, y emergieron del carro con armas en sus manos, gritándole para que saliera. Él se quedó muy quieto. Los perros lo delataron, pues comenzaron a ladrar fuertemente. Uno de ellos ya lo había encontrado, y aproximó a él. En tanto lo vio, le puso el cañón del arma en la cabeza, gritándole palabras soeces.
De repente, de la nada, un gruñido salvaje hizo eco en la oscuridad, un jadeo constante e incesante, como enfermizo. El ruido de un trote sobre el prado y la piedrilla rebotó entre los árboles. Escudándose, el tipo se lanzó hacia atrás, soltando la pistola en alguna parte y a la final dejando salir unos alaridos ahogados y húmedos.

Los otros sujetos se acercaron al otro para auxiliarle, pero ellos a su vez también eran atacados por la criatura. El hombre levantó la cabeza y miró alrededor. Sus dos perros seguían ladrando con fuerza a su lado. Y entonces, ¿qué estaba atacando a aquellos personajes? Sus gritos eran horripilantes y los otros sonidos que escuchaba eran golpes, rasguños, sonidos de líquidos, como si alguien hiciera gárgaras, y forcejeos.
Después de un par de tiros que rompieron el silencio y salieron al aire, regresó la calma. No habían más voces humanas, solo un jadeo constante mezclado con gruñidos y los ladridos de sus perros. El hombre se levantó del suelo, arrastrándose un poco por si acaso.
Apuntó su linterna.

Allí, los dos cuerpos de sus vecinos continuaban en la misma posición al lado del automóvil. Sin embargo, desperdigados por el área, los cuatro cuerpos sin vida de los otros sujetos, cruelmente ensangrentados, hechos jirones, como si hubieran sido atacados por un león o un tigre. El suelo estaba tintado de un color carmesí por doquiera, un horrendo hedor a sangre ferrosa emergiendo por todos lados. El tipo se levantó del todo y al ver el horror de lo ocurrido, su estómago no aguantó más y se vació convulsionando.
Una vez descansó, comenzó a correr a la casa aunque desesperado y con ganas de gritar. A medio camino se tropezó y cayó al suelo, lastimándose la cara. La linterna voló unos pasos al frente. En tanto se iba a levantar, un hedor a heces, a carne muerta y descompuesta le impactó. Levantándose de golpe por tal olor, observó la sombra de algo que no había visto jamás en su vida.

Era un amasijo de huesos y carne, pulsando, jadeando, gruñendo. No podía distinguir la cara del tal animal, pero el podrido aliento le golpeaba la nariz como si lo fuera a hacer desmayar. El olor era impresionante, agresivo. De aquel cosa, emergía un sonido como húmedo, como si alguien tomara un trozo de carne y la tiraba contra la mesa de la cocina.
No pudo aguantar y soltó un grito desgarrado. Se incorporó con rapidez, casi gateando, dejando la linterna en el suelo y huyendo hacia la casa. Allí, su esposa le esperaba preocupada. Le contó todo lo que vio, incluyendo la apariencia de la criatura aquella. Cerrando la puerta con cerrojo, ambos comenzaron a mirar por las ventanas en caso que aquella cosa se aproximara. El hombre estaba en lágrimas, persignándose y rezando toda sarta de oraciones. La mujer intentaba apuntar con la linterna a través de las ventanas. No sabían que esperar ambos. Los dos perros del otro lado jadeaban y olfateaban el espacio entre la puerta y el piso, inquietos.

La mujer no veía nada, pero estaba segura que su esposo no había bebido. Él solo había salido a ver que habían sido esos disparos unos minutos atrás. Apagó la linterna y fue a consolar a su esposo, quien continuaba rezando y encomendándose a Dios. El tipo estaba mal, visiblemente afectado por toda la situación.
Su esposa se fue a la cocina y puso a hervir un poco de agua para hacer alguna bebida. Preparó un brebaje con plantas. Le sirvió un vaso a su esposo y se bebió otro ella. Entonces, encendió una vela en la mesa del comedor, prendió el velón que tenían en el altar de los santos y apagó la luz de la casa. El hombre no quería quedarse a oscuras, y parecía un maniático gritando.
Fue en ese momento que las velas se apagaron, una corriente de aire que entró de no se sabe dónde poniendo la casa en oscuridad total. Un horrible olor a carne podrida emergió del centro de la casa. La mujer estaba asustada, pero sacó fuerzas y encendió la linterna que aún tenía en mano. En medio de la casa, un cúmulo latiente de carne y huesos, gruñendo, emitiendo una respiración forzada, se levantaba. Era la cara de un perro, pero sin sus ojos, la piel hecha sangre, dientes entre amarillos y rojos mostrando cual afilados estaban, una trompa rota y ahuecada, una nariz manando líneas de baba ensangrentada que caían al suelo haciendo un charco. No aguantando más, la mujer agarró al hombre, quien parecía un lunático, abrió la puerta a golpes y arrancó a correr pueblo abajo, dejando atrás su terreno, los cuerpos extendidos sobre el suelo, el automóvil y los dos perros de compañía.

Una vez llegaron al pueblo, la esposa gritó pidiendo auxilio. Su esposo estaba tirado en el suelo, aún afectado por toda la situación. Muchos de los vecinos se asomaron para ver que era lo que ocurría. El sacerdote de la pequeña iglesia fue el único que salió a socorrerlos.
Le comentaron todo lo que había pasado, incluyendo la matazón que había al frente de su predio y de la horrible criatura aquella. El sacerdote concluyó que todo eso era un demonio, y que debían encomendarse a Dios, orar y tranquilizarse. Los instó a que se bañaran con agua bendita. Hizo unas oraciones especiales para las apariciones demoníacas, les esparció agua bendita en la cabeza y los invitó a que entraran a la iglesia y oraran hasta que amaneciera.
El párroco entonces llamó a la arquidiócesis de la ciudad, pues creía que era necesario que se hiciera un rito más fuerte. Luego, llamó a las autoridades, suplicándoles que subieran con rapidez.

Se hizo la madrugada y el cuento se regó entre todos los pueblerinos. Algunos de los que bajaban de las casas más arriba de la montaña ya habían visto la masacre y estaban visiblemente impactados por toda la situación. Las autoridades subieron, observaron la situación y estuvieron haciendo preguntas todo el día. La familia aquella fueron los más cuestionados, pues los hechos ocurrieron en el portón de su terreno. El hombre parecía catatónico, incapaz de responder. La mujer se limitó a responder lo que su esposo le había dicho y lo que ella había visto con sus propios ojos.
Las autoridades no se explicaban como habían fallecido los otros cuatro sujetos, pues parecían que los hubieran destrozado un animal salvaje. La policía se llevó a la familia a la ciudad para preguntarles más acerca de lo ocurrido en los cuarteles.

Una vez terminó la inquisición, les recomendaron que se quedaran en la ciudad unos días más. El hombre aceptó sin titubear, pero desafortunadamente no tenían dinero y no conocían a nadie allá. Los policías les ofrecieron una especie de cuarto pequeño por un tiempo, no muy distante de una especie de celda, aunque sin barrotes.
Ya habiendo descansado, el hombre recuperó su salud mental, aunque se veía aun un poco aprehensivo. En cuanto pudo, le preguntaba a toda persona cuanto veía si su esposa o él olían a muerte. No era así más.

La arquidiócesis de la ciudad fueron a verlos en la estación de policía, recogieron los indicios y realizaron unos ritos bastante particulares. Ambos fueron bendecidos y ungidos. El hombre no quería regresar a la finca, y menos su esposa. De la arquidiócesis les recomendaron que hicieran unos rezos y unos actos en su terreno para alejar al demonio aquel. El campesino se negó. Prefería dejar la tierra desocupada y venderla rápidamente, alejarse lo más posible de aquel lugar.

Sacando de dónde no tenían, se ubicaron en la ciudad, en unas residencias dónde debían pagar a diario. Unos meses después, vendieron la finca a uno de los mafiosos que estaban aterrorizando la vereda. No les importó en absoluto, solo querían irse de allí y no volver a ver atrás. La esposa comenzó a trabajar en labores varias y el hombre se comenzó a dedicar a la construcción. Jamás volvieron a pisar el terreno que atrás era suyo. Dejaron a sus animales de compañía allá, como una especie de bono por la compra. Comenzaron a forjar una vida nueva en la jungla de concreto que antes despreciaban.

Años después, se encontró por curiosidad con uno de sus antiguos vecinos en la ciudad. Aunque no quería saber nada de la vida de aquellos, el tiempo habiendo sanado las heridas mentales, no evitó escuchar de su voz las noticias.
En el pueblo se había establecido un comando de la policía, quienes han estado más pendientes de la situación. No se les había vuelto a ver a los peligrosos sujetos aquellos. En el terreno que antes era de su propiedad habían construido una casona enorme y lujosa, pero que ahora se encontraba un poco en ruinas, debido a la sospechosa muerte del cabecilla que la había comprado de ellos. Los perros que les acompañaban allí también habían desaparecido.
En la montaña las personas evitan acercarse mucho a dicho lugar, pues dicen que por las noches se escuchan extraños ruidos, aullidos, ladridos o gruñidos, aún a sabiendas que aquel lugar está vacío y que de día no se observa nada de ello.
Dicen que es ahora un lugar dónde hacen ritos paganos, dónde piras de fuego se ven desde la distancia en las noches, como si fuera una puerta al mismísimo infierno. La arquidiócesis lo niega todo, la policía procura no acercarse mucho y la municipalidad también mantiene su silencio.

¿Qué ocurre en aquel lugar? Nadie sabe. ¿Es este un lugar real? Quizá. ¿En dónde está? Bueno, creo que hay cosas que es mejor no decir, asuntos que es mejor no revelar, lugares que es mejor dejar desconocidos. Al fin de cuentas, el perro del hocico hundido está mejor allí, impaciente, jadeante, cuidando aún del lugar, esperando que sus humanos, aquellos que le rescataron justo antes de llegar su muerte, regresen.

«Es solo un ciclo de cuentos hilados»

—Amor, tengo hambre.
—Te dije que comieras antes de que saliéramos de la casa. Sabes cuan caro es todo en el aeropuerto.
—¡Pero!
—Sin peros, Robert. Yo si desayuné y no me estoy quejando como tu.
—No importa, al fin yo soy el que va a pagar.
Mi esposa me miró como si me condenara.
—Y estamos justos de dinero.
—Es solo un sándwich de cinco dólares.
Entorno sus ojos al techo.
—Está bien, está bien, ve. Te espero acá. Recuerda que la entrada al avión en es una hora.
Mi esposa y yo íbamos camino para Nashville, a visitar a su familia para Acción de Gracias. No me emocionaba mucho, pero era mucho mejor que quedarme en casa solo. Es el problema de venir de un linaje de hijos únicos. Mis padres fueron hijos únicos, mis abuelos fueron hijos únicos, mis bisabuelos fueron hijos únicos y de ahí hacia arriba. No tengo tíos y no tengo primos.
Una vez mis padres fallecieron, y mis abuelos después, ya no había nadie con quien más relacionarme. Familia, que uno dijera. Es muy extraño pensar que uno es el único ser viviente de todo un linaje. De hecho, fue la frase que me hizo romper el hielo con mi actual esposa cuando la conocí.

Caminé hacia el McDonalds más cercano a la puerta de partida. Había un cúmulo de gente esperando por su comida, y aunque estaba con bastante hambre, sabía que no se demoraría mucho. Revisé el menú.
—Por Dios, ¿quince dólares por una Big Mac? ¿Viene con cubiertos de plata?
Continué andando por la explanada del aeropuerto pasando por restaurantes con costos de dos cifras o incluso más. Si había algo de nueve con noventa y nueve, me lo llevaba sin mirar atrás. Le di una vuelta, pasando de nuevo por la sala de espera donde mi esposa estaba leyendo un libro de su autora favorita. Debo confesar que sus libros me gustan también, pero me hago el tonto para que ella no se emocione mucho.

Del otro lado de la explanada, más negocios se abrían. Un letrero llamó mi atención desde la distancia, “Chili Dog + Bebida 16 onzas a 8.99”. Corrí como si hubiera encontrado un oasis en el desierto. Era el negocio más alejado, en una esquina. El lugar se encontraba vacío, una especie de bar de deportes, con unas doce pantallas encima de la barra y unas mesas para acomodar hasta cuatro personas. Era ligeramente oscuro, solo iluminado con unas anodinas luces azules. Si la comida era tan barata, ¿por qué no estaría más atestado? Ponían música rock suave de fondo, bastante adecuado para tener una buena charla. Quizá tenía una reputación terrible o el servicio era verdaderamente abyecto. Quizá todo el mundo alrededor mío se lo sabía mejor y yo estaba a punto de meter las patas.

Me dirigí al mostrador. Del otro lado sentada, una chica que parecía más desnuda que vestida notó mi intrusión.
—Oh, hola, ¡bienvenido!
—Si, hola.
El sombrero de la chica tenía más tela que el resto de su cuerpo.
—¿Puedo atenderte?
—Si, vi el letrero que tienen en la entrada. ¿Cómo es eso?
Se incorporó con rapidez, aunque tenía su vista un poco ida. Al ver el aviso abrió los ojos.
—Oh, si. La promoción de hoy. Por supuesto. Un perro caliente con carne enchilada y una Coca de 16 onzas. 8.99 más impuestos.
—Quisiera eso.
—Claro que si, ya te lo prepararemos.
Después de que me cobrara a la tarjeta débito, la chica volvió a sentarse detrás de la barra. No observé que era lo que ella estaba haciendo allí. Decidí sentarme en una de las mesas más cómodas en vez de la barra. En un par de las pantallas estaban mostrando un juego de no se que cosa. Era un deporte que jamás había visto en mi vida.
Estaba estupefacto. Anonadado. El universo se fue de mi vista y solo podía concentrarme en esa exhibición. Unos tipos corrían detrás de algo que no era una pelota, la tomaban en sus manos y luego hacían malabares con ella, para ser arrebatada por otras personas, quienes la tiraban lejos, rebotando aleatoriamente, para repetirse una y otra vez. Parecía que habían más reglas que poco a poco fui comprendiendo.

Una vez el partido finalizó, desperté como quien se ha quedado dormido con los ojos abiertos. De alguna manera habían pasado treinta minutos esperando por mi comida. Me levanté para ir a la barra. La chica estaba aún sentada en ese lugar, como si fuera un robot desconectado.
—Disculpa…
La chica no reaccionaba. Decidí hablar más duro.
—Óyeme.
Parecía congelada.
—¡Hey!
¿Estaba muerta? Miré a todos lados. Afuera del negocio no podía ver a nadie. En todo el tiempo que esperé mientras veía tal extraño juego, nadie entró al lugar. Dí un par de pasos hacia atrás. Corrí hacia la entrada del lugar, buscando con la vista un guardia de seguridad o un empleado. Entre el río de gente caminando no hallé ninguno. Me pasé al negocio del lado, una venta de artículos de viaje.
—¡Ayuda! La chica del bar está inconsciente tras la barra.
El tipo que atendía el puesto me miró detrás de su revista como si yo estuviera hablando en arameo.
—Por favor venga, o llame a Seguridad o a Emergencias.
Frunció el ceño y elevó una de sus cejas, levantó la mano y apuntó a la pared. Era un teléfono de emergencias. Sin dirigirme ni una palabra, regresó a la revista que estaba leyendo. Yo estaba muy rabioso, pero decidí priorizar a la chica. Corrí al teléfono y lo levanté.

Después de unos segundos y de comentarle a la persona del otro lado lo ocurrido, un anuncio recorrió toda la terminal. Dos agentes de seguridad se acercaron trotando, uno bastante alto me pidió mi identificación y el otro intentó socorrerla. Según lo que les entendí, era diabética y estaba descompensada. Unos paramédicos llegaron después y se la llevaron en un camilla. Ellos se fueron detrás, como una caravana.
Y… ¿Dónde estaba mi perro caliente?
—¿Perdón?
El negocio estaba vacío. Me hice cerca de la barra, me incliné hacia adentro y grité hacia dónde yo creía que estaba la cocina.
—¡¿Perdón?! ¿Hay alguien?
Nadie contestaba. Me pasé al otro lado de la barra, mirando a todos lados para asegurarme que no hubiese nadie que me viera. Decidí meterme a la cocina. Abrí la puerta con cuidado, asomando la cabeza. La horrenda luz azul aún continuaba hacia ese cuarto trasero, con un cúmulo de cajas y unas estanterías adornando las paredes. No parecía que existiera una cocina allí.
Me metí. Era un pasillo, todo azul, al final un par de puertas con una pequeña ventana de vidrio en el medio. Por las ventanas solamente podía ver la oscuridad. De aquí no saldría ningún perro caliente. Decidí regresar a la barra. Ya me temía que mi comida nunca iba a llegar. Salí a la explanada, agarrándome la panza.

—Vuelo número veinte treinta y dos, con destino a Nashville. Comenzaremos el proceso de abordaje.
Ese era mi vuelo. Salí corriendo de regreso a mi esposa.

—Disculpas por la demora, traigo un chili dog con… ¿Eh?
Llegué al bar de mi amiga, para verlo completamente vacío. ¿Qué había pasado?
—¿Anita? ¡¿Anita?!
Entré al lugar, recorriéndolo de punta a punta, antes poniendo la bandeja sobre la barra. En una de las mesas, había una billetera. La abrí. La licencia de conducción era de un tal Robert. Habían unos billetes, unas tarjetas bancarias y otros detalles. La foto de la identificación mostraba un tipo atractivo, con una barba en candado. Salí al pasillo y miré hacia lo lejos. No lo pude distinguir entre el gentío.
Debía regresar a la cocina. Tomé el teléfono de emergencia e indiqué que había un objeto perdido. Unos segundos después llegó el de seguridad, una torre monstruosa que si se me caía encima me podía lastimar.

—Hola Phillip.
—Hola Mitch. Mira, vine a entregar un pedido y ni Anita ni el cliente estaban.
Le pase la billetera al guarda. La abrió, observando la foto.
—Este tipo estuvo aquí cuando Anita se desmayó.
—¿Se desmayó?
—Si, temas de diabetes, aparentemente.
—Oh, es verdad.
—Ella está con los paramédicos así que no hay problema. Me llevaré la billetera, para que hagan el anuncio.
—Gracias.
Ya se había girado para regresar a su ronda.
—Mitch, pero, el bar de Anita está solo. ¿Qué hacemos?
Miró al techo.
—Llamaré a alguien.
—¡Gracias!
Di otra vuelta por el lugar, me aseguré que la caja estuviera cerrada y salí trotando de regreso a la cocina.

Otro objeto perdido. Otro día igual en este aeropuerto. Es uno de los aeropuertos más pequeños del estado y aún así este tipo de cosas ocurren. Igual, es normal que haya tanta gente, se acerca el día de Acción de Gracias. Tomé mi radio.
—Estación, me copian. Aquí Doce.
Después con un crujido.
—Copiamos. Aquí As. Adelante, Doce.
—Un objeto perdido en el bar de Anita. Una billetera. Corresponde a un Robert Macciago. Cambio.
—Copiado. Trae el Ele y Efe a estación. Cambio.
Ele y Efe era el código para Lost and Found, elementos perdidos.
—Además, el bar de Anita está sin atención ya que se la llevaron a la enfermería. Cambio.
—Gracias por el aviso, Doce. ¿Hay algún efectivo libre para que cuide el lugar?
Bajé el volumen del receptor. Caminé sin ganas por el lugar. La gente conscientemente me esquivaba. No sabía cual era mi verdadero objetivo en la vida. ¿Amedrentar? ¿Observar y encontrar gente sospechosa? Pero, ¿qué era una persona sospechosa? Para mi todos eran sospechosos, hasta aquella pareja tan formalmente vestida podía llevar una segunda vida. Aquella monja podía ser una asesina en potencia, dadas las circunstancias.
Entré por un acceso autorizado y caminé un par de pasillos. Una vez llegué a la estación de seguridad, mi jefa me observaba del otro lado de una ventana.
—Hey Doce.
—Hola jefa.
Le extendí el objeto. Lo tomó en sus manos.
—Gracias. Ya mismo lo pondré en la caja.
—Entendido. Regreso al terminal.
—Gracias.
Sin mayores preámbulos, me di la vuelta y regresé a la explanada.

Apunté en el registro de objetos olvidados: “Billetera con artículos personalmente identificables en el interior”. Hice un pormenorizado de sus detalles internos y externos. “Treinta y seis dólares, dos tarjetas de crédito, dos tarjetas débito, unas fotos familiares, una licencia de conducción”.
Observé la foto en la licencia y los detalles básicos. Revisé la base de datos de pasajeros que habían pasado control de seguridad y a que puerta se dirigían.
—¡Uy, demonios!
Tomé la radio con rapidez.
—Atención, efectivos. Puerta veinte, hay un objeto perdido de un pasajero. Nombre, Robert Macciago.
El silencio, por más corto que fuese, parecía una eternidad.
—As, ¿me copias? Aquel avión acaba de cerrar la compuerta.
Siete me contestó con lo que ya me temía. Ya no era necesario avisar por el perifoneo si el avión había despegado. Apreté la mano en un puño y cerré la billetera. Abrí una de mis gavetas, tomé una bolsa de seguridad, metí el objeto allí y la cerré fuertemente, pegando el precinto de seguridad firmemente. Apunté la fecha y hora con un marcador en el plástico. El sistema me había dado un numero serie. Lo registré también. Me dirigí a la caja fuerte dónde guardábamos los ele y efe, lancé la bolsa dentro y la cerré.
Tomé el radio y lo sintonicé con torre de control.
—Torre, me copian.
—Aquí Torre. Adelante.
—Torre, hay un objeto olvidado de un pasajero del vuelo veinte treinta y dos. Son sus efectos personales. Nombre, Robert Macciago. Cambio.
Hoy parecía un día en el que la gente quería mantener el silencio. Me comenzaba a enojar.
—Copiado. Avisaremos a la tripulación. Cambio.
—Gracias, Torre. Cambio fuera.
—Cambio y fuera.
Me volví a sentar en mi escritorio. La gente es muy olvidadiza. Observé la licencia de conducción al frente mío. Se me hacía conocido este tipo. ¡Un momento! ¿Qué hace esta licencia aquí afuera?

—Buenas tardes, les habla su capitán desde la cabina.
El avión se movía despacio por la pista, en movimientos calculados. Ya estaba sentado al lado de mi esposa, cinturón bien apretado. Yo me ponía muy nervioso cuando tenía que volar. Ella me tenía la mano apretada fuertemente, sobándome con la otra el revés de la mano. Ella veía ausentemente hacia fuera de la ventanilla.
—Hemos recibido información que en la terminal del aeropuerto hay un objeto olvidado de uno de los pasajeros de este vuelo. Nuestro personal abordo se acercará al pasajero una vez estemos en altitud.
Me incliné para susurrarle mi esposa al oído.
—¿Quién será la pobre alma que ha perdido algo?
—Ni idea. Ahora nos daremos cuenta.
—Es una lástima. ¿Pero quién podría olvidar algo en el aeropuerto? ¡Ojalá no sea un pasajero internacional!
—Pues si es un pasajero internacional, tendrá que quedarse en Nashville un rato, o regresarse hacia acá.
—O simplemente olvidó la sombrilla y no tiene que regresar.
Mi esposa se aclaró la garganta.
—¿Y cómo habrían de saber que era la sombrilla? ¿Acaso la gente normal marca las sombrillas con el nombre?
—Tienes toda la razón.
—Lo más seguro olvidó la cartera.
—Uy… Qué difí…
Mi bolsillo de atrás se sentía más vacío de lo normal.
—Cil.
Comencé a sudar. Mis manos se volvieron una sopa fría y espesa. Mi esposa lo sintió. Me miró a los ojos.
—Robert…
—A… Amor…
—No me digas.
—A… ¡Oh no!
Mi exclamación fue más allá de un susurro. Los pasajeros de alrededor se giraron a verme. Yo estaba rojo como un tomate. Me cubrí la cara con las manos.
—Olvidé la cartera en aquel restaurante.
—¿El de la chica que se desmayó?
—Así es.
Mi esposa, que es un poco más serena que yo, comenzó a exasperarse. Se acercó a mi oreja y me susurró.
—Sabías que estábamos sin plata, ¿y me dices que has dejado la mitad de nuestro dinero en la terminal?
—Lo siento.
Suspiró muy fuerte.
—Ya veremos como nos la llevamos. Por ahora, siéntate bien.

Sostenía aún en mis manos la licencia de conducción de Robert Macciago. ¿Cómo se había salido esto de la cartera? Estaba segura que antes de cerrar el precinto, la había metido allí.
Miré sin ganas la pantalla de mi computador. En el registro decía claramente que había una licencia de conducción en la bolsa que metí antes. Un vacío se me armó en el estómago.
Tenía dos opciones. Una era abrir el precinto y registrar uno nuevo. Eso es considerado mala práctica y un abuso de autoridad. La otra era dejar esto bajo cuerdas, y en tanto el tal Robert Macciago viniera a reclamar esto, meter silenciosamente la licencia en la billetera.
¿Qué hacer? Me asusté de nuevo. Mis superiores no aceptarían ninguna de las dos.
Podría crear un nuevo precinto y solo meter la identificación en él. De nuevo, mala práctica porque el registro anterior quedaba malo y cuando vinieran a hacer inventario, notarían la falta.
Fui a la caja fuerte, la abrí de nuevo y saqué el precinto sellado. Era definitivamente la mejor opción ser completamente honesta. No importaban las represalias. Con una cuchilla abrí la bolsa y sustraje la billetera, poniéndola encima de mi mesa.
—¡Atención todos los efectivos! Tenemos un altercado en el puesto ciento dos B. Múltiples sujetos están causando un revuelo. Solicitamos refuerzos.
Me asusté. Tomé la radio mientras miraba las pantallas de seguridad. Veía un conjunto de gente alrededor de dicho negocio, bastante agitados. Mi único efectivo en el lugar se veía que le iba a quedar grande controlar la situación.
—¡Atención! ¿Pueden repetir?
—Aquí Ocho. Un grupo de seis o siete personas están ocasionando un disturbio en el puesto ciento dos B. Necesito más personas para controlar esta situación.
—¡Doce! ¡Once! ¿Me copian?
No recibía respuesta.
—Ocho, voy para allá. ¿Quién más está disponible? Cambio.
Mientras esperaba la respuesta, me pegué el radio del hombro y tomé mi identificación. Cerré la puerta con seguro y apagué las luces. Salí corriendo a toda velocidad hacia la terminal.

Me habían asignado al bar de Anita para cuidar del lugar mientras a ella le atendían en enfermería. Era un lugar sombrío, la verdad. Quizá por eso no tenía tanta concurrencia. Anita me caía muy bien, era una chica bastante alegre y voluptuosa. Era fantástico verla en su atuendo de trabajo. No sería falso decir que me gustaba. A veces mi anillo de matrimonio pesaba en mi mano, seria bueno darse una cana al aire.
Tomé mi linterna y comencé a apuntarla para iluminar varios puntos oscuros del lugar, en búsqueda de cualquier cosa. Decidí ir hacia la trastienda para observar que no hubiera nada fuera de lo normal allí.
¿Por qué demonios era todo iluminado de azul? ¿Qué extraño fetiche tendría el dueño de este rancho? ¿Quizá por eso era tan revelador el uniforme? Iluminé por todos lados, pero no pude ver nada fuera de lo normal. Cerré la trastienda, revisé que la caja estuviera bien cerrada, las botellas todas en orden, un perro caliente en la barra. ¿Un perro caliente en la barra? ¿Y esto?
Confirmé, el bar estaba vacío. Yo tenía un poco de hambre. Se veía increíblemente apetitoso, aunque ya un poco frío.
¿De quién sería esto? Lo miré con detalle. No tenía nada de extraño, ni un mordisco. El vaso con Coca estaba a rebosar. Las servilletas estaban bien dispuestas y las salsas bien selladas en sus paquetes. Tomé la bandeja, mirando a todos lados. Quizá debería llamar a alguien de la cocina. Pero quizás no. Me senté del otro lado de la barra, escondiéndome de la mirada de los demás.
El primer mordisco sabía a gloria. Era un muy buen perro caliente, quizá un poquito picante. No estaba tan frío como me lo esperaba. Le pegué un trago grande a la Coca, refrescando mi garganta y el leve ardor de la carne adobada.
Un segundo mordisco reafirmó mi creencia. Era sublime. No era porque tuviese hambre en realidad, era porque así de bueno era el producto. Le di dos, tres tragos a la bebida. En minutos, el perro quedó reducido a meras migajas y el vaso quedó vacío. Eructé sin pensarlo. Estaba satisfecho.
—¡Atención todos los efectivos! Tenemos un altercado en el puesto ciento dos B…
Me paré con rapidez, dejando la bandeja en el suelo.
—Aquí Once. Voy en camino.
—¡Atención! ¿Pueden repetir?
—Aquí Onc…
—Aquí Ocho. Un grupo de seis o siete personas están ocasionando…
Mi radio no estaba funcionando bien. Apreté el conmutador para hablar. El típico timbre para hablar no se escuchaba.
—¡Doce! ¡Once! ¿Me copian?
Le di un golpe al intercomunicador.
—¡Aquí Once! ¿Me copian?
El botón no quería funcionar.
—¿Por qué put…?
Le volví a dar un golpe contra mi pierna al aparato.
—Ocho, voy para allá. ¿Quién más está disponible? Cambio.
Decidí correr.

—¡Atención todos los efectivos! Tenemos un altercado en el puesto ciento dos B…
Estaba en el baño descansando un poco. Paré mi orina, lo escurrí y agité, me subí la cremallera, di media vuelta y me mojé los dedos con un poco de agua.
—¡Doce! ¡Once! ¿Me copian?
Me sequé los dedos con el pantalón, en contra de mi juicio personal. Parecía que era una situación complicada por el tono de la voz.
—Ocho, voy para allá. ¿Quién más está disponible? Cambio.
Tomé la radio y le subí el volumen.
—Aquí Doce, voy para allá.
Corrí a toda prisa fuera del baño. Un tumulto se armaba en un puesto de venta de perfumes. Mi jefa estaba allí tratando de controlar la multitud.
—Calma todos, aquí no hay nada para ver. Continúen.
—¡Pero la señora!
—Adelante, adelante, la situación está bajo control, por favor, continúen.
Una vez me aproximé, la gente con la que mi jefa hablaba se asustó y comenzó a dispersarse. Mi físico causaba esa reacción en las personas.
—Gracias a Dios viniste, Mitch.
—Entendido, jefa.
Aclaré mi garganta. Mi compañero estaba más allá controlando otro grupo de transeúntes.
—¡Perdón!
Mi vozarrón rompió la discusión. Todos se tornaron a verme. No les fue difícil encontrar la fuente de la voz, al final, yo medía seis pies y doce pulgadas.
—Aquí no hay nada para ver, señores, así que por favor, si se pueden retirar, se los agradecería.
Podía ver la cara de desaprobación de todos, casi susto, temor. Uno a uno bajaron la guardia, yéndose del lugar.
—¡Pues yo no me voy!
Una señora ya entrada en sus setentas apretando su cartera contra si misma, vociferaba con enojo. Pensé que si quisiera, podía darle un pisotón y aplastarla. Me sonreí de lo estúpido de mi idea.

La mujer se quedó sola, bastante agitada.
—¡Pues yo no me voy!
La chica detrás del mostrador estaba casi a punto de sollozar.
—Ahora si se puede saber, ¿qué ocurre acá?
A lo lejos, Once corría hacia nosotros. Ocho estaba sobándose la cabeza con un trapo, secándose el sudor. Doce estaba como una secuoya a mi lado.
—¡Esta niña me quiere robar! Ya le pagué y me quiere cobrar otra vez.
Miré a la joven.
—Pero, señora… La tarjeta no pasó.
—¡Ya cree que le voy a creer!
—Señora, le mostré la pantalla, el aparato me dijo que no había leído la tarjeta.
—¡Si claro! ¡Como cobran comisión, le roban a la gente!
La chica ya tenía lágrimas en los ojos.
—Yo sería incapaz de robar, señora, le digo.
Noté que la mujer ya tenía el producto que había comprado en sus manos, apeñuscado con unas manos arrugadas y manchadas de tabaco.
—¿Puedes verificar que la transacción no salió?
—No salió, no me imprimió el comprobante.
—¿Puedes solo verificar?
—Está bien.
La joven comenzó a manipular el aparato. La señora seguía apretando el producto en sus manos, la cartera bien apretada contra su cuerpo. Se me hizo un poco sospechoso.
—Disculpe señora, ¿podría ver el producto que tiene en sus manos?
—¡No! Esto es mío.
—Ya se lo regreso, no se preocupe.
—¡Jamás!
Le dí una mirada a Doce. Él asintió.

—Señora, ¿puede colaborar por favor? Mi compañera solo quiere verificar.
La mujer se giró a verme. Su reacción fue, de nuevo, natural. Yo medía más o menos un pie y medio más que ella. El terror en sus ojos era claro. No era la primera, ni la última vez que yo veía esa expresión. Un segundo después, encorvó sus cejas y me respondió con fuerza.
—No, esto es mío y no lo retornaré.
¿Me estaba desafiando? ¿Por años había logrado lo que quería gracias a mi físico, y esta señora de escasos cinco pies de altura me estaba desafiando? Sonreí. Me aproximé a ella.
—Sabe usted…
Mi jefa se aclaró la garganta y me puso el brazo para detenerme.
—Tendremos que llamar a la policía. Creo que no es buena idea que tengamos que involucrarlos si usted está a punto de marcharse.
Mi ira se bajó.

Estuve a punto de observar un incidente mayor. Doce tiene una chispa muy corta.
—Es solo que nos enseñe el producto, si la transacción pasó en el sistema se lo retornamos, y si no, pues le pedimos amablemente que lo pague. ¿Le parece?
—¡Pero si yo ya pagué!
—Por eso, la empleada está verificando en el sistema, ¿no cierto?
Asintió. Una larga tirilla comenzaba a emerger del aparato. Tomé la radio.
—Necesitamos un efectivo, puesto ciento dos B.
La mujer miró de soslayo. Doce estaba como una muralla listo para detenerla.
—Está bien. Tome.
Me entregó el producto, la caja y empaque ya maltrechos por la presión de la mano. Se lo entregué a la chica, quien lo depositó tras el mostrador. Ella revisaba el papel con un lápiz en la mano.
—¿Me puedo ir?
Continuaba apretando el bolso.
—¿Podemos ver que lleva en el bolso?
—¿Disculpe?
—Lleva su bolso muy apretado. ¿Oculta algo allá?
La anciana se puso de un color extraño, entre verde y rojo.
—¿Qué insinúa?
—No insinúo nada. Solo queremos verificar algo.
—¡No me he robado nada! Mi vuelo está por partir, debo irme.
En tanto intentó marcharse, Doce se paró al frente.
—¿Podría cumplir con las instrucciones de mi jefa?
—Yo no tengo que responderle a nadie y menos a guardas de quinta categoría.
Tomé la radio de nuevo.
—Efectivo, puesto ciento dos B, rápido.
Alrededor nuestro se formaba un grupo de personas de nuevo, algunos de ellos los que armaron el alboroto hace un rato. A lo lejos, el policía de Seguridad de Transporte venía hacia nosotros. Desde allí me habló.
—¿Qué ocurre?
La mujer abrió el bolso, sacando otra caja de uno de aquellos perfumes, aun sellada, poniéndola en las manos de Doce.
—Aquí está lo que buscaba, ¿me puedo ir?
Me dirigí al agente.
—La señora intentó hacer un robo en el local. Se iba a ir sin pagar este artículo, y estaba empecinada en robarse ese otro.
Los ojos de la mujer se abrieron.
—Yo no me estaba robando…
Doce respondió.
—¿Y esto qué llevaba empacado?
El agente suspiró.
—Puede acompañarme, ¿señora?
—Yo no voy a ningún lado.
—No puede negarse, soy un agente federal.
Puso su mano sobre su arma. Nosotros no cargábamos nada de ello. Se dirigió a mi.
—Todo está en control aquí.
—Gracias.
Once, Doce y yo nos retiramos. Ocho se quedó en el lugar, pues era su área de vigilancia. A lo lejos escuchamos a la chica gritar.
—¡No pasó la transacción!

—Jefa, el aparato está dañado.
—¿El qué?
—¡Esta radio! Yo estaba como un loco tratando de hablar y no salía mi voz.
—¿A ver?
Ella tomó el aparato y presionó el botón para hablar. Nada sonó.
—Huh, que raro. Acompáñame a la oficina y te doy otro walkie.
—Está bien.
—Regreso a la terminal.
Doce habló con su grave voz mientras caminaba paralelo a la terminal. Me parecía un tipo excepcional, perfectamente hecho para este trabajo.
—Está bien, Doce. Gracias.
Continué siguiendo a mi jefa unos pasos atrás. Miraba su trasero rebotar con cada paso que daba. Si no fuera mi jefa, me interesaría mucho conocerla mejor. Una vez llegamos a la puerta del cuarto de seguridad, y después de ella abrirla, soltó un grito.
—¡Qué demonios!
Subí mi mirada.
—¿Qué pasa, jefa?

La billetera no estaba, tampoco la identificación.
—¿Dónde diantres se metió esa cosa?
—¿Qué cosa?
—Ahora más temprano, un objeto olvidado, lo tenía acá, listo para ponerlo en Efe y Ele, cuando salió aquella llamada de emergencia.
¿Dónde estaba? ¿Dónde estaba? La pantalla del computador continuaba mostrando la misma entrada que había puesto antes, el precinto estaba abierto sobre la mesa, la misma cuchilla con la que la había abierto a un lado.
—Ahora si que me van a despedir.
¿Quién se había metido en este lugar? ¿Quién había osado a meterse en este cuarto y robarse la cartera? ¿Había sido uno de mis agentes? Debo ver las grabaciones de seguridad.

Oh, dos tarjetas de crédito y dos de débito, ¡genial! No tenía mucho efectivo, pero bueno, al menos algo me podré comprar. Saqué los billetes y las tarjetas, las embutí en el abrigo junto con la licencia, lancé la cartera a la basura y salí del cubículo del baño. Aún estaba con la adrenalina al máximo.
Este aeropuerto es un chiste, ya he robado varias veces y puedo seguir haciéndolo. La seguridad es pésima, ¿cómo dejan una sala de seguridad vacía y con una cerradura tan mala? Cuando regrese de Acción de Gracias, de pronto le de una vuelta más a ver que encuentro.
Volteé a mirar alrededor al salir del baño. Oh, ¡qué baratija! ¡Chili Dog con soda por nueve dólares! Bueno, es hora de usar uno de estos billetes.

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