«El club de los dioses» (parte final)

En tanto salí de mi casucha con mi vara bien empuñada, pude sentir un aire extraño en la villa. A pesar que el sol rompía en el cielo, un frío inclemente emergía del suelo, como cuando yo salía a juguetear en las mañanas y había caído nieve la noche anterior. Mientras trotaba dirección a la casa de Larissa, intenté observar si Gyasi o Vicente estaban por allí. Después de mi comunión con el bosque, la villa me parecía totalmente artificial, como si estuviera hecha de plástico o moldeada con arcilla. Si, existía el rumor del agua a lo lejos, pero la ausencia de otros sonidos naturales como pájaros o animalillos correteando, incluso la falta de viento, por más que eso a la final fuese mi responsabilidad, me hacían sentir como si estuviera dentro de un libro ilustrado, como una estampa histórica, congelada en el tiempo.
Una vez llegué a casa de Larissa, toqué a la puerta con fuerza. No obtuve respuesta. Volví a golpear más fuerte.
—Larissa, ¿estás?
Sentía que el sonido de mis golpeteos era amortiguado, como si el aire dentro de la casa de ella estuviera a presión. Intenté abrir la puerta. Giré la perilla y empujé la puerta.
Del otro lado, el aire estaba impregnado de sudor y otros hedores. El colchón sobre el suelo al que Larissa llamaba cama estaba revolcado, las cobijas hechas un patrón indescriptible, además de estar un poco manchadas de sangre. Un pungente olor a limpiador llegó a mi olfato, un hedor que también emergía de las telas de la cama, confundiéndose con el olor férreo de la sangre. Como un rayo, las memorias de mi primera y única vez con mi novio regresaron. Me tapé la boca por mera reacción. Me pareció una imagen increíblemente obscena.
Decidí continuar buscando el libro de los dioses del aire dentro de la casa. En la banca larga al frente de la cocina que Larissa usaba como biblioteca, un cuaderno que no había visto previamente llamaba mi atención, abierto, con una pluma al lado. Lo tomé entre mis manos. No parecía un libro de la colección de tomos que Larissa atesoraba como si fueran históricos, pues su carátula estaba prístina, como si fuera nuevo.

Veinte de enero del año seiscientos veintiocho
La nueva diosa del aire, Angela, ha llegado a la villa. No recuerda su apellido. Parece una buena persona, pero siento que será difícil controlarla. Me preocupa su actitud.

Era una especie de diario personal. Se me hizo extraño que hubiera un documento tan llano y directo allí abierto sin más, como si alguien me lo hubiera puesto bajo la nariz para engañarme.

Veintiuno de enero del año seiscientos veintiocho
Angela llegó con una propuesta ridícula. Me pidió prestado el libro tomo número uno, con la propuesta de contarme acerca de sexo. Acepté, como para darle confianza. Después de la construcción del puente hacia el bosque, Vicente vino a mí con la noticia que Angela va a ir a visitar a Maria. Debo detenerla a toda costa. Le cortaré el suministro de alimento.

Veintidós de enero del año seiscientos veintiocho
Gyasi accedió a llevarla. Los vi salir ruta hacia el bosque. Vicente les seguirá. Es necesario destruir a Maria y su bosque. El cumulo mágico está revolcado y no me hace mucho caso hoy. Es necesario, muy necesario detenerlos, o si no mis planes se harán pedazos. Nadie entiende, he hecho mucho por este lugar.

Así que era cierto que Vicente nos persiguió. Masha no se había equivocado.

Vicente regresó ya entrada la tarde. Les perdió la pista. La maldita de Maria de nuevo creó un laberinto. Creo que tendré que tomar cartas en el asunto.
Gyasi regresó un tiempo después. Dijo que había dejado a Angela en casa de Maria. Me siento defraudada. Pensé que tenía el control sobre este niño, pero la llegada de Angela lo destruyó todo.
Todo está listo para la ceremonia. Desafortunadamente necesitamos al menos tres dioses para liberar a Gyasi. Vicente y yo no somos suficientes y no creo que Angela esté dispuesta a hacerlo. Creo que tenemos que hacerlo a la fuerza.
Angela no apareció hoy por la villa. Creo que también debemos liberarla. No me sirve.

Veintitrés de enero del año seiscientos veintiocho
Esta madrugada Vicente por fin me hizo suya. El dolor es increíble, tal como lo describían en los tomos. Jamás me había besado así, con tanta furia. Era como una bestia desatada. Me mordió muy fuerte las orejas y los senos, pensé que me los iba a arrancar. Pero ahora sé que está totalmente bajo mi control. Si tengo que pasar por el mismo dolor vez tras vez, con tal de cumplir mi objetivo, es un sacrificio mínimo.
Todo está listo para liberar a Gyasi. Los peones que no sirven es necesario sacrificarlos fuera del tablero. Vicente cumplió con lo que le dije. Nunca olvidaré la satisfacción de sacrificar a alguien. Aun recuerdo a Mikhail y sus ojos brotados en lágrimas, o Hugh y su cuerpo desnudo rodar cuesta abajo.

Larissa escribía como si fuera la villana de una película, como si todo lo tuviera fríamente calculado.
—¡Gyasi!
¿Dónde carajos estaban? Solté el libro. Por fin comprendí el uso de la palabra “liberar”. Querían sacar a Gyasi del valle. Habían tres maneras de lograrlo, una era la muerte del dios por causa natural, la otra era la expulsión forzosa, pero necesitaban de la voluntad de los demás dioses.
—¡El acantilado en el camino del Sol!
Emergí de la casucha con mis ojos fuera de sus órbitas. Comencé a correr con prisa destino al camino del Sol. Un par de minutos después, sin haber avanzado mucho, me di cuenta que mi cuerpo como humana era muy limitado. Estaba ya cansada, agitada.
—Por favor, diosa Sidhe, ayúdame.
Apunté mi vara al suelo, una corriente de aire posándose debajo de mí, haciéndome flotar sobre el piso. Deseé tener la velocidad del viento. Como si se cumpliera mi deseo, noté que con cada zancada que hacía, era como si saltara unos metros al frente. En clase de educación física hubiera sido la envidia de mis compañeros. Era como si me moviera sin esfuerzo. El camino del Sol era llano y largo, sin curvas. A lo lejos, una bruma blanca comenzaba a cubrir el horizonte. Apunté mi vara en esa dirección, desplazando la bruma con pequeñas ráfagas de aire como disparos.

Una vez pude avanzar un poco, observé lo que parecía una puerta gigante, entreabierta, dos personas al frente de ella. La bruma no me permitía ver lo que ocurría, pero era tal y como me lo temía.
—¡Gyasi! ¡No!
—No, no. No te meterás en lo que no te importa.
Una voz como un rayo partió el revolotear del viento en mis oídos. Sentí un golpe muy fuerte en el pecho, forzando fuera el aire de mis pulmones y frenándome en seco. Una rama de un árbol se había cruzado en mi camino. Caí al suelo boca arriba. El dolor era muy fuerte.
—¿Qué demonios?
Al frente mío, Larissa flotaba a unos diez metros por encima de la tierra.
—Ya sabía yo que ibas a ser un problema, Angela. Pero gracias por venir, nos has ahorrado la necesidad de engañarte para tirarte fuera de borda.
—¡Larissa!
Así mi vara con fuerza. Larissa hizo una extraña pose, como si tuviera una copa en la mano, agitándola hacia arriba. Sentí como con ello, mi cuerpo se separaba del suelo con una rapidez inusitada. Mis brazos quedaron extendidos a ambos lados como si una fuerza extraña los intentara arrancar de mi cuerpo, como si ataran mis muñecas con una fuerte cuerda a una gran cruz. Abrió mis piernas con la misma fuerza.
—Angela, Angela, Angela. Es una lástima. Me caíste bien mientras te conocí. Incluso pensé que te iba a dar tratamiento especial, pero bueno, no se puede tenerlo todo, ¿no cierto?
—¿Por qué haces esto?
Se carcajeó.
—No tengo nada que decirte. Adiós.
Con un súbito movimiento de su mano, como quien ahuyenta a una mosca, me lanzó disparada por los aires, directo hacia el portón entreabierto. La corriente de viento secó mis ojos, que se pusieron llorosos en tanto los cerré. Como si el tiempo estuviera corriendo más lento de lo normal, observé el final del camino del Sol. Allí en la portezuela, Gyasi estaba tirado en el suelo, su cuerpo en una pose innatural, con Vicente a su lado, quien parecía patearlo.
Yo seguía volando con velocidad en dirección hacia afuera de la tierra. Más allá del portón abarrotado, era como si existiera un mar de nubes. Era imposible ver lo que fuera que existiera por debajo de ellas. Era una vista magnífica, como si después de todo lo existente hubiera silencio, paz y tranquilidad. Parecía una isla flotando por los aires.
Sin embargo, no podía dejarme morir. Una vez crucé el umbral de la puerta, sentí que las ataduras de mis manos habían flaqueado, como si el alcance de dicha mágica fuese limitado. Con mi vara en mano, la apunté como cañón hacia el frente.
—¡No me falles, ciencia, no me falles!
La vara brilló por toda su extensión con su dejo azulado, como un relámpago. De la punta de mi varita, surgió una ráfaga de viento muy fuerte. Mi cuerpo, ya un poco magullado, sintió el remezón de esta acción, que me impulsó hacia atrás como si me hubiese golpeado contra un resorte. Escuché el crujir de mis huesos en mis oídos, como si me hubiera roto algo. El dolor comenzó a resonar por todas mis partes. Con la ayuda de mi varita me giré en medio del aire para observar hacia dónde me dirigía. La prioridad ahora era rescatar a Gyasi, así que no le presté atención a las alarmas que mi cuerpo me enviaba.
Haciendo uso de mi vara, manipulaba las ráfagas de viento, como un conductor de orquesta indica el ritmo a sus músicos, para que me dirigieran al lugar en el cual Vicente lastimaba al chico.
Una vez estuve más cerca, grité desgarrando mi garganta.
—¡No más, Vicente!
El chico se giró a verme. En este momento noté que su mirada estaba perdida, ausente de claridad. Gyasi seguía congelado en el suelo, sin moverse. Yo iba como un bólido, sin haber calculado bien mi velocidad, y ahora con seguridad iba a estrellarme contra el suelo. Intenté frenarme lo más rápido posible usando mi control del viento. Dispare una de las ráfagas en dirección hacia él, lo que le hizo revolotear el cabello.
Al final, no frené con exactitud y la inercia me hizo rodar unos metros sobre la tierra, lastimando mis brazos y piernas desnudas. Yo estaba decidida a detenerlo aunque me doliera cada centímetro de mi cuerpo, así que me levanté y me dirigí hacia él.
—¿Qué demonios estás haciendo?
Apuntaba mi vara hacia Vicente. Caminaba rápido, pero cojeando un poco. Mis hombros, mis piernas y mi torso dolían con fuerza. Mi cabeza retumbaba un poco.
—Estoy cumpliendo la voluntad de Lar.
—¿Matando a Gyasi?
Una vez me aproximé, la escena parecía una película de horror. Gyasi estaba amarrado de pies y piernas, su boca llena con una bola de trapo, sus ojos llorosos y su piel ébano magullada por todas partes. Su ropaje estaba hecho trizas y sangre manaba de su nariz, escapándose un poco por la boca.
—¡Santo Dios! ¿Por qué?
—Lar determinó que no le era útil.
—¿Y por eso lo torturas?
—Es lo que Larissa quería.
Como un rayo, la voz de Larissa volvió a mis oídos, con un dejo vanaglorioso que me hizo encender la sangre.
—Es lo que yo deseaba. Un espectáculo digno de una diosa.
Escuché un rayo que surgía por detrás mío. Un impacto como una bala me abalanzó al frente. Vicente se hizo en una pose como el primer día que intentó instruirme, sus palmas hacia abajo. Una columna de fuego se remontó desde el suelo, envolviéndome. Mi piel ardía como si estuviera dentro en un horno encendido. Solté un alarido tosco, la ausencia de oxígeno secando mi garganta. Detrás de los fogonazos, escuché a Larissa mofarse de mi.
—Te niegas a morir, ¿eh? Eres patética…
Aún ardiendo en llamas, apunté mi vara hacia el suelo, creando un remolino de viento que apagó las llamas. Vicente abrió sus ojos e intentó crear más fuego, sin embargo, mi viento era más fuerte. Observé mis brazos, enrojecidos por el ardor.
—¿Por qué sigues a Larissa sin cuestionar lo que haces?
—¡Por qué quiero que sus sueños sean realidad! ¡La amo!
—¿Y por amor matas?
—¡Y como del muerto!
Mi sangre comenzó a hervir más de lo que ya lo hacía.
—¡Están enfermos!
De repente, sentí un ardor con un sonido seco en mis piernas. Me giré a ver hacia ellas y dos astillas de tierra atravesaban cada uno de mis muslos. Grité. Mi cuerpo gravitó hacia el suelo, dejándome a gatas.
—¡La vara! ¡Vicente, ese artefacto!
Vicente se tornó a mirar hacia arriba, asintiendo. Se dirigió hacia mi, pisándome con fuerza el puño que llevaba en mi mano derecha, así mismo la varita que asía con fuerza.
—Lo siento Angela, pero no lo siento.
Vicente me agarró el brazo con sus dos manos, levantándolo con rapidez. Perdí el equilibrio y me golpeé el mentón. Como si sostuviera un lápiz, intentó quebrarlo, usando una cantidad descomunal de fuerza. Mis lágrimas no se detenían. Por el dolor solté la varita.

—No, mago de Plata.
Giré mi cabeza en dirección de aquella voz. Un borrón blancuzco emergió del bosque. Escuché un rayo partir el aire, casi reventando mis tímpanos. Vicente no estaba a mi lado ya.
—¡Maria!
Una voz feroz, como de una bestia, surgió de los cielos. Era Larissa.
—¿Cómo osas regresar?
Me limpié las lágrimas y me giré, volviendo a agarrar con dolor la varita. La cara de Larissa no parecía humana ya. Era tal y cual la misma faz brutal de los humanos que había visto en las ilustraciones del primer tomo. Maria se movió a mi lado y en un tono suave me habló.
—Detén tu sangrado y encárgate de Vicente. Es hora de saldar mi deuda con la bruja de Creta.
Yo solo pude gritar.
—¿¡Y cómo lo hago!?
Ella estaba extrañamente calmada para alguien que parecía buscar venganza.
—Pues, eres ya una diosa. Sólo hazlo.

Larissa parecía crear una gigante roca en forma de lanza, lista para lanzarla hacia nosotras. Yo comencé a concentrarme en mis heridas, aunque mi cuerpo no me ayudaba nada. Los diferentes puntos de dolor se activaban en todo mi cuerpo, una cacofonía que estaba a punto de hacerme desmayar. Apunté mi varita hacia mis heridas, desintegrando las dagas de tierra, sin embargo, la sangre comenzó a fluir a chorros. Respiré profundo y cerré mis ojos.
—Amada diosa, cúrame.
Como una llamarada de color verde recorriendo mis venas, mis heridas se cerraron, y mis piernas, que estaban destruidas, se recuperaron de inmediato. Noté que las hojitas de mi varita crecieron un poco, en respuesta a mi petición.

Maria se elevó por el aire, hablando con fortaleza, pero sin gritar.
—Es hora de tu retribución, Larissa Florakis. ¿Cuántas más generaciones de dioses vas a matar?
—Tantas como sea necesario para mi control absoluto sobre esta tierra, Maria. ¡No digas que no tienes complicidad en esto!
—Si, soy culpable de muchas cosas, pero tú… Ya es hora de parar tu locura.
—No soy la misma de hace noventa años, Maria.
—¡Y yo tampoco!

Me giré alrededor para buscar a Vicente. El relámpago que Maria había lanzado le expulsó no sé en que dirección. No lo veía. Prioricé a Gyasi. Corrí a su lado.
—¡Gyasi! ¡Gyasi!
El niño sollozaba con dolor, sus ojos vidriosos y su cara lastimada. Le saqué el taco de la boca.
—¡Angela!
Tosió un escupitajo de sangre coagulada sobre el suelo. Su voz era carraspeada, sin fuerza.
—¿Estás bien?
—Por mi no te preocupes… ¿Dónde está Vicente?
—No lo veo.
Comencé a desatarlo sin soltar mi vara.
—¿Estás muy adolorido?
—Ni te imaginas, Angela.
—Necesito de tu ayuda. Necesitamos tu control del tiempo.
Suspiró.
—Eso será imposible. El artefacto… El reloj… Fue destruido.
—¿Qué?
—Sin él será imposible. El reloj fue creado para controlar el uso de la magia del tiempo. Y ahora que está roto, no puedo hacer nada.
—¿Estás seguro?
—Totalmente.
—¿Quién lo destruyó?
—Larissa.
—¿Qué pasó?
—¡No hay tiempo para explicártelo! ¡Debes buscar y detener a Vicente!
Gyasi intentó incorporarse, pero estaba bastante magullado. Usé mi varita de nuevo.
—Cura a tu hijo, Sidhe.
El fulgor azulado tomó un tono verdoso, que salió expulsado de la varita y cubrió al chico. En menos de un minuto, las heridas y la sangre que manaba de ellas, se detuvieron. Gyasi se levantó como un resorte.
—¿Cómo lo hiciste?
—No fui yo. Fue Sidhe.
Gyasi sonrió. El brillo de sus ojos y su cara me trajo un poco de felicidad.
—Intentaré hacer algo. Ya regreso.
Asentí y me levanté de nuevo. Él se internó en la espesura del bosque, al parecer sin rumbo fijo. Así mi vara con ambas manos, apuntando hacia el cielo y firmemente presionada contra mi pecho.
—Gracias. ¡Gracias!
El mismo fulgor verdoso emergió de las inscripciones de la vara, un viento reparador revoloteando mi cabello y mis ajadas ropas. Me giré a ver a Larissa y Maria. Maria ya flotaba sobre la tierra casi a la misma altura que Larissa. Ambas estaban en una especie de guerra de desgaste.

La lanza inmensa que Larissa había preparado fue destruida en arenilla por una ráfaga de viento de Maria. Mientras Maria lanzaba un cañón de agua, Larissa le bloqueaba con un remolino que lo desintegraba. Si Larissa lanzaba un rayo de electricidad, Maria lo frenaba con una llamarada. Al intento de lanzarle dagas de tierra, Larissa las disolvía con aire también. Parecía que se atacaban la una a la otra tratando de demostrar quien podía resistir más tiempo.
—¿Después de décadas de no inmiscuirte en mis asuntos, ahora te da la gana de regresar?
—¡Por qué sólo hasta ahora alguien me ha dado el coraje de por fin detenerte!
—¿Esa chiquilla inútil?
—¡Sigue mofándote así! De aquella que te burlas hoy, mañana va a ser tu caída.
Enfoqué mi varita hacia Larissa. Quizás podía ayudar a Maria. Una voz me susurró al oído.
—Angela… Vicente, Vicente.
Bajé mi brazo. Entendí el mensaje de Masha.
—¡Si ni siquiera puede usar nuestra magia sin ese apósito que carga en la mano!
—¡Y aun así, su fuerza viene directo de Sidhe!
Una carcajada rompió el aire.
—Sidhe, Sidhe… ¿Aun crees en esas historias de niños? ¡La tal nunca existió! ¡Solo yo! ¡Solo yo tiene el poder de crear vida! ¡De vivir por siempre!

Me giré y continué buscando a Vicente entre los arbustos. Si mal no estuve, el impacto que lo hizo volar iba en dirección al bosque.
—Concédeme este favor, oh Sidhe.
Apunté mi varita a mis pies, el remolino de viento de nuevo levantándome por encima del suelo. De repente, ya estaba a unos diez metros de altura, sobrevolando los árboles bajo mis pies. No lograba encontrarlo, no había traza de su destino o de dónde había sido disparado, si es que había ocurrido aquello. Apeñuscaba los ojos, peinando con mi mirada el bosque, buscándolo.
Sin aviso, una especie de arenilla voló por mi cara, entrando en mis ojos, cegándome. Mientras me rascaba los párpados, una voz me llegó por la espalda.
—¿Me buscabas?
En tanto me giré, sentí como Vicente me agarraba del cuello con una llave, arrebatándome la varita de la mano y lanzándola hacia la arboleda abajo.
—¿Qué demo…?
Apretaba mi cuello sin compasión. Mis manos intentaban liberarme de su brazo. La respiración se me iba con rapidez y el remolino a mis pies comenzaba a perder potencia. Mi visión comenzaba a volverse borrosa y luego oscura.

Estaba en la sala de mi casa. Mi novio y yo mirábamos la televisión. Nos reíamos como tontos de las caricaturas que pasaban en ese momento.
—¿Quieres tomar algo más?
—Un poco de Coca, porfa.
—Está muy bien.
Recogí los vasos y me fui a la cocina. Él se quedó en la sala, carcajeándose. Me enternecía verlo así. Serví un poco más del acaramelado líquido en ambos vasos y regresé. Estaban pasando publicidad.
—Aquí están.
—Gracias Angela.
Me dirigí al televisor y moví la perilla de los canales.
—¿Qué haces? ¡Ya vuelve el programa!
—Mirando que hay en otros canales mientras tanto.
Mientras las imágenes se desdibujaban y convergían en otras diferentes, pasé con rapidez a través de una señal de la cual solo pude ver una caricatura un poco graciosa acompañada de un par de palabras en una voz seria.
—…En caso de un ataque, golpear la…

Lo recordé de inmediato y un nuevo calor se acumuló en mi cuerpo. Sin pensarlo, plegué mi pierna izquierda con toda mi fuerza hacia atrás, aplastándole su parte baja media con el talón de mi pie. Soltó su brazo por instinto, además de exclamar un grito desgarrador. Tosí un poco mientras recuperaba la respiración. Ya sin la potencia del remolino que me había servido de plataforma y sin el agarre de Vicente, comencé a caer en línea recta. Mientras descendía, veía como él se agarraba la ingle, sollozando. Yo, que jamás era de decir palabrotas, sentí la necesidad de hacerlo, aunque mi voz salió tosca.
—¡Jódete!
Ya preparada para recibir el golpe de mi impacto contra los árboles y el suelo, cerré los ojos.

—¡Mi señora Angela!
La voz en coro de las hadas llegó a mis oídos. Abrí mis ojos y noté que estaba sostenida sobre el aire, siete pares de alas tornasol agitándose con rapidez, aguantando mi peso. Millia, quien era la que estaba más lastimada de las ocho, solo tenía fuerza para traerme la varita. Me la entregó en las manos.
—Mi señora Angela, no tenemos mucha fuerza, pero venimos a apoyarte. Y recuerda, no es solo el viento el que puedes controlar.
Las siete me dejaron sobre el suelo con suavidad. Aun estaba un poco anonadada.
—¡Gracias chicas!
Arielle, quien era la más pequeña, me dio una idea.

Me giré a ver el lugar en el que Larissa y Maria continuaban batallando. Alrededor de ellas se había formado un nubarrón espeso, más parecido a un tornado, del cual salían muchos truenos y se iluminaba como un espectáculo de luces. De vez en cuando salían bolas de fuego despedidas como si una de ellas tuviera un lanzallamas, o gigantes rocas se formaban de la nada, atravesando el campo de batalla y cayendo sobre el bosque. Del nubarrón caían grandes cantidades de agua y granizo. Su batalla era intensa. Si aún estaban gritándose, ya no las podíamos escuchar.

Tomé mi varita y la apunté al bosque. Las chicas se hicieron detrás mío, como a sabiendas de lo que iba a ocurrir. Una vez pedí mi deseo, la varita comenzó a brillar, un centelleo que me encandilaba un poco. Incluso sentía que vibraba al compás de mi corazón. Apeñuscando mis ojos hacia Vicente, tracé una línea en el aire hacia el lugar dónde se encontraba. Aún parecía adolorido por mi abuso inguinal.
—¡Ahora!
Mi grito fue profundo. Con ello, surgió del bosque un remolino, pequeño inicialmente, pero continuamente en crecimiento, levantando consigo mismo las hojas caídas y algunas otras recién desprendidas de los árboles de alrededor.
El remolino se levantó con fuerza, tomando mucha velocidad una vez tomó cierta altura. Era un torbellino color entre marrón y esmeralda. Mi vara seguía palpitando, como bombeando energía mágica de mis entrañas hacia ella, y así mismo hacia el bosque. Sentía como un cansancio comenzaba a embargarme.
Un segundo después, el tornado impactó a Vicente. No podía ver lo que ocurría adentro, pero dentro de mi alma sentía que lo hería, como si múltiples hojas muy filadas cortaran su piel y su ropa, dejándolo debilitado. Las chicas seguían escudándose detrás mío, el bosque levantándose, rebelándose contra de aquel inhumano dios.
De repente, alrededor del torbellino, noté como una capa muy fina de algo color marrón comenzaba a acumularse, como tierra pegándose como costra encima del parabrisas de un automóvil.
—¡Nooooo!
El grito fue visceral.
—¡Angela!
El escudo que se armó alrededor del tornado detuvo la masa de viento, disipándola hacia todos lados. La vara dejó de pulsar. Miré a Arielle. Ella estaba estupefacta, apoyándose en una de mis piernas.
Notaba como de dicho escudo pequeñas púas comenzaban a emerger. Mis ojos se brotaron y mis piernas se tensaron.
—¡Huyan! ¡Huyan ahora, hacia el bosque del otro lado del camino!
Apunté mi varita hacia Vicente, mientras las chicas corrían despavoridas hacia la espesura.
—¡Señora Angela!
No sé cual de ellas gritó, pero apreté mis dientes.
—¡Ve, ahora!
Un brillo azul comenzó a surgir de las inscripciones en mi varita. En aquel momento, aquellas púas comenzaron a dispararse hacia mi como metralla.
—¡No, Vicente, no lo harás!
Me movía sutilmente, evitando perder la concentración. Varias de aquellas esquirlas comenzaban a magullar mis piernas, mi cara y mis brazos, como pequeños trocitos de vidrio. Mis pies ya flaqueaban y ligeras líneas de sangre comenzaban a brotar de mis heridas.
—¡Vamos! ¡Vamos!
Comenzaba a desesperarme. Mis acciones tomaban bastante tiempo en ejecutarse. Al impacto de las laminillas que arrojaba Vicente, el polvo del suelo alrededor mío se convirtió en una nube, una polvareda espesa que comenzaba a cubrirme. Mi energía me abandonaba.
El escudo que cubría a Vicente se desvanecía lentamente, y del otro lado, un muy magullado Vicente parecía soltar goteras de su propia sangre, sus ropas hechas trizas. Noté que descendía con lentitud mientras se sostenía su brazo izquierdo.
—¡Es hora de acabar con esta farsa, Angela!
Yo continuaba apuntándole, aunque mi vista se comenzaba a nublar por la tierra levantada.
—¡Estoy de acuerdo! ¿¡Por qué no te rindes!?
Mis brazos ya temblaban, no solo por el cansancio de mi posición, pero por las múltiples heridas que aún manaban sangre. La luz de la vara era intensa. Aguanté la respiración y cerré mis ojos.
—Bueno, igual, ya sabemos quien ha ganado esta batalla. Adiós, Angela.
—¿Perdón?
Él ya había descendido al suelo, a unos cinco metros al frente mío. Soltó una sonrisa e hizo un trucar de dedos. De repente, todo se llenó de penumbra. Mi cuerpo se resintió, como si estuviese debajo de toneladas de roca. No podía moverme un centímetro y era imposible respirar. El frío era intenso, un poco mezclado con humedad.
—Huh, te dije, era hora de acabar con la farsa. Espero que mueras rápidamente. No me puedo imaginar que se siente estar debajo de una montaña. ¿Te matará el peso? ¿O te matará la falta de oxígeno?
Su voz llegó amortiguada, como si hubiera pasado por capas y capas de roca. Se reía a carcajadas, como si disfrutara de lo que hacía. Si eran verdad sus palabras, entonces estaba prácticamente muerta.
—Ah, Angela, creo que no necesitarás esto…
Sentí como intentaba arrebatarme la varita de la mano. Eso significaba que al menos la punta de ella estaba fuera de “la montaña”, o como fuera que él la llamaba. Apreté mi mano con mayor fuerza. A pesar que no podía respirar y que no podía ver, sentía como la varita me intentaba decir algo, como si la piel se me volviera de gallina. Era obvio. Me concentré en ella. Me ericé y sentí como de mi emergía una fuerza enorme, una carga guardada por un buen tiempo. Se hizo el silencio, a exceptuar de un quejido sordo.
—¡Guh!
Ya no podía aguantar más mi respiración. Vicente ya no halaba mi vara, y en reemplazo de ello, una serie de tosidos llegaban a mis oídos mientras yo perdía la conciencia.

—Señora Angela… Ha batallado usted maravillosamente.
Una voz llegaba directo a mi mente. Era Millia.
—¿Qué deseas?
Su voz era melodiosa, nada parecida a la insistente y feral voz que me demostró en mi cumpleaños número catorce, ni a la apurada y sumisa que había escuchado desde que llegué a este lugar.
—¿Es ese tu deseo?
Solté todo mi cuerpo. Sentía que sonreía, a pesar que no podía verme, que no podía moverme.
—Está bien.
Me sentía húmeda, como si me hubiera caído un chubasco encima. ¿Cómo iba a morir? ¿Ahogada sin aire, ahogada bajo el agua o aplastada por el peso?
—No vas a morir.
Ya no era Millia quien me hablaba… Alguien más me lo decía, con una serenidad que me daba rabia, como sin sentido de urgencia.
—No vas a morir.
¿Y cómo estás tan segura?
—Abre tus ojos y aspira una bocanada de aire.
¿Y quién carajos eres tú?
—Jajaja, así me has llamado.

Aspiré aire como si fuera mi último suspiro. Estaba lloviendo a cántaros, una lluvia procedente de la guerra entre las dos diosas. Tosí con mucha fuerza y volví a respirar, llenando mis pulmones, recibiendo de nuevo una vida que ya daba por perdida. Vicente estaba tirado en el suelo, inmóvil, en una especie de burbuja cerrada que ni siquiera dejaba pasar la lluvia.
Intenté mirar hacia abajo pero mi cabeza no se movía mucho. Todo a mi alrededor era tierra, moliéndose lentamente en fango por el aguacero, permitiendo por fin mis movimientos. Mi vara parecía estar en silencio, quieta, apagada.
—¿Y qué pasó acá?
—Señora Angela… Tú lo hiciste.
—¿Yo?
Una vocecilla rígida y nasal salió a mi frente. Era Arielle, quien con sus manitas escarbaba la montaña al frente mío, intentando liberar mi brazo. Las demás chicas le ayudaban. Una vez ya pude mover mi mano con libertad, ellas se hicieron a un lado, y yo creé un pequeño torbellino que disipó la arenilla y la lanzó para todos lados. La lluvia no amainaba aún.
—El dios Atenea ha fallecido.
—¡No! ¿Y cómo…?
Las chicas me miraban como si fuera ineludible el hecho. Yo había matado a Vicente.
—¡No puede ser!
Corrí a sus pies, rompiendo la burbuja que aparentemente yo había creado. Una vez se reventó, el aire a mi alrededor se agolpó hacia el espacio dónde estaba, como si el vacío se hubiera rellenado con aire. ¿Lo había asfixiado?
—Vicente… ¡Vicente!
Estaba pálido, su tez un tipo de violáceo que jamás había visto en un ser. Las heridas que había ocasionado con el tornado estaban secas, sin brotes, ni manar de sangre. Intenté sentir su respiración, pero era inexistente. Sus venas estaban brotadas, plenamente visibles en su frente y cuello, y sus labios eran morados.
—¿Qué pasó?
Las chicas menearon su cabeza, como indecisas de decirme la verdad.
—¿Qué hice?
Se mantuvieron en silencio. Me giré a ver a Millia, quien fruncía su ceño como si estuviese a punto de llorar. Ya lágrimas bajaban por mi rostro.
—¿¡Qué demonios hice!? ¡Esto no puede estar pasando!

Un trueno rompió mi grito. Me torné a mirar su origen. La extraña nube que envolvía el campo de batalla de Maria y Larissa se rompió en millones de goteras que atravesaban el viento, cayendo como granizo sobre el suelo.
—¡Vicente!
Más que un grito, era un gruñido.
—¡No! ¡No! ¡No! ¡No puede ser!
Era Larissa. Maria se había quedado quieta, casi roncando por su boca del cansancio. Voló como un rayo al lado del cuerpo. Se arrodilló a su lado y lo cargó.
—Vamos… ¡Vamos!
Ella se rodeó de un brillo verdoso. A diferencia del que yo había despedido antes, era un tono enfermizo, quizá oscuro. Sin embargo, el cuerpo de Vicente no brillaba.
—No me puedes hacer esto, no…
Continuaba inyectándole energía al cadáver. De sus ojos, unas gruesas lágrimas brotaban, mojando los ropajes destruidos del chico. Sin embargo, no seguía sin reaccionar.
Veía como apretaba su mandíbula con un poco de rabia.
—Vamos, vamos… Tú puedes. Vicente, vamos. Abre los ojos.
Yo no sabía que hacer. Las chicas se habían ocultado detrás de mi, como resguardándose. Larissa se quedó en silencio y resopló por su nariz. Luego, comenzó a reír. Su cara no era humana más. Los ojos, desorbitados, ni siquiera tenían un destino, sus venas brotadas cruzando su frente, sus dientes feroces, su cuerpo dando arcadas. Sentí muchísimo miedo.

—Está bien, Angela.
No pude responder. Estaba congelada.
—Ya probaste el sabor de la sangre.
Mis piernas volvieron a ceder.
—Creo que es hora…
Sentí que mis pantalones estaban mojados. No era el agua de la lluvia a nuestro alrededor.
—Que pruebes el gusto de tu propia sangre.
Sin aviso, Larissa tenía su mano aplastando mi cabeza y la otra aplastando mi cuello.
—¡Pausa!
La voz del chiquillo retumbó, como si hubiera provenido del cielo. El mundo se congeló. Las gotitas de agua que estaban aun cayendo se quedaron quietas en plena caída, Larissa mostrando su lado inhumano, las hadas detrás mío atemorizadas. Caminó a mi frente, mientras yo no podía moverme.
—Lo encontré.
Tenía en sus manos una especie de reloj de arena. Era hermoso, con madera, unas arenas arco iris, como escamas de las alas de las hadas, cayendo con lentitud.
—El otro artefacto. Me dio dificultad hallarlo. Mi hermanita Masha lo había ocultado en su casa.
Mientras me miraba, daba fugaces miradas al reloj con el rabillo del ojo.
—Este no es muy conveniente. Solo funciona mientras caen las arenas.
Yo quería gritar, preguntar, pero estaba totalmente congelada, ni siquiera podía pestañear. Gyasi miró al suelo y vio el cadáver de Vicente.
—Oh no.
Suspiró fuertemente y cerró sus ojos, mientras meneaba su cabeza.
—No había nada que hacer, Angela. Lo siento. Sé que no era tu intención, pero…
Miró a Larissa, quien estaba allí en una pose innatural, esperando aplastar mi cabeza y cuello con sus manos. Los últimos granos de arena caían.
—Todo estará bien.
Se giró a ver detrás de mi espalda, dónde probablemente las hadas estarían ocultándose.
—Todos dicen que mis capacidades son muy poderosas. A veces creo que mienten. Pero hoy, creo que es real. Tenías un poco de razón en desear que te colaborara.
Puso su mano sobre el brazo de Larissa.
—Tu eres increíblemente diferente. De todos los dioses del aire que han pasado por acá… Eres única, especial. Confío en ti, y sé que Maria también. Ahora, te pregunto… ¿Nos liderarás en estos momentos tan oscuros? ¿Nos llevarás a un momento de esplendor y felicidad para todos?
Apuntó hacia las criaturas a mi espalda. Aclaró su garganta. Un tiempo atrás me parecía un chiquillo, un niño mucho menor que nosotros, hiperactivo, animado y sonriente. Ahora, se veía decidido, heroico y poderoso.
—Tomaré tu silencio como un si, y tu aceptación de mis condiciones como inexorable…
El último granito de arena cayó.

—¡Ahora!
De un golpe, Maria estaba a mi lado. Las hadas volaron hacia Larissa, agarrándole sus brazos y tratando de empujar para que ella me soltara.
—¡Repite, Angela!
—¡Por Sidhe…
Mis ojos se querían salir. Sentía como Larissa me arrancaba la cabeza. Repetí sin aliento, mientras Gyasi gritaba las palabras al compás que Maria marcaba, además de girar el reloj.
—¡Por Haoma, Atenea, Nut, Aura y Hauhet!
—Oh no, no lo harán…
El grito de Larissa fue horrible, mis oídos doloridos por el ruido.
—¡Ve hacia el árbol de la vida!
Una luz muy potente rompió el cielo, encandilándonos. Un estallido, como el de fuegos artificiales, rebotó en mis oídos. La presión en mi cabeza y cuello se detuvo. Caí al suelo de espaldas.
El alma de Larissa, o lo que fuera, se desvanecía como un rayo de luz hacia el cielo, mientras que su cuerpo se desperdigaba en el aire como arenilla. Había sido expulsada. La habíamos expulsado Maria, Gyasi y yo.

Yo me arrojé al suelo, sosteniendo mi varita entre mis pechos. Mi corazón latía a mil por hora, y a pesar que aún estaba triste acerca de Vicente, sabía que a la larga seria por un bien mayor. Las chicas se hicieron a mi lado, en júbilo. Maria se paró al frente mío y con una voz fuerte me preguntó.
—¿Y bueno?
Gyasi se agachó a mi nivel.
—¿Y bueno, jefa?
Sonreí un poco.
—No me llames así, y más bien ayúdame a parar.
El chico usó su magia para hacerme flotar y ponerme de pie. Noté que ya no me causaba impresión el uso de la magia. Giré mi cabeza hacia el cuerpo de Vicente. Aquella vista, de aquel joven, sofocado por mis acciones era increíblemente fuerte. No pude detener mi llanto. Escuché el aletear de las hadas, quienes seguían a mi lado. Una de ellas, no se cual, sobaba mi cabeza. Entre sollozos y un poco de hipo, cerré mis ojos. El agua empozada en ellos brotó por mis mejillas.
—¡Oh, gran Sidhe! Perdón… Perdón… Perdón. Vicente, perdón, perdón, perdón.

Masha levantó el cuerpo de Vicente con su magia, y lo llevó al borde del mundo, al otro lado de la puerta de metal.
—Adios, Vicente. ¡Qué Sidhe te guarde!
—Adios, hermano Vicente. Tu nobleza y fuerza siempre estará con nosotros.
Yo no podía parar de llorar. No dije nada.
Un minuto después, Masha lo arrojó rodando en el precipicio. Unos segundos después, un estallido reventó el aire, con otra pila de luz emergiendo hacia el firmamento. Como indicando el final de una larga jornada, el cielo estaba de un intenso color rosa, las nubes en el firmamento de un color lila intenso. Ya era un poco tarde.

De regreso en la villa y al frente de la casa que era de Larissa, Maria, Gyasi y yo decidimos que acciones son las que que seguirían para todos. Las chicas no quisieron entrar a la villa, quizá aún temerosas de alguna represalia. Sería algo que cambiaríamos en el futuro para que ellas regresaran, pues al final, era su mundo y nosotros solo estábamos de paso.
—Tomaremos turnos.
Maria y Gyasi me miraron como un bicho raro.
—Nos turnaremos los poderes. Es necesario.
—¡Pero!
—Tendremos que aprender el uno del otro.
Ambos suspiraron.
—Es la única forma. Nadie puede tener todo el poder. No queremos una repetición de… Larissa.
Miré al cielo.
—Vamos paso a paso. Yo necesito aprender de ustedes, y todos aprender mutuamente. Espero puedan confiar en mi.
Maria se apoyó contra uno de los árboles. Gyasi asintió.
—Pues, no se que vendrá, bruja de Berlin, Maryland… Pero creo que hablo por los dos, tienes nuestro apoyo.
—¡Si!
Gyasi se sonrió.
—No se diga más entonces.
Asentí y sonreí.
—¡Gracias amigos!

Juntos, clausuramos la casa de Larissa. Le prendimos fuego, después de retirar los libros. Era necesario, debíamos cerrar un ciclo perpetuado por tantos siglos.
Después de ello, encontramos el tomo secreto que Masha había descrito, enterrado varios metros por debajo de la cabaña. Junto con los demás libros y el diario secreto de Larissa, los pusimos de forma ordenada como una biblioteca histórica en la choza de Masha en la villa. Era importante preservarlos, como advertencia, como recordatorio que la magia podía ser explotada para el mal.

Maria decidió que quería seguir viviendo en su casucha del bosque, pues ya estaba mas acostumbrada a vivir allá. Lo tenía todo, tranquilidad, paz y alimentos. Gyasi también decidió seguir habitando su casa del árbol. Le encantaba la vista, además que desde allí podía ver el hermoso cielo que Masha pintaba día tras día.

Desde ese día, ellos venían a la villa a colaborar en las actividades en común. Se podría decir que me sentía un poco sola al principio cuando ellos se retiraban por la noche, aunque eso cambió con rapidez, ya que día tras día las hadas comenzaron a sentirse bienvenidas en la villa. Hicimos cientos de cosas para que ellas volvieran a confiar en nosotros, aunque el hecho que yo les otorgara nombres a cada una de ellas ayudó bastante.
Con ellas, los pajarillos, animalitos y otras criaturas regresaron, incluyendo peces que comenzaron a nadar en el río. Las hadas se encargaron del cuidado de las plantas y árboles, entre todos sumiéndoles la energía de Sidhe.

Con el tiempo, aprendí de todos algo, la alegría y espontaneidad de Gyasi, la capacidad e inteligencia de Masha, y la comunión con la naturaleza y con la magia de la mano de las hadas. Ocho de aquellas criaturas rápidamente se convirtieron en once, once en quince, y quince en veintidós. No sé si era por la nueva organización de la villa, o porque algo había cambiado en el mundo de los humanos. Ellas, y a su vez Masha y Gyasi, se deleitaban con mi relatos acerca de la vida en los años ochenta. Las hadas me preguntaban muchas cosas acerca de las costumbres humanas, y de como poder ayudar mejor a sus ahijados.

Después de un buen tiempo, mi varita se convirtió en un símbolo de nuestra amistad. Ya no era necesario para mi usarla, las dos hojitas que salían de ella originalmente eran ya una rama más grande, con cientos de pequeños retoños emergiendo. Decidí plantar mi varita en el terreno dónde quedaba la casa de Larissa.
No se imaginan la cantidad de relatos y experiencias que han ocurrido en la villa. Me encantaría continuar relatándolas, pero quizás sea mejor dejarlo para otro momento.

Y así aconteció, no se cuántos años después, mi cuerpo ya más alto y contorneado, que las hadas por fin trajeron al siguiente dios. Una explosión en el firmamento marco su llegada, un ruido que me recordó a la salida de aquellos dos seres que eran pares nuestros, pero que se desviaron por avaricia, causando dolor y sufrimiento.

En el medio de la villa, al lado del arbusto que creció de mi antigua vara, un rayo luminoso como una columna de luz, descendió. Yo corrí desde mi casa a verle. Y una vez disipado con el tiempo, como luciérnagas que huyen al ser espantadas por un caminante descuidado, un cuerpo pequeño, joven, frágil y adormilado yacía sobre el prado. Fue solo necesario ver su semblante para que mis ojos se llenaran de lágrimas. Aquel chico no era cualquier humano. Ya lo había visto antes.

En aquella sopa de oscuridad, en ese mundo intermedio que llaman “purgatorio”, fue mi única compañía. Fue la única persona que me había escuchado. Le conté todos mis secretos e incluso más. Yo ahora lloraba de verlo, como si me hubiese reencontrado un amigo que no había visto en años. Y dos horas después de su arribar, ya acostado en la cama de mi cabaña, se despertó.

Con una gran sonrisa en mi cara y felicidad en mi corazón, le di la bienvenida a este, el club de los dioses.
—Hola, buenos días… Ahora si me vas a poder contar, tú, ¿en qué gastaste tu único deseo?

«El club de los dioses» (parte 6)

Una vez escuché la respiración de Masha volverse acompasada y profunda, me levanté del suelo, tomé la vara y dando pasitos ahogados sobre el piso crujiente de madera me aproximé hacia la puerta. Con cada paso que daba me giraba a verle para saber que no la había despertado. La luz de la Luna iluminaba de cian la oscuridad de la habitación y la chimenea ya estaba casi apagada. Solo un par de tiznes aun brillaban anaranjados.
Abrí la puerta lo más silenciosamente que pude, y aun en medias, me deslicé hacia afuera. Del otro lado, me las quité, las doblé, las deposité al frente de la puerta de entrada y salí hacia el claro. Era como si el tiempo no corriera en este lugar, la Luna aún brillaba afuera con intensidad, como desde hace ya horas, permitiéndome verlo todo con claridad. Estaba haciendo bastante frío aquí, pero decidí ignorarlo. Afortunadamente el viento estaba calmado. Caminé hacia el lugar dónde Masha había hecho crecer el árbol anoche y me senté allí a esperar.
El bosque de Masha era muy diferente del que bordeaba la villa. Todo tipo de sonidos surgían de entre los árboles, los aullidos de las lechuzas, el chillar de los grillos, el viento golpeando las ramas de los árboles. Sentada a la sombra del arbusto, cerré mis ojos y me dejé envolver por el barullo.

De repente, el revolotear de las hojas de los árboles me transportó al mar. Sentía la arena bajo mis pies, el Sol quemando mi piel y la brisa marina refrescándola. Recordé las veces que mis padres y yo íbamos en automóvil a la playa de Ocean City y pasaba una tarde jugueteando en el mar, corriendo por las dunas y comiendo la deliciosa comida que mi mamá empacaba, además de cualquier otra chuchería en el parque de diversiones.
Sentí la voz de mi madre llamándome, el olor de la arena tostándose bajo el sol, mis cabellos volando frente a mis ojos, la cara de mi difunto padre sonriendo. Sentí un dolor agudo en el pecho.
—Señora Angela…
Una vocecilla suave me sacó de mis recuerdos. Abrí los ojos, para encontrar una luz brillante y cegadora que me iluminaba desde el cielo. Miré hacia arriba y parecía como si se hubiese fracturado el cielo nocturno y el Sol hubiera entrado por el agujero, bañándome de luz.
Me levanté y alrededor mío y en parte del lugar dónde había crecido el árbol, la tierra y el suave prado que había en ella se habían convertido en arena de mar.
—¿Qué es esto?
En tanto musité esto, el agujero se cerró y la oscuridad regresó. La arena permaneció allí como evidencia de lo que había ocurrido.
—¡Santo Dios!
Mi voz se levantó sin querer. Me mandé la mano a la boca. Esperaba que Masha no se hubiese despertado por el ruido. Millia estaba a un par de pasos de distancia, con cara de preocupación.
—Señora Angela.
—Millia, ¿qué pasó? ¿Esa luz de dónde salió?
—No lo sé, señora. Quizá es su deidad.
Puso sus manos juntas en señal de adoración. Mi corazón estaba aún andando con rapidez. Meneé la cabeza como reiniciando mi cabeza.
—¿Llamaste a tus hermanas?
—Si señora. ¿Pero se encuentra bien?
—Totalmente. Vamos, vamos.
—Sígame por favor.
Recogí mi pequeña rama de árbol y seguí a Millia. Nos adentramos un poco en el bosque. Me preocupé por estar descalza, pero dentro de mí sabía que estas criaturas no me herirían o pondrían en peligro. Después de caminar unos diez minutos llegamos a un lugar que parecía una replica más pequeña del mismo espacio abierto en el bosque donde la casa de Masha estaba. Allí unas ocho criaturas similares a Millia estaban esperando ansiosas, como en una especie de comité de bienvenida.
Una vez entramos, ella se dirigió a sus hermanas y comenzó a hablar con ellas en algo que parecían unos tonos, que se me hicieron muy parecidos a los usados para marcar en el teléfono. Mientras esperaba, me senté en el suelo, cruzando las piernas. Las observé a todas, la Luna iluminaba sus pequeños cuerpos con claridad.
Algunas de ellas tenían las alas en mejor estado o no estaban tan lastimadas como Millia. Otras eran más altas, más bajas, tenían el cabello de otro color, aunque todas usaban harapos como ropajes. Unas eran incluso más delgadas que Millia, mientras había un par que eran más rollizas. Sus edades variaban también, había unas que parecían más adultas y otras más jóvenes.

Después de un par de minutos, Millia se dirigió hacia mi y se postró en el suelo.
—Señora Angela.
Las demás la siguieron.
—No, no, levántense… No tienen que rendirme ningún tipo de pleitesía. Arriba, arriba…
Una a una se fueron levantando. Sentí que era necesario que me presentara yo primero para que se sintieran en confianza.
—Chicas, chicas… Soy Angela, la ahijada de Millia. Soy solo una humana común y normal.
Millia seguía en el suelo.
—Millia, levántate.
—Pero…
—Pero nada. No me tienes que tratar como una deidad ni nada de eso.
Subió la cabeza despacio. Vio sus demás hermanas de pie. Finalmente, se levantó.
—Quería conocerlas. No soy una diosa ni nada, solo una humana normal. La verdad todo esto de ser diosa muy nuevo para mi, llevo apenas un par de días aquí. Ni siquiera magia sé usar.
Me reí un poco.
—Solo hoy me enteré de la triste situación en la que están. Les juro que intentaré hacer algo para que vuelvan a vivir tranquilas. No será fácil, pero lo intentaré.
Millia se acercó a sus hermanas y habló un par de cosas en su lenguaje. Esperé a que terminaran. Posé mi mirada en la casucha que había en el claro. En las ventanas, tres criaturas miraban con curiosidad. Eran diminutas, como figuritas de las más grandes que estaban al frente mío, sus ojos gigantes y brillantes absorbiendo la existencia de este gigante sentado al frente de sus mayores. Levanté mi mano y les hice señas para que vinieran. Se miraron entre ellas, sonrieron, pero siguieron resguardadas dentro de la casa.
—Señora Angela. Oramos a Sidhe para que se hagan realidad sus palabras. Estas son todas mis hermanas.
—Hola a todas, de verdad es un gusto conocerlas. ¿Disfrutaron de la fruta que les regalé?
Todas sonrieron al mismo tiempo.
—Fue deliciosa, señora Angela. Hace años no comíamos algo así.
—Me alegra muchísimo. ¿Y tienen nombres?
—Pues en nuestro lenguaje si tenemos una especie de nombres, pero hacia ustedes dioses no tenemos nombres. Como soy la única que puede conversar con la señora Sidhe, de mis hermanas soy la única que ha sido agraciada con el honor de un apelativo.
Suspiré profundo.
—Pues no está muy bien eso.
Millia se notaba un poco afanada.
—No se preocupe, señora Angela, nosotros no estamos tristes por no tener nombre.
—Pero si yo quiero hablar con digamos, ella…
Señalé hacia una de las hermanas, una más delgada que Millia, con las alas brillantes y en muy buen estado, su piel tersa y blanquecina, además de un hermoso cabello dorado que le llegaba hasta el lugar de dónde emergían las alas.
—¿Cómo le haré? Necesitamos nombres. No sé hablar su lenguaje, desafortunadamente.
Se me ocurrió una idea.
—Millia, ¿cómo es tu nombre en tu lenguaje?
—Es algo como…
Se sonrojó un poco. Hizo un ruido compuesto de tres tonos diferentes, cada uno con duración diferente.
—Hmmm, tú.
Señalé a la hada que había tomado como ejemplo.
—Hola.
Con pena, la criatura agachó la cabeza. Su piel blanca se puso roja como un tomate.
—¿Puedes hacerme un favor? ¿Puedes llamar a Millia en tu lenguaje?
Asintió. Después de un tono que sonó tembloroso, supongo por la pena, pausó, tosió un poco, y volvió a comenzar. Eran exactamente los mismos tonos y en igual duración.
Me giré a buscar la varita, pero no la hallé. Estaba segura que la había traído hasta acá.
—¿Y mi vara?
Un poco lejos, las tres chiquillas que me miraban curiosas en la casa habían salido y jugueteaban con el tronco. Sonreían y hacían unos sonidos muy diferentes a las típicas risas de los niños, pero que supuse eran lo mismo.
Millia se notaba furiosa. Ya iba a salir volando hacia ellas para reprenderlas. Yo la detuve con mi mano.
—¡Calma, Millia! Déjalas jugar.
—Pero, señora, ¡su tronco de árbol!
—Es solo una rama de un árbol, no te preocupes.
—Pero…
—¿Acaso no estamos en el bosque? Hay miles si no millones.
La chica a la que me había dirigido antes me contestó, dejando su pena de lado. Su voz era diferente, más delicada y suave. Se me parecía a la voz de una actriz que me gustaba mucho.
—Mi señora… Ese tronco no es un tronco cualquiera.
La siguiente hada habló. Su voz era más gruesa pero más melodiosa. Era ella una de las que yo consideraba un poco más rollizas.
—Es una vara mágica. Sidhe está presente con mucha fuerza en ella.
—¿Cómo así?
Las niñas vinieron a traerme la vara, dejándomela en el regazo. Sonreían felices, haciendo unos tonos agudos y variantes, que comprendí que eran risotadas. Les puse la mano en el suelo y las tres se subieron a ella. No eran pesadas en absoluto, si mucho como un par de piedrecillas del río. Si fueran humanos, por su apariencia diría que tendrían entre tres y cuatro años. Las acerqué a mi cara.
—¡Hola! ¡Qué lindas son!
Hacían los mismos tonos del lenguaje propio de ellas y se reían después. Deseé poderles entender. Bajé mi mano y ellas descendieron. Millia hacía unos tonos ligeramente graves hacia ellas.
—No te enojes con ellas.
—Mil disculpas, mi señora, son nuestras primeras niñas en mucho tiempo y no saben de conducta. Les reprenderé.
—Te dije que no lo hagas. De nuevo, no pleitesía.

Agarré la vara del árbol en mi mano. Era a todas vistas una vara normal, de un árbol normal, ligeramente torcida, como un poco quebrada incluso. Era del mismo grosor de mi dedo meñique. La corteza estaba firmemente adherida al tronco. La tomé de una de las puntas y la apunté hacia el cielo. En tanto hice eso, todas las hadas aspiraron y se arrodillaron a mis pies.
—¿Qué pasa?
Millia, quien estaba arrodillada, habló con fuerza, casi gritando.
—Hermanas, Sidhe está aquí.
—¿Está aquí?
—¡Gran Sidhe!
—¿En la rama?
Solté la rama en mi regazo.
—Millia, me tienes que explicar. ¿Qué viste? ¿Qué pasó? Yo no vi nada.
—Mi señora.
Estaba en llanto, pero con una sonrisa plena en su cara.
—Una luz blanca, muy brillante salió de ti, directo por tus brazos, disparada a través de la rama del árbol.
—Pero…
—En tanto la apuntaste al cielo, un haz de luz, como el del día de la creación salió directo hacia el firmamento. Fue lo más hermoso que hemos visto en nuestras vidas.
No podía creer lo que ella me relataba. A mi vista humana no había ocurrido nada, pero en sus ojos de hadas algo diferente había ocurrido.
—¿Y ahora? ¿Sin la rama del árbol?
—Pues… ¿Cómo te explicara?
Una de las otras chicas, más bajita que Millia, de cabello cortico y con cara más vivaracha voló hacia mi. Se acercó a mi vientre y apuntó directo a este. Su voz era un poco ronca.
—De aquí…
Luego voló a mi pecho y apuntó a la mitad.
—Hasta aquí. Fuego, mucha luz. Bola, gigante, blanca.
Extendió sus brazos totalmente. Luego voló a mi hombro derecho e hizo un recorrido hasta la punta de mis dedos, apuntando por dónde pasó.
—Línea de luz. Un río. En el otro también.
Apuntó a mi otro brazo. Parecía que el lenguaje humano se le dificultaba.
—Con tronco… Erm… Río crece, gigante, hasta punta de tronco. Fuego alto.
—Si, con el tronco aquel, es como si tu brazo se llenara de energía de Sidhe y saliera la energía disparada hacia dónde apuntas.
Millia gesticulaba un poco. Yo estaba procesando aún la situación. Era un mundo oculto, un invisible, pero que para ellas era patente. Mi cerebro científico se activó. No por algo era excelente en clase de ciencias.
—Chicas, haré un experimento.
—¿Un ex…?
—Una prueba. Díganme que ven.
Tomé la vara por la mitad, miré al cielo y luego la tomé por la punta, apuntando hacia el cenit. Cerré mis ojos y respiré profundo. Todo a mi alrededor era silencio. El rumor de las hojas de los árboles regresaba. Imaginé la playa de nuevo. El Sol me quemaba de nuevo, las olas iban y venían, la arena estaba caliente y manaba su salado aroma. Abrí los ojos.

Todo el claro de las hadas estaba iluminado, el Sol del medio día brillando sobre nosotras. Las niñas estaban sorprendidas, danzando bajo el caluroso astro. Las demás estaban maravilladas, sus ojos casi saltando fuera de sus órbitas.
—Señora Angela. La luz… La luz de Sidhe está contigo.
Presionaron sus manos y me hicieron una reverencia.
—Yo sabía que no era mentira.
Me giré a ver detrás mío. Era Masha.
—Desde el momento que te adentraste al bosque con el mago de Agaro… No me equivocaba contigo, Angela de Berlin, Maryland, bruja del aire.
—¿De qué hablas?
—No sabes, no sabes lo que guardas contigo. La cantidad de energía mágica, de energía de Sidhe que tienes. Esto… Esto, que acabaste de hacer… No sabes cuántos años me demoré en aprender como hacerlo. Y tu, en un día, en horas, lo haces.
—Pero… Aun no entiendo.
—Y no es necesario que lo entiendas todo ya.
Ella se giró a ver mi mano, que estaba aún dirigida al cielo.
—О, Боже. ¿Solo necesitabas una varita mágica? ¿Era eso todo?
Bajé mi mano y me puse de pie. Una de las hadas voló a mi hombro y se sentó en él.
—Pues, no sé todavía.
El hada se me acercó a mi oreja. Me giré a verla, era otra de las que era más robusta que Millia. Su cabello era como anaranjado y rizado. Me susurró con una voz que me recordó una de las cantantes de un grupo de gospel que mi madre solía escuchar.
—Señora, mis hermanas y yo queremos pedirte un favor.
—¿Dime?
—Deja con nosotras el tronco por esta noche. Queremos hacer algo.
—¿Seguras?
—Por favor, seria un honor para nosotras.
Se lo entregué y ella lo agarró firmemente, volando de regreso con las demás. Comenzaron a discutir en su idioma, observando el tronco.
—¿Y bueno?
Masha me preguntó con un poco de enojo apuntando hacia arriba.
—¿Qué?
—¿Vas a dejar este lugar con esto?
Miré hacia arriba. La ilusión de la playa no había terminado aún. El Sol aun calentaba, las niñas jugaban con la arena y la brisa marina aún nos envolvía.
—Uy. Jajajaja.
Mi sonrisa era más nerviosa que cualquier otra cosa.
—¿Y cómo lo detengo?
Masha se dio una palmoteada en la frente.
—Gran Sidhe, eres como un aparato que una vez encendido no se apaga. Hasta que no lo vuelvas a como estaba antes, no regresarás a la casa, bruja de Berlin.
—Angela, me llamo Angela.
—Hasta que no vuelvas esto a como estaba antes, eres la bruja de Berlin, bruja de Berlin.
—¡No!
Masha se retiró a la casa por el mismo camino por el que llegó. Yo me senté en el suelo de nuevo. Las niñas volvieron hacia mí, jugando entre ellas, dejando sus pequeñas huellitas en la arena, sonriendo, haciendo sus ruiditos alegres. Las otras ocho estaban muy concentradas observando mi varita por todos lados, los tonos de su lenguaje confundiéndose, complementándose.
—Bueno, pues si esto no acabará pronto… ¿Puedo jugar con ustedes?
Me giré a ver a las niñas, que asintieron cuando me escucharon.

Por unas dos horas, armé un castillo de arena a la escala de ellas. Con su ayuda, construí una muralla con un par de puertas, una torre, un mirador, unos techos y una montaña al lado. Usando unas piedrecillas, hice una especie de pirámide, que ellas después convirtieron en techo para la torre. Se divirtieron y gozaron, hasta que una por una se comenzaron a cansar. Yo, por mi, estaba también muerta. Me tiré al suelo, miré al cielo, bostezando, extendí mi mano hacia él como una palma y cerré mi puño.
—¡Gracias!
La noche regresó al lugar y con ello el frío. La estructura que había hecho con las hijas de las hadas aun permanecía, como un recuerdo de lo que había ocurrido. Sonreí. Me levanté y respiré profundo.
—¡Hasta mañana!
Las hadas que ya se habían puesto a hacer algo con la varita, se detuvieron y me hicieron una reverencia. Después de ello, continuaron en su labor, mientras una de ellas se encargó de llevar a la casa a las chiquillas.
Caminé en dirección a la casucha de Masha. Yo estaba verdaderamente muerta. Una vez llegué al claro de ella, noté que el arbusto seguía allí, al igual que la arena en su base. Las medias que había dejado puestas en el umbral estaban allí, en exactamente la misma posición dónde las había dejado y la puerta estaba cerrada. Nada había cambiado.
Abrí la puerta y me puse las medias. Masha seguía durmiendo plácidamente, como si no se hubiera levantado hace un tiempo. Me tiré en el suelo, me arropé con la cobija y me dormí profundamente.

—Bruja de Berlin, despierta.
Masha me despertaba meneando mi hombro.
—¿Cuánto más vas a dormir?
—Déjame descansar, aún estoy rendida.
Contesté con desgano.
—Tienes visita, Angela de Berlin.
Me senté con la vista nublada. Masha estaba en una esquina de la cocina haciendo no se que cosas.
—¿Quién es?
—Pues levántate y mira por ti misma.
Me levanté. Sentía que tenía el cabello enredado y cada músculo de mi cuerpo dolía. Me dirigí a la puerta, y del otro lado, seguía siendo de noche y Millia me esperaba. Abrí.
—Mi señora Angela.
—Hola, buenos días.
—¿Puede acompañarme un momento?
—Ah, déjame me pongo mis zapatos y me organizo un poco.
Apuradamente me calcé, con la mano peiné mi cabello como pude, bostecé como si me quisiera tragar todo el aire y salí.
—Ya regreso…
—Que Sidhe esté contigo.

Seguí a Millia despacio, mis músculos apenas despertando. Nos dirigimos hacia el mismo lugar que habíamos visitado hace horas. Allí estaba el mismo comité de recepción.
—Hola a todas.
Me hicieron una reverencia.
—Señora Angela, entre todas hicimos esto.
Entre las ocho cargaban lo que yo solo podría definir como una obra de arte. A todas vistas era la misma varita del árbol que les había consignado la noche anterior, pero ahora estaba brillante, tallada con múltiples y diminutos detalles, además de tener un mango apropiado y cómodo, como forrado en una especie de cuero. La vara tenía un grosor perfecto, que se volvía en punta hacia el otro extremo. Durante todo el largo, unas inscripciones que parecían runas de algún lenguaje antiguo. En donde el mango se convertía en vara, una pequeña ramita del árbol crecía, dos diminutas hojas dividiéndose como si estuvieran vivas.
La tomé en mis manos, mientras mis ojos se habían encharcados de emoción.
—Chicas… Esto es hermoso. ¡Es arte! ¿Es de verdad para mi?
Una de las hadas más chicas se pronunció. Su cabello era oscuro y llegaba al cuello, sus alas eran ligeramente más grandes que las de las demás y su voz era menuda, monotónica.
—Mi señora, esto es para que su deidad se haga realidad. Después de mucho pensar entre nosotras, este tronco es la representación de su infinito poder. Como hijas de Sidhe, es un honor para nosotras si la usara.
Acerqué la varita mágica a mis ojos. Cada detalle, cada pequeño tallado, cada línea era intencional y tenía un significado. Noté que la superficie brillaba con un arco iris etéreo, como perlado, como las alas de las mismas hadas que lo habían elaborado.
—¡Gracias! ¡Muchas gracias, es precioso!
Tomé mi vara y respire profundo. De repente, las inscripciones se iluminaron desde el mango hacia la punta con un dejo azulado. Pestañeé varias veces para ver si era mi imaginación.
—¿Y esto? ¿Cómo lo hicieron?
Otra de las hadas que faltaba por hablarme se arrodilló al frente mío. Era más alta y parecía de mayor edad que las demás. Su cabello llegaba hasta la base de la espalda, sus músculos eran macizos. Su voz era fuerte y con autoridad.
—Mi señora, nos tomamos el atrevimiento de hacerlo. Si es de su agrado y uso, cualquier sacrificio está bien visto.
—¿Sacrificio?
—No preste atención a esos mínimos detalles, por favor.
La volví a observar. ¿Qué habían hecho?
—Mi señora, ¿puede por favor probar los poderes de su deidad?
La última hada, la más pequeña de todas, un poquito rolliza, de cabello blanco y corto, con un semblante rozagante, se dirigió a mi manoteando un poco. Yo estaba ligeramente preocupada. Las otras veces que había intentado usar magia había sido totalmente aleatorio. Simplemente había salido de algún lugar. Tuve una idea.
—Este va a ser mi regalo para ustedes.
—No es necesario, mi señora.
—Si que si. Veamos.
Cerré mis ojos y respiré profundo. Del otro lado de mis párpados podía sentir una luz color aguamarina brillar con mucha fuerza. Una vez me relajé, abrí mis ojos. La varita emitía un brillo más fuerte que la Luna, iluminando todo el claro en el bosque con una luz intensa. Las hadas estaban todas llorosas, observándome y sonriendo. Mis ojos se aguaron de nuevo, pero decidí no distraerme.

Deseé que un pedazo de tierra se levantase, suficiente para que todas las hadas cupieran en él, un espacio mediano en medio del arenal que había quedado de anoche y cerca del castillo que hice con las pequeñas haditas. Deposité la tierra que retiré más hacia el bosque. Luego, como llamadas por mi mente, pequeñas piedras comenzaron a llenar el fondo del agujero. Cada paso era ordenado, definido.
Luego, cerré mis ojos y me concentré en la tierra. Le pedí perdón por mi intrusión, pero le supliqué por un hilo, por más pequeño, de agua termal. Volví a abrir mis ojos y un corto flujo de agua fresca y tibia surgió de uno de los bordes del agujero que había creado, llenándolo rápidamente.
Después, le agradecí a la tierra por su ayuda, y le pedí que se llevara el agua una vez el pequeño lago se llenara. Así ocurrió. Las hadas no entendían que estaba haciendo. Por último, puse unas pequeñas rocas en el borde de la diminuta laguna a modo de borde.
Suspiré con fuerza y solté la varita, que se dejó de iluminar con rapidez.
—He aquí mi regalo para ustedes. Es un lago de agua fresca. Beban del agua. Laven sus cuerpos y descansen.
Todas las chicas me observaron. Como llamadas por la felicidad me hablaron en simultánea.
—Nuestra señora Angela. ¡Muchas gracias!
—Supuse que debían extrañar el fluir del río y el agua. Si no me equivoco, esta fuente es siempre fresca. ¡Vayan, disfruten! Es de todas ustedes.
Todas se fueron al lago y tocaban el agua con sus manitas. Mis cálculos no se habían equivocado, todas cabían en el lago con espacio de sobra.
—Esto es mientras soluciono nuestro problema con Larissa, ¿entendido? En ese entonces podrán regresar al río.
Millia estaba en sollozos.
—Mi señora, no se imagina nuestra felicidad. ¡Qué una deidad nos dispense con estos momentos tan alegres! ¡Gran Sidhe, gracias! ¡Señora Angela, gracias!
—No es nada, Millia. Ahora si, limpia tu piel. Tus heridas me entristecen. Y cuida de tu hermoso cabello, no vale la pena verlo tan enmarañado.
El hada se acercó a mi. Yo me bajé a su altura.
—Gracias.
—Ahora, ¿me dirás porque le tienes tanto miedo a Masha?
Asintió.

Regresé a la casa de Masha, dejando atrás a las hadas disfrutar de su nueva fuente de agua. Blandía mi varita con fuerza, esta iluminando mi camino con su luz cian. Yo aún apretaba mis dientes.
Me quité los zapatos y entré en la cabaña. Masha estaba mirando hacia el fogón, revolviendo algo.
—Ah, regresaste, Angela de Berlin.
Se giró hacia mi. Mi semblante era fuerte, enojado. Yo sentía que podía matar con mi mirada. La luz de mi varita latía al ritmo de mi corazón. Suspiró con fuerza y cerró sus ojos.
—Así que por fin te dijeron.
—Maria Kameneva… Puede que con cualquiera de nosotros seas el tipo de demonio que quieras, por que al menos nos podemos defender… ¿Pero con ellas? Ellas son tan indefensas, nos adoran literalmente.
Se giró hacia mi y se encogió de brazos.
—Ellas son las hijas de Sidhe. Y yo soy Sidhe.
—Es decir, encuentras aceptable que si tu fueras a tener un hijo… ¿Lo tratases como bolsa de arena? ¿Solo por qué estás frustrada por algo y no encuentras la respuesta? ¿Solo por qué estás triste?
—Un momento, creo que hay un malentendido.
—Si, total, hay un malentendido. Tu no eres Sidhe. La diosa Sidhe no seria así de miserable con sus criaturas.
—Es solo una cosita mínima, es necesario que ellas entiendan que nosotros somos…
—¿Somos superiores a ellas?
Me exasperé. Mi voz estaba elevándose, las paredes de la casa retumbando.
—¿En qué te diferencias tú con Larissa, comportándote de esa manera? ¿No ves como has dejado lastimada a Millia, quién ha sido tu humilde sirviente y más ferviente adoradora?
Masha no sabía como responder.
—Las he dejado vivir aquí… En mi bosque. Bajo mi protección.
—Como esclavas. En su bosque, un lugar que era originalmente de ellas. Limitadas a lo que se te antojara. Entendí que por eso no hay luz de sol aquí… Para limitar la fuerza de Sidhe, dándoles la magia que se merecen a cuentagotas, como para sobrevivir.
—¡No es cierto!
Masha me dio la espalda para revolver su poción de nuevo, evitando mi mirada.
—Es tan cierto que no eres capaz de verme a los ojos. Te avergüenza. Maria Kameneva, no mereces ni un gramo de la devoción que esas criaturas te tienen, pues en realidad, lo único que te tienen es miedo.
Abrí la puerta y me volví a poner los zapatos. Dándole la espalda, con mis dientes bien presionados, mi corazón en llamas, mis ojos en lágrimas, solo pude pronunciar estas últimas palabras.
—Gracias por todo. Solo deseo que sepas hacer lo correcto. Y si no lo haces, quiero que sepas que no tienes ninguna diferencia con Larissa Florakis, aquella bruja que detestas y de la cual te quejas, bruja del cielo. Adiós.
Tiré la puerta para cerrarla. Sollocé un poco mientras caminaba hacia el bosque, la luz de mi varita acompañándome. Una vez más adentro del bosque, me apoyé contra uno de los árboles, mis lágrimas no paraban. Me tiré al suelo a llorar.
—¿Por qué? ¿Por qué somos así? ¡Maldita humanidad! No somos diferentes de aquellos que nos pisan.
Después de unos minutos, la oscuridad alrededor se disipó. De repente era de día ya. Una voz salió del cielo.
—Angela… Tienes la razón. Perdón.
Me levanté y grité.
—No es a mi quien debes pedir perdón. Solo haz lo correcto, Maria.
Suspiré y continué mi camino.

En realidad estaba perdida. No sabía hacia dónde dirigirme, a dónde avanzar. Observé el camino del Sol, recordando un poco lo que había observado en el momento que Gyasi y yo llegamos a este lugar. Seguí caminando sin detenerme. Si algo, serian alrededor de dos horas antes de llegar a la villa. Prestaba atención al canto de los animales, al mecer de los árboles, intentaba identificar el ruido del riachuelo.
Después de caminar más de una hora, me detuve a descansar. Recordé que había dejado las botellas y el mantel en casa de Maria y no había riesgo alguno que me fuese a regresar por ellos. No había ni rastro de la senda que Gyasi recorría, ni de su casa. Era incluso posible que me estuviera alejando de mi destino.
—Mi señora…
Me giré. Una de aquellas hadas, la más bajita, se acercaba hacia mi volando. Se posó en mi hombro, me pidió perdón y me hizo una reverencia. Se le veía aún más brillante de lo normal, limpia y rozagante.
—De nuevo, gracias por el baño.
—Ah, el lago…
—Así es. El agua es fresquísima, y nos ha permitido lavar nuestras ropas y lavarnos a nosotras mismas.
—Me alegra mucho. Pero, ¿qué haces aquí? ¿Acaso no es peligroso?
Miró de soslayo y batió sus alas un poco, dejando caer unas escamas tornasol en mi camisa.
—Lo es. Pero sentí que tu necesitabas ayuda y no pude dejar de venir.
Sonreí.
—Así es. Muchas gracias. Necesito saber como regresar a la villa.
Con una voz delgada, susurrante pero decidida, me respondió.
—Vamos. Te guiaré.

En menos de veinte minutos con su ayuda, me dejó al otro lado del río.
—Me arriesgo mucho, mi señora, pero hasta aquí te puedo acompañar.
—Ve, regresa con rapidez. Te agradezco infinitamente.
—Es con mucho honor.
—Cuídate mucho, Arielle.
La hada se quedó frenada en el aire, batiendo sus casi invisibles alas como una libélula que busca dónde beber agua.
—¿Pasa algo?
—Ese nombre…
Caí en cuenta de la situación.
—Ah. Perdón, se me escapó de la boca. Si no te gusta…
—No, señora, Arielle es mi nombre. Es un honor para mi.
La criatura comenzó a brillar intensamente, arrojando saetas de luz alrededor mío. Surcaba los aires con soltura, como emitiendo felicidad.
—¡Arielle! ¡Qué bonito nombre!
Ella seguía revoloteando, su cara feliz y sorprendida. La verdad, salió agolpado de mi boca. Fue lo primero que llegó a mi cabeza, sin pensarlo en absoluto. Me dio un poco de pena, aunque aparentemente a ella le había gustado.
—Arielle, siento interrumpirte, pero debes regresar con tus hermanas.
Ella cayó en cuenta y se detuvo.
—Tienes la razón, mi señora Angela.
—Ve… Nos vemos después.
Como un bólido, la criatura salió volando de regreso a la espesura.

Me había dejado en el extremo más cercano a mi cabaña. Me retiré los zapatos y las medias, y crucé el río con cuidado. Su caudal era fuerte, pero pude hacerlo sin trastabillarme. Ya de la otra orilla, dejé el calzado afuera, limpié mis pies en el porche y entré en mi cabaña.
—¡El libro!
El cuaderno que aquellos dioses del aire pasados me habían legado de mano en mano no estaba sobre la mesa dónde lo había dejado. Aquel secreto íntimo, había desaparecido. El libro número uno y las notas de papel doblado tampoco estaban. Alguien había entrado y se los había llevado.
—¡Tonta, tonta yo! ¡Larissa!
Yo los había dejado sobre la mesilla pues no esperaba quedarme más de unas horas en casa de Maria. No había guardado el tomo secreto en el hogar como lo había planificado. Me di media vuelta y aún descalza, corrí hacia la choza de Larissa, varita en mano.

«El club de los dioses» (parte 5)

Aquella hada… Aquella criatura que había dado paso al más terrible error de mi vida estaba allí, de frente a mi, congelada en el umbral de la puerta. Sentí como mi sangre comenzó a hervir. Su nombre era Millia, aparentemente, o ese era al menos el nombre que Masha le había dado.
Era más alta de lo que me había imaginado, pues aunque en la Tierra ella era como del tamaño de mi palma, en este mundo me llegaba hasta las rodillas. Estaba literalmente igual que como la había visto en la última noche. Sus alas parecían que habían perdido pequeños pedacitos allí y allá, y su piel, que en un principio parecía llana y clara, ahora estaba ligeramente demacrada, con grandes heridas y moretones por todas partes. Su cabello, que no había podido observar con claridad del otro lado, era una maraña de color castaño oscuro. De verdad, su ropaje estaba hecho jirones. A exceptuar la parte que se ajustaba como corpiño, ya presentaba roturas allí y allá.
El verla en ese estado bajó mis ánimos un poco. Se le veía aprensiva, como preparada para recibir una tunda, casi llorosa. Mi corazón que iba a mil, se frenó con rapidez. Me tumbé en la silla de nuevo, tomé la taza y sorbí un poco del té. Masha nos miraba a través de la mesa, ocultando su boca detrás de su vaso. Aunque mi cabeza estaba pensando en mil cosas, el sabor del té inundó mi mente. Era fresco, un poco agrio, un poco dulzón. Enjuagué mi boca varias veces con dicha bebida, como tratando de enfocarme en otra cosa diferente.
En tanto me senté, el hada se quedó un poco más tranquila. Durante un par de minutos nos quedamos en tablas, sin saber que hacer o decir. Masha quebró el hielo con su voz, imponente, pero calmada.
—Entra hija, y cierra la puerta.
El hada agachó la cabeza e hizo como se le instruyó. Como obligada por algo o alguien, se mantuvo con la cabeza gacha, sin mirarnos.
—Si, mi señora Sidhe.
Si mal no estaba, Sidhe era el nombre de la diosa del cielo original según la escritura que había visto en el libro uno.
—Y bueno, explícale a esta pobre niña que pasó… ¿Por qué perdió su apellido?
Yo seguía con la mirada cada reacción, cada expresión de la criatura. Quería saber que sentía, así fuese por las curvaturas de la cara. Atrás había quedado aquella expresión feroz que me había dado las últimas veces que le había visto.
—Señora, yo…
Parecía que un ratón se hubiera tragado su lengua. Hablaba despacio, en una vocecilla muy delgada, tan silenciosa que me costaba creer que era el mismo hada que me había gritado en esas voces ferales.
—Algo salió un poco mal cuando esta niña pidió su deseo.
—¿Y?
La criatura se agachó un poco como esperando el manotazo.
—Y… No la pudimos traer completa. Una parte de ella se quedó en el mundo de los humanos.
Masha se levantó de golpe. El hada se arrodilló, como si hubiera perdido su fuerza.
—En el nombre de Sidhe, no puedo creerlo. En miles y miles de años, en cientos de almas, es la primera vez que esto ocurre.
—Perdón, perdón, perdón…
Unas diminutas lágrimas comenzaron a llenar los ojos de la criatura, leves temblores moviendo sus ya delgadas carnes. La voz de Masha se tornó profunda, recordándome a la experiencia de la bruma de hace unos minutos.
—Esto es inexcusable, Millia. ¡Es como si hubieras nacido ayer! ¡Con razón esta niña no recuerda su apellido! ¡Vino incompleta!
Podía sentir mucha rabia, pero esto ya era mucho.
—Maria, calma, calma. Mira que la tienes achicada.
No podía creer que yo estuviese tan calmada. Respiraba profundo pero silenciosamente para componer mi mente.
—Hablemos con calma, con seriedad y con cabeza fría. Toma asiento.
—Pero…
—Pero no ganamos nada si nos tratamos de atropellar unas a otras.
Me giré hacia la criatura. Sus ojos estaban totalmente abiertos, como si no esperara la tranquilidad que yo sentía. Se puso de nuevo de pie y me hizo un ademán en forma de respeto.
—¿Acaso no quieres descargar tu rabia? Te hemos robado de tu familia, del mundo de los humanos… E incompleta para acabar de terminar.
De nuevo respiré profundo.
—Es cierto. En un principio quería agarrar a esta criatura a golpes, pero la verdad es que nada gano con venganza. Si, solucionaré mi enojo, pero es algo temporal, nada me va a regresar a casa de mi madre, de regreso con mi novio. No gano nada haciéndolo, ni siquiera es un paliativo.
Me levanté de mi asiento, taza en mano.
—Vamos, siéntate aquí. Hablemos.
Le apunté con la otra mano a la silla. El hada me miró asustada.
—Yo… Yo… No podría sentarme en la misma mesa que la señora Sidhe. No lo merezco.
Masha me miraba como si yo estuviera haciendo algo que jamás había visto en su vida.
—Y bueno, ¿dónde preferirías sentarte entonces?
—¿Sentarme? No, no hay necesidad.
Aclaré mi garganta y me acerqué. Sentí como ella se tensó e inclinó hacia un lado.
—Las conversaciones más provechosas se hacen sentándose, Millia, y mirándose a los ojos. Hacen que uno se enfoque y entienda lo que dice el otro. Puede que tu puedas volar sobre el aire, pero yo no. Igual, volando en algún punto te cansarás. ¿Ya ves por qué sentarse es más cómodo?
Me tiré en el suelo, sentada con las piernas cruzadas.
—¿Aquí está bien, no crees?
Miré a Masha. Por la expresión de su cara parecía que había visto un fantasma.
—¿Aquí está bien, Maria? ¿Podemos ella y yo hacernos acá?
Tartamudeó.
—Pues… Por mi no hay problema.
Hice un par de golpecitos en el suelo a mi lado para que el hada se sentara allí. Ella me miró y copió mi postura, acomodando sus delicadas alas para que no estorbaran.

—Ahora bien, cuéntame… ¿En realidad que fue lo que salió mal?
—An… Señora Ang…
Parecía incapaz de decir mi nombre.
—Angela está bien. Con calma.
El hada hiperventilaba un poco.
—Calma, respira con calma.
—Yo… Yo…
Se levantó y se postró en el suelo a mis pies, llorando.
—Perdón, te pido perdón, señora Angela. Perdón. Tu tenías tu familia que te amaba y te sacamos de allá.
Respiré profundo. Ahora si que era imposible enojarme con esta criatura.
—No te preocupes, ya lo hecho, hecho. Tu me trajiste con una intención y eso es lo que quiero comprender. Quiero saberlo todo. Yo siento que estoy acá por alguna razón superior y la quiero conocer. Levanta tu cara y hablemos.
Instintivamente mandé mi mano hacia la cabeza del hada. Antes de tocarla me frené, pero continué. Le acaricié el cabello. Estaba hecho un ovillo de lana, enredado, pero su cabello era fino, suave, terso como el de un niño recién nacido. El hada seguía llorando y temblando.
—Ya, ya… Vamos. Tema perdonado y superado. Siéntate.
Se irguió despacio, limpiándose los ojos con sus manos. De nuevo, me costaba comprender porque estaba yo tan calmada. No me giré a ver a Masha, pero ella se mantuvo en silencio.
—Ahora si, ya con eso fuera de tu sistema, ¿qué pasó?
Entre suaves sollozos, Millia me relató.

Cuando un ahijado humano pide un deseo, ocurren dos cosas. El hada levanta sus manos hacia Sidhe y pide con fervor el cumplimiento del deseo, marcando el alma del ahijado, que en a los ojos de ellas es una gran esfera de luces muy brillantes, con una mancha de una especie de tinta indeleble, una marca que indica que el alma será liberada al cielo en tanto el ahijado cumpla quince años de vida. Esta es la marca de Sidhe, la diosa del cielo. Esto lo llevan haciendo por miles de generaciones.
Si el deseo puede ser cumplido, la marca presiona el alma del chico y la condensa en una diminuta esfera. La energía que Sidhe extrae de este proceso entonces es capaz de cambiar la realidad, el flujo de los hechos y hace que se cumpla, de alguna forma, el deseo, sin importar las consecuencias. En el pasado, los deseos salen un poco mal para otros humanos, ocasionando peleas, guerras y desastres. Sin embargo, desde que se cumpla el deseo, todo es valedero para Sidhe. Esta esfera le acompaña al ahijado hasta su último día. Al final, ningún humano puede vivir sin su alma.
En ese momento, el hada regresa, se despide de su ahijado y sustrae el punto de energía, ya totalmente comprimido, lo toma en sus manos y lo consume. Al hacer esto, lo transporta a un espacio llamado “el purgatorio” y lo suelta allí. Esa es la representación del vacío absoluto, en el cual solo brilla el alma del ahijado. Esa energía va liberando pequeños hilos de luz, que se convierten en sustento para todas las hadas, pues ellas solo pueden consumir la vida humana. Un tiempo después que aquella energía se ha agotado y se vuelve oscuridad, el alma del ahijado vuelve a tomar forma humana, se convierte en un dios y desciende al mundo de las hadas, que es este. En este lugar, como dioses, han de moldear la existencia de las criaturas y coexistir con ellas.

—El problema con esta explicación… Señora Angela, fueron dos cosas. Primero, tu deseo. Me pediste que crecieras en un día lo de un año. Yo, ni ninguna de mis hermanas durante tantas generaciones había hecho eso jamás. Por eso dudé que fuera posible.
Pausó un momento.
—Cuando lo pedí a Sidhe, el deseo fue aceptado. No me lo esperaba. Sellé tu alma, que tuvo un solo día para comprimirse. Tu cuerpo creció, tu mente maduró, y con ello la cantidad de energía que acumulaba tu alma, con lo cual comprimirla fue más difícil.
Ella gesticulaba con sus manos. A mis ojos parecía que viera como ocurría todo, como si un globo se llenara de aire entre sus palmas y sus dos manitas intentaran apretarlo.
—Luego, el momento en que cumpliste quince años, que fue en la noche siguiente, la esfera de energía era gigante. Nunca había visto ello. Normalmente son diminutas.
Extendió sus brazos totalmente y luego me mostró entre su pulgar y su dedo índice un tamaño muy pequeño.
—La energía se desbordaba, pero yo no tenía más remedio que consumirla. Lo intenté, pero la marca de Sidhe no tuvo tiempo suficiente para ser efectiva. Así que tuve que dejar algo de esta energía en el mundo de los humanos.
—Y eso ocasionó…
—Que estés una parte aquí y otra allá, señora Ángela.
Se le encharcaron los ojos de nuevo.
—Perdón de nuevo.
Suspiré profundo.
—¿Y eso significa?
—No lo sabemos todavía. Es la primera vez que nos ocurre.
Pensé en el sueño que tuve esa noche. Miré a Masha. Ella me miró también. Súbitamente, como si hubiésemos comprendido algo elemental, aspiramos al mismo tiempo.
—¡Santo padre! ¡Yo estoy aún viva en la Tierra!
—Святой Отец! Ты ещё жив!
Millia se encogió de hombros.
—No sabría decírtelo, señora Angela.
—Medio viva en realidad, si es que mi alma se partió en dos. Y es por eso que aquella noche tuve ese sueño.
Exhalé todo mi aire. Era algo que era imposible de comprender totalmente. Las capacidades que había visto en Vicente y Gyasi, todo este tema de almas, el purgatorio, escapaba mi capacidad de raciocinio. Sin embargo, era totalmente real, lo había visto. Había salido magia de mi incluso.

Masha se levantó de su asiento.
—¿Quieres pastel, Angela?
—Te ayudo. ¿Nos ayudas, Millia?
Masha seguía estupefacta con mis proposiciones. Era como si rompiera una regla de etiqueta intrínseca, como si fuera un sistema de clases que estoy destruyendo con mis actitudes.
—No, no, para mi seria imposible, señora Angela. El hogar de la señora Sidhe es un lugar santo. De hecho me siento una intrusa y enormemente honrada de solamente poder sentarme aquí.
Sonreí, levantándome del suelo y extendiéndole la mano.
—Esto no es nada, no hay problema, ¿no cierto, Maria?
—Ah, no, creo que no.
—Ya ves, vamos.
El hada me miró, sus cejas encorvadas como si dudara. Después de un momento, se levantó dándome la mano. Era una manita diminuta, tan chica que sentí que la podía romper de solo presionarla un poquito más duro. Sus deditos eran largos y suaves.

Nos dirigimos al hogar y Angela comenzó a ordenarnos que hacer para elaborar la tarta. Mientras yo revolvía un par de cosas, Millia nos traía los ingredientes, y Angela preparaba el horno y una parte de la masa. Durante ese periodo continuamos hablando.
—Entonces, los poderes mágicos que tenemos acá…
—Son la expresión del infinito poder de la diosa Sidhe. Es necesario que ustedes tengan esos poderes para poder moldear este mundo y crear. En otra época, cuando mis hermanas y yo eramos millones, vivíamos en el bosque, en el río, en aquella villa, entre ustedes.
—¿Y qué pasó?
Mientras cargaba un par de las bayas con sus manitos y me las entregaba, se giró a mirar el suelo.
—Hubo un desacuerdo con la señora Larissa.
Masha asentía, como si esto lo supiera de primera mano. Me giré a verla.
—¿Y bueno?
—¿Era esta otra de las preguntas que tenías?
—Pues, ¡por supuesto!
Masha exhaló.
—Cuando yo llegué a este lugar, aquella bruja que llamas “Larissa” ya estaba aquí. Igual que como la ves el día de hoy. En cientos de años no ha cambiado ni un milímetro. Ella se cuida mucho de ello.
—Veo.
—¿Sabes? Todos los dioses tenemos la capacidad de hacerlo todo. No solo controlo el cielo, pero como podrás recordar, controlo el aire. Así mismo el agua, la tierra, incluso la vida. Lo único que no aprendí a controlar del todo es el tiempo. Es una tarea muy difícil y muy agotadora y el mago de Agaro lo hace muy bien, así que lo dejo.
—¿Y entonces por qué…
—¿Por qué los roles? Fue algo que los primeros dioses, por su naturaleza de humanos, que quisieron dividir y crear. En especial ese bastardo de Haoma. Pero en realidad no es necesario. Se podría quedar aquí uno solo de nosotros y sería capaz de hacerlo todo.
Millia interrumpió.
—Si me permiten hablar, señoras.
—Adelante.
—No es buena idea que solo quede uno de ustedes. No creo que la energía vital sea suficiente para todas las actividades que deben hacer. Morirían con rapidez.
—Espera, espera, ¿morir?
Mi pregunta salió como caballo desbocado.
—Así es, señora Angela.
Masha sonrió, dirigiendo un molde de metal que hacía flotar con su magia hacia dentro del horno. Apuntó a su cara como si la exhibiera.
—¿Por qué crees que estoy así?
—No quería hacer ningún comentario, ¿pero es esa la razón por la que estás envejecida?
Masha echó una carcajada que sonó como un trompetazo.
—La pregunta debería ser más bien… ¿Por qué los magos de Agaro y Plata, y la bruja de Creta no han envejecido?
Suspiré profundamente. Un olor a masa de tarta inundaba la casa.
—Pues, me imaginé que era porque somos inmortales.
—¿Inmortales? No, no niña, es porque la bruja de Creta está haciendo algo muy malo.
—¿El qué?
—Niña, ¿no lo comprendes? ¡Está usando sus poderes para alargar la vida de los dioses que viven con ella allí! Por eso no tienen que comer.
Aspiré agolpada, tapándome la boca con la mano.
—¡Por Dios! Pero, ella… Ella llegó, en mil ochocientos treinta y algo, ¿no?
—¿Eso fue lo que ella te dijo? Bruja de Creta, ¡cuántas más mentiras has de decir!
—¿Es mentira?
—Angela, no sé la cifra exacta, pero aquella “Larissa”… Lleva aquí más de cuatrocientos años.
—¿Qué? Es decir, ¿desde mil seiscientos? ¿O algo así?
—Uy, yo creo que mil quinientos cincuenta o alrededores.
Me mandé la mano a la frente. Miré a Millia. Ella sabía que pregunta iba a hacer.
—Señora Angela, nosotras no sabemos mucho de años en el mundo humano. No sabría decirte. Lo único que sé es que muchas generaciones de dioses han pasado por acá, y ella aún vive.
—¡Pero! ¿Y Vicente?
—El mago de Plata… El llegó unos años después de mi llegada. Y me imagino que debe parecer como un chiquillo de esos, como tú.
—Así es… Como de dieciséis años.
—Ya tu ves.
Mi cabeza daba un poco de tumbos.
—Mi señora Angela, ese fue el desacuerdo con la señora Larissa. Por eso fuimos desterradas de la villa aquella.
—Y por eso me fui de allá, en cuando me di cuenta de esa cruel realidad. La bruja de Creta quiere vivir para la eternidad.
—¿Y qué gana con eso?
—No tengo ni idea. Ese día fue horrible. Lo recuerdo como si hubiera sido ayer.
Mientras Masha continuaba en su elaboración de la tarta, yo picaba ingredientes y sorbíamos otra taza de té, me contó dicha historia.

Hay un libro que Larissa oculta en algún lugar de este mundo. En este tomo se cuenta la verdadera versión de todo lo que los dioses pueden hacer. Hay en realidad tres formas para salir del valle de los dioses.
La primera es por cansancio o por voluntad misma del dios. Para ello se camina en la dirección en que se oculta el Sol. Hacia allá hay un camino plano en línea recta que continúa por unas horas, rodeado de un espeso bosque a lado y lado. Una vez se llega allá, hay un precipicio, que es como el fin del mundo. Este acantilado está asegurado con una pesada puerta de metal, y una cerca que se extiende por un par de millas a lado y lado. El dios abre esta portezuela y se arroja al vacío. Se podría decir que es una especie de suicidio y se necesita mucha valentía para lograrlo. Con ello se logra morir y regresar al seno del árbol de la vida, Haoma.
La segunda es cuando se es expulsado por los demás dioses. Esto ocurre cuando uno de los dioses hace algo malo, o utiliza sus poderes para el mal. Con el poder de los demás dioses, se elimina al dios infractor, regresándolo a Haoma a la fuerza.
Pero la otra, es la forma natural, por vejez. Aquí se crece proporcionalmente a la cantidad de energía que se usa. Los dioses del tiempo envejecen mucho más rápido, pero pueden usar su capacidad para frenar el envejecimiento. Los dioses de la vida, al controlar el crecimiento de sus cuerpos, en teoría podrían vivir para siempre, sin embargo, nadie lo ha logrado jamás. Al fin y al cabo, la energía no es infinita. Es Larissa, la que quiere contravenir la ley natural. ¿Cómo? Masha no lo sabía.
Ella ingreso a la cabaña de Larissa sin permiso, encontró y leyó dicho texto. Una vez confrontó a Larissa acerca de lo que había leído, ella no aceptó su culpabilidad. Las hadas no sabían tampoco acerca de esto.

—Señora Angela, a nosotras se nos hacía muy extraño un humano tan longevo, pero como no sabemos del todo como funcionan ustedes los humanos, así que nunca nos cuestionamos nada. Igual, ustedes son dioses.
—Yo entonces iba a confrontar al mago de Plata con dicha información, pero él estaba, y está aún supongo, totalmente controlado por la bruja de Creta, así que no me prestó atención. Después fui a buscar al mago de Calcuta. Ante esas amenazas, la bruja de Creta utilizó su poder para debilitarme. Por primera y única vez la vi utilizar magia de tiempo para congelarnos.
Suspiré. Supuse que Rahul sería el mago de Calcuta.
—¡Ella nos amenazó de muerte! Nos gritó que si decíamos una palabra en contra de ella, básicamente tenía la capacidad de aniquilarnos, deteniendo nuestras vidas.
Millia asintió.
—Así que para evitar que ella nos hiciera daño, le respondí gritando que hiciera lo que quisiera, pero que nos dejara a mis hijas y a mi tranquilas, y nos retiramos hacia el bosque.
—Entonces ustedes habitan acá desde hace…
—El mago de Agaro es la persona idónea para medir el tiempo, pero yo diría que unos sesenta años, más o menos.

La casa se llenó del olor de las bayas frescas, la tarta ya se estaba cocinando en el horno. Caminamos hacia la mesa de nuevo. Tomé una de las frutas, una pera, y se la dirigí a Millia. Ella me observaba preocupada, negando con su cabeza, como si estos frutos fueran de consumo exclusivo de los humanos, como una ambrosía.
La miré con mi ceño encorvado, insistiendo con mis manos que la tomara. Reluctante, la recibió, hizo una señal de apreciación hacia mi y Masha, y tomó un mordisco diminuto. Un par de lágrimas salieron de sus ojos, como quien prueba algo que solo comió en su niñez.

—La bruja de Creta nos ha atacado en múltiples ocasiones. En una de ellas causó un incendio forestal. Creemos que fue el mago de Plata quien lo ocasionó por orden de ella. Afortunadamente, gracias a Sidhe, he sido dotada de mucha energía mágica, así que pude detenerlo. Heme aquí, después de cien años, aun dando de que hablar.
—Si todo es tan hostil… ¿Por qué sigues aquí? ¿Por qué no te has ido por el camino del Sol?
Masha sorbió otro poquito de té.
—Porque si me voy, ¿quién va a protegerlas a ellas? ¿A las criaturas que viven en el bosque y que no conoces?
—Pero… El bosque es silencioso, casi parece un cementerio. Mientras veníamos para acá, se me hizo extraño el no escuchar el rumor de los grillos o el gorjeo de los pajarillos.
—¡Por la misma influencia de la bruja de Creta! Ninguno de ellos tiene permitido siquiera acercarse a la villa. Todas las criaturas lo saben. Ya más adentro del bosque si podrás disfrutar del canto de las aves y de los ruidos de los animalillos corriendo de un lado a otro.
Millia seguía sentada en el suelo absorta comiendo la pera, pero parecía ser solo un bocado, como si un pajarillo hubiese picado la fruta. Era hipnótico verla comer con esa alegría. Un pensamiento me golpeó.
—Cuando ahora más temprano te referías a un visitante inesperado, era…
—El mago de Plata los siguió hasta la casa del mago de Agaro. Lo vi a través de los ojos de las lechuzas. Luego, tuve que crear esa bruma espesa, no solo para probarte, maga de Berlin, pero para proteger mi pequeño bosque y hacer que se perdiera él. No me imagino que hubiera pasado si hubiese podido llegar a este lugar.
—Maria, llámame Angela, por favor… Esos nombres rimbombantes no me gustan.
Masha se sonrió.
—Eres única, bruja de Berlin, Maryland.

Se levantó de la mesa para ir al horno. Me giré a ver a Millia, que ya había terminado. Solo había comido lo que parecía un mordisco de tamaño humano. Hablé en un tono bajo.
—Millia, te voy a pedir un favor.
—Dime, señora Angela.
Mientras se ponía de pie, me entregaba el sobrante de la pera. Negué con mi cabeza y la detuve con la palma de mi mano.
—Llévale esto a tus hermanas. Diles que las quiero conocer.
Con sus ojos se giro a ver el lugar dónde Masha estaba, sus cejas mostrando preocupación.
—No hay nada que temer. Soy yo quien las quiere conocer. ¿Pasa algo con Masha?
Tornó su mirada al suelo y negó con su cabeza.
—¿No puedes hablar?
Negó de nuevo.

—¡Falta muy poco! Se ve que esta tarta va a quedar muy buena.
Masha se regresó hacia nosotros, sosteniendo un cuchillo para tortas, ligeramente embarrado con jugo de bayas.
—Maria, necesito pedirte un favor.
—¿El qué?
—¿Puedo quedarme aquí un tiempo? Quiero que me enseñes como usar la magia.
Se rió con fuerza.
—¿Qué quieres que te enseñe, por Sidhe, si casi acabas con el bosque ahora más temprano?
Solté una risita patética.
—Eso simplemente salió, no sé de dónde o como. Quiero controlar ese poder y no simplemente que sea un tema de impulso.
Se quedó pensando un poco.
—Me caes muy bien, Angela. Eres muy diferente a todos los demás. No sé que ha pasado en tus Estados Unidos en la era que viniste, pero al parecer la gente es bastante diferente. Quiero que me cuentes de ello.
Miré a un lado.
—Creo que no te va a gustar todo lo que te puedo contar.
De nuevo se carcajeó.
—Pruébame.
—Pero no te vas a enojar, ¿vale?

Tomé otra fruta entre mis manos, una manzana roja, y me giré hacia Millia.
—Muchas gracias por tu ayuda. Llévale esto a tus hermanas y compártanlo.
Millia dudó un poco, pero me la recibió. Se lanzó al suelo, hizo una señal de adoración para Masha y para mi. Después de unos segundos, se levantó.
—Con su permiso, señoras.
—Bendiciones de Sidhe.
—Amén.
Se dio media vuelta, abrió la puerta, volvió a hacer una venia y salió, cerrándola con suavidad.

—Святой Отец, Анжела! ¿Qué demonios eres tú?
Miré a Masha con extrañeza.
—¿A qué te refieres?
—De todas las personas, de todos los dioses que han venido aquí… Eres la persona más atípica. Todos vienen con odio y muchos descargan su rabia en las pobres hijas de Sidhe, ¿y tú vienes acá y eres todo amor y tranquilidad?
Lo pensé antes de contestar, un poco distraida también por el delicioso olor que emanaba el horno.
—La verdad, yo misma me sorprendo. De veras que al principio quería acribillarla, pero después me lo pensé bien. Ellas no tienen la culpa que dentro de su naturaleza tengan que hacerlo. Si un humano tiene que mendigar para sobrevivir, ¿por qué otro tipo de criatura no haría algo similar? Además, Millia se nota muy atormentada por lo que hizo. La comprendo. Si mi muerte física dio vida al sostenimiento de varias de ellas, al menos algo positivo salió.
Masha seguía meneando la cabeza.
—Eres un bicho muy raro, Angela.
—Estaría mintiéndote si te dijera que no extraño a mi mamá, a mi novio y la Tierra, pero hay una mínima esperanza, ¿ya ves?
—¿Aquello que tu alma está aquí y allá?
—Por eso quiero saber como funciona la magia, por eso te pedí que me acogieras por un tanto.
Suspiró.
—¿Sabes qué esto va a ser un problema? El hecho que no regreses por varios días alertará a la bruja de Creta. Ni Mikhail o Rahul pasaban más de dos horas acá.
—No te preocupes por ello. Tengo una idea. Después te la comento.

Continuamos hablando acerca de la existencia de la magia y su origen. Una vez la tarta estuvo, partimos unas porciones, la servimos con mas té y nos la comimos mientras charlábamos.
Según la explicación de Masha, ella reiteró que era importante entender que la magia es la expresión real del poder infinito de Sidhe, la diosa del cielo. En el principio, cuando Sidhe hizo descender a sus hijas al río del inframundo, comenzó a esparcir sus rayos por toda la tierra. Estos rayos se alojaron no solo en el aire, pero en el suelo y en el agua, y aún hoy, estos rayos siguen descendiendo.
Usar la magia, es utilizar esas cantidades de energía de Sidhe y usar el cuerpo como conexión para controlarla y usarla para transformar lo existente. Este poder no tiene limitantes, más que la energía que se extrae de la naturaleza, que se desgasta y toca esperar que se renueve; la energía corporal del mago, que se desgasta y no es posible renovarla con facilidad, a excepción que llegáramos a entender como Larissa lo ha logrado por tantos siglos; y la voluntad del mago, que sea capaz de enfocar la energía de la forma como lo desea.
Por ello, un mago es capaz de hacer lo que su corazón desea, independientemente de si es considerado por el resto del mundo como algo bueno u algo malo. El mago es el conducto, el que instruye la energía de Sidhe a convertirse en algo, lo que este desea. Masha lo describió poéticamente como una tubería de agua que simplemente lleva el agua de un punto A a un punto B, mientras que una fuente de un parque, siendo también tuberías, le da a las aguas unas formas armoniosas y agradables. El mago transforma la energía en una forma específica. Todo depende de la voluntad del mago.

Esto para mi era demasiado teórico. Para hacerme entender, Masha me mostró varias formas de magia en acción. Puso a flotar cosas muy pesadas por encima de mi cabeza, hizo crecer un árbol en el claro del bosque desde solo una semilla, creó una figurilla de barro que caminaba por si misma en el suelo, la puso a escupir agua como una fuente, detuvo en el tiempo una hoja que caía de uno de los árboles de alrededor e hizo una espira de fuego verdosa que estalló como fuegos artificiales.
Antes de concluir la noche, y ya un poco agotadas, me pidió que intentara prender en llamas una pequeña rama que había caído de algún árbol, solo con el poder de mi magia. Por una hora lo intenté, pero me rendí. Era como si pujara contra la corriente. Hice movimientos de manos, cerraba mis ojos e intentaba concentrarme, nada funcionó. Antes de internarnos en la casa para por fin descansar, tomé la rama para guardarla para mañana.

Una vez ella bajó el fuego de la hoguera, Masha se acostó en la cama y yo me tiré en el suelo con solo una cobija encima. Puse la rama a un lado de mi cabeza.
—Angela, es cuestión de foco, nada más. Deja que tu corazón sea el que ordene, el que transforme.
—Lo sé.
La escuché bostezar profundo.
—Afuera te están esperando. No creas que no me di cuenta.
—¿De qué hablas?
—Yo tengo ojos en todo el bosque, no lo olvides.
Tragué un poco de saliva y me volteé. Ella musitó un par de palabras.
—Oh, gran Sidhe, gracias. ¡Gracias!
Masha se había quedado profunda.

«El club de los dioses» (parte 4)

—¿Qué es lo que llevas en la bolsa?
A pesar de lo temprano que era, Gyasi estaba igual de animado que siempre.
—Recogí un par de frutas y llené un par de botellas con agua.
—¡Oh, preparación!
—Yo seguí tus recomendaciones, nada más.
—¿Necesitas ayuda?
Me reí un poco.
—No, no por ahora. Si en el trayecto me canso, te pediré ayuda, ¿vale?
—¡Está bien! ¡A marchar todos!
¿De dónde provenía su entusiasmo? No entiendo aún, pero me parecía increíble. Era como una estrella, fulgurante cada minuto.

Comenzamos a caminar en sentido del río. El sol aún no había salido, así que la Luna aun presente en el cielo iluminabsa todo con un tinte cerúleo. Desde el Este, un tono ligeramente anaranjado comenzaba a teñir el firmamento, el caudal de estrellas seguía como derramándose por encima de nuestras cabezas. En breve amanecería.
Una vez llegamos al río, comencé a sentir un ligero frío subir por mis piernas desnudas. Pensé fútilmente que debí haber muerto con un pantalón largo, como era usual en mi atuendo, pero ¿cómo iba yo a saber cual iba a ser mi futuro después de mi encuentro final con aquella hada? Además, era lo único que me servía después de mi súbito crecimiento. Me reí un poco.
—¿Pasa algo, hermanita Ángela?
—Jajaja, nada, Gyasi. Estoy un poco loca.
—¡Ah, eso es normal! Nadie de los que vienen acá son particularmente cuerdos.
—Pues, tienes algo de razón.
Seguí riéndome un poco. En realidad, en mis adentros, tenía un poco de nervios de conocer a Masha.

Ya estábamos cerca del lugar donde Vicente y el chico construyeron aquel puente ayer.
—Tomaremos este atajo que hicimos ayer.
—¡Oh! Lo estrenaré entonces.
—¡Bienvenida!
Gyasi se hizo en la entrada haciéndome una venia como un amable portero. Di el primer paso adelante con muchas dudas. Era cierto que Vicente ayer saltó sobre él con fuerza, pero aun no terminaba de darme confianza. La tierra encima se había secado lo suficiente para dejar de ser resbalosa, pero aún había mucha arenilla dispersa que se desmoronaba un poco bajo mi peso. Yo no estaba tan gorda, estaba segura de ello. Gyasi siguió detrás mío, sonriendo.
—Parece bastante bueno, aplausos para Vicente y para mi.
—La verdad siento que falta que se afirme del todo, me da un poco de espina aún.
—Eh, ¡pero si está bien sólido!
—No sé, un poco de piedrecillas en la parte de arriba puede ayudar.
El chico se quedo contemplando mi sugerencia.
—De hecho… No es mala idea.
Cruzamos al otro lado, el bosque que abría sintiéndose mucho más fresco que la otra orilla.
—Bueno, señor guía… Indícame el camino.
—¡Jajajaja!
—¿Qué pasó?
—Es la primera vez que alguien me dice “señor”. ¡Ni cuando estaba vivo!
—¡Eh, pero si te mereces respeto!
Sonrió. Sus blancos dientes parecían iluminar el camino que aun estaba oscuro. Sacó pecho, aclaró su garganta y cambió su infantil vocecilla por un falsete grave que me hizo carcajearme.
—Está bien, mi estimada hermana, hemos de departir.
—¿A quién remedas?
—A mi papá.
Ambos nos pusimos a reír mientras continuábamos andando. Nos internamos en el bosque, el frío tratando de quemarme los huesos, aunque unos momentos después el calor del ejercicio lo mantenía a raya. Los árboles en este lugar eran altos, frondosos y de múltiples especies. Pensé que quien fuera que había sido el dios que los había creado y mantenido era un genio. Eran hermosos, cubiertos de musgo, gruesos y fuertes. Algunos soltaban sus pesadas lianas sobre nosotros, otros mostraban sus frondosas ramas orgullosamente. En algunas partes cruzábamos por encima de sus fuertes raíces, llenas de diminutas hojillas de pasto. Me dio pena aplastarlas bajo mi peso, pero en mi corazón deseaba que se recuperaran pronto.
Esperaba escuchar aquel relajante sonido que había escuchado en múltiples ocasiones en los bosques alrededor de mi casa, el sonido de grillos, las hojas agolpándose con el viento o ver luciérnagas cruzar nuestro recorrido, pero no existía nada. Solo oía el ritmo acompasado de nuestros pasos, las hojarascas crujiendo bajo nuestro. Era como si nos hubiésemos internado en el vacío. Sentí un poco de miedo. Aclaré mi garganta, aunque salió como un juguete chillón de esos que les dan a las mascotas para que jueguen.
—Gyasi…
—Dime.
Mi voz salió disparada en todas direcciones. La escuche botar de árbol en árbol, difuminándose con el mundo.
—Sé que es política de este mundo no preguntar ni saber la razón por la cual estamos aquí, o hablar de nuestro pasado, pero quiero conocer un poco más de ti. Si no es molestia, claro está. La verdad es que me da un poco de miedo el silencio.
Sonreí patéticamente. Escuché como el chico resopló.
—Por mi no hay problema, pero mi historia no es particularmente alegre.
—Entiendo.

Gyasi Afwerki. Etíope. Nació en el centro de una familia muy humilde. Su padre, Afwerki, era un caficultor cuya parcela había sido restaurada a su familia post-Segunda Guerra Mundial. Durante la ocupación italiana, su plantío había sido destruido y utilizado por las fuerzas fascistas para cruzar de un lado al otro por su buena localización. Gyasi había nacido un par de años después de dichos eventos, y para ese entonces, el cultivo ya se estaba recuperando, aunque en los primeros años tuvieron que recurrir a la beneficencia del nuevo gobierno que se instauró en el lugar.
Su madre, Akosua, era una santa en todos los aspectos posibles. Fue forzada a casarse con su padre a la edad de once años, justo antes de comenzar la guerra, como pago de una deuda que sus abuelos maternos tenían con la familia de su padre. Aún así, él la respetó mucho. Ella, paciente y amable, siempre pendiente de los quehaceres de la casa y la ayuda en el plantío, y durante la guerra sufrió muchísimo, por la escasez de alimentos y la ocupación forzada de los bandos de un lado y otro.
Aún así la recuerda siempre paciente y amable, y especialmente la deliciosa comida que preparaba.
Gyasi siempre fue bastante enfermizo, especialmente de problemas respiratorios. El médico del poblado cercano nunca atinó con su enfermedad, aduciéndolo a que era el primogénito de la familia y que usualmente son ellos los más enfermizos. Debido a esto, y que no podía comer fácilmente, tuvo múltiples problemas de desarrollo y por eso quedó de aquella diminuta altura. Sus tres hermanos si pudieron desarrollarse con normalidad. Su hermano del medio, con cuatro años de diferencia, le superaba en altura.
A los doce años recibió la visita del hada aquella. Al principio pensó que era un sueño muy realista dónde una libélula gigante se le había presentado y por eso no le prestó atención. El año siguiente durante su cumpleaños tuvo una crisis de fiebre, debido a una oleada de calor fuera de temporada. En medio de su sopor febril, el hada no se le pudo aparecer, pues su madre lo cuidaba al lado del lecho que compartía con dos de sus hermanos.
Fue a los catorce años que la criatura por fin se le apareció y pudo por fin desear algo. Deseó que su familia no pasara jamás hambre, en especial su madre, quien prefería no comer para poder proveer por sus hijos. El hada cumplió su deseo. El siguiente año, el clima mejoró notablemente, y la plantación de café fue bastante provechosa por primera vez después de la guerra. Además de ello, un vecino quien siempre había sido de gran ayuda pero que nunca pudo tener descendencia, en su lecho de muerte les regaló un par de reses. Fue un año bastante feliz para ellos seis. Gyasi incluso se sentía mucho mejor y colaboró en lo que pudo en la cosecha de los granos. Durante la época seca, la cosecha siguió dándose por milagro. Los riachuelos que recorrían la plantación fueron más provechosos de lo normal.
Sin embargo, su vida no alcanzaría hasta los quince años. Mientras jugaba con sus hermanos en uno de los afluentes de agua aquellos, un juego brusco con uno de sus hermanos menores acabaría por lanzarlo al agua, golpeándose la cabeza con una roca, el flujo del agua llevándoselo inconsciente río abajo y ahogándolo en un torbellino.

Yo estaba en llanto, mis lágrimas haciendo borrosa mi mirada, mientras evitaba tropezarme.
—Por lo menos el agua me tragó rápidamente y como estaba dormido no me dí cuenta. Lo último que recuerdo muy bien cuando Ashu me saltó en la espalda con fuerza, haciéndome perder el equilibrio. Por lo menos él no se fue conmigo, esa era una de mis más grandes preocupaciones. Yo lo amaba mucho.
—Pero…
—No llores, hermanita… Las cosas pasan por algo.
Me sequé las lágrimas con la mano.
—Desperté en el vacío aquel y un tiempo después llegué acá. En ese entonces estaban Larissa, Vicente y Rahul. Si no estoy mal, Masha aún vivía con nosotros en la villa.
—Ya veo.
—Rahul era el otro dios del aire, como te puedes imaginar. No pudo aguantar mucho, unos años después se fue por la senda del Sol.
¿Era mi impresión pero los dioses de aire entraban y salían rápidamente? Rahul y Mikhail se fueron, mientras que Masha, Larissa y Vicente permanecen aún.
—¿Por qué…
—¡Mira!
Gyasi me detuvo.
—Esta es mi casa.
Miré su mano extendida y la seguí hacia dónde apuntaba. Ya estaba clareando un poco. Siguiendo hacia arriba el tronco de un gran árbol pude observar una especie de choza establecida en su cúspide. De la casucha, colgaba una liana y por todo un costado del tronco una serie de barras estaban firmemente clavadas.
Me costó creer que él caminara todos los días hacia este lugar a pernoctar. Ya habíamos recorrido alrededor de una hora y durante este tiempo había cambiado de brazo la funda con los alimentos unas diez veces. Además, mi respiración estaba un poquito agitada.
—¡Qué lejos de la villa vives!
—No es nada, en absoluto. De hecho, me gusta acá. ¿Te gustaría subir?
Solté una risa que me hizo doler el pecho. De solo observar hacia arriba sentí un poco de vértigo.
—Gracias, pero creo que lo podemos dejar para otra ocasión.
—Aw, está bien.
—Es que debemos seguir, quiero llegar tan pronto como podamos donde Masha.
—Oh, te entiendo. Vamos entonces. Estamos a medio camino.
—¿Medio camino?
Mis piernas cedieron, arrojándome al suelo de rodillas.
—¿Estás bien?
—Si, si, permíteme descansar un momento.
Solté el bolso y me apoyé contra una raíz que sobresalía notablemente. El sol se colaba entre un par de ramas, y el fresco aún se sentía manar desde la tierra. Desafortunadamente no soplaba el viento. Era mi responsabilidad al final de cuentas y aún no sabía como hacerlo.
Gyasi se me sentó al lado. No le veía cansado, ni siquiera transpiraba ni respiraba profundamente. En cambio yo tomaba respiros agolpados. Abrí la bolsa, extraje una de las botellas, le quité el corcho y tomé un trago profundo que bajó refrescando mi garganta. Giré la botella hacia el chico.
—¿Quieres?
—No, gracias. Después.
Le volví a clavar el tapón y estiré mis piernas. El chico palmoteó una vez y abrió sus ojos como por sorpresa.
—Oh, ya regreso. Voy a traer algo.
Asentí. Miré hacia arriba, Gyasi subía sin mayor dificultad agarrándose fuertemente a cada uno de los pasamanos que estaban clavados del árbol. Después de unos segindos, la luz del Sol me encandiló. Solo fue hasta este momento que la realidad de la situación me rodeó. Estaba en un bosque, bastante frondoso y definitivamente selvático, por primera vez en mi vida. Si, alrededor de mi casa había un bosque, pero era imposible perderse en él. Incluso de noche, solo era necesario seguir las luces de las casas para encontrar a la civilización. Nunca me sentí insegura en aquel, además normalmente tenía compañía. Este, en cambio, parecía intencionalmente creado para confundir, para hacer perder a las personas. ¿Cómo era posible que Gyasi supiese manejarse entre esta espesura? Definitivamente era algo que venía de su vida pasada.
Un ruido como una cremallera surgió de encima mío y segundos después un golpe contra el suelo.
—Regresé.
Observé la mano de Gyasi. En ella había una especie de cuerda más delgada, como unas agujetas.
—¿Y eso?
—La necesitaremos.
Me extendió una de las puntas de dicha cuerda.
—De aquí en adelante, perderse es fácil. Mi hermanita Masha no confía en nadie, así que los árboles cambian de posición, la ruta a su casa cambia todos los días. Amárralo a tu brazo.
Yo estaba estupefacta. ¿Qué había ocurrido entre Larissa, Vicente y Masha como para que tomara estas medidas tan extremas? Intenté amarrar mi cuerda en mi muñeca, pero no pude. Gyasi me ayudó. Me hizo un nudo sólido, pero suficientemente suelto para no cortarme la circulación. Él hizo lo mismo y le ayudé a anudarlo también. Cerré el mantel de nuevo, verifiqué que todo estuviera adentro y nos pusimos de pie. No había descansado lo suficiente, pero era mejor aprovechar el tiempo.

—¿Te ayudo?
—Acepto tu ayuda.
Extendí la bolsa hacia Gyasi, pero él no tuvo ninguna intención de sostenerla. Al contrario, se reía como siempre lo hacía.
—Suéltala.
—Se romperán las botellas…
—¡Suéltala!
—Que conste que te advertí.
La solté de una. La bolsa comenzó a flotar sobre el aire, a unos cincuenta centímetros del suelo. Mis ojos se salieron de sus órbitas, Gyasi ahora carcajeándose sonoramente. Yo hice una pataleta.
—¡Es injusto! ¡Injusto!
Gyasi siguió riéndose.
—Tu misma podrías hacerlo… ¡Piénsalo!
Solté un grito desgarrado, como el gruñido de un tigre. Gyasi me puso la mano en la espalda como empujándome.
—Ya, ya… Vamos, vamos.
Comenzamos a andar en alguna dirección. De vez en cuando miraba hacia el cielo para saber que destino teníamos, basada en la dirección del Sol.
—Y bueno hermanita, ya te compartí los detalles de mi vida anterior. Dónde se enteren mis hermanos en la villa, se enojarán conmigo. Así qué…
—¿Qué?
Gyasi soltó una risita y aunque me estaba dando la espalda, me pareció una sonrisa un poco siniestra.
—Pues… Cuéntame de ti.
—Ah, jajaja, no es ningún misterio.
Mientras caminábamos le conté un poco acerca de mi vida. Le conté de mi niñez, de la primera vez que vi a las hadas, de mis padres, de como falleció mi padre, de mi escuela, mis amigos, acerca de mi madre. Evité un par de detalles muy personales, por obvias razones. Le conté de mi novio, eso si.

—Incluso, anoche soñé con mi madre y mi novio… Aparentemente yo estaba en una cama en el otro lado.
—Veo.
—Había una doctora, y ellos parecían discutir con ella. El tiempo estaba congelado.
—Oh.
Se me hizo extraño que Gyasi hablara en monosílabos. Normalmente era más expresivo.
—¿Pasa algo?
—No.
Se hizo un silencio incómodo entre los dos. Continuamos caminando. Después de un par de minutos me detuve.
—Gyasi… Estás muy raro.
El chico siguió caminando como si nada, poseído. La cuerda entre los dos se estiró, hasta quedar templada.
—¡Gyasi!
Corrí a su lado. Sus ojos estaban en blanco, pero aún así seguía caminando, impulsado por algo.
—¡Gyasi!
Lo zarandeé, pero no reaccionaba. Continuaba impasible, empujándome. Decidí hacer lo único que se me ocurría. Le di una patada en la parte de atrás de las piernas, tumbándolo al suelo. Me arrodillé a su lado. La bolsa seguía flotando en el aire a un lado nuestro. De repente, todo alrededor nuestro se llenó de una espesa bruma, rodeándonos como de un oscuro humo, el viento meciendo las hojas de los árboles. Podría estar volviéndome loca, pero escuchaba pequeñas risitas que emergían de la bruma y se confundían con el viento.
Me levanté, mirando a todos lados. Todo estaba gris, como si nos rodearan las nubes de un día tormentoso, la luz del Sol colándose como un delgado halo cortando la oscuridad. Sentí mucho frío. Esto no podía ser algo natural, era algo creado. Sentí como algo crujió en mi pecho. Las risas se volvían más y más reales. En otras circunstancias hubiera sentido miedo y me hubiera puesto a llorar. Encorvé mis cejas y apreté mis puños.
—Quien sea que está haciendo esto… ¡No me asustas!
Una carcajada muy fuerte salió del cielo.
—¿Estás segura?
Mi corazón se olvidó de latir un momento. Mis puños que ya estaban presionados, ahora estaban vueltos rocas, mis uñas enterrándose en la piel de mi mano. Mis latidos se aceleraron a mil por minuto.
—¡Tan segura como sangre corre por mis venas!
Un remolino comenzó a surgir de mis piernas revolcando la bruma de nuestro alrededor. Poco a poco podía ver el bosque, mientras el humo se disipaba. Continuaba girando sobre mi propio eje, el viento que emergía de mi cuerpo empujando la bruma, alejándola, disparando la hojarasca como una pistola de aire hacia donde yo estuviera mirando.
De nuevo, otra risotada.
—Con que tú eres la nueva bruja del aire, ¿eh?
La bruma desapareció. Mi remolino aún estaba moviéndose con furia.
—Calma, calma, bruja del aire.
—Ugh, ¿qué pasó?
Gyasi se había despertado.
—¡Gyasi! ¿Estás bien?
Me arrodillé a sus pies, intentando levantarlo.
—¿Por qué estoy en el suelo?
—Perdiste el sentido y estabas caminando sin saberlo.
Sus ojos se veían vidriosos, su cuerpo temblando suavemente, como quien tirita de frío.
—Lo siento… No sé que pasó.
—Lo importante es que estés bien.
Levanté mi mirada y grité.
—¿Quién eres?
—Bruja del aire…
—Esa es la voz de Masha. ¡Hermanita Masha!
Gyasi intentó levantarse como pudo. Le extendí mi mano y me levanté con lentitud junto a él. Por alguna razón, el bolso seguía levitando a nuestro lado. ¿Tal era el poder de este muchacho? Como un espejismo, como algo creado por un efecto de la naturaleza en el desierto, la espesura al frente de nosotros se desvaneció. En su lugar, un claro en el bosque se extendía, la Luna iluminándole, sus tintes azulados iluminando el suelo y los árboles que bordeaban este espacio.
—Un momento…
¿La Luna? ¡La Luna! Era de noche. Todo a nuestro alrededor estaba a oscuras, a excepción del pequeño valle y una casucha construida en los restos del tronco de un árbol.
—Esa es la casa de Masha, ¡vamos!
—Espera, espera…
Lo detuve con mi brazo.
—Gyasi… Era de día… ¿Por qué ahora es de noche? ¿Cómo se abrió este claro en el bosque? ¿Por qué perdiste la conciencia?
—Vamos. Todo será más claro cuando la veamos.
Comenzamos a caminar en dirección a la choza. Sentía que nos observaban, como si múltiples animales nos estuvieran mirando, esperando al momento correcto para saltar y atacarnos. El frío era brutal. Sabía que había llamado a un torbellino antes y pude resistirlo pues mi adrenalina había acalorado mi sangre. Ahora, el gélido vaho congelaba el tuétano de mis huesos. Por segunda vez hoy me cuestioné si era mejor haber muerto con pantalones largos.
De más cerca el tronco convertido en casa era inmenso. Me habían dicho que las secuoyas eran los árboles más grandes del mundo, pero este parecía incluso más grande que esas.
Una vez llegamos a la puerta, Gyasi me detuvo.
—Primero lo primero.
Desamarró su nudo y luego hizo lo mismo con el mío. Enrolló la cuerda y la metió en el bolsillo de su pantalón.
—Y segundo lo segundo. Recuerda. Masha no confía en nadie.
Asentí. Aún estaba enojada, pero debía controlar mi rabia. Cerré mis ojos y respiré profundo varias veces.

Gyasi tocó a la puerta. Esta se abrió de par en par sin nadie estar al otro lado. Adentro, la habitación parecía un agujero negro. Ni siquiera los rayos de la Luna se dignaban a entrar. Una voz en eco llego a mis oídos.
—Si, eres la nueva bruja del aire… Es imposible que la bruja de Creta y el mago de Plata hayan decidido marcharse del valle.
La voz era ligeramente melódica, delicada, muy diferente a la que anteriormente se había burlado de mi. Las luces del lar se encendieron de repente, cegándome un poco. Del otro lado del umbral, ya con la capacidad de ver con claridad, observaba una alfombra sencilla en el suelo, una mesa chica con tres sillas alrededor y una cama pequeña, muy similar a la de Mikhail, un hogar ligeramente más grande que el de mi choza, encendido, con varios peroles vaporeando encima de este. Un olor a hierbas frescas, madera quemándose y maíz llegó a mi olfato. Del otro lado, una chimenea pequeña, y al frente de ella una silla mecedora, bamboleándose lentamente.
—Permiso…
Gyasi entró con precaución, limpiándose los zapatos en el tapete. Yo lo seguí, cerrando la puerta detrás mío.
—Con su permiso.
—Hermanita Masha, esta es…
—¡Gyasi! Deja que la niña se presente ella misma.
Gyasi se calló de inmediato. La silla seguía meciéndose, dándonos la espalda. Aclaré mi garganta, mi puño derecho instintivamente cerrado.
—Mi nombre es Angela. Llegué antier a este lugar. Me dijeron que yo era la nueva bru… Diosa del aire.
Observé su mano en el brazo de la mecedora, su puño formado, dando pequeños golpes en el marco de madera. Me dio un poco de miedo.
—¿Y es qué acaso no tienes apellido, niña? ¡Dónde están tus modales!
Un poco de rabia comenzó a surgir en mi pecho.
—¡No es mi culpa que no lo recuerde! ¡No recuerdo mi apellido!
La silla se detuvo. Un cuerpo imponente, de casi dos metros de altura emergió de esta. Su cabello largo hasta la base de la espalda, totalmente claro, una mezcla extraña entre rubio y cano. Su piel era nívea, casi un poco azul. Vestía una especie de vestido azul cielo a media manga. Era increíblemente delgada, diría casi enferma. Sin embargo, su piel era extraña. Para alguien que debía permanecer siempre de quince años, se le notaba arrugada. Se giró hacia nosotros.
—¿Cómo diantres no vas a recordar tu apellido, niña?
Estaba sorprendida. Su cara estaba avejentada, no parecía una chica de quince años, si no una anciana, de unos setenta u ochenta años. Me recordó un poco a la mamá de mi mamá, aquella que nunca me quiso. Ella notó mi aprensión.
—¿Pasa algo, Angela-sin-apellido?
Meneé mi cabeza para sacarme de la impresión.
—No, no pasa nada… De nuevo, no es culpa que se me halla borrado el apellido de la memoria.
La mujer se mandó la mano a la cara.
—Millia, en el nombre de Sidhe, ¿qué hiciste ahora?
Suspiró profundo. No podía quitarle la mirada de su cara.
—Angela-sin-apellido… Mi nombre es Maria Kameneva, y soy, como puedes imaginar, la bruja del cielo.
—Un gust…
—Antes de que continuemos, me disculpo por mi atrevimiento unos minutos antes. Necesitaba medir tus capacidades, además de… Desviar a un visitante inesperado.
Su interrupción me disgustó, pero la explicación me causó curiosidad.
—¿Cómo así que medir mis capacidades, si no he sido capaz de hacer nada?
Soltó una carcajada que hizo vibrar las paredes.
—Pues niña, si eres capaz de levantar el viento de esa manera por este niño…
—La verdad no sé que pasó.
Gyasi replicó con tranquilidad.
—Si, fue mi culpa. Tenía que probar a Angela-sin-apellido. Usé un par de trucos. Perdón, mago de Agaro.
La naturalidad con la que ella excusaba su abuso me dio mucho desazón.
—Si querías medirme, no necesitabas meter a Gyasi en esto.
—Por el contrario, necesitaba involucrarlo. Necesitaba saber que tan importante era el niño para ti. Parece que lo valoras, así que vas ganando puntos.
—¿Y por qué no habría de valorarlo? Es un amigo nuestro.
La misma risotada.
—¿Amigo? ¡Qué chistes dices, bruja del aire!
La voz de Gyasi resonó en mi cabeza. “Masha no confía en nadie.”

—Trajimos esto, hermanita Masha.
Gyasi abrió el mantel en el suelo. Tomó varias frutas en sus manos y las depositó encima de la mesa. Yo tomé lo demás e hice lo mismo.
—Las recogimos de la villa, Gyasi pensó que serían de tu agrado.
Ella parecía no estar emocionada por nada, hasta que posó su mirada en las bayas que recogí.
—Дорогой Михаил! Son estas…
Tomó una de ellas entre sus dedos.
—Las recogí alrededor de mi choza. Estaban en unos arbustos…
—Estas son las que Mikhail…
—Bueno, no sé…
—Mikhail solía traerme un cesto lleno de estas bayas para que le hiciera un pastel cada vez que venía…
Sus ojos se tornaron llorosos.
—Lo siento, yo no sabía…
—Discúlpenme…
Masha se giró hacia la cocina con unos pasos pasmosos. La seguimos con la mirada. Una vez llegó allí, tomó una cuchara y comenzó a revolver lo que había en uno de los peroles. El aroma a hierbas se apoderó de la casa. Gyasi me estiró la manga de la camisa para llamar mi atención y me hizo una seña de que me iba a susurrar algo al oído. Me agaché a su nivel.
—Ella hace esto a menudo. Ya no nos va a escuchar más.
—¿Qué hacemos?
Gyasi aclaró su garganta. Yo me erguí por reacción.
—Bueno, hermanita Masha, yo me voy. Solo venía a traerte a Angela.
Miré a Gyasi preocupada.
—Es toda tuya, hermanita Masha. Nos vemos la próxima vez que haya que sincronizar el tiempo.
Gyasi se giró hacia la puerta. Yo estaba aún estupefacta y mi voz se quebró.
—Espera, Gy…
—¡Adiós!
Abrió la puerta, salió y la cerró de un buen golpazo. Yo estaba congelada en mi posición. Masha solo se limitó a pegar un pequeño brinco cuando Gyasi tiró la puerta.
—Yo… Yo también me voy…
—¡Espera!
Masha se giró en mi dirección, con cuchara en mano aún. Unas gotas verdosas caían al suelo.
—Angela-sin-apellido… ¿Quieres un poco de té?

Ella sirvió un par de vasos con té y me hizo una seña para que me sentara al comedor. Así hice y ella se siguió. Al frente mío puso uno de los vasos aquellos. Lo tomé y miré adentro. Era una bebida entre verde y amarillo, bastante opaca. La acerqué a mi olfato y aspiré el vapor. Era muy dulce y profunda, una infusión de quien sabe que hierbas, pero que olía apetitosa.
—No puedo tomar bebidas tan calientes, lo siento. Esperaré a que baje un poco más.
Ella se limitó a encoger sus hombros.
—Angela-sin-apellido…
—Angela está bien. Algún día recordaré mi apellido.
—¿Acaso no tienes alguna pregunta?
Ella sorbió un poco de su bebida. Su hálito soltó una nubecilla de vapor después.
—Tengo muchas.
—Adelante, la noche es larga.
Me giré a observar por la ventana. Efectivamente, la noche era larga.

—¿Por qué es de noche aquí, si afuera era de día, de madrugada, incluso?
Ella sonrió.
—Soy la bruja del cielo… Puedo hacer que anochezca o amanezca con solo pestañear. Además, ¿acaso la noche no es la compañera perfecta? Es fría, lúgubre, perfecta para convocar uno o dos demonios.
Se carcajeó como una villana de película.
—¿De… Demonios?
—¡Estoy bromeando! La verdad, prefiero la noche, es verdad que es más fría, pero en realidad, me recuerda a mi ciudad natal. Además, a los animalillos les gusta mucho tener este lugar, donde siempre es fresco.
—Tu eres de la Unión Soviética, ¿no cierto?
—¿La Unión Soviética? ¡Qué tipo de grosería es esa! Imperio Ruso, niña, el Sagrado Imperio Ruso.
Mi memoria comenzó a escarbar datos. Recordaba haber visto algo en clase de historia, pero la verdad se me escapaba.
—Disculpa, disculpa… De la época que yo vengo, se le llama Unión Soviética.
—Во имя Сиде! ¡Qué demonios pasa con el mundo! ¿Soviéticos? ¿En que año…?
—Mil novecientos ochenta y siete.
—¡Mil novecientos ochenta y siete!
Masha se levantó del asiento. Esto se me hizo muy conocido.
—¡Mil novecientos…
—¡Ya basta, Masha!
Se giró hacia mí, sus ojos hechos fuego.
—No te he dado el permiso que me llames así. Me llamo Maria.
—Perdón, perdon, pero ya Larissa hizo el mismo revuelo antier. Una vez es suficiente.
—¡Ja! La bruja de Creta es tan fácil de comprender.
—¿De que año vienes tú, Maria?
Masha se sentó de nuevo.
—Mil ochocientos setenta.
—Veo. Tu llegaste entre Larissa y Vicente.
—¡Y muchos más que se fueron!
Seguí preguntando.
—¿Por qué llamas a Larissa la bruja de Creta, a Vicente el mago de Plata, a Gyasi el mago de Agaro y a mi bruja del aire?
Sonrió.
—Pues, en tu caso, no me has dicho de dónde eres.
Abrí mi boca por reacción. Creta, Plata, Agaro…
—Soy de… De… De Berlin, Maryland.
—¿Berlin? ¿Esa ciudad en el Imperio Alemán?
—No, no… En Estados Unidos.
—¿Esos que compraron a Alaska?
—Si, esos mismos…
—¡Pero si son un terruño!
—Éramos, éramos un terruño… De cuándo vengo, somos una potencia…
Masha se carcajeó.
—Империя абсолютна!
—No entiendo ruso. Eso es…
—¡El Imperio es absoluto!
—Pues… No querrás saber que ha pasado con Ruisa hasta cuando yo morí.
—Mikhail me tuvo al tanto, así que sé como están las cosas. Sigue preguntándome.
Parecía que la historia se había congelado en su cabeza a su amaño.
—¿Y porqué brujas, magos?
Masha tomó un trago largo, cerró sus ojos y suspiró con fuerza.
—¡Millia! ¿Por qué no vienes aquí, hija?
La puerta se abrió lentamente, y de esta, una figura pequeña, quizá de la mitad del tamaño de Gyasi ingresó. El olor al prado recién cortado, a la tierra húmeda, a las piedras que se tuestan bajo el sol, a los troncos de los árboles, llegó a mi olfato. Sus alas, de brillantes colores, ligeramente maltratadas, su ropaje hecho harapos. Sus facciones gastadas y agotadas. Su piel herida y sucia.
Me levanté de mi asiento, casi derramando mi taza de té. Aspiré como si fuera la última bocanada de aire de mi vida.
—¡Tú!

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